[Gabriel_García_Márquez]_Cien_Años_de_Soledad(BookFi.org)


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Para Jomi Garca Ascot
y Mara Luisa Elio
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Muchos aos despus, frente al pelotn de fusilamiento, el coronel Aureliano Buenda haba de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llev a conocer el hielo. Macondo era entonces
una aldea de veinte casas de barro y caabrava construidas a la orilla de un ro de aguas difanas
que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos
prehistricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecan de nombre, y para
mencionarlas haba que sealaras con el dedo. Todos los aos, por el mes de marzo, una familia
de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y
timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imn. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrin, que se present con el nombre de Melquiades, hizo una
truculenta demostracin pblica de lo que l mismo llamaba la octava maravilla de los sabios
alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metlicos, y todo el
mundo se espant al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caan de su sitio,
y las maderas crujan por la desesperacin de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse,
y aun los objetos perdidos desde haca mucho tiempo aparecan por donde ms se les haba
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrs de los fierros mgicos de Melquades.
Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con spero acento-, todo es cuestin de
despertarles el nima. Jos Arcadio Buenda, cuya desaforada imaginacin iba siempre ms lejos
que el ingenio de la naturaleza, y aun ms all del milagro y la magia, pens que era posible
servirse de aquella invencin intil para desentraar el oro de la tierra. Melquades, que era un
hombre honrado, le previno: Para eso no sirve. Pero Jos Arcadio Buenda no crea en aquel
tiempo en la honradez de los gitanos, as que cambi su mulo y una partida de chivos por los dos
lingotes imantados. rsula Iguarn, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar
el desmedrado patrimonio domstico, no consigui disuadirlo. Muy pronto ha de sobrarnos oro
para empedrar la casa, replic su marido. Durante varios meses se empe en demostrar el
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poder de conviccin irresistible. Lo envi a las autoridades acompaado de numerosos
testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un
mensajero que atraves la sierra, y se extravi en pantanos desmesurados, remont ros
tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperacin y la peste,
antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a la
capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, Jos Arcadio Buendia prometa intentarlo
tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prcticas de su
invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la
guerra solar. Durante varios aos esper la respuesta. Por ltimo, cansado de esperar, se
lament ante Melquades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvi los doblones a cambio de la lupa, y le dej adems unos
mapas portugueses y varios instrumentos de navegacin. De su puo y letra escribi una
apretada sntesis de los estudios del monje Hermann, que dej a su disposicin para que pudiera
servirse del astrolabio, la brjula y el sextante. Jos Arcadio Buenda pas los largos meses de
lluvia encerrado en un cuartito que construy en el fondo de la casa para que nadie perturbara
sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domsticas, permaneci
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una
insolacin por tratar de establecer un mtodo exacto para encontrar el medioda. Cuando se hizo
experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una nocin del espacio que le permiti
navegar por mares incgnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relacin con seres
esplndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue sa la poca en que adquiri el hbito
de hablar a solas, pasendose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras rsula y los nios se
partan el espinazo en la huerta cuidando el pltano y la malanga, la yuca y el ame, la ahuyama
y la berenjena. De pronto, sin ningn anuncio, su actividad febril se interrumpi y fue sustituida
por una especie de fascinacin. Estuvo varios das como hechizado, repitindose a s mismo en
voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crdito a su propio entendimiento. Por fin,
un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, solt de un golpe toda la carga de su tormento.
Los nios haban de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se
sent a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el
encono de su imaginacin, y les revel su descubrimiento.
-La tierra es redonda como una naranja.
rsula perdi la paciencia. Si has de volverte loco, vulvete t solo -grit-. Pero no trates de
inculcar a los nios tus ideas de gitano. Jos Arcadio Buenda, impasible, no se dej amedrentar
por la desesperacin de su mujer, que en un rapto de clera le destroz el astrolabio contra el
suelo. Construy otro, reuni en el cuartito a los hombres del pueblo y les demostr, con teoras
que para todos resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que Jos Arcadio
Buenda haba perdido el juicio, cuando lleg Melquades a poner las cosas en su punto. Exalt en
pblico la inteligencia de aquel hombre que por pura especulacin astronmica haba construido
una teora ya comprobada en la prctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y
como una prueba de su admiracin le hizo un regalo que haba de ejercer una influencia
terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.
Para esa poca, Melquades haba envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes pareca tener la misma edad de Jos Arcadio Buendia. Pero mientras ste conservaba su
fuerza descomunal, que le permita derribar un caballo agarrndolo por las orejas, el gitano
pareca estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de mltiples y raras
enfermedades contradas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Segn l mismo le cont
a Jos Arcadio Buendia mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo segua a todas
partes, husmendole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de
cuantas plagas y catstrofes haban flagelado al gnero humano. Sobrevivi a la pelagra en
Persia, al escorbuto en el archipilago de Malasia, a la lepra en Alejandra, al beriberi en el Japn,
a la peste bubnica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el
estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que deca poseer las claves de Nostradamus, era un
hombre lgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asitica que pareca conocer el otro
lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y
un chaleco de terciopelo patinado por el verdn de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabidura y de su mbito misterioso, tena un peso humano, una condicin terrestre que lo
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mantena enredado en los minsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de
viejo, sufra por los ms insignificantes percances econmicos y haba dejado de rer desde haca
mucho tiempo, porque el escorbuto le haba arrancado los dientes. El sofocante medioda en que
revel sus secretos, Jos Arcadio Buenda tuvo la certidumbre de que aqul era el principio de
una grande amistad. Los nios se asombraron con sus relatos fantsticos. Aureliano, que no tena
entonces ms de cinco aos, haba de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella
tarde, sentado contra la claridad metlica y reverberante de la ventana, alumbrando con su pro-
funda voz de rgano los territorios ms oscuros de la imaginacin, mientras chorreaba por sus
sienes la grasa derretida por el calor. Jos Arcadio, su hermano mayor, haba de transmitir
aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. rsula, en
cambio, conserv un mal recuerdo de aquella visita, porque entr al cuarto en el momento en
que Melquades rompi por distraccin un frasco de bicloruro de mercurio.
-Es el olor del demonio -dijo ella.
-En absoluto -corrigi Melquades-. Est comprobado que el demonio tiene propiedades
sulfricas, y esto no es ms que un poco de solimn.
Siempre didctico, hizo una sabia exposicin sobre las virtudes diablicas del cinabrio, pero
rsula no le hizo caso, sino que se llev los nios a rezar. Aquel olor mordiente quedara para
siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquades.
El rudimentario laboratorio -sin contar una profusin de cazuelas, embudos, retortas, filtros y
coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y
angosto, imitacin del huevo filosfico, y un destilador construido por los propios gitanos segn
las descripciones modernas del alambique de tres brazos de Mara la juda. Adems de estas
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Al principio, Jos Arcadio Buenda era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones
para la siembra y consejos para la crianza de nios y animales, y colaboraba con todos, aun en el
trabajo fsico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer
momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tena una
salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos
dormitorios, un patio con un castao gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivan
en comunidad pacfica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los nicos animales prohibidos no
slo
en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de pelea.
La laboriosidad de rsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella
mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningn momento de su vida se la oy cantar,
pareca estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida
por el suave susurro de sus pollerines de oln. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los
muros de barro sin encalar, los rsticos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban
siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de
albahaca.
Jos Arcadio Buenda, que era el hombre ms emprendedor que se vera jams en la aldea,
haba dispuesto de tal modo la posicin de las casas, que desde todas poda llegarse al ro y
abastecerse de agua con igual esfuerzo, y traz las calles con tan buen sentido que ninguna casa
reciba ms sol que otra a la hora del calor. En pocos aos, Macondo fue una aldea ms ordenada
y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad
una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta aos y donde nadie haba muerto.
Desde los tiempos de la fundacin, Jos Arcadio Buenda construy trampas y jaulas. En poco
tiempo llen de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no slo la propia casa, sino todas las de
la aldea. El concierto de tantos pjaros distintos lleg a ser tan aturdidor, que rsula se tap los
odos con cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez que lleg la
tribu de Melquades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se
sorprendi de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la cinaga, y
los gitanos confesaron que se haban orientado por el canto de los pjaros.
Aquel espritu de iniciativa social desapareci en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los
imanes, los clculos astronmicos, los sueos de trasmutacin y las ansias de conocer las
maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, Jos Arcadio Buenda se convirti en un hombre
de aspecto holgazn, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que rsula lograba cuadrar a
duras penas con un cuchillo de cocina. No falt quien lo considerara vctima de algn extrao
sortilegio. Pero hasta los ms convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para
seguirlo, cuando se ech al hombro sus herramientas de desmontar, y pidi el concurso de todos
para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos.
Jos Arcadio Buenda ignoraba por completo la geografa de la regin. Saba que hacia el
Oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha,
donde en pocas pasadas -segn le haba contado el primer Aureliano Buenda, su abuelo- sir
Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a caonazos, que luego haca remendar y
rellenar de paja para llevrselos a la reina Isabel. En su juventud, l y sus hombres, con mujeres
y nios y animales y toda clase de enseres domsticos, atravesaron la sierra buscando una salida
al mar, y al cabo de veintisis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no
tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque slo
poda conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y
el vasto universo de la cinaga grande, que segn testimonio de los gitanos careca de lmites. La
cinaga grande se confunda al Occidente con una extensin acutica sin horizontes, donde haba
cetceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdan a los navegantes con el
hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de
alcanzar el cinturn de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los
clculos de Jos Arcadio Buenda, la nica posibilidad de contacto con la civilizacin era la ruta del
Norte. De modo que dot de herramientas de desmonte y armas de cacera a los mismos
hombres que lo acompaaron en la fundacin de Macondo; ech en una mochila sus instrumentos
de orientacin y sus mapas, y emprendi la temeraria aventura.
Los primeros das no encontraron un obstculo apreciable. Descendieron por la pedregosa
ribera del ro hasta el lugar en que aos antes haban encontrado la armadura del guerrero, y all
penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al trmino de la primera semana,
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mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los
prximos das. Trataban de aplazar con esa precaucin la necesidad de seguir comiendo
guacamayas, cuya carne azul tena un spero sabor de almizcle. Luego, durante ms de diez das,
no volvieron a ver el sol. El suelo se volvi blando y hmedo, como ceniza volcnica, y la
vegetacin fue cada vez ms insidiosa y se hicieron cada vez ms lejanos los gritos de los pjaros
y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvi triste para siempre. Los hombres de la
expedicin se sintieron abrumados por sus recuerdos ms antiguos en aquel paraso de humedad
y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundan en pozos de aceites humeantes
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desmontar la puerta del cuartito, rsula se atrevi a preguntarle por qu lo haca, y l le contest
con una cierta amargura: Puesto que nadie quiere irse, nos iremos solos. rsula no se alter.
-No nos iremos -dijo-. Aqu nos quedamos, porque aqu hemos tenido un hijo.
-Todava no tenemos un muerto -dijo l-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un
muerto bajo la tierra.
rsula replic, con una suave firmeza:
-Si es necesario que yo me muera para que se queden aqu, me muero.
Jos Arcadio Buenda no crey que fuera tan rgida la voluntad de su mujer. Trat de seducirla
con el hechizo de su fantasa, con la promesa de un mundo prodigioso donde bastaba con echar
unos lquidos mgicos en la tierra para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y
donde se vendan a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero rsula fue
insensible a su clarividencia.
-En vez de andar pensando en tus alocadas noveleras, debes ocuparte de tus hijos -replic-.
Mralos cmo estn, abandonados a la buena de Dios, igual que los burros.
Jos Arcadio Buenda tom al pie de la letra las palabras de su mujer. Mir a travs de la
ventana y vio a los dos nios descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresin de que slo en
aquel instante haban empezado a existir, concebidos por el conjuro de rsula. Algo ocurri
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraig de su tiempo actual y lo
llev a la deriva por una regin inexplorada de los re cuerdos. Mientras rsula segua barriendo la
casa que ahora estaba segura de no abandonar en el resto de su vida l permaneci
contemplando a los nios con mirada absorta hasta que los ojos se le humedecieron y se los sec
con el dorso de la mano, y exhal un hondo suspiro de resignacin.
-Bueno -dijo-. Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
Jos Arcadio, el mayor de los nios, haba cumplido catorce aos. Tena la cabeza cuadrada, el
pelo hirsuto y el carcter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso de
crecimiento y fortaleza fsica, ya desde entonces era evidente que careca de imaginacin. Fue
concebido y dado a luz durante la penosa travesa de la sierra, antes de la fundacin de Macondo,
y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tena ningn rgano de animal.
Aureliano, el primer ser humano que naci en Macondo, iba a cumplir seis aos en marzo. Era
silencioso y retrado. Haba llorado en el vientre de su madre y naci con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo mova la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del
cuarto, y examinaba el rostro de la gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a
quienes se acercaban a conocerlo, mantuvo la atencin concentrada en el techo de palma, que
pareca a punto de derrumbarse bajo la tremenda presin de la lluvia. rsula no volvi a
acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un da en que el pequeo Aureliano, a la edad de
tres aos, entr a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogn y pona en la mesa una
olla de caldo hirviendo. El nio, perplejo en la puerta, dijo: Se va a caer. La olla estaba bien
puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el nio hizo el anuncio, inici un
movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se
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que una vez ms llegaban a la aldea, pregonando el ltimo y asombroso descubrimiento de los
sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jvenes que slo conocan su propia lengua,
ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y msicas sembraron en
las calles un pnico de alborotada alegra, con sus loros pintados de todos los colores que
recitaban romanzas italianas, y la gallina que pona un centenar de huevos de oro al son de la
pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la mquina mltiple que
serva al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos
recuerdos, y el emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones ms, tan ingeniosas e
inslitas, que Jos Arcadio Buenda hubiera querido inventar la mquina de la memoria para
poder acordarse de todas. En un instante transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo se
encontraron de pronto perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un nio de cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis
de dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de
estircol y sndalo que exhalaba la muchedumbre, Jos Arcadio Buenda andaba como un loco
buscando a Melquades por todas partes, para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigi a varios gitanos que no entendieron su lengua. Por ltimo lleg
hasta el lugar donde Melquades sola plantar su tienda, y encontr un armenio taciturno que
anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se haba tomado de un golpe una copa
de la sustancia ambarina, cuando Jos Arcadio Buenda se abri paso a empujones por entre el
grupo absorto que presenciaba el espectculo, y alcanz a hacer la pregunta. El gitano le envolvi
en el clima atnito de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrn pestilente y
humeante sobre el cual qued flotando la resonancia de su respuesta: Melquades muri.
Aturdido por la noticia, Jos Arcadio Buenda permaneci inmvil, tratando de sobreponerse a la
afliccin, hasta que el grupo se dispers reclamado por otros artificios y el charco del armenio
taciturno se evapor por completo. Ms tarde, otros gitanos le confirmaron que en efecto
Melquades haba sucumbido a las fiebres en los mdanos de Singapur, y su cuerpo haba sido
arrojado en el lugar ms profundo del mar de Java. A los nios no les interes la noticia. Estaban
obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de
Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, segn decan, perteneci al rey Salomn.
Tanto insistieron, que Jos Arcadio Buenda pag los treinta reales y los condujo hasta el centro
de la carpa, donde haba un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la
nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser
destapado por el gigante, el cofre dej escapar un aliento glacial. Dentro slo haba un enorme
bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de
colores la claridad del crepsculo. Desconcertado, sabiendo que los nios esperaban una
explicacin inmediata, Jos Arcadio Buenda se atrevi a murmurar:
-Es el diamante ms grande del mundo.
-No -corrigi el gitano-. Es hielo.
Jos Arcadio Buenda, sin entender, extendi la mano hacia el tmpano, pero el gigante se la
apart. Cinco reales ms para tocarlo, dijo. Jos Arcadio Buenda los pag, y entonces puso la
mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazn se le hinchaba
de temor y de jbilo al contacto del misterio. Sin saber qu decir, pag otros diez reales para que
sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeo Jos Arcadio se neg a tocarlo. Aureliano,
en cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retir en el acto. Est hirviendo,
exclam asustado. Pero su padre no le prest atencin. Embriagado por la evidencia del prodigio,
en aquel momento se olvid de la frustracin de sus empresas delirantes y del cuerpo de
Melquades abandonado al apetito de los calamares. Pag otros cinco reales, y con la mano
puesta en el tmpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclam:
-ste es el gran invento de nuestro tiempo.
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Cuando el pirata Francis Drake asalt a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de rsula
Iguarn se asust tanto con el toque de rebato y el estampido de los caones, que perdi el
control de los nervios y se sent en un fogn encendido. Las quemaduras la dejaron convertida
en una esposa intil para toda la vida. No poda sentarse sino de medio lado, acomodada en
cojines, y algo extrao debi quedarle en el modo de andar, porque nunca volvi a caminar en
pblico. Renunci a toda clase de hbitos sociales obsesionada por la idea de que su cuerpo
despeda un olor a chamusquina. El alba la sorprenda en el patio sin atreverse a dormir, porque
soaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto se metan por la ventana del dormitorio
y la sometan a vergonzosos tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante
aragons con quien tena dos hijos, se gast media tienda en medicinas y entretenimientos
buscando la manera de aliviar sus terrores. Por ltimo liquid el negocio y llev la familia a vivir
lejos del mar, en una ranchera de indios pacficos situada en las estribaciones de la sierra, donde
le construy a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los
piratas de sus pesadillas.
En la escondida ranchera viva de mucho tiempo atrs un criollo cultivador de tabaco, don
Jos Arcadio Buenda, con quien el bisabuelo de rsula estableci una sociedad tan productiva
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De modo que la situacin sigui igual por otros seis meses, hasta el domingo trgico en que
Jos Arcadio Buenda le gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la
sangre de su animal, el perdedor se apart de Jos Arcadio Buenda para que toda la gallera
pudiera or lo que iba a decirle.
-Te felicito -grit-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.
Jos Arcadio Buenda, sereno, recogi su gallo. Vuelvo en seguida, dijo a todos. Y luego, a
Prudencio Aguilar:
-Y t, anda a tu casa y rmate, porque te voy a matar.
Diez minutos despus volvi con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera,
donde se haba concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de
defenderse. La lanza de Jos Arcadio Buenda, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma
direccin certera con que el primer Aureliano Buenda extermin a los tigres de la regin, le
atraves la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadver en la gallera, Jos Arcadio
Buenda entr en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantaln de castidad.
Blandiendo la lanza frente a ella, le orden: Qutate eso. rsula no puso en duda la decisin de
su marido. T sers responsable de lo que pase, murmur. Jos Arcadio Buenda clav la lanza
en el piso de tierra.
-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habr ms muertos en este pueblo
por culpa tuya.
Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la
cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el
llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.
El asunto fue clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les qued un malestar en la
conciencia. Una noche en que no poda dormir, rsula sali a tomar agua en el patio y vio a
Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lvido, con una expresin muy triste, tratando de cegar
con un tapn de esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino lstima. Volvi al
cuarto a contarle a su esposo lo que haba visto, pero l no le hizo caso. Los muertos no salen -
dijo-. Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia. Dos noches despus, rsula
volvi a ver a Prudencio Aguilar en el bao, lavndose con el tapn de esparto la sangre cris-
talizada del cuello. Otra noche lo vio pasendose bajo la lluvia. Jos Arcadio Buenda, fastidiado
por las alucinaciones de su mujer, sali al patio armado con la lanza. All estaba el muerto con su
expresin triste.
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nios resistieron el viaje mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les result divertido.
Una maana, despus de casi dos aos de travesa, fueron los primeros mortales que vieron la
vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa llanura
acutica de la cinaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron
el mar. Una noche, despus de varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya
de los ltimos indgenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de un ro pedregoso
cuyas aguas parecan un torrente de vidrio helado. Aos despus, durante la segunda guerra
civil, el coronel Aureliano Buenda trat de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por
sorpresa, y a los seis das de viaje comprendi que era una locura. Sin embargo, la noche en que
acamparon junto al ro, las huestes de su padre tenan un aspecto de nufragos sin escapatoria,
pero su nmero haba aumentado durante la travesa y todos estaban dispuestos (y lo
consiguieron) a morirse de viejos. Jos Arcadio Buenda so esa noche que en aquel lugar se
levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Pregunt qu ciudad era aquella, y
le contestaron con un nombre que nunca haba odo, que no tena significado alguno, pero que
tuvo en el sueo una resonancia sobrenatural: Macondo. Al da siguiente convenci a sus
hombres de que nunca encontraran el mar. Les orden derribar los rboles para hacer un claro
junto al ro, en el lugar ms fresco de la orilla, y all fundaron la aldea.
Jos Arcadio Buendia no logr descifrar el sueo de las casas con paredes de espejos hasta el
da en que conoci el hielo. Entonces crey entender su profundo significado. Pens que en un
futuro prximo podran fabricarse bloques de hielo en gran escala, a partir de un material tan
cotidiano como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de la aldea. Macondo dejara de ser
un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcan de calor, para convertirse en una ciudad
invernal. Si no persever en sus tentativas de construir una fbrica de hielo, fue porque entonces
estaba positivamente entusiasmado con la educacin de sus hijos, en especial la de Aureliano,
que haba revelado desde el primer momento una rara intuicin alqumica. El laboratorio haba
sido desempolvado. Revisando las notas de Melquades, ahora serenamente, sin la exaltacin de
la novedad, en prolongadas y pacientes sesiones trataron de separar el oro de rsula del cascote
adherido al fondo del caldero. El joven Jos Arcadio particip apenas en el proceso. Mientras su
padre slo tena cuerpo y alma para el atanor, el voluntarioso primognito, que siempre fue
demasiado grande para su edad, se convirti en un adolescente monumental. Cambi de voz. El
bozo se le pobl de un vello incipiente. Una noche rsula entr en el cuarto cuando l se quitaba
la ropa para dormir, y experiment un confuso sentimiento de vergenza y piedad: era el primer
hombre que vea desnudo, despus de su esposo, y estaba tan bien equipado para la vida, que le
pareci anormal. rsula, encinta por tercera vez, vivi de nuevo sus terrores de recin casada.
Por aquel tiempo iba a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en
los oficios domsticos y saba leer el porvenir en la baraja. rsula le habl de su hijo. Pensaba
que su desproporcin era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo del primo. La mujer
solt una risa expansiva que repercuti en toda la casa como un reguero de vidrio. Al contrario -
dijo-. Ser feliz. Para confirmar su pronstico llev los naipes a la casa pocos das despus, y se
encerr con Jos Arcadio en un depsito de granos contiguo a la cocina. Coloc las barajas con
mucha calma en un viejo mesn de carpintera, hablando de cualquier cosa, mientras el
muchacho esperaba cerca de ella ms aburrido que intrigado. De pronto extendi la mano y lo
toc. Qu brbaro, dijo, sinceramente asustada, y fue todo lo que pudo decir. Jos Arcadio
sinti que los huesos se le llenaban de espuma, que tena un miedo lnguido y unos terribles
deseos de llorar. La mujer no le hizo ninguna insinuacin. Pero Jos Arcadio la sigui buscando
toda la noche en el olor de humo que ella tena en las axilas y que se le qued metido debajo del
pellejo. Quera estar con ella en todo momento, quera que ella fuera su madre, que nunca
salieran del granero y que le dijera qu brbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qu brbaro.
Un da no pudo soportar ms y fue a buscarla a su casa. Hizo una visita formal, incomprensible,
sentado en la sala sin pronunciar una palabra. En ese momento no la dese. La encontraba
distinta, enteramente ajena a la imagen que inspiraba su olor, como si fuera otra. Tom el caf y
abandon la casa deprimido. Esa noche, en el espanto de la vigilia, la volvi a desear con una
ansiedad brutal, pero entonces no la quera como era en el granero, sino como haba sido aquella
tarde.
Das despus, de un modo intempestivo, la mujer lo llam a su casa, donde estaba sola con su
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inicial, y experiment ms miedo que placer. Ella le pidi que esa noche fuera a buscarla. l
estuvo de acuerdo, por salir del paso, sabiendo que no seria capaz de ir. Pero esa noche, en la
cama ardiente, comprendi que tena que ir a buscarla aunque no fuera capaz. Se visti a tientas,
oyendo en la oscuridad la reposada respiracin de su hermano, la tos seca de su padre en el
cuarto vecino, el asma de las gallinas en el patio, el zumbido de los mosquitos, el bombo de su
corazn y el desmesurado bullicio del mundo que no haba advertido hasta entonces, y sali a la
calle dormido. Deseaba de todo corazn que la puerta estuviera atrancada, y no simplemente
ajustada, como ella le haba prometido. Pero estaba abierta. La empuj con la punta de los dedos
y los goznes soltaron un quejido lgubre y articulado que tuvo una resonancia helada en sus
entraas. Desde el instante en que entr, de medio lado y tratando de no hacer ruido, sinti el
olor. Todava estaba en la salita donde los tres hermanos de la mujer colgaban las hamacas en
posiciones que l ignoraba y que no poda determinar en las tinieblas, as que le faltaba
atravesarla a tientas, empujar la puerta del dormitorio y orientarse all de tal modo que no fuera
a equivocarse de cama. Lo consigui. Tropez con los hicos de las hamacas, que estaban ms
bajas de lo que l haba supuesto, y un hombre que roncaba hasta entonces se revolvi en el
sueo y dijo con una especie de desilusin: Era mircoles. Cuando empuj la puerta del
dormitorio, no pudo impedir que raspara el desnivel del piso. De pronto, en la oscuridad absoluta,
comprendi con una irremediable nostalgia que estaba completamente desorientado. En la
estrecha habitacin dorman la madre, otra hija con el marido y dos nios, y la mujer que tal vez
no lo esperaba. Habra podido guiarse por el olor si el olor no hubiera estado en toda la casa, tan
engaoso y al mismo tiempo tan definido como haba estado siempre en su pellejo. Permaneci
inmvil un largo rato, preguntndose asombrado cmo haba hecho para llegar a ese abismo de
desamparo, cuando una mano con todos los dedos extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le
tropez la cara. No se sorprendi, porque sin saberlo lo haba estado esperando. Entonces se
confi a aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dej llevar hasta un lugar sin
formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al
derecho y al revs, en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no
ola ms a mujer, sino a amonaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se
encontraba con el rostro de rsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que
desde haca mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se haba imaginado
que en realidad se pudiera hacer, sin saber cmo lo estaba haciendo porque no saba dnde es-
taban los pies v dnde la cabeza, ni los pies de quin ni la cabeza de quin, y sintiendo que no
poda resistir ms el rumor glacial de sus riones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia
atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y
aquella soledad espantosa.
Se llamaba Pilar Ternera. Haba formado parte del xodo que culmin con la fundacin de
Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la viol a los catorce aos y
sigui amndola hasta los veintids, pero que nunca se decidi a hacer pblica la situacin
porque era un hombre ajeno. Le prometi seguirla hasta el fin del mundo, pero ms tarde,
cuando arreglara sus asuntos, y ella se haba cansado de esperarlo identificndolo siempre con
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apretujaba en el laboratorio, y les servan dulce de guayaba con galletitas para celebrar el
prodigio, y Jos Arcadio Buenda les dejaba ver el crisol con el oro rescatado, como si acabara de
inventaro. De tanto mostrarlo, termin frente a su hijo mayor, que en los ltimos tiempos
apenas se asomaba por el laboratorio. Puso frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le
pregunt: Qu te parece? Jos Arcadio, sinceramente, contest:
-Mierda de perro.
Su padre le dio con el revs de la mano un violento golpe en la boca que le hizo saltar la
sangre y las lgrimas. Esa noche Pilar Ternera le puso compresas de rnica en la hinchazn,
adivinando el frasco y los algodones en la oscuridad, y le hizo todo lo que quiso sin que l se
molestara, para amarlo sin lastimarlo Lograron tal estado de intimidad que un momento despus,
sin darse cuenta, estaban hablando en murmullos.
-Quiero estar solo contigo -deca l-. Un da de estos le cuento todo a todo el mundo y se
acaban los escondrijos.
Ella no trat de apaciguarlo.
-Sera muy bueno -dijo-. Si estamos solos, dejamos la lmpara encendida para vernos bien, y
yo puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse y t me dices en la oreja
todas las porqueras que se te ocurran.
Esta conversacin, el rencor mordiente que senta contra su padre, y la inminente posibilidad
del amor desaforado, le inspiraron una serena valenta. De un modo espontneo, sin ninguna
preparacin, le cont todo a su hermano.
Al principio el pequeo Aureliano slo comprenda el riesgo, la inmensa posibilidad de peligro
que implicaban las aventuras de su hermano, pero no lograba concebir la fascinacin del objetivo.
Poco a poco se fue contaminando de ansiedad. Se haca contar las minuciosas peripecias, se
identificaba con el sufrimiento y el gozo del hermano, se senta asustado y feliz. Lo esperaba
despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que pareca tener una estera de brasas, y
seguan hablando sin sueo hasta la hora de levantarse, de modo que muy pronto padecieron
ambos la misma somnolencia, sintieron el mismo desprecio por la alquimia y la sabidura de su
padre, y se refugiaron en la soledad. Estos nios andan como zurumbticos -deca rsula-.
Deben tener lombrices. Les prepar una repugnante pcima de paico machacado, que ambos
bebieron con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas once veces
en un solo da, y expulsaron unos parsitos rosados que mostraron a todos con gran jbilo,
porque les permitieron desorientar a rsula en cuanto al origen de sus distraimientos y
languideces. Aureliano no slo poda entonces entender, sino que poda vivir como cosa propia las
experiencias de su hermano, porque en una ocasin en que ste explicaba con muchos
pormenores el mecanismo del amor, lo interrumpi para preguntarle: Qu se siente? Jos
Arcadio le dio una respuesta inmediata:
-Es como un temblor de tierra.
Un jueves de enero, a las dos de la madrugada, naci Amaranta. Antes de que nadie entrara
en el cuarto, rsula la examin minuciosamente. Era liviana y acuosa como una lagartija, pero
todas sus partes eran humanas, Aureliano no se dio cuenta de la novedad sino cuando sinti la
casa llena de gente. Protegido por la confusin sali en busca de su hermano, que no estaba en la
cama desde las once, y fue una decisin tan impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse
cmo hara para sacarlo del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas,
silbando claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo oblig a regresar. En el cuarto de su
madre, jugando con la hermanita recin nacida y con una cara que se le caa de inocencia,
encontr a Jos Arcadio.
rsula haba cumplido apenas su reposo de cuarenta das, cuando volvieron los gitanos. Eran
los mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la tribu de
Melquades, haban demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino
mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo anunciaron en funcin de su
utilidad en la vida de los hombres, sino como una simple curiosidad de circo. Esta vez, entre
muchos otros juegos de artificio, llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un
aporte fundamental al desarrollo del transporte, como un objeto de recreo. La gente, desde
luego, desenterr sus ltimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo fugaz sobre las casas
de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, Jos Arcadio y Pilar
vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron
a sospechar que el amor poda ser un sentimiento ms reposado y profundo que la felicidad de-
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La pasin de los otros despert la fiebre de Jos Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la
muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de
domin, y su piel se deshizo en un sudor plido y sus ojos se llenaron de lgrimas y todo su
cuerpo exhal un lamento lgubre y un vago olor de lodo. Pero soport el impacto con una
firmeza de carcter y una valenta admirables. Jos Arcadio se sinti entonces levantado en vilo
hacia un estado de inspiracin serfica, donde su corazn se desbarat en un manantial de
obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los odos y le salan por la boca
traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sbado Jos Arcadio se amarr un trapo rojo en
la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando rsula descubri su ausencia, lo busc por toda la aldea. En el desmantelado
campamento de los gitanos no haba ms que un reguero de desperdicios entre las cenizas
todava humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ah buscando abalorios
entre la basura le dijo a rsula que la noche anterior haba visto a su hijo en el tumulto de la fa-
rndula, empujando una carretilla con la jaula del hombre-vbora. Se meti de gitano!, le grit
ella a su marido, quien no haba dado la menor seal de alarma ante la desaparicin.
-Ojal fuera cierto -dijo Jos Arcadio Buenda, machacando en el mortero la materia mil veces
machacada y recalentada y vuelta a machacar-. As aprender a ser hombre.
rsula pregunt por dnde se haban ido los gitanos. Sigui preguntando en el camino que le
indicaron, y creyendo que todava tena tiempo de alcanzarlos, sigui alejndose de la aldea,
hasta que tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no pens en regresar. Jos Arcadio Buenda
no descubri la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando dej la materia
recalentndose en una cama de estircol, y fue a ver qu le pasaba a la pequea Amaranta que
estaba ronca de llorar. En pocas horas reuni un grupo de hombres bien equipados, puso a
Amaranta en manos de una mujer que se ofreci para amamantara, y se perdi por senderos
invisibles en pos de rsula. Aureliano los acompa. Unos pescadores indgenas, cuya lengua
desconocan, les indicaron por seas al amanecer que no haban visto pasar a nadie. Al cabo de
tres das de bsqueda intil, regresaron a la aldea.
Durante varias semanas, Jos Arcadio Buenda se dej vencer por la consternacin. Se
ocupaba como una madre de la pequea Amaranta. La baaba y cambiaba de ropa, la llevaba a
ser amamantada cuatro veces al da y hasta le cantaba en la noche las canciones que rsula
nunca supo cantar. En cierta ocasin, Pilar Ternera se ofreci para hacer los oficios de la casa
mientras regresaba rsula. Aureliano, cuya misteriosa intuicin se haba sensibilizado en la
desdicha, experiment un fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algn
modo inexplicable ella tena la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparicin de
su madre, y la acos de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que la mujer no volvi
a la casa.
El tiempo puso las cosas en su puesto. Jos Arcadio Buenda y su hijo no supieron en qu
momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor,
entregados una vez ms a la paciente manipulacin de la materia dormida desde haca varios
meses en su cama de estircol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre,
observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en el cuartito enrarecido
por los vapores del mercurio. En cierta ocasin, meses despus de la partida de rsula, em-
pezaron a suceder cosas extraas. Un frasco vaco que durante mucho tiempo estuvo olvidado en
un armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la
mesa de trabajo hirvi sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. Jos Arcadio
Buenda y su hijo observaban aquellos fenmenos con asustado alborozo, sin lograr explicrselos,
pero interpretndolos como anuncios de la materia. Un da la canastilla de Amaranta empez a
moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto, ante la consternacin de
Aureliano, que se apresur a detenerla. Pero su padre no se alter. Puso la canastilla en su
puesto y la amarr a la pata de una mesa, convencido de que el acontecimiento esperado era
inminente. Fue en esa ocasin cuando Aureliano le oy decir:
-Si no temes a Dios, tmele a los metales.
De pronto, casi cinco meses despus de su desaparicin, volvi rsula. Lleg exaltada,
rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. Jos Arcadio Buenda
apenas si pudo resistir el impacto. Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a ocurrir. Y lo crea de
veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la materia, rogaba en el fondo
de su corazn que el prodigio esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la liberacin
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del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras
de la casa, sino lo que ahora haba ocurrido: el regreso de rsula. Pero ella no comparta su
alborozo. Le dio un beso convencional, como si no hubiera estado ausente ms de una hora, y le
dijo:
-Asmate a la puerta.
Jos Arcadio Buenda tard mucho tiempo para restablecerse la perplejidad cuando sali a la
calle y vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de cabellos
lacios y piel parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de los mismos dolores. Traan
mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domsticos,
puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la
realidad cotidiana. Venan del otro lado de la cinaga, a slo dos das de viaje, donde haba
pueblos que reciban el correo todos los meses y conocan las mquinas del bienestar. rsula no
haba alcanzado a los gitanos, pero encontr la ruta que su marido no pudo descubrir en su
frustrada bsqueda de los grandes inventos.
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El hijo de Pilar Ternera fue llevado a casa de sus abuelos a las dos semanas de nacido. rsula
lo admiti de mala gana, vencida una vez ms por la terquedad de su marido que no pudo tolerar
la idea de que un retoo de su sangre quedara navegando a la deriva, pero impuso la condicin
de que se ocultara al nio su verdadera identidad. Aunque recibi el nombre de Jos Arcadio,
terminaron por llamarlo simplemente Arcadio para evitar confusiones. Haba por aquella poca
tanta actividad en el pueblo y tantos trajines en la casa, que el cuidado de los nios qued
relegado a un nivel secundario. Se los encomendaron a Visitacin, una india guajira que lleg al
pueblo con un hermano, huyendo de una peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde haca
varios aos. Ambos eran tan dciles y serviciales que rsula se hizo cargo de ellos para que la
ayudaran en los oficios domsticos. Fue as como Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira
antes que el castellano, y aprendieron a tomar caldo de lagartijas y a comer huevos de araas sin
que rsula se diera cuenta, porque andaba demasiado ocupada en un prometedor negocio de
animalitos de caramelo. Macondo estaba transformado. Las gentes que llegaron con rsula
divulgaron la buena calidad de su suelo y su posicin privilegiada con respecto a la cinaga, de
modo que la escueta aldea de otro tiempo se convirti muy pronto en un pueblo activo, con
tiendas y talleres de artesana, y una ruta de comercio permanente por donde llegaran los
primeros rabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por
guacamayas. Jos Arcadio Buenda no tuvo un instante de reposo. Fascinado por una realidad
inmediata que entonces le result ms fantstica que el vasto universo de su imaginacin, perdi
todo inters por el laboratorio de alquimia, puso a descansar la materia extenuada por largos
meses de manipulacin, y volvi a ser el hombre emprendedor de los primeros tiempos que
decida el trazado de las calles y la posicin de las nuevas casas, de manera que nadie disfrutara
de privilegios que no tuvieran todos. Adquiri tanta autoridad entre los recin llegados que no se
echaron cimientos ni se pararon cercas sin consultrselo, y se determin que fuera l quien
dirigiera la reparticin de la tierra. Cuando volvieron los gitanos saltimbanquis, ahora con su feria
ambulante transformada en un gigantesco establecimiento de juegos de suerte y azar, fueron
recibidos con alborozo porque se pens que Jos Arcadio regresaba con ellos. Pero Jos Arcadio
no volvi, ni llevaron al hombre-vbora que segn pensaba rsula era el nico que podra darles
razn de su hijo, as que no se les permiti a los gitanos instalarse en el pueblo ni volver a pisarlo
en el futuro, porque se los consider como mensajeros de la concupiscencia y la perversin. Jos
Arcadio Buenda, sin embargo, fue explcito en el sentido de que la antigua tribu de Melquades,
que tanto contribuy al engrandecimiento de la aldea can su milenaria sabidura y sus fabulosos
inventos, encontrara siempre las puertas abiertas. Pero la tribu de Melquades, segn contaron
los trotamundos, haba sido borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado los limites del
conocimiento humano.
Emancipado al menos por el momento de las torturas de la fantasa, Jos Arcadio Buenda
impuso en poco tiempo un estado de orden y trabajo, dentro del cual slo se permiti una
licencia: la liberacin de los pjaros que desde la poca de la fundacin alegraban el tiempo con
sus flautas, y la instalacin en su lugar de relojes musicales en todas las casas. Eran unos
preciosos relojes de madera labrada que los rabes cambiaban por guacamayas, y que Jos
Arcadio Buenda sincroniz con tanta precisin, que cada media hora el pueblo se alegraba con
los acordes progresivos de una misma pieza, hasta alcanzar la culminacin de un medioda exacto
y unnime con el valse completo. Fue tambin Jos Arcadio Buenda quien decidi por esos aos
que en las calles del pueblo se sembraran almendros en vez de acacias, y quien descubri sin
revelarlos nunca las mtodos para hacerlos eternos. Muchos aos despus, cuando Macondo fue
un campamento de casas de madera y techos de cinc, todava perduraban en las calles ms
antiguas los almendros rotos y polvorientas, aunque nadie saba entonces quin los haba
sembrado. Mientras su padre pona en arden el pueblo y su madre consolidaba el patrimonio
domstico con su maravillosa industria de gallitos y peces azucarados que dos veces al da salan
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de la casa ensartadas en palos de balso, Aureliano viva horas interminables en el laboratorio
abandonada, aprendiendo por pura investigacin el arte de la platera. Se haba estirado tanto,
que en poco tiempo dej de servirle la ropa abandonada por su hermano y empez a usar la de
su padre, pero fue necesario que Visitacin les cosiera alforzas a las camisas y sisas a las
pantalones, porque Aureliano no haba sacada la corpulencia de las otras. La adolescencia le
haba quitada la dulzura de la voz y la haba vuelta silencioso y definitivamente solitario, pero en
cambio le haba restituido la expresin intensa que tuvo en los ajos al nacer. Estaba tan
concentrado en sus experimentos de platera que apenas si abandonaba el laboratorio para
comer. Preocupada por su ensimismamiento, Jos Arcadio Buenda le dio llaves de la casa y un
poco de dinero, pensando que tal vez le hiciera falta una mujer. Pero Aureliano gast el dinero en
cida muritico para preparar agua regia y embelleci las llaves con un bao de oro. Sus
exageraciones eran apenas comparables a las de Arcadio y Amaranta, que ya haban empezada a
mudar los dientes y todava andaban agarrados toda el da a las mantas de los indios, tercos en
su decisin de no hablar el castellano, sino la lengua guajira. No tienes de qu quejarte -le deca
rsula a su marido-. Los hijos heredan las locuras de sus padres. Y mientras se lamentaba de su
mala suerte, convencida de que las extravagancias de sus hijos eran alga tan espantosa coma
una cola de cerdo, Aureliano fij en ella una mirada que la envolvi en un mbito de
incertidumbre.
-Alguien va a venir -le dijo.
rsula, como siempre que l expresaba un pronstico, trat de desalentara can su lgica
casera. Era normal que alguien llegara. Decenas de forasteras pasaban a diaria por Macondo sin
suscitar inquietudes ni anticipar anuncios secretos. Sin embargo, por encima de toda lgica,
Aureliano estaba seguro de su presagio.
-No s quin ser -insisti-, pero el que sea ya viene en camino.
El domingo, en efecto, lleg Rebeca. No tena ms de once aos. Haba hecho el penoso viaje
desde Manaure con unos traficantes de pieles que recibieron el encargo de entregarla junto con
una carta en la casa de Jos Arcadio Buenda, pero que no pudieron explicar con precisin quin
era la persona que les haba pedido el favor. Todo su equipaje estaba compuesto por el baulito de
la ropa un pequeo mecedor de madera can florecitas de calores pintadas a mano y un talego de
lona que haca un permanente ruido de clac clac clac, donde llevaba los huesos de sus padres. La
carta dirigida a Jos Arcadio Buenda estaba escrita en trminos muy cariosas por alguien que lo
segua queriendo mucho a pesar del tiempo y la distancia y que se senta obligado por un
elemental sentido humanitario a hacer la caridad de mandarle esa pobre huerfanita desamparada,
que era prima de rsula en segundo grado y por consiguiente parienta tambin de Jos Arcadio
Buenda, aunque en grado ms lejano, porque era hija de ese inolvidable amigo que fue Nicanor
Ulloa y su muy digna esposa Rebeca Montiel, a quienes Dios tuviera en su santa reino, cuyas
restas adjuntaba la presente para que les dieran cristiana sepultura. Tanto los nombres
mencionados como la firma de la carta eran perfectamente legibles, pero ni Jos Arcadio Buenda
ni rsula recordaban haber tenida parientes con esos nombres ni conocan a nadie que se llamara
cama el remitente y mucha menos en la remota poblacin de Manaure. A travs de la nia fue
imposible obtener ninguna informacin complementaria. Desde el momento en que lleg se sent
a chuparse el dedo en el mecedor y a observar a todas con sus grandes ajos espantados, sin que
diera seal alguna de entender lo que le preguntaban. Llevaba un traje de diagonal teido de
negro, gastada por el uso, y unas desconchadas botines de charol. Tena el cabello sostenido
detrs de las orejas can moas de cintas negras. Usaba un escapulario con las imgenes barradas
por el sudor y en la mueca derecha un colmillo de animal carnvoro montada en un soporte de
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cloqueante cacareo de gallina clueca. Pas mucho tiempo antes de que Rebeca se incorporara a la
vida familiar. Se sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincn ms apartado de la
casa. Nada le llamaba la atencin, salvo la msica de los relojes, que cada media hora buscaba
con ajos asustados, como si esperara encontrarla en algn lugar del aire. No lograron que
comiera en varios das. Nadie entenda cmo no se haba muerta de hambre, hasta que los
indgenas, que se daban cuenta de todo porque recorran la casa sin cesar can sus pies sigilosos,
descubrieron que a Rebeca slo le gustaba comer la tierra hmeda del patio y las tortas de cal
que arrancaba de las paredes con las uas. Era evidente que sus padres, o quienquiera que la
hubiese criado, la haban reprendido por ese hbito, pues lo practicaba a escondidas y con
conciencia de culpa, procurando trasponer las raciones para comerlas cuando nadie la viera.
Desde entonces la sometieron a una vigilancia implacable. Echaban hiel de vaca en el patio y
untaban aj picante en las paredes, creyendo derrotar con esos mtodos su vicio perniciosa, pero
ella dio tales muestras de astucia e ingenio para procurarse la tierra, que rsula se vio forzada a
emplear recursos ms drsticas. Pona jugo de naranja con ruibarbo en una cazuela que dejaba al
serena toda la noche, y le daba la pcima al da siguiente en ayunas. Aunque nadie le haba dicho
que aqul era el remedio especfico para el vicio de comer tierra, pensaba que cualquier sustancia
amarga en el estmago vaco tena que hacer reaccionar al hgado. Rebeca era tan rebelde y tan
fuerte a pesar de su raquitismo, que tenan que barbeara como a un becerro para que tragara la
medicina, y apenas si podan reprimir sus pataletas y soportar los enrevesados jeroglficos que
ella alternaba con mordiscas y escupitajos, y que segn decan las escandalizadas indgenas eran
las obscenidades ms gruesas que se podan concebir en su idioma. Cuando rsula lo supo,
complement el tratamiento con correazos. No se estableci nunca si lo que surti efecto fue el
ruibarbo a las tollinas, o las dos cosas combinadas, pero la verdad es que en pocas semanas
Rebeca empez a dar muestras de restablecimiento. Particip en los juegos de Arcadio y
Amaranta, que la recibieron coma una hermana mayor, y comi con apetito sirvindose bien de
los cubiertos. Pronto se revel que hablaba el castellano con tanta fluidez cama la lengua de los
indios, que tena una habilidad notable para los oficias manuales y que cantaba el valse de los
relojes con una letra muy graciosa que ella misma haba inventado. No tardaron en considerarla
como un miembro ms de la familia. Era con rsula ms afectuosa que nunca lo fueron sus
propios hijos, y llamaba hermanitos a Amaranta y a Arcadio, y to a Aureliano y abuelito a Jos
Arcadio Buenda. De modo que termin por merecer tanto como los otros el nombre de Rebeca
Buenda, el nico que tuvo siempre y que llev can dignidad hasta la muerte.
Una noche, por la poca en que Rebeca se cur del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir
en el cuarto de los otros nios, la india que dorma con ellos despert par casualidad y oy un
extrao ruido intermitente en el rincn. Se incorpor alarmada, creyendo que haba entrada un
animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupndose el dedo y con los ojos
alumbrados como los de un gato en la oscuridad.
Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitacin reconoci en esos ojos
los sntomas de la enfermedad cuya amenaza los haba obligada, a ella y a su hermano, a
desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran prncipes. Era la peste del
insomnio.
Cataure, el indio, no amaneci en la casa. Su hermana se qued, porque su corazn fatalista le
indicaba que la dolencia letal haba de perseguira de todos modos hasta el ltimo rincn de la
tierra. Nadie entendi la alarma de Visitacin. Si no volvemos a dormir, mejor -deca Jos
Arcadio Buenda, de buen humor-. As nos rendir ms la vida. Pero la india les explic que lo
ms temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no
senta cansancio alguno, sino su inexorable evolucin hacia una manifestacin ms crtica: el
olvido. Quera decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a
borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la nocin de las cosas, y
por ltimo la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una
especie de idiotez sin pasado. Jos Arcadio Buenda, muerta de risa, consider que se trataba de
una de tantas dolencias inventadas por la supersticin de los indgenas. Pero rsula, por si acaso,
tom la precaucin de separar a Rebeca de los otros nios.
Al cabo de varias semanas, cuando el terror de Visitacin pareca aplacado, Jos Arcadio
Buenda se encontr una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. rsula, que tambin
haba despertado, le pregunt qu le pasaba, y l le contest:
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Gabriel Garca Mrquez
Estoy pensando otra vez en Prudencia Aguilar. No durmieron un minuto, pero al da
siguiente se sentan tan descansadas que se olvidaron de la mala noche. Aureliano coment
asombrado a la hora del almuerzo que se senta muy bien a pesar de que haba pasado toda la
noche en el laboratorio dorando un prendedor que pensaba regalarle a rsula el da de su cum-
pleaos. No se alarmaran hasta el tercer da, cuando a la hora de acostarse se sintieron sin
sueo, y cayeran en la cuenta de que llevaban ms de cincuenta horas sin dormir.
-Los nios tambin estn despiertos -dijo la india con su conviccin fatalista-. Una vez que
entra en la casa, nadie escapa a la peste.
Haban contrado, en efecto, la enfermedad del insomnio. rsula, que haba aprendido de su
madre el valor medicinal de las plantas, prepar e hizo beber a todos un brebaje de acnito, pero
no consiguieran dormir, sino que estuvieron todo el da soando despiertos. En ese estada de
alucinada lucidez no slo vean las imgenes de sus propios sueos, sino que los unos vean las
imgenes soadas por los otros. Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes. Sentada en
su mecedor en un rincn de la cocina, Rebeca so que un hombre muy parecido a ella, vestido
de lino blanco y con el cuello de la camisa cerrado por un botn de aro, le llevaba una rama de
rosas. Lo acompaaba una mujer de manas delicadas que separ una rosa y se la puso a la nia
en el pelo. rsula comprendi que el hombre y la mujer eran los padres de Rebeca, pero aunque
hizo un grande esfuerzo por reconocerlos, confirm su certidumbre de que nunca los haba visto.
Mientras tanto, por un descuido que Jos Arcadio Buenda no se perdon jams, los animalitos de
caramelo fabricados en la casa seguan siendo vendidos en el pueblo. Nias y adultos chupaban
encantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos peces rosados del insomnio
y los tiernos caballitos amarillos del insomnio, de modo que el alba del lunes sorprendi despierto
a todo el pueblo. Al principio nadie se alarm. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque
entonces haba tanto que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto,
que pronto no tuvieran nada ms que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los
brazos cruzados, contando el nmero de notas que tena el valse de los relajes. Los que queran
dormir, no por cansancio, sino por nostalgia de los sueos, recurrieron a toda clase de mtodos
agotadores. Se reunan a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismas
chistes, a complicar hasta los lmites de la exasperacin el cuento del gallo capn, que era un
juego infinito en que el narrador preguntaba si queran que les contara el cuento del gallo capn,
y cuando contestaban que s, el narrador deca que no haba pedido que dijeran que s, sino que
si queran que les contara el cuento del gallo capn, y cuando contestaban que no, el narrador
deca que no les haba pedida que dijeran que no, sino que si queran que les contara el cuento
del gallo capn, y cuando se quedaban callados el narrador deca que no les haba pedido que se
quedaran callados, sino que si queran que les contara el cuento del gallo capn, Y nadie poda
irse, porque el narrador deca que no les haba pedido que se fueran, sino que si queran que les
contara el cuento del gallo capn, y as sucesivamente, en un crculo vicioso que se prolongaba
por noches enteras.
Cuando Jos Arcadio Buenda se dio cuenta de que la peste haba invadida el pueblo, reuni a
las jefes de familia para explicarles lo que saba sobre la enfermedad del insomnio, y se
acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la cinaga.
Fue as como se quitaron a los chivos las campanitas que los rabes cambiaban por guacamayas
y se pusieron a la entrada del pueblo a disposicin de quienes desatendan los consejos y splicas
de los centinelas e insistan en visitar la poblacin. Todos los forasteros que por aquel tiempo
recorran las calles de Macondo tenan que hacer sonar su campanita para que los enfermos
supieran que estaba sano. No se les permita comer ni beber nada durante su estancia, pues no
haba duda de que la enfermedad slo s transmita por la boca, y todas las cosas de comer y de
beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al
permetro de la poblacin. Tan eficaz fue la cuarentena, que lleg el da en que la situacin de
emergencia se tuvo por cosa natural, y se organiz la vida de tal modo que el trabajo recobr su
ritmo y nadie volvi a preocuparse por la intil costumbre de dormir.
Fue Aureliano quien concibi la frmula que haba de defenderlos durante varias meses de las
evasiones de la memoria. La descubri por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de
las primeros, haba aprendido a la perfeccin el arte de la platera. Un da estaba buscando el
pequeo yunque que utilizaba para laminar los metales, y no record su nombre. Su padre se lo
dijo: tas. Aureliano escribi el nombre en un papel que peg con goma en la base del
yunquecito: tas. As estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurri que fuera aquella
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la primera manifestacin del olvido, porque el objeto tena un nombre difcil de recordar. Pero
pocos das despus descubri que tena dificultades para recordar casi todas las cosas del
laboratorio. Entonces las marc con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la
inscripcin para identificarlas. Cuando su padre le comunic su alarma por haber olvidado hasta
los hechos ms impresionantes de su niez, Aureliano le explic su mtodo, y Jos Arcadio
Buenda lo puso en prctica en toda la casa y ms tarde la impuso a todo el pueblo. Con un
hisopo entintado marc cada cosa con su nombre:
mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama,
cacerola.
Fue al corral y marc los animales y las plantas:
vaca, chivo, puerca, gallina, yuca,
malanga, guineo.
Paca a poca, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de
que poda llegar un da en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se
recordara su utilidad. Entonces fue ms explcito. El letrero que colg en la cerviz de la vaca era
una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar
contra el olvido:
sta es la vaca, hay que ordearla todas las maanas para que produzca leche y
a la leche hay que hervira para mezclarla con el caf y hacer caf con leche.
As continuaron
viviendo en una realidad escurridiza, momentneamente capturada por las palabras, pero que
haba de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.
En la entrada del camino de la cinaga se haba puesto un anuncio que deca
Macondo
ms grande en la calle central que deca
Dios existe.
En todas las casas se haban escrita claves
para memorizar los objetas y los sentimientos. Pero el sistema exiga tanta vigilancia y tanta
fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por
ellos mismos, que les resultaba menos prctica pero ms reconfortante. Pilar Ternera fue quien
ms contribuy a popularizar esa mistificacin, cuando concibi el artificio de leer el pasado en
las barajas como antes haba ledo el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a
vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se
recordaba apenas como el hombre moreno que haba llegada a principios de abril y la madre se
recordaba apenas como la mujer triguea que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y
donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al ltimo martes en que cant la alondra en el
laurel. Derrotado por aquellas prcticas de consolacin, Jos Arcadio Buenda decidi entonces
construir la mquina de la memoria que una vez haba deseado para acordarse de los
maravillosos inventos de los gitanos. El artefacto se fundaba en la posibilidad de repasar todas las
maanas, y desde el principio hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida.
Lo imaginaba como un diccionario giratorio que un individuo situada en el eje pudiera operar
mediante una manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las naciones ms
necesarias para vivir. Haba logrado escribir cerca de catorce mil fichas, cuando apareci par el
camino de la cinaga un anciano estrafalario con la campanita triste de los durmientes, cargando
una maleta ventruda amarrada can cuerdas y un carrito cubierto de trapos negros. Fue
directamente a la casa de Jas Arcadio Buenda.
Visitacin no lo conoci al abrirle la puerta, y pens que llevaba el propsito de vender algo,
ignorante de que nada poda venderse en un pueblo que se hunda sin remedio en el tremedal del
olvido. Era un hombre decrpito. Aunque su voz estaba tambin cuarteada par la incertidumbre y
sus manas parecan dudar de la existencia de las cosas, era evidente que venan del mundo
donde todava los hombres podan dormir y recordar. Jos Arcadio Buenda lo encontr sentado
en la sala, abanicndose con un remendado sombrero negra, mientras lea can atencin
compasiva los letreros pegados en las paredes. Lo salud con amplias muestras de afecto,
temiendo haberla conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirti su
falsedad. Se sinti olvidado, no con el olvido remediable del corazn, sino con otro olvido ms
cruel e irrevocable que l conoca muy bien, porque era el olvido de la muerte. Entonces
comprendi. Abri la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sac un maletn
con muchos frascos. Le dio a beber a Jos Arcadio Buenda una sustancia de color apacible, y la
luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a s mismo en
una sala absurda donde los objetas estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes
tonteras escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recin llegado en un deslumbrante
resplandor de alegra. Era Melquades.
Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, Jos Arcadio Buenda y
Melquades le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el
pueblo. Haba estado en la muerte, en efecto, pero haba regresada porque no pudo soportar la
soledad. Repudiada par su tribu, desprovisto de toda facultad sobrenatural como castigo por su
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fidelidad a la vida, decidi refugiarse en aquel rincn del mundo todava no descubierto por la
muerte, dedicada a la explotacin de un laboratorio de daguerrotipia. Jos Arcadio Buenda no
haba odo hablar nunca de ese invento. Pero cuando se vio a s mismo y a toda su familia
plasmadas en una edad eterna sobre una lmina de metal tornasol, se qued mudo de estupor.
De esa poca databa el oxidado daguerrotipo en el que apareci Jos Arcadio Buenda con el pelo
erizada y ceniciento, el acartonada cuello de la camisa prendido con un botn de cobre, y una
expresin de solemnidad asombrada, y que rsula describa muerta de risa como un general
asustado. En verdad, Jos Arcadio Buenda estaba asustado la difana maana de diciembre en
que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba que la gente se iba gastando poca a poca a
medida que su imagen pasaba a las placas metlicas. Por una curiosa inversin de la costumbre,
fue rsula quien le sac aquella idea de la cabeza, como fue tambin ella quien olvid sus
antiguos resquemores y decidi que Melquades se quedara viviendo en la casa, aunque nunca
permiti que le hicieran un daguerrotipo porque (segn sus propias palabras textuales) no quera
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exprimieron, torcindola por los extremos, hasta que recobr su peso natural. Voltearan la
estera, y el sudor sala del otro lado. Aureliano ansiaba que aquella operacin no terminara
nunca. Conoca la mecnica terica del amar, pero no poda tenerse en pie a causa del desaliento
de sus rodillas, y aunque tena la piel erizada y ardiente no poda resistir a la urgencia de
expulsar el peso de las tripas. Cuando la muchacha acab de arreglar la cama y le orden que se
desvistiera, l le hizo una explicacin atolondrada: Me hicieron entrar. Me dijeron que echara
veinte centavos en la alcanca y que no me demorara. La muchacha comprendi su ofuscacin.
Si echas otros veinte centavos a la salida, puedes demorarte un poca ms
, dijo suavemente.
Aureliano se desvisti, atormentado por el pudor, sin poder quitarse la idea de que su desnudez
no resista la comparacin can su hermano. A pesar de los esfuerzas de la muchacha, l se sinti
cada vez ms indiferente, y terriblemente sola. Echar otros veinte centavos, dijo con voz de-
solada. La muchacha se lo agradeci en silencio. Tena la espalda en carne viva. Tena el pellejo
pegado a las costillas y la respiracin alterada por un agotamiento insondable. Dos aos antes,
muy lejos de all, se haba quedado dormida sin apagar la vela y haba despertado cercada por el
fuego. La casa donde viva can la abuela que la haba criada qued reducida a cenizas. Desde
entonces la abuela la llevaba de pueblo en pueblo, acostndola por veinte centavos, para pagarse
el valor de la casa incendiada. Segn los clculos de la muchacha, todava la faltaban unos diez
aos de setenta hombres por noche, porque tena que pagar adems los gastos de viaje y
alimentacin de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el mecedor. Cuando la matrona
toc la puerta por segunda vez, Aureliano sali del cuarto sin haber hecho nada, aturdido por el
deseo de llorar. Esa noche no pudo dormir pensando en la muchacha, con una mezcla de deseo y
conmiseracin. Senta una necesidad irresistible de amarla y protegerla. Al amanecer, extenuado
por el insomnio y la fiebre, tom la serena decisin de casarse con ella para liberarla del des-
potismo de la abuela y disfrutar todas las noches de la satisfaccin que ella le daba a setenta
hombres. Pera a las diez de la maana, cuando lleg a la tienda de Catarino, la muchacha se
haba ido del pueblo.
El tiempo aplac su propsito atolondrado, pero agrav su sentimiento de frustracin. Se
refugi en el trabajo. Se resign a ser un hombre sin mujer toda la vida para ocultar la vergenza
de su inutilidad. Mientras tanto, Melquades termin de plasmar en sus placas todo lo que era
plasmable en Macondo, y abandon el laboratorio de daguerrotipia a los delirios de Jos Arcadio
Buenda, quien haba resuelto utilizarlo para obtener la prueba cientfica de la existencia de Dios.
Mediante un complicada proceso de exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la
casa, estaba segura de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si exista, o poner
trmino de una vez por todas a la suposicin de su existencia. Melquades profundiz en las
interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde, asfixindose dentro de su descolorido
chaleco de terciopelo, garrapateando papeles con sus minsculas manas de gorrin, cuyas
sortijas haban perdido la lumbre de otra poca. Una noche crey encontrar una prediccin sobre
el futuro de Macondo. Sera una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba
ningn rastro de la estirpe de las Buenda. Es una equivocacin -tron Jos Arcadio Buenda-.
No sern casas de vidrio sino de hielo, coma yo lo so y siempre habr un Buenda, por los
siglos de los siglos. En aquella casa extravagante, rsula pugnaba por preservar el sentido
comn, habiendo ensanchado el negocio de animalitos de caramelo con un horno que produca
toda la noche canastos y canastos de pan y una prodigiosa variedad de pudines, merengues y
bizcochuelos, que se esfumaban en pocas horas por los vericuetos de la cinaga. Haba llegado a
una edad en que tena derecho a descansar, pero era, sin embargo, cada vez ms activa. Tan
ocupada estaba en sus prsperas empresas, que una tarde mir por distraccin hacia el patio,
mientras la india la ayudaba a endulzar la masa, y vio das adolescentes desconocidas y hermosas
bardando en bastidor a la luz del crepsculo. Eran Rebeca y Amaranta. Apenas se haban quitado
el luto de la abuela, que guardaron con inflexible rigor durante tres aos, y la ropa de color
pareca haberles dado un nuevo lugar en el mundo. Rebeca, al contrario de lo que pudo es-
perarse, era la ms bella. Tena un cutis difano, unos ojos grandes y reposados, y unas manos
mgicas que parecan elaborar con hilos invisibles la trama del bordado. Amaranta, la menor, era
un poco sin gracia, pero tena la distincin natural, el estiramiento interior de la abuela muerta.
Junta a ellas, aunque ya revelaba el impulso fsico de su padre, Arcadio pareca una nia. Se
haba dedicado a aprender el arte de la platera con Aureliano, quien adems lo haba enseado a
leer y escribir. rsula se dio cuenta de pronto que la casa se haba llenado de gente, que sus
hijos estaban a punto de casarse y tener hijos, y que se veran obligadas a dispersarse por falta
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de espacio. Entonces sac el dinero acumulado en largos aos de dura labor, adquiri
compromisos con sus clientes, y emprendi la ampliacin de la casa. Dispuso que se construyera
una sala formal para las visitas, otra ms cmoda y fresca para el uso diario, un comedor para
una mesa de doce puestas donde se sentara la familia con todos sus invitados; nueve dormitorios
con ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del resplandor del medioda por un
jardn de rasas, con un pasamanos para poner macetas de helechos y tiestos de begonias.
Dispuso ensanchar la cocina para construir das hornos, destruir el viejo granero donde Pilar
Ternera le ley el porvenir a Jos Arcadio, y construir otro das veces ms grande para que nunca
faltaran los alimentos en la casa. Dispuso construir en el patio, a la sombra del castao, un bao
para las mujeres y otra para los hombres, y al fondo una caballeriza grande, un gallinero
alambrado, un establo de ordea y una pajarera abierta a los cuatro vientos para que se
instalaran a su gusta los pjaros sin rumbo. Seguida por docenas de albailes y carpinteros,
como si hubiera contrado la fiebre alucinante de su esposa, rsula ordenaba la posicin de la luz
y la conducta del calor, y reparta el espacio sin el menor sentido de sus lmites. La primitiva
construccin de los fundadores se llen de herramientas y materiales, de obreros agobiados por
el sudar, que le pedan a todo el mundo el favor de no estorbar, sin pensar que eran ellos quienes
estorbaban, exasperados por el talego de huesas humanos que los persegua por todas partes
can su sorda cascabeleo. En aquella incomodidad, respirando cal viva y melaza de alquitrn,
nadie entendi muy bien cmo fue surgiendo de las entraas de la tierra no slo la casa ms
grande que habra nunca en el pueblo, sino la ms hospitalaria y fresca que hubo jams en el
mbito de la cinaga. Jos Arcadio Buenda, tratando de sorprender a la Divina Providencia en
medio del cataclismo, fue quien menos lo entendi. La nueva casa estaba casi terminada cuando
rsula lo sac de su mundo quimrico para informarle que haba orden de pintar la fachada de
azul, y no de blanca como ellos queran. Le mostr la disposicin oficial escrita en un papel. Jos
Arcadio Buenda, sin comprender lo que deca su esposa, descifr la firma.
-Quin es este tipo? -pregunt.
-El corregidor -dijo rsula desconsolada-. Dicen que es una autoridad que mand el gobierno.
Don Apolinar Moscote, el corregidor, haba llegado a Macondo sin hacer ruido. Se baj en el
Hotel de Jacob -instalado por uno de los primeras rabes que llegaron haciendo cambalache de
chucheras por guacamayas- y al da siguiente alquil un cuartito con puerta hacia la calle, a dos
cuadras de la casa de los Buenda. Puso una mesa y una silla que les compr a Jacob, clav en la
pared un escudo de la repblica que haba trado consigo, y pint en la puerta el letrero:
rregidor.
Su primera disposicin fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar
el aniversario de la independencia nacional. Jos Arcadio Buenda, con la copia de la orden en la
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-Quiero advertirle que estoy armado.
Jos Arcadio Buenda no supo en qu momento se le subi a las manos la fuerza juvenil con
que derribaba un caballo. Agarr a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levant a la altura de
sus ajos.
-Esto lo hago -le dijo- porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargndolo muerto
por el resto de mi vida.
As la llev por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus
das pies en el camino de la cinaga. Una semana despus estaba de regreso con seis soldados
descalzos y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su
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La casa nueva, blanca como una paloma, fue estrenada con un baile. rsula haba concebido
aquella idea desde la tarde en que vio a Rebeca y Amaranta convertidas en adolescentes, y casi
puede decirse que el principal motivo de la construccin fue el deseo de procurar a las muchachas
un lugar digno donde recibir las visitas. Para que nada restara esplendor a ese propsito, trabaj
coma un galeote mientras se ejecutaban las reformas, de modo que antes de que estuvieran
terminadas haba encargado costosas menesteres para la decoracin y el servicio, y el invento
maravilloso que haba de suscitar el asombro del pueblo y el jbilo de la juventud: la pianola. La
llevaron a pedazos, empacada en varios cajones que fueron descargados junto con los muebles
vieneses, la cristalera de Bohemia, la vajilla de la Compaa de las Indias, los manteles de
Holanda y una rica variedad de lmparas y palmatorias, y floreros, paramentos y tapices. La casa
importadora envi por su cuenta un experto italiana, Pietro Crespi, para que armara y afinara la
pianola, instruyera a los compradores en su manejo y las enseara a bailar la msica de moda
impresa en seis rollos de papel.
da el italiano almorz con ellos. Rebeca y Amaranta, sirviendo la mesa, se intimidaron con la
fluidez con que manejaba los cubiertos aquel hombre anglico de manos plidas y sin anillos. En
la sala de estar, contigua a la sala de visita, Pietro Crespi las ense a bailar. Les indicaba los
pasos sin tocarlas, marcando el comps con un metrnomo, baja la amable vigilancia de rsula,
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secreta. Dos das antes de la fiesta, empantanado en un reguero de clavijas y martinetes
sobrantes, chapuceando entre un enredijo de cuerdas que desenrollaba por un extremo y se
volvan a enrollar por el otro, consigui malcomponer el instrumento. Nunca hubo tantos
sobresaltos y correndillas como en aquellos das, pero las nuevas lmparas de alquitrn se en-
cendieron en la fecha y a la hora previstas. La casa se abri, todava olorosa a resinas y a cal
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con la misma letra metdica, la misma tinta verde y la misma disposicin preciosista de las
palabras con que estaban escritas las instrucciones de manejo de la pianola, y dobl la carta con
la punta de los dedos y se la escondi en el corpio mirando a Amparo Moscote con una
expresin de gratitud sin trmino ni condiciones y una callada promesa de complicidad hasta la
muerte.
La repentina amistad de Amparo Moscote y Rebeca Buenda despert las esperanzas de
Aureliano. El recuerdo de la pequea Remedios no haba dejado de torturara, pero no encontraba
la ocasin de verla. Cuando paseaba por el pueblo con sus amigos ms prximos, Magnfico
Visbal y Gerineldo Mrquez -hijos de los fundadores de iguales nombres-, la buscaba con mirada
ansiosa en el taller de costura y slo vea a las hermanas mayores. La presencia de Amparo
Moscote en la casa fue como una premonicin. Tiene que venir con ella -se deca Aureliano en
voz baja-. Tiene que venir. Tantas veces se lo repiti, y con tanta conviccin, que una tarde en
que armaba en el taller un pescadito de oro, tuvo la certidumbre de que ella haba respondido a
su llamado. Poco despus, en efecto, oy la vocecita infantil, y al levantar la vista con el corazn
helado de pavor, vio a la nia en la puerta con vestido de organd rosado y botitas blancas.
-Ah no entres, Remedios -dijo Amparo Moscote en el corredor-. Estn trabajando.
Pero Aureliano no le dio tiempo de atender. Levant el pescadito dorado prendido de una
cadenita que le sala por la boca, y le dijo:
-Entra.
Remedios se aproxim e hizo sobre el pescadito algunas preguntas, que Aureliano no pudo
contestar porque se lo impeda un asma repentina. Quera quedarse para siempre, junto a ese
cutis de lirio, junto a esos ojos de esmeralda, muy cerca de esa voz que a cada pregunta le deca
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hizo a Aureliano una caricia estremecedora. l la rechaz. Haba descubierto que mientras ms
beba ms se acordaba de Remedios, pero soportaba mejor la tortura de su recuerdo. No supo en
qu momento empez a flotar. Vio a sus amigos y a las mujeres navegando en una reverberacin
radiante, sin peso ni volumen, diciendo palabras que no salan de sus labios y haciendo seales
misteriosas que no correspondan a sus gestos. Catarino le puso una mano en la espalda y le
dijo: Van a ser las once. Aureliano volvi la cabeza, vio el enorme rostro desfigurado con una
flor de fieltro en la oreja, y entonces perdi la memoria, como en los tiempos del olvido, y la
volvi a recobrar en una madrugada ajena y en un cuarto que le era completamente extrao,
donde estaba Pilar Ternera en combinacin, descalza, desgreada, alumbrndolo con una
lmpara y pasmada de incredulidad.
Aureliano!
Aureliano se afirm en los pies y levant la cabeza. Ignoraba cmo haba llegado hasta all,
pero saba cul era el propsito, porque lo llevaba escondido desde la infancia en un estanco
inviolable del corazn.
-Vengo a dormir con usted -dijo.
Tena la ropa embadurnada de fango y de vmito. Pilar Ternera, que entonces viva solamente
con sus dos hijos menores, no le hizo ninguna pregunta. Lo llev a la cama. Le limpi la cara con
un estropajo hmedo, le quit la ropa, y luego se desnud por completo y baj el mosquitero
para que no la vieran sus hijos si despertaban. Se haba cansado de esperar al hombre que se
qued, a los hombres que se fueron, a los incontables hombres que erraron el camino de su casa
confundidos por la incertidumbre de las barajas. En la espera se le haba agrietado la piel, se le
haban vaciado los senos, se le haba apagado el rescoldo del corazn. Busc a Aureliano en la
oscuridad, le puso la mano en el vientre y lo bes en el cuello con una ternura maternal. Mi
pobre niito, murmur. Aureliano se estremeci. Con una destreza reposada, sin el menor
tropiezo, dej atrs los acantilados del dolor y encontr a Remedios convertida en un pantano sin
horizontes, olorosa a animal crudo y a ropa recin planchada. Cuando sali a flote estaba
llorando. Primero fueron unos sollozos involuntarios y entrecortados. Despus se vaci en un
manantial desatado, sintiendo que algo tumefacto y doloroso se haba reventado en su interior.
Ella esper, rascndole la cabeza con la yema de los dedos, hasta que su cuerpo se desocup de
la materia oscura que no lo dejaba vivir. Entonces Pilar Ternera le pregunt: Quin es? Y
Aureliano se lo dijo. Ella solt la risa que en otro tiempo espantaba a las palomas y que ahora ni
siquiera despertaba a los nios. Tendrs que acabar de criara, se burl. Pero debajo de la
burla encontr Aureliano un remanso de comprensin. Cuando abandon el cuarto, dejando all
no slo la incertidumbre de su virilidad sino tambin el peso amargo que durante tantos meses
soport en el corazn, Pilar Ternera le haba hecho una promesa espontnea.
-Voy a hablar con la nia -le dijo-, y vas a ver que te la sirvo en bandeja.
Cumpli. Pero en un mal momento, porque la casa haba perdido la paz de otros das. Al
descubrir la pasin de Rebeca, que no fue posible mantener en secreto a causa de sus gritos,
Amaranta sufri un acceso de calenturas. Tambin ella padeca la espina de un amor solitario.
Encerrada en el bao se desahogaba del tormento de una pasin sin esperanzas escribiendo
cartas febriles que se conformaba con esconder en el fondo del bal. rsula apenas si se dio
abasto para atender a las dos enfermas. No consigui en prolongados e insidiosos interrogatorios
averiguar las causas de la postracin de Amaranta. Por ltimo, en otro instante de inspiracin,
forz la cerradura del bal y encontr las cartas atadas con cintas de color de rosa, hinchadas de
azucenas frescas y todava hmedas de lgrimas, dirigidas y nunca enviadas a Pietro Crespi. Llo-
rando de furia maldijo la hora en que se le ocurri comprar la pianola, prohibi las clases de
bordado y decret una especie de luto sin muerto que haba de prolongarse hasta que las hijas
desistieron de sus esperanzas. Fue intil la intervencin de Jos Arcadio Buenda, que haba
rectificado su primera impresin sobre Pietro Crespi, y admiraba su habilidad para el manejo de
las mquinas musicales. De modo que cuando Pilar Ternera le dijo a Aureliano que Remedios
estaba decidida a casarse, l comprendi que la noticia acabara de atribular a sus padres. Pero le
hizo frente a la situacin. Convocados a la sala de visita para una entrevista formal, Jos Arcadio
Buenda y rsula escucharon impvidos la declaracin de su hijo. Al conocer el nombre de la
novia, sin embargo, Jos Arcadio Buenda enrojeci de indignacin. El amor es una peste -tron-
. Habiendo tantas muchachas bonitas y decentes, lo nico que se te ocurre es casarte con la hija
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el acierto de su hijo. Vencido por el entusiasmo de su mujer, Jos Arcadio Buenda puso entonces
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de animal dormido. Aureliano termin por olvidarse de l, absorto en la redaccin de sus versos,
pero en cierta ocasin crey entender algo de lo que deca en sus bordoneantes monlogos, y le
prest atencin. En realidad, lo nico que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el in-
sistente martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el nombre de Alexander Von
Humboldt. Arcadio se aproxim un poco ms a l cuando empez a ayudar a Aureliano en la
platera. Melquades correspondi a aquel esfuerzo de comunicacin soltando a veces frases en
castellano que tenan muy poco que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareci
iluminado por una emocin repentina. Aos despus, frente al pelotn de fusilamiento, Arcadio
haba de acordarse del temblor con que Melquades le hizo escuchar varias pginas de su
escritura impenetrable, que por supuesto no entendi, pero que al ser ledas en voz alta parecan
encclicas cantadas. Luego sonri por primera vez en mucho tiempo y dijo en castellano: Cuando
me muera, quemen mercurio durante tres das en mi cuarto. Arcadio se lo cant a Jos Arcadio
Buenda, y ste trat de obtener una informacin ms explcita, pero slo consigui una
respuesta: He alcanzado la inmortalidad. Cuando la respiracin de Melquades empez a oler,
Arcadio lo llev a baarse al ro los jueves en la maana. Pareci mejorar. Se desnudaba y se
meta en el agua junto con las muchachos, y su misterioso sentido de orientacin le permita elu-
dir los sitios profundos y
peligrosos. Somos del agua, dijo en cierta ocasin. As pas mucho
tiempo sin que nadie lo viera en la casa, salvo la noche en que hizo un conmovedor esfuerzo por
componer la pianola, y cuando iba al ro con Arcadio llevando bajo el brazo la totuma y la bola de
jabn de corozo envueltas en una toalla. Un jueves, antes de que lo llamaran para ir al ro,
Aureliano le oy decir: He muerto de fiebre en los mdanos de Singapur. Ese da se meti en el
agua par un mal camino y no lo encontraron hasta la maana siguiente, varios kilmetros ms
abajo, varado en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en el vientre. Contra las
escandalizadas protestas de rsula, que lo llor con ms dolor que a su propio padre, Jos
Arcadio Buenda se opuso a que lo enterraran. Es inmortal -dijo- y l mismo revel la frmula de
la resurreccin. Revivi el olvidado atanor y puso a hervir un caldero de mercurio junto al
cadver que poco a poco se iba llenado de burbujas azules. Don Apolinar Moscote se atrevi a
recordarle que un ahogado insepulto era un peligro para la salud pblica. Nada de eso, puesto
que est vivo, fue la rplica de Jos Arcadio Buenda, que complet las setenta y dos horas de
sahumerios mercuriales cuando ya el cadver empezaba a reventarse en una floracin lvida,
cuyos silbidos tenues impregnaron la casa de un vapor pestilente. Slo entonces permiti que lo
enterraran, pero no de cualquier modo, sino con los honores reservados al ms grande
benefactor de Macondo. Fue el primer entierro y el ms concurrido que se vio en el pueblo,
superado apenas un siglo despus por el carnaval funerario de la Mam Grande. Lo sepultaran en
una tumba erigida en el centro del terreno que destinaron para el cementerio, con una lpida
donde qued escrito lo nico que se supo de l: MESQUADES
Le hicieron sus nueve noches de
velorio. En el tumulto que se reuna en el patio a tomar caf, contar chistes y jugar barajas,
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regalo, su novia le reciba la visita en la sala principal can puertas y ventanas abiertas para estar
a salvo de toda suspicacia. Era una precaucin innecesaria, porque el italiano haba demostrado
ser tan respetuoso que ni siquiera tocaba la mano de la mujer que seria su esposa antes de un
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Aureliano descans con la comprobacin del presagio. Volvi a concentrarse en su trabaja,
como si nada hubiera pasado, y su voz adquiri una repasada firmeza.
-Lo reconozco -dijo-. Llevar mi nombre.
Jos Arcadio Buenda consigui par fin lo que buscaba: conect a una bailarina de cuerda el
mecanismo del reloj, y el juguete bail sin interrupcin al comps de su propia msica durante
tres das. Aquel hallazgo lo excit mucho ms que cualquiera de sus empresas descabelladas. No
volvi a comer. No volvi a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de rsula se dej arrastrar por
su imaginacin hacia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvera a recuperar. Pasaba las
noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los
principios del pndulo a las carretas de bueyes, a las rejas del arado, a toda la que fuera til
puesto en movimiento. Lo fatig tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo
reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entr en su dormitorio. Era
Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identific, asombrado de que tambin envejecieran los
muertos, Jos Arcadio Buenda se sinti sacudido por la nostalgia. Prudencio -exclam-, cmo
has venido a parar tan lejos! Despus de muchos aos de muerte, era tan intensa la aoranza
de las vivos, tan apremiante la necesidad de compaa, tan aterradora la proximidad de la otra
muerte que exista dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar haba terminado por querer al peor
de sus enemigas. Tena mucho tiempo de estar buscndolo. Les preguntaba por l a los muertos
de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la cinaga, y
nadie le daba razn, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que lleg
Melquades y lo seal con un puntito negro en las abigarrados mapas de la muerte. Jos Arcadio
Buenda convers con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas despus, estragado par
la vigilia, entr al taller de Aureliano y le pregunt: Qu da es hay? Aureliano le contest que
era martes. Eso mismo pensaba ya -dijo Jos Arcadio Buenda-. Pera de pronto me he dado
cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias.
Tambin hoy es lunes. Acostumbrada a sus manas, Aureliano no le hizo caso. Al da siguiente,
mircoles, Jos Arcadio Buenda volvi al taller. Esta es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el
zumbido del sol, igual que ayer y antier. Tambin hoy es lunes. Esa noche, Pietro Crespi lo
encontr en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando par Prudencio
Aguilar, por Melquades, por los padres de Rebeca, por su pap y su mam, por todos los que
poda recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regal un aso de cuerda que
caminaba en das patas por un alambre, pero no consigui distraerla de su obsesin. Le pregunt
qu haba pasado con el proyecto que le expuso das antes, sobre la posibilidad de construir una
mquina de pndulo que le sirviera al hombre para volar, y l contest que era imposible porque
el pndulo poda levantar cualquier cosa en el aire pero no poda levantarse a s mismo. El jueves
volvi a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. La mquina del tiempo
se ha descompuesto -casi solloz- y rsula y Amaranta tan lejos! Aureliano lo reprendi coma a
un nio y l adapt un aire sumiso. Pas seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar
una diferencia con el aspecto que tuvieron el da anterior, pendiente de descubrir en ellas algn
cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos
abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquades, a todos los muertos, para que fueran a
compartir su desazn. Pero nadie acudi. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvi a
vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que segua siendo
lunes. Entonces agarr la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal
destroz hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el
taller de orfebrera, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero com-
pletamente incomprensible. Se dispona a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidi
ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbara, catorce para amarrara, veinte
para arrastrarlo hasta el castao del patio, donde la dejaron atado, ladrando en lengua extraa y
echando espumarajos verdes por la baca. Cuando llegaron rsula y Amaranta todava estaba
atado de pies y manos al tronco del castao, empapada de lluvia y en un estado de inocencia
total. Le hablaran, y l las mir sin reconocerlas y les dijo alga incomprensible. rsula le solt las
muecas y los tobillos, ulceradas por la presin de las sagas, y lo dej amarrado solamente por la
cintura. Ms tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.
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Aureliano Buenda y Remedios Moscote se casaron un domingo de marzo ante el altar que el
padre Nicanor Reyna hizo construir en la sala de visitas. Fue la culminacin de cuatro semanas de
sobresaltos en casa de los Moscote, pues la pequea Remedios lleg a la pubertad antes de
superar los hbitos de la infancia. A pesar de que la madre la haba aleccionado sobre los cambios
de la adolescencia, una tarde de febrero irrumpi dando gritos de alarma en la sala donde sus
hermanas conversaban con Aureliano, y les mostr el calzn embadurnado de una pasta
achocolatada. Se fij un mes para la boda. Apenas si hubo tiempo de ensearla a lavarse, a
vestirse sola, a comprender los asuntos elementales de un hogar. La pusieron a orinar en ladrillos
calientes para corregirle el hbito de mojar la cama. Cost trabajo convencerla de la inviolabilidad
del secreto conyugal, porque Remedios estaba tan aturdida y al mismo tiempo tan maravillada
con la revelacin, que quera comentar con todo el mundo los pormenores de la noche de bodas.
Fue un esfuerzo agotador, pero en la fecha prevista para la ceremonia la nia era tan diestra en
las cosas del mundo como cualquiera de sus hermanas. Don Apolinar Moscote la llev del brazo
por la calle adornada con flores y guirnaldas, entre el estampido de los cohetes y la msica de
varias bandas, y ella saludaba con la mano y daba las gracias con una sonrisa a quienes le
deseaban buena suerte desde las ventanas. Aureliano, vestido de pao negro, con los mismos
botines de charol con ganchos metlicos que haba de llevar pocos aos despus frente al pelotn
de fusilamiento, tena una palidez intensa y una bola dura en la garganta cuando recibi a su
novia en la puerta de la casa y la llev al altar. Ella se comport con tanta naturalidad, con tanta
discrecin, que no perdi la compostura ni siquiera cuando Aureliano dej caer el anillo al tratar
de ponrselo. En medio del murmullo y el principio de confusin de los convidados, ella mantuvo
en alto el brazo con el mitn de encaje y permaneci con el anular dispuesto, hasta que su novio
logr parar el anillo con el botn para que no siguiera rodando hasta la puerta, y regres
ruborizado al altar. Su madre y sus hermanas sufrieron tanto con el temor de que la nia hiciera
una incorreccin durante la ceremonia, que al final fueron ellas quienes cometieron la
impertinencia de cargarla para darle un beso. Desde aquel da se revel el sentido de res-
ponsabilidad, la gracia natural, el reposado dominio que siempre haba de tener Remedios ante
las circunstancias adversas. Fue ella quien de su propia iniciativa puso aparte la mejor porcin
que cort del pastel de bodas y se la llev en un plato con un tenedor a Jos Arcadio Buenda.
Amarrado al tronco del castao, encogido en un banquito de madera bajo el cobertizo de palmas,
el enorme anciano descolorido por el sol y la lluvia hizo una vaga sonrisa de gratitud y se comi
el pastel con los dedos masticando un salmo ininteligible. La nica persona infeliz en aquella
celebracin estrepitosa, que se prolong hasta el amanecer del lunes, fue Rebeca Buenda. Era su
fiesta frustrada. Por acuerdo de rsula, su matrimonio deba celebrarse en la misma fecha, pero
Pietro Crespi recibi el viernes una carta con el anuncio de la muerte inminente de su madre. La
boda se aplaz. Pietro Crespi se fue para la capital de la provincia una hora despus de recibir la
carta, y en el camino se cruz con su madre que lleg puntual la noche del sbado y cant en la
boda de Aureliano el aria triste que haba preparado para la boda de su hijo. Pietro Crespi regres
a la media noche del domingo a barrer las cenizas de la fiesta, despus de haber reventado cinco
caballos en el camino tratando de estar en tiempo para su boda. Nunca se averigu quin escribi
la carta. Atormentada por rsula, Amaranta llor de indignacin y jur su inocencia frente al altar
que los carpinteros no haban acabado de desarmar.
El padre Nicanor Reyna -a quien don Apolinar Moscote haba llevado de la cinaga para que
oficiara la boda- era un anciano endurecido por la ingratitud de su ministerio. Tena la piel triste,
casi en los puros huesos, y el vientre pronunciado y redondo y una expresin de ngel viejo que
era ms de inocencia que de bondad. Llevaba el propsito de regresar a su parroquia despus de
la boda, pero se espant con la aridez de los habitantes de Macondo, que prosperaban en el
escndalo, sujetos a la ley natural, sin bautizar a los hijos ni santificar las fiestas. Pensando que a
ninguna tierra le haca tanta falta la simiente de Dios, decidi quedarse una semana ms para
cristianizar a circuncisos y gentiles, legalizar concubinarios y sacramentar moribundos. Pero nadie
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le prest atencin. Le contestaban que durante muchos aos haban estado sin cura, arreglando
negocios del alma directamente con Dios, y haban perdido la malicia del pecado mortal. Cansado
de predicar en el desierto, el padre Nicanor se dispuso a emprender la construccin de un templo,
el ms grande del mundo con santos de tamao natural y vidrios de colores en las paredes, para
que fuera gente desde Roma a honrar a Dios en el centro de la impiedad. Andaba por todas
partes pidiendo limosnas con un platillo de cobre. Le daban mucho, pero l quera ms, porque el
templo deba tener una campana cuyo clamor sacara a flote a los ahogados. Suplic tanto, que
perdi la voz. Sus huesos empezaron a llenarse de ruidos. Un sbado, no habiendo recogido ni
siquiera el valor de las puertas, se dej confundir por la desesperacin. Improvis un altar en la
plaza y el domingo recorri el pueblo con una campanita, como en los tiempos del insomnio,
convocando a la misa campal. Muchos fueron por curiosidad. Otros por nostalgia. Otros para que
Dios no fuera a tomar como agravio personal el desprecio a su intermediario. As que a las ocho
de la maana estaba medio pueblo en la plaza, donde el padre Nicanor cant los evangelios con
voz lacerada por la splica. Al final, cuando los asistentes empezaron a desbandarse, levant los
brazos en seal de atencin.
-Un momento -dijo-. Ahora vamos a presenciar una prueba irrebatible del infinito poder de
Dios.
El muchacho que haba ayudado a misa le llev una taza de chocolate espeso y humeante que
l se tom sin respirar. Luego se limpi los labios con un pauelo que sac de la manga, extendi
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Rebeca trat de anticiparse a cualquier comentario. Al paso que llevaba la construccin, el
templo no estara terminado antes de diez aos. El padre Nicanor no estuvo de acuerdo: la
creciente generosidad de los fieles permita hacer clculos ms optimistas. Ante la sorda
indignacin de Rebeca, que no pudo terminar el almuerzo, rsula celebr la idea de Amaranta y
contribuy con un aporte considerable para que se apresuraran los trabajos. El padre Nicanor
consider que con otro auxilio como ese el templo estara listo en tres aos. A partir de entonces
Rebeca no volvi a dirigirle la palabra a Amaranta, convencida de que su iniciativa no haba
tenido la inocencia que ella supo aparentar. Era lo menos grave que poda hacer -le replic
Amaranta en la virulenta discusin que tuvieron aquella noche-. As no tendr que matarte en los
prximos tres aos. Rebeca acept el reto.
Cuando Pietro Crespi se enter del nuevo aplazamiento, sufri una crisis de desilusin, pero
Rebeca le dio una prueba definitiva de lealtad. Nos fugaremos cuando t lo dispongas, le dijo.
Pietro Crespi, sin embargo, no era hombre de aventuras. Careca del carcter impulsivo de su
novia, y consideraba el respeto a la palabra empeada como un capital que no se poda dilapidar.
Entonces Rebeca recurri a mtodos ms audaces. Un viento misterioso apagaba las lmparas de
la sala de visita y rsula sorprenda a los novios besndose en la oscuridad. Pietro Crespi le daba
explicaciones atolondradas sobre la mala calidad de las modernas lmparas de alquitrn y hasta
ayudaba a instalar en la sala sistemas de iluminacin ms seguros. Pero otra vez fallaba el
combustible o se atascaban las mechas, y rsula encontraba a Rebeca sentada en las rodillas del
novio. Termin por no aceptar ninguna explicacin. Deposit en la india la responsabilidad de la
panadera y se sent en un mecedor a vigilar la visita de los novios, dispuesta a no dejarse
derrotar por maniobras que ya eran viejas en su juventud. Pobre mam -deca Rebeca con
burlona indignacin, viendo bostezar a rsula en el sopor de las visitas-. Cuando se muera saldr
penando en ese mecedor. Al cabo de tres meses de amores vigilados, aburrido con la lentitud de
la construccin que pasaba a inspeccionar todos los das, Pietro Crespi resolvi darle al padre
Nicanor el dinero que le haca falta para terminar el templo. Amaranta no se impacient. Mientras
conversaba con las amigas que todas las tardes iban a bordar o tejer en el corredor, trataba de
concebir nuevas triquiuelas. Un error de clculo ech a perder la que consider ms eficaz:
quitar las bolitas de naftalina que Rebeca haba puesto a su vestido de novia antes de guardarlo
en la cmoda del dormitorio. Lo hizo cuando faltaban menos de dos meses para la terminacin
del templo. Pero Rebeca estaba tan impaciente ante la proximidad de la boda, que quiso preparar
el vestido con ms anticipacin de lo que haba previsto Amaranta. Al abrir la cmoda y
desenvolver primero los papeles y luego el lienzo protector, encontr el raso del vestido y el
punto del velo y hasta la corona de azahares pulverizados por las polillas. Aunque estaba segura
de haber puesto en el envoltorio dos puados de bolitas de naftalina, el desastre pareca tan
accidental que no se atrevi a culpar a Amaranta. Faltaba menos de un mes para la boda, pero
Amparo Moscote se comprometi a coser un nuevo vestido en una semana. Amaranta se sinti
desfallecer el medioda lluvioso en que Amparo entr a la casa envuelta en una espumarada de
punto para hacerle a Rebeca la ltima prueba del vestido. Perdi la voz y un hilo de sudor helado
descendi por el cauce de su espina dorsal. Durante largos meses haba temblado de pavor
esperando aquella hora, porque si no conceba el obstculo definitivo para la boda de Rebeca,
estaba segura de que en el ltimo instante, cuando hubieran fallado todos los recursos de su
imaginacin, tendra valor para envenenara. Esa tarde, mientras Rebeca se ahogaba de calor
dentro de la coraza de raso que Amparo Moscote iba armando en su cuerpo con un millar de
alfileres y una paciencia infinita, Amaranta equivoc varias veces los puntos del crochet y se
pinch el dedo con la aguja, pero decidi con espantosa frialdad que la fecha sera el ltimo
viernes antes de la boda, y el modo sera un chorro de ludano en el caf.
Un obstculo mayor, tan insalvable como imprevisto, oblig a un nuevo e indefinido
aplazamiento. Una semana antes de la fecha fijada para la boda, la pequea Remedios despert a
media noche empapada en un caldo caliente que explot en sus entraas con una especie de
eructo desgarrador, y muri tres das despus envenenada por su propia sangre con un par de
gemelos atravesados en el vientre. Amaranta sufri una crisis de conciencia. Haba suplicado a
Dios con tanto fervor que algo pavoroso ocurriera para no tener que envenenar a Rebeca, que se
sinti culpable por la muerte de Remedios. No era ese el obstculo por el que tanto haba
suplicado. Remedios haba llevado a la casa un soplo de alegra. Se haba instalado con su esposo
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buena salud por el corredor de las begonias. Cantaba desde el amanecer. Fue ella la nica
persona que se atrevi a mediar en las disputas de Rebeca y Amaranta. Se ech encima la
dispendiosa tarea de atender a Jos Arcadio Buenda. Le llevaba los alimentos, lo asista en sus
necesidades cotidianas, lo lavaba con jabn y estropajo, le mantena limpio de piojos y liendres
los cabellos y la barba, conservaba en buen estado el cobertizo de palma y lo reforzaba con lonas
impermeables en tiempos de tormenta. En sus ltimos meses haba logrado comunicarse con l
en frases de latn rudimentario. Cuando naci el hijo de Aureliano y Pilar Ternera y fue llevado a
la casa y bautizado en ceremonia ntima con el nombre de Aureliano Jos, Remedios decidi que
fuera considerado como su lujo mayor. Su instinto maternal sorprendi a rsula. Aureliano, por
su parte, encontr en ella la justificacin que le haca falta para vivir. Trabajaba todo el da en el
taller y Remedios le llevaba a media maana un tazn de caf sin azcar. Ambos visitaban todas
las noches a los Moscote. Aureliano jugaba con el suegro interminables partidos de domin,
mientras Remedios conversaba con sus hermanas o trataba con su madre asuntos de gente
mayor. El vnculo con los Buenda consolid en el pueblo la autoridad de don Apolinar Moscote. En
frecuentes viajes a la capital de la provincia consigui que el gobierno construyera una escuela
para que la atendiera Arcadio, que haba heredado el entusiasmo didctico del abuelo. Logr por
medio de la persuasin que la mayora de las casas fueran pintadas de azul para la fiesta de la
independencia nacional. A instancias del padre Nicanor dispuso el traslado de la tienda de
Catarino a una calle apartada, y clausur varios lugares de escndalo que prosperaban en el
centro de la poblacin. Una vez regres con seis policas armados de fusiles a quienes encomend
el mantenimiento del orden, sin que nadie se acordara del compromiso original de no tener gente
armada en el pueblo. Aureliano se complaca de la eficacia de su suegro. Te vas a poner tan
gordo como l, le decan sus amigos. Pero el sedentarismo que acentu sus pmulos y
concentr el fulgor de sus ojos, no aument su peso ni alter la parsimonia de su carcter, y por
el contrario endureci en sus labios la lnea recta de la meditacin solitaria y la decisin
implacable. Tan hondo era el cario que l y su esposa haban logrado despertar en la familia de
ambos, que cuando Remedios anunci que iba a tener un hijo, hasta Rebeca y Amaranta hicieron
una tregua para tejer en lana azul, por si naca varn, y en lana rosada, por si naca mujer. Fue
ella la ltima persona en que pens Arcadio, pocos aos despus, frente al pelotn de
fusilamiento.
rsula dispuso un duelo de puertas y ventanas cerradas, sin entrada ni salida para nadie como
no fuera para asuntos indispensables; prohibi hablar en voz alta durante un ano, y puso el
daguerrotipo de Remedios en el lugar en que se vel el cadver, con una cinta negra terciada y
una lmpara de aceite encendida para siempre. Las generaciones futuras, que nunca dejaron
extinguir la lmpara, haban de desconcertarse ante aquella nia de faldas rizadas, botitas
blancas y lazo de organd en la cabeza, que no lograban hacer coincidir con la imagen acadmica
de una bisabuela. Amaranta se hizo cargo de Aureliano Jos. Lo adopt como un hijo que haba
de compartir su soledad, y aliviarla del ludano involuntario que echaron sus splicas desatinadas
en el caf de Remedios. Pietro Crespi entraba en puntillas al anochecer, con una cinta negra en el
sombrero, y haca una visita silenciosa a una Rebeca que pareca desangrarse dentro del vestido
negro con mangas hasta los puos. Habra sido tan irreverente la sola idea de pensar en una
nueva fecha para la boda, que el noviazgo se convirti en una relacin eterna, un amor de
cansancio que nadie volvi a cuidar, como si los enamorados que en otros das descomponan las
lmparas para besarse hubieran sido abandonados al albedro de la muerte. Perdido el rumbo,
completamente desmoralizada, Rebeca volvi a comer tierra.
De pronto cuando el duelo llevaba tanto tiempo que ya se haban reanudado las sesiones de
punto de cruz- alguien empuj la puerta de la calle a las dos de la tarde, en el silencio mortal del
calor, y los horcones se estremecieron con tal fuerza en los cimientos, que Amaranta y sus
amigas bordando en el corredor, Rebeca chupndose el dedo en el dormitorio, rsula en la
cocina, Aureliano en el taller y hasta Jos Arcadio Buenda bajo el castao solitario, tuvieron la
impresin de que un temblor de tierra estaba desquiciando la casa. Llegaba un hombre
descomunal. Sus espaldas cuadradas apenas si caban por las puertas. Tena una medallita de la
Virgen de los Remedios colgada en el cuello de bisonte, los brazos y el pecho completamente
bordados de tatuajes crpticos, y en la mueca derecha la apretada esclava de cobre de los
nios-
en-cruz.
Tena el cuero curtido por la sal de la intemperie, el pelo corto y parado como las crines
de un mulo, las mandbulas frreas y la mirada triste. Tena un cinturn dos veces ms grueso
que la cincha de un caballo, botas con polainas y espuelas y con los tacones herrados, y su
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presencia daba la impresin trepidatoria de un sacudimiento ssmico. Atraves la sala de visitas y
la sala de estar, llevando en la mano unas alforjas medio desbaratadas, y apareci como un
trueno en el corredor de las begonias, donde Amaranta y sus amigas estaban paralizadas con las
agujas en el aire. Buenas, les dijo l con la voz cansada, y tir las alforjas en la mesa de labor
y pas de largo hacia el fondo de la casa. Buenas, le dijo a la asustada Rebeca que lo vio pasar
por la puerta de su
dormitorio. Buenas, le dijo a Aureliano, que estaba con los cinco sentidos
alertas en el mesn de orfebrera. No se entretuvo con nadie. Fue directamente a la cocina, y all
se par por primera vez en el trmino de un viaje que haba empezado al otro lado del mundo.
Buenas, dijo. rsula se qued una fraccin de segundo con la boca abierta, lo mir a los ojos,
lanz un grito y salt a su cuello gritando y llorando de alegra. Era Jos Arcadio. Regresaba tan
pobre como se fue, hasta el extremo de que rsula tuvo que darle dos pesos para pagar el
alquiler del caballo. Hablaba el espaol cruzado con jerga de marineros. Le preguntaron dnde
haba estado, y contest: Por ah. Colg la hamaca en el cuarto que le asignaron y durmi tres
das. Cuando despert, y despus de tomarse diecisis huevos crudos, sali directamente hacia la
tienda de Catarino, donde su corpulencia monumental provoc un pnico de curiosidad entre las
mujeres. Orden msica y aguardiente para todos por su cuenta. Hizo apuestas de pulso con
cinco hombres al mismo tiempo. Es imposible, decan, al convencerse de que no lograban
moverle el brazo. Tiene nios-en-cruz. Catarino, que no crea en artificios de fuerza, apost
doce pesos a que no mova el mostrador. Jos Arcadio lo arranc de su sitio, lo levant en vilo
sobre la cabeza y lo puso en la calle. Se necesitaron once hombres para meterlo. En el calor de la
fiesta exhibi sobre el mostrador su masculinidad inverosmil, enteramente tatuada con una
maraa azul y roja de letreros en varios idiomas. A las mujeres que lo asediaron con su codicia
les pregunt quin pagaba ms. La que tena ms ofreci veinte pesos. Entonces l propuso
rifarse entre todas a diez pesos el nmero. Era un precio desorbitado, porque la mujer ms
solicitada ganaba ocho pesos en una noche, pero todas aceptaron. Escribieron sus nombres en
catorce papeletas que metieron en un sombrero, y cada mujer sac una. Cuando slo faltaban
por sacar dos papeletas, se estableci a quines correspondan.
-Cinco pesos ms cada una -propuso Jos Arcadio- y me reparto entre ambas.
De eso viva. Le haba dado sesenta y cinco veces la vuelta al mundo, enrolado en una
tripulacin de marineros aptridas. Las mujeres que se acostaron con l aquella noche en la
tienda de Catarino lo llevaron desnudo a la sala de baile para que vieran que no tena un
milmetro del cuerpo sin tatuar, por el frente y por la espalda, y desde el cuello hasta los dedos
de los pies. No lograba incorporarse a la familia. Dorma todo el da y pasaba la noche en el barrio
de tolerancia haciendo suertes de fuerza. En las escasas ocasiones en que rsula logr sentarlo a
la mesa, dio muestras de una simpata radiante, sobre todo cuando contaba sus aventuras en
pases remotos. Haba naufragado y permanecido dos semanas a la deriva en el mar del Japn,
alimentndose con el cuerpo de un compaero que sucumbi a la insolacin, cuya carne salada y
vuelta a salar y cocinada al sol tena un sabor granuloso y dulce. En un medioda radiante del
Golfo de Bengala su barco haba vencido un dragn de mar en cuyo vientre encontraron el casco,
las hebillas y las armas de un cruzado. Haba visto en el Caribe el fantasma de la nave corsario de
Vctor Hugues, con el velamen desgarrado por los vientos de la muerte, la arboladura carcomida
por cucarachas de mar y equivocado para siempre el rumbo de la Guadalupe. rsula lloraba en la
mesa como si estuviera leyendo las cartas que nunca llegaron, en las cuales relataba Jos Arcadio
sus hazaas y desventuras. Y tanta casa aqu, hijo mo -sollozaba-. Y tanta comida tirada a los
puercos Pero en el fondo no poda concebir que el muchacho que llevaron los gitanos fuera el
mismo atarvn que se coma medio lechn en el almuerzo y cuyas ventosidades marchitaban
flores. Algo similar le ocurra al resto de la familia. Amaranta no poda disimular la repugnancia
que le producan en la mesa sus eructos bestiales. Arcadio, que nunca conoci el secreto de su
filiacin, apenas si contestaba a las preguntas que l le haca con el propsito evidente de
conquistar sus afectos. Aureliano trat de revivir los tiempos en que dorman en el mismo cuarto,
procur restaurar la complicidad de la infancia, pero Jos Arcadio los haba olvidado porque la
vida del mar le satur la memoria con demasiadas cosas que recordar. Slo Rebeca sucumbi al
primer impacto. La tarde en que lo vio pasar frente a su dormitorio pens que Pietro Crespi era
un currutaco de alfeique junto a aquel protomacho cuya respiracin volcnica se perciba en
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das, y se chup el dedo con tanta ansiedad que se le form un callo en el pulgar. Vomit un
lquido verde con sanguijuelas muertas. Pas noches en vela tiritando de fiebre, luchando contra
el delirio, esperando, hasta que la casa trepidaba con el regreso de Jos Arcadio al amanecer.
Una tarde, cuando todos dorman la siesta, no resisti ms y fue a su dormitorio. Lo encontr en
calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que haba colgado de los horcones con cables de
amarrar barcos. La impresion tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sinti el impulso de
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Pietro Crespi le pidi que se casara con l. Ella no interrumpi su labor. Esper a que pasara el
caliente rubor de sus orejas e imprimi a su voz un sereno nfasis de madurez.
-Por supuesto, Crespi -dijo-, pero cuando uno se conozca mejor. Nunca es bueno precipitar las
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Lo que en realidad caus indignacin en el pueblo no fue el resultado de las elecciones, sino el
hecho de que los soldados no hubieran devuelto las armas. Un grupo de mujeres habl con
Aureliano para que consiguiera con su suegro la restitucin de los cuchillos de cocina. Don
Apolinar Moscote le explic, en estricta reserva, que los soldados se haban llevado las armas
decomisadas como prueba de que los liberales se estaban preparando para la guerra. Lo alarm
el cinismo de la declaracin. No hizo ningn comentario, pero cierta noche en que Gerineldo
Mrquez y Magnfico Visbal hablaban con otros amigos del incidente de los cuchillos, le
preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no vacil:
-Si hay que ser algo, seria liberal -dijo-, porque los conservadores son unos tramposos.
Al da siguiente, a instancias de sus amigos, fue a visitar al doctor Alirio Noguera para que le
tratara un supuesto dolor en el hgado. Ni siquiera saba cul era el sentido de la patraa. El
doctor Alirio Noguera haba llegado a Macondo pocos aos antes con un botiqun de globulitos sin
sabor y una divisa mdica que no convenci a nadie:
Un Clavo saca otro clavo.
En realidad era un
farsante. Detrs de su inocente fachada de mdico sin prestigio se esconda un terrorista que
tapaba con unas cligas de media pierna las cicatrices que dejaron en sus tobillos cinco aos de
cepo. Capturado en la primera aventura federalista, logr escapar a Curazao disfrazado con el
traje que ms detestaba en este mundo: una sotana. Al cabo de un prolongado destierro,
embullado por las exaltadas noticias que llevaban a Curazao los exiliados de todo el Caribe, se
embarc en una goleta de contrabandistas y apareci en Riohacha con los frasquitos de glbulos
que no eran ms que de azcar refinada, y un diploma de la Universidad de Leipzig falsificado por
l mismo. Llor de desencanto. El fervor federalista, que los exiliados definan como un polvorn a
punto de estallar, se haba disuelto en una vaga ilusin electoral. Amargado por el fracaso,
ansioso de un lugar seguro donde esperar la vejez, el falso homepata se refugi en Macondo. En
el estrecho cuartito atiborrado de frascos vacos que alquil a un lado de la plaza vivi varios aos
de los enfermos sin esperanzas que despus de haber probado todo se consolaban con glbulos
de azcar. Sus instintos de agitador permanecieron en reposo mientras don Apolinar Moscote fue
una autoridad decorativa. El tiempo se le iba en recordar y en luchar contra el asma. La
proximidad de las elecciones fue el hilo que le permiti encontrar de nuevo la madeja de la
subversin. Estableci contacto con la gente joven del pueblo, que careca de formacin poltica,
y se empe en una sigilosa campaa de instigacin. Las numerosas papeletas rojas que
aparecieron en la urna, y que fueron atribuidas por don Apolinar Moscote a la novelera propia de
la juventud, eran parte de su plan: oblig a sus discpulos a votar para convencerlos de que las
elecciones eran una farsa. Lo nico eficaz -deca- es la violencia. La mayora de los amigos de
Aureliano andaban entusiasmados con la idea de liquidar el orden conservador, pero nadie se
haba atrevido a incluirlo en los planes, no slo por sus vnculos con el corregidor, sino por su
carcter solitario y evasivo. Se saba, adems, que haba votado azul por indicacin del suegro.
As que fue una simple casualidad que revelara sus sentimientos polticos, y fue un puro golpe de
curiosidad el que lo meti en la ventolera de visitar al mdico para tratarse un dolor que no tena.
En el cuchitril oloroso a telaraa alcanforada se encontr con una especie de iguana polvorienta
cuyos pulmones silbaban al respirar. Antes de hacerle ninguna pregunta el doctor lo llev a la
ventana y le examin por dentro el prpado inferior. No es ah, dijo Aureliano, segn le haban
indicado. Se hundi el hgado con la punta de los dedos, y agreg: Es aqu donde tengo el dolor
que no me deja dormir. Entonces el doctor Noguera cerr la ventana con el pretexto de que
haba mucho sol, y le explic en trminos simples por qu era un deber patritico asesinar a los
conservadores. Durante varios das llev Aureliano un frasquito en el bolsillo de la camisa. Lo
sacaba cada dos horas, pona tres globulitos en la palma de la mano y se los echaba de golpe en
la boca para disolverlos lentamente en la lengua. Don Apolinar Moscote se burl de su fe en la
homeopata, pero quienes estaban en el complot re-conocieron en l a uno ms de los suyos.
Casi todos los hijos de los fundadores estaban implicados, aunque ninguno saba concretamente
en qu consista la accin que ellos mismos tramaban. Sin embargo, el da en que el mdico le
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Gabriel Garca Mrquez
-Usted no es liberal ni es nada -le dijo Aureliano sin alterarse-. Usted no es ms que un
matarife.
-En ese caso -replic el doctor con igual calma- devulveme el frasquito. Ya no te hace falta.
Slo seis meses despus supo Aureliano que el doctor lo haba desahuciado como hombre de
accin, por ser un sentimental sin porvenir, con un carcter pasivo y una definida vocacin
solitaria. Trataron de cercarlo temiendo que denunciara la conspiracin. Aureliano los tranquiliz:
no dira una palabra, pero la noche en que fueran a asesinar a la familia Moscote lo encontraran
a l defendiendo la puerta. Demostr una decisin tan convincente, que el plan se aplaz para
una fecha indefinida. Fue por esos das que rsula consult su opinin sobre el matrimonio de
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-Ningn disparate -dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el
coronel Aureliano Buenda.
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El coronel Aureliano Buenda promovi treinta y dos levantamientos armados y los perdi
todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno
tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco aos. Escap a
catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotn de fusilamiento. Sobrevivi a una
carga de estricnina en el caf que habra bastado para matar un caballo. Rechaz la Orden del
Mrito que le otorg el presidente de la repblica. Lleg a ser comandante general de las fuerzas
revolucionarias, con jurisdiccin y mando de una frontera a la otra, y el hombre ms temido por
el gobierno, pero nunca permiti que le tomaran una fotografa. Declin la pensin vitalicia que le
ofrecieron despus de la guerra y vivi hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en
su taller de Macondo. Aunque pele siempre al frente de sus hombres, la nica herida que recibi
se la produjo l mismo despus de firmar la capitulacin de Neerlandia que puso trmino a casi
veinte aos de guerras civiles. Se dispar un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le sali por
la espalda sin lastimar ningn centro vital. Lo nico que qued de todo eso fue una calle con su
nombre en Macondo. Sin embargo, segn declar pocos aos antes de morir de viejo, ni siquiera
eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veintin hombres a reunirse con las fuerzas del
general Victorio Medina.
-Ah te dejamos a Macondo -fue todo cuanto le dijo a Arcadio antes de irse-. Te lo dejamos
bien, procura que lo encontremos mejor.
Arcadio le dio una interpretacin muy personal a la recomendacin. Se invent un uniforme
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del patio, donde Arcadio se enroll como un caracol. Don Apolinar Moscote estaba inconsciente,
amarrado en el poste donde antes tenan al espantapjaros despedazado por los tiros de entrena-
miento. Los muchachos del pelotn se dispersaron, temerosos de que rsula terminara
desahogndose con ellos. Pero ni siquiera los mir. Dej a Arcadio con el uniforme arrastrado,
bramando de dolor y rabia, y desat a don Apolinar Moscote para llevarlo a su casa. Antes de
abandonar el cuartel, solt a los presos del cepo.
A partir de entonces fue ella quien mand en el pueblo. Restableci la misa dominical,
suspendi el uso de los brazales rojos y descalific los bandos atrabiliarios. Pero a despecho de su
fortaleza, sigui llorando la desdicha de su destino. Se sinti tan sola, que busc la intil
compaa del marido olvidado bajo el castao. Mira en lo que hemos quedado -le deca,
mientras las lluvias de junio amenazaban con derribar el cobertizo de palma-. Mira la casa vaca,
nuestros hijos desperdigados por el mundo, y nosotros dos solos otra vez como al principio. Jos
Arcadio Buenda, hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus lamentos. Al comienzo
de su locura anunciaba con latinajos apremiantes sus urgencias cotidianas. En fugaces
escampadas de lucidez, cuando Amaranta le llevaba la comida, l le comunicaba sus pesares ms
molestos y se prestaba con docilidad a sus ventosas y sinapismos. Pero en la poca en que rsula
fue a lamentarse a su lado haba perdido todo contacto con la realidad. Ella lo baaba por partes
sentado en el banquito, mientras le daba noticias de la familia. Aureliano se ha ido a la guerra,
hace ya ms de cuatro meses, y no hemos vuelto a saber de l -le deca, restregndole la espalda
con un estropajo enjabonado. Jos Arcadio volvi, hecho un hombrazo ms alto que t y todo
bordado en punto de cruz, pero slo vino a traer la vergenza a nuestra casa. Crey observar,
sin embargo, que su marido entristeca con las malas noticias. Entonces opt por mentirle. No
me creas lo que te digo -deca, mientras echaba cenizas sobre sus excrementos para recogerlos
con la pala-. Dios quiso que Jos Arcadio y Rebeca se casaran, y ahora son muy felices. Lleg a
ser tan sincera en el engao que ella misma acab consolndose con sus propias mentiras.
Arcadio ya es un hombre serio -deca-, y muy valiente, y muy buen mozo con su uniforme y su
sable. Era como hablarle a un muerto, porque Jos Arcadio Buenda estaba ya fuera del alcance
de toda preocupacin. Pero ella insisti. Lo vea tan manso, tan indiferente a todo, que decidi
soltarlo. l ni siquiera se movi del banquito. Sigui expuesto al sol y la lluvia, como si las sogas
fueran innecesarias, porque un dominio superior a cualquier atadura visible lo mantena amarrado
al tronco del castao. Hacia el mes de agosto, cuando el invierno empezaba a eternizarse, rsula
pudo por fin darle una noticia que pareca verdad.
-Fjate que nos sigue atosigando la buena suerte -le dijo-. Amaranta y el italiano de la pianola
se van a casar.
Amaranta y Pietro Crespi, en efecto, haban profundizado en la amistad, amparados por la
confianza de rsula, que esta vez no crey necesario vigilar las visitas. Era un noviazgo crepus-
cular. El italiano llegaba al atardecer, con una gardenia en el ojal, y le traduca a Amaranta
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abasto para atender la escuela de msica. Gracias a l, la calle de los Turcos, con su des-
lumbrante exposicin de chucheras, se transform en un remanso meldico para olvidar las
arbitrariedades de Arcadio y la pesadilla remota de la guerra. Cuando rsula dispuso la rea-
nudacin de la misa dominical, Pietro Crespi le regal al templo un armonio alemn, organiz un
coro infantil y prepar un repertorio gregoriano que puso una nota esplndida en el ritual
taciturno del padre Nicanor. Nadie pona en duda que hara Amaranta una esposa feliz. Sin
apresurar los sentimientos, dejndose arrastrar por la fluidez natural del corazn, llegaron a un
punto en que slo hacia falta fijar la fecha de la boda. No encontraran obstculos. rsula se
acusaba ntimamente de haber torcido con aplazamientos reiterados el destino de Rebeca, y no
estaba dispuesta a acumular remordimientos. El rigor del luto por la muerte de Remedios haba
sido relegado a un lugar secundario por la mortificacin de la guerra, la ausencia de Aureliano, la
brutalidad de Arcadio y la expulsin de Jos Arcadio y Rebeca. Ante la inminencia de la boda, el
propio Pietro Crespi haba insinuado que Aureliano Jos, en quien foment un cario casi
paternal, fuera considerado como su hijo mayor. Todo haca pensar que Amaranta se orientaba
hacia una felicidad sin tropiezos. Pero al contrario de Rebeca, ella no revelaba la menor ansiedad.
Con la misma paciencia con que abigarraba manteles y teja primores de pasamanera y bordaba
pavorreales en punto de cruz, esper a que Pietro Crespi no soportara ms las urgencias del
corazn. Su hora lleg con las lluvias aciagas de octubre. Pietro Crespi le quit del regazo la
canastilla de bordar y le apret la mano entre las suyas. No soporto ms esta espera -le dijo-.
Nos casamos el mes entrante.
Amaranta no tembl al contacto de sus manos de hielo. Retir la
suya, como un animalito escurridizo, y volvi a su labor.
-No seas ingenuo, Crespi -sonri-, ni muerta me casar contigo.
Pietro Crespi perdi el dominio de s mismo. Llor sin pudor, casi rompindose los dedos de
desesperacin, pero no logr quebrantarla. No pierdas el tiempo -fue todo cuanto dijo
Amaranta-. Si en verdad me quieres tanto, no vuelvas a pisar esta casa. rsula crey
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Arcadio dio una rara muestra de generosidad, al proclamar mediante un bando el duelo oficial
por la muerte de Pietro Crespi. rsula lo interpret como el regreso del cordero extraviado. Pero
se equivoc. Haba perdido a Arcadio, no desde que visti el uniforme militar, sino desde siempre.
Crea haberlo criado como a un hijo, como cri a Rebeca, sin privilegios ni discriminaciones. Sin
embargo, Arcadio era un nio solitario y asustado durante la peste del insomnio, en medio de la
fiebre utilitaria de rsula, de los delirios de Jos Arcadio Buenda, del hermetismo de Aureliano,
de la rivalidad mortal entre Amaranta y Rebeca. Aureliano le ense a leer y escribir, pensando
en otra cosa, como lo hubiera hecho un extrao. Le regalaba su ropa, para que Visitacin la
redujera, cuando ya estaba de tirar. Arcadio sufra con sus zapatos demasiado grandes, con sus
pantalones remendados, con sus nalgas de mujer. Nunca logr comunicarse con nadie mejor que
lo hizo con Visitacin y Cataure en su lengua. Melquades fue el nico que en realidad se ocup de
l, que le haca escuchar sus textos incomprensibles y le daba instrucciones sobre el arte de la
daguerrotipia. Nadie se imaginaba cunto llor su muerte en secreto, y con qu desesperacin
trat de revivirlo en el estudio intil de sus papeles. La escuela, donde se le pona atencin y se le
respetaba, y luego el poder, con sus bandos terminantes y su uniforme de gloria, lo liberaron del
peso de una antigua amargura. Una noche, en la tienda de Catarino, alguien se atrevi a decirle:
No mereces el apellido que llevas. Al contrario de lo que todos esperaban, Arcadio no lo hizo
fusilar.
-A mucha honra -dijo-, no soy un Buenda.
Quienes conocan el secreto de su filiacin, pensaron por aquella rplica que tambin l estaba
al corriente, pero en realidad no lo estuvo nunca. Pilar Ternera, su madre, que le haba hecho
hervir la sangre en el cuarto de daguerrotipia, fue para l una obsesin tan irresistible como lo
fue primero para Jos Arcadio y luego para Aureliano. A pesar de que haba perdido sus encantos
y el esplendor de su risa, l la buscaba y la encontraba en el rastro de su olor de humo. Poco
antes de la guerra, un medioda en que ella fue ms tarde que de costumbre a buscar a su hijo
menor a la escuela, Arcadio la estaba esperando en el cuarto donde sola hacer la siesta, y donde
despus instal el cepo. Mientras el nio jugaba en el patio, l esper en la hamaca, temblando
de ansiedad, sabiendo que Pilar Ternera tena que pasar por ah. Lleg. Arcadio la agarr por la
mueca y trat de meterla en la hamaca. No puedo, no puedo -dijo Pilar Ternera horrorizada-.
No te imaginas cmo quisiera complacerte, pero Dios es testigo que no puedo. Arcadio la agarr
por la cintura con su tremenda fuerza hereditaria, y sinti que el mundo se borraba al contacto de
su piel. No te hagas la santa -deca-. Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta. Pilar se
sobrepuso al asco que le inspiraba su miserable destino.
-Los nios se van a dar cuenta -murmur-. Es mejor que esta noche dejes la puerta sin tranca.
Arcadio la esper aquella noche tiritando de fiebre en la hamaca. Esper sin dormir, oyendo los
grillos alborotados de la madrugada sin trmino y el horario implacable de los alcaravanes, cada
vez ms convencido de que lo haban engaado.
De pronto, cuando la ansiedad se haba descompuesto en rabia, la puerta se abri. Pocos
meses despus, frente al pelotn de fusilamiento, Arcadio haba de revivir los pasos perdidos en
el saln de clases, los tropiezos contra los escaos, y por ltimo la densidad de un cuerpo en las
tinieblas del cuarto y los latidos del aire bombeado por un corazn que no era el suyo. Extendi la
mano y encontr otra mano con dos sortijas en un mismo dedo, que estaba a punto de naufragar
en la oscuridad. Sinti la nervadura de sus venas, el pulso de su infortunio, y sinti la palma
hmeda con la lnea de la vida tronchada en la base del pulgar por el zarpazo de la muerte.
Entonces comprendi que no era esa la mujer que esperaba, porque no ola a humo sino a
brillantina de florecitas, y tena los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo
ptreo y redondo como una nuez, y la ternura catica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y
tena el nombre inverosmil de Santa Sofa de la Piedad. Pilar Ternera le haba pagado cincuenta
pesos, la mitad de sus ahorros de toda la vida, para que hiciera lo que estaba haciendo. Arcadio
la haba visto muchas veces, atendiendo la tiendecita de vveres de sus padres, y nunca se haba
fijado en ella, porque tena la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno.
Pero desde aquel da se enrosc como un gato al calor de su axila. Ella iba a la escuela a la hora
de la siesta, con el consentimiento de sus padres, a quienes Pilar Ternera haba pagado la otra
mitad de sus ahorros. Ms tarde, cuando las tropas del gobierno los desalojaron del local, se
amaban entre las latas de manteca y los sacos de maz de la trastienda. Por la poca en que
Arcadio fue nombrado jefe civil y militar, tuvieron una hija.
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Los nicos parientes que se enteraron, fueron Jos Arcadio y Rebeca, con quienes Arcadio
mantena entonces relaciones ntimas, fundadas no tanto en el parentesco como en la com-
plicidad. Jos Arcadio haba doblegado la cerviz al yugo matrimonial. El carcter firme de Rebeca,
la voracidad de su vientre, su tenaz ambicin, absorbieron la descomunal energa del marido, que
de holgazn y mujeriego se convirti en un enorme animal de trabajo. Tenan una casa limpia y
ordenada. Rebeca la abra de par en par al amanecer, y el viento de las tumbas entraba por las
ventanas y sala por las puertas del patio, y dejaba las paredes blanqueadas y los muebles
curtidos por el salitre de los muertos. El hambre de tierra, el doc doc de los huesos de sus
padres, la impaciencia de su sangre frente a la pasividad de Pietro Crespi, estaban relegados al
desvn de la memoria. Todo el da bordaba junto a la ventana, ajena a la zozobra de la guerra,
hasta que los potes de cermica empezaban a vibrar en el aparador y ella se levantaba a calentar
la comida, mucho antes de que aparecieran los esculidos perros rastreadores y luego el coloso
de polainas y espuelas y con escopeta de dos caones, que a veces llevaba un venado al hombro
y casi siempre un sartal de conejos o de patos silvestres. Una tarde, al principio de su gobierno,
Arcadio fue a visitarlos de un modo intempestivo. No lo vean desde que abandonaron la casa,
pero se mostr tan carioso y familiar que lo invitaron a compartir el guisado.
Slo cuando tomaban el caf revel Arcadio el motivo de su visita: haba recibido una denuncia
contra Jos Arcadio. Se deca que empez arando su patio y haba seguido derecho por las tierras
contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza
de los mejores predios del contorno. A los campesinos que no haba despojado, porque no le
interesaban sus tierras, les impuso una contribucin que cobraba cada sbado con los perros de
presa y la escopeta de dos caones. No lo neg. Fundaba su derecho en que las tierras usurpadas
haban sido distribuidas por Jos Arcadio Buenda en los tiempos de la fundacin, y crea posible
demostrar que su padre estaba loco desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en
realidad perteneca a la familia. Era un alegato innecesario, porque Arcadio no haba ido a hacer
justicia. Ofreci simplemente crear una oficina de registro de la propiedad para que Jos Arcadio
legalizara los ttulos de la tierra usurpada, con la condicin de que delegara en el gobierno local el
derecho de cobrar las contribuciones. Se pusieron de acuerdo. Aos despus, cuando el coronel
Aureliano Buenda examin los ttulos de propiedad, encontr que estaban registradas a nombre
de su hermano todas las tierras que se divisaban desde la colina de su patio hasta el horizonte,
inclusive el cementerio, y que en los once meses de su mandato Arcadio haba cargado no slo
con el dinero de las contribuciones, sino tambin con el que cobraba al pueblo por el derecho de
enterrar a los muertos en predios de Jos Arcadio.
rsula tard varios meses en saber lo que ya era del dominio pblico, porque la gente se lo
ocultaba para no aumentarle el sufrimiento. Empez por sospecharlo. Arcadio est construyendo
una casa -le confi con fingido orgullo a su marido, mientras trataba de meterle en la boca una
cucharada de jarabe de totumo. Sin embargo, suspir involuntariamente: No s por qu todo esto
me huele mal. Ms tarde, cuando se enter de que Arcadio no slo haba terminado la casa sino
que se haba encargado un mobiliario viens, confirm la sospecha de que estaba disponiendo de
los fondos pblicos. Eres la vergenza de nuestro apellido, le grit un domingo despus de
misa, cuando lo vio en la casa nueva jugando barajas con sus oficiales. Arcadio no le prest
atencin. Slo entonces supo rsula que tena una hija de seis meses, y que Santa Sofa de la
Piedad, con quien viva sin casarse, estaba otra vez encinta. Resolvi escribirle al coronel
Aureliano Buenda, en cualquier lugar en que se encontrara, para ponerlo al corriente de la si-
tuacin. Pero los acontecimientos que se precipitaron por aquellos das no slo impidieron sus
propsitos, sino que la hicieron arrepentirse de haberlos concebido. La guerra, que hasta en-
tonces no haba sido ms que una palabra para designar una circunstancia vaga y remota, se
concret en una realidad dramtica. A fines de febrero lleg a Macondo una anciana de aspecto
ceniciento, montada en un burro cargado de escobas. Pareca tan inofensiva, que las patrullas de
vigilancia la dejaron pasar sin preguntas, como uno ms de los vendedores que a menudo
llegaban de los pueblos de la cinaga. Fue directamente al cuartel. Arcadio la recibi en el local
donde antes estuvo el saln de clases, y que entonces estaba transformado en una especie de
campamento de retaguardia, con hamacas enrolladas y colgadas en las argollas y petates
amontonados en los rincones, y fusiles y carabinas y hasta escopetas de cacera dispersos por el
suelo. La anciana se cuadr en un saludo militar antes de identificarse:
-Soy el coronel Gregorio Stevenson.
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Llevaba malas noticias. Los ltimos focos de resistencia liberal, segn dijo, estaban siendo
exterminados. El coronel Aureliano Buenda, a quien haba dejado batindose en retirada por los
lados de Riohacha, le encomend la misin de hablar con Arcadio. Deba entregar la plaza sin
resistencia, poniendo como condicin que se respetaran bajo palabra de honor la vida y las
propiedades de los liberales. Arcadio examin con una mirada de conmiseracin a aquel extrao
mensajero que habra podido confundirse con una abuela fugitiva.
-Usted, por supuesto, trae algn papel escrito -dijo.
-Por supuesto -contest el emisario-, no lo traigo. Es fcil comprender que en las actuales
circunstancias no se lleve encima nada comprometedor.
Mientras hablaba, se sac del corpio y puso en la mesa un pescadito de oro. Creo que con
esto ser suficiente, dijo. Arcadio comprob que en efecto era uno de los pescaditos hechos por
el coronel Aureliano Buenda. Pero alguien poda haberlo comprado antes de la guerra, o haberlo
robado, y no tena por tanto ningn mrito de salvoconducto. El mensajero lleg hasta el extremo
de violar un secreto de guerra para acreditar su identidad. Revel que iba en misin a Curazao,
donde esperaba reclutar exiliados de todo el Caribe y adquirir armas y pertrechos suficientes para
intentar un desembarco a fin de ao. Confiando en ese plan, el coronel Aureliano Buenda no era
partidario de que en aquel momento se hicieran sacrificios intiles.
Arcadio fue inflexible. Hizo encarcelar al mensajero, mientras comprobaba su identidad, y
resolvi defender la plaza hasta la muerte.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Las noticias del fracaso liberal fueron cada vez ms
concretas. A fines de marzo, en una madrugada de lluvias prematuras, la calma tensa de las
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fusil sin carga, todava agarrado por un brazo que haba sido arrancado de cuajo. Tena una
frondosa cabellera de mujer enrollada en la nuca con una peineta, y en el cuello un escapulario
con un pescadito de oro. Al voltearlo con la puntera de la bota para alumbrarle la cara, el capitn
se qued perplejo. Mierda, exclam. Otros oficiales se acercaron.
Miren dnde vino a aparecer este hombre -les dijo el capitn-. Es Gregorio Stevenson,
Al amanecer, despus de un consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro
del cementerio. En las dos ltimas horas de su vida no logr entender por qu haba desaparecido
el miedo que lo atorment desde la infancia. Impasible, sin preocuparse siquiera por demostrar
su reciente valor, escuch los interminables cargos de la acusacin. Pensaba en rsula, que a esa
hora deba estar bajo el castao tomando el caf con Jos Arcadio Buenda. Pensaba en su hija de
ocho meses, que an no tena nombre, y en el que iba a nacer en agosto, Pensaba en Santa Sofa
de la Piedad, a quien la noche anterior dej salando un venado para el almuerzo del sbado, y
aor su cabello chorreado sobre los hombros y sus pestaas que parecan artificiales. Pensaba
en su gente sin sentimentalismos, en un severo ajuste de cuentas con la vida, empezando a
comprender cunto quera en realidad a las personas que ms haba odiado. El presidente del
consejo de guerra inici su discurso final, antes de que Arcadio cayera en la cuenta de que
habran transcurrido dos horas. Aunque los cargos comprobados
no tuvieran sobrados mritos -
deca el presidente-, la temeridad irresponsable y criminal con que el acusado empuj a sus
subordinados a una muerte intil, bastara para merecerle la pena capital. En la escuela
desportillada donde experiment por primera vez la seguridad del poder, a pocos metros del
cuarto donde conoci la incertidumbre del amor, Arcadio encontr ridculo el formalismo de la
muerte. En realidad no le importaba la muerte sino la vida, y por eso la sensacin que
experiment cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensacin de miedo sino de nostalgia.
No habl mientras no le preguntaron cul era su ltima voluntad.
-Dganle a mi mujer -contest con voz bien timbrada- que le ponga a la, nia el nombre de
rsula -hizo una pausa y confirm-: rsula, como la abuela. Y dganle tambin que si el que va a
nacer nace varn, que le pongan Jos Arcadio, pero no por el to, sino por el abuelo.
Antes de que lo llevaran al paredn, el padre Nicanor trat de asistirlo. No tengo nada de qu
arrepentirme, dijo Arcadio, y se puso a las rdenes del pelotn despus de tomarse una taza de
caf negro. El jefe del pelotn, especialista en ejecuciones sumarias, tena un nombre que era
mucho ms que una casualidad: capitn Roque Carnicero. Camino del cementerio, bajo la llovizna
persistente, Arcadio observ que en el horizonte despuntaba un mircoles radiante. La nostalgia
se desvaneca con la niebla y dejaba en su lugar una inmensa curiosidad. Slo cuando le
ordenaron ponerse de espaldas al muro, Arcadio vio a Rebeca con el pelo mojado y un vestido de
flores rosadas abriendo la casa de par en par. Hizo un esfuerzo para que le reconociera. En
efecto, Rebeca mir casualmente hacia el muro y se qued paralizada de estupor, y apenas pudo
reaccionar para hacerle a Arcadio una seal de adis con la mano. Arcadio le contest en la
misma forma. En ese instante lo apuntaron las bocas ahumadas de los fusiles y oy letra por letra
las encclicas cantadas de Melquades y sinti los pasos perdidos de Santa Bofia de la Piedad,
virgen, en el saln de clases, y experiment en la nariz la misma dureza de hielo que le haba
llamado la atencin en las fosas nasales del cadver de Remedios. Ah, carajo! -alcanz a
pensar-, se me olvid decir que si naca mujer la pusieran Remedios. Entonces, acumulado en
un zarpazo desgarrador, volvi a sentir todo el terror que le atorment en la vida. El capitn dio
la orden de fuego. Arcadio apenas tuvo tiempo de sacar el pecho y levantar la cabeza sin
comprender de dnde flua el lquido ardiente que le quemaba los muslos.
-Cabrones! -grit-. Viva el partido liberal!
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Gabriel Garca Mrquez
En mayo termin la guerra. Dos semanas antes de que el gobierno hiciera el anuncio oficial, en
una proclama altisonante que prometa un despiadado castigo para los promotores de la rebelin,
el coronel Aureliano Buenda cay prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la frontera
occidental disfrazado de hechicero indgena. De los veintin hombres que lo siguieron en la
guerra, catorce murieron en combate, seis estaban heridos, y slo uno lo acompaaba en el
momento de la derrota final: el coronel Gerineldo Mrquez. La noticia de la captura fue dada en
Macondo con un bando extraordinario. Est vivo -le inform rsula a su marido-. Roguemos a
Dios para que sus enemigos tengan clemencia. Despus de tres das de llanto, una tarde en que
bata un dulce de leche en la cocina, oy claramente la voz de su hijo muy cerca del odo. Era
Aureliano -grit, corriendo hacia el castao para darle la noticia al esposo-. No s cmo ha sido el
milagro, pero est vivo y vamos a verlo muy pronto. Lo dio por hecho. Hizo lavar los pisos de la
casa y cambiar la posicin de los muebles. Una semana despus, un rumor sin origen que no
sera respaldado por el bando, confirm dramticamente el presagio. El coronel Aureliano Buenda
haba sido condenado a muerte, y la sentencia sera ejecutada en Macondo, para escarmiento de
la poblacin. Un lunes, a las diez y veinte de la maana, Amaranta estaba vistiendo a Aureliano
Jos, cuando percibi un tropel remoto y un toque de corneta, un segundo antes de que rsula
irrumpiera en el cuarto con un grito: Ya lo traen. La tropa pugnaba por someter a culatazos a
la muchedumbre desbordada. rsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abrindose paso a
empellones, y entonces lo vieron. Pareca un pordiosero. Tena la ropa desgarrada, el cabello y la
barba enmaraados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir el polvo abrasante, con las manos
amarradas a la espalda con una soga que sostena en la cabeza de su montura un oficial de a
caballo. Junto a l, tambin astroso y derrotado, llevaban al coronel Gerineldo Mrquez. No
estaban tristes. Parecan ms bien turbados por la muchedumbre que gritaba a la tropa toda
clase de improperios.
-Hijo mo! -grit rsula en medio de la algazara, y le dio un manotazo al soldado que trat de
detenerla. El caballo del oficial se encabrit. Entonces el coronel Aureliano Buenda se detuvo,
trmulo, esquiv los brazos de su madre y fij en sus ojos una mirada dura.
-Vyase a casa, mam -dijo-. Pida permiso a las autoridades y venga a verme a la crcel.
Mir a Amaranta, que permaneca indecisa a dos pasos detrs de rsula, y le sonri al
preguntarle: Qu te pas en la mano? Amaranta levant la mano con la venda negra. Una
quemadura, dijo, y apart a rsula para que no la atropellaran los caballos. La tropa dispar.
Una guardia especial rode a los prisioneros y los llev al trote al cuartel.
Al atardecer, rsula visit en la crcel al coronel Aureliano Buenda. Haba tratado de conseguir
el permiso a travs de don Apolinar Moscote, pero ste haba perdido toda autoridad frente a la
omnipotencia de los militares. El padre Nicanor estaba postrado por una calentura heptica. Los
padres del coronel Gerineldo Mrquez, que no estaba condenado a muerte, haban tratado de
verlo y fueron rechazados a culatazos. Ante la imposibilidad de conseguir intermediarios,
convencida de que su hijo sera fusilado al amanecer, rsula hizo un envoltorio con las cosas que
quera llevarle y fue sola al cuartel.
-Soy la madre del coronel Aureliano Buenda -se anunci. Los centinelas le cerraron el paso.
De todos modos voy a entrar -les advirti rsula-. De manera que si tienen orden de disparar,
empiecen de una vez. Apart a uno de un empelln y entr a la antigua sala de clases, donde un
grupo de soldados desnudos engrasaban sus armas, Un oficial en uniforme de campaa,
sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas
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Gabriel Garca Mrquez
rsula reconoci en su modo de hablar rebuscado la cadencia lnguida de la gente del pramo,
los cachacos.
-Como usted diga, seor -admiti-, siempre que me permita verlo.
Haba rdenes superiores de no permitir visitas a los condenados a muerte, pero el oficial
asumi la responsabilidad de concederle una entrevista de quince minutos. rsula le mostr lo
que llevaba en el envoltorio: una muda de ropa limpia los botines que se puso su hijo para la
boda, y el dulce de leche que guardaba para l desde el da en que presinti su regreso. Encontr
al coronel Aureliano Buenda en el cuarto del cepo, tendido en un catre y con los brazos abiertos,
porque tena las axilas empedradas de golondrinos. Le haban permitido afeitarse. El bigote denso
de puntas retorcidas acentuaba la angulosidad de sus pmulos. A rsula le pareci que estaba
ms plido que cuando se fue, un poco ms alto y ms solitario que nunca. Estaba enterado de
los pormenores de la casa: el suicidio de Pietro Crespi, las arbitrariedades y el fusilamiento de
Arcadio, la impavidez de Jos Arcadio Buenda bajo el castao. Saba que Amaranta haba
consagrado su viudez de virgen a la crianza de Aureliano Jos, y que ste empezaba a dar mues-
tras de muy buen juicio y lea y escriba al mismo tiempo que aprenda a hablar. Desde el
momento en que entr al cuarto, rsula se sinti cohibida por la madurez de su hijo, por su aura
de dominio, por el resplandor de autoridad que irradiaba su piel. Se sorprendi que estuviera tan
bien informado. Ya sabe usted que soy adivino -brome l. Y agreg en serio-:
Esta maana, cuando me trajeron, tuve la impresin de que ya haba pasado por todo esto.
En verdad, mientras la muchedumbre tronaba a su paso, l estaba concentrado en sus pen-
samientos, asombrado de la forma en que haba envejecido el pueblo en un ao. Los almendros
tenan las hojas rotas. Las casas pintadas de azul, pintadas luego de rojo y luego vueltas a pintar
de azul, haban terminado por adquirir una coloracin indefinible.
-Qu esperabas? -suspir rsula-. El tiempo pasa.
-As es -admiti Aureliano-, pero no tanto.
De este modo, la visita tanto tiempo esperada, para la que ambos haban preparado las
preguntas e inclusive previsto las respuestas, fue otra vez la conversacin cotidiana de siempre.
Cuando el centinela anunci el trmino de la entrevista, Aureliano sac de debajo de la estera del
catre un rollo de papeles sudados. Eran sus versos. Los inspirados por Remedios, que haba
llevado consigo cuando se fue, y los escritos despus, en las azarosas pausas de la guerra.
Promtame que no los va a leer nadie -dijo-. Esta misma noche encienda el horno con ellos.
rsula lo prometi y se incorpor para darle un beso de despedida.
-Te traje un revlver -murmur.
El coronel Aureliano Buendia comprob que el centinela no estaba a la vista. No me sirve de
nada -replic en voz baja-. Pero dmelo, no sea que la registren a la salida. rsula sac el
revlver del corpio y l lo puso debajo de la estera del catre. Y ahora no se despida -concluy
con un nfasis calmado-. No suplique a nadie ni se rebaje ante nadie. Hgase el cargo que me
fusilaron hace mucho tiempo. rsula se mordi los labios para no llorar.
-Ponte piedras calientes en los golondrinos -dijo.
Dio media vuelta y sali del cuarto. El coronel Aureliano Buenda permaneci de pie, pensativo,
hasta que se cerr la puerta. Entonces volvi a acostarse con los brazos abiertos. Desde el
principio de la adolescencia, cuando empez a ser consciente de sus presagios, pens que la
muerte haba d anunciarse con una seal definida, inequvoca, irrevocable, pero le faltaban
pocas horas para morir, y la seal no llegaba. En cierta ocasin una mujer muy bella entr a su
campamento de
Tucurinca y pidi a los centinelas que le permitieran verlo. La dejaron pasar,
porque conocan el fanatismo de algunas madres que enviaban a sus hijas al dormitorio de los
guerreros ms notables, segn ellas mismas decan, para mejorar la raza. El coronel Aureliano
Buenda estaba aquella noche terminando e poema del hombre que se haba extraviado en la
lluvia, cuando la muchacha entr al cuarto. l le dio la espalda para poner la hoja en la gaveta
con llave donde guardaba sus versos. Y entonces lo sinti. Agarr la pistola en la gaveta sin
volver la cara.
-No dispare, por favor -dijo.
Cuando se volvi con la pistola montada, la muchacha haba bajado la suya y no saba qu
hacer. As haba logrado eludir cuatro de once emboscadas. En cambio, alguien que nunca fu
capturado entr una noche al cuartel revolucionario de Manaure y asesin a pualadas a su
intimo amigo, el coronel Magnfico Visbal, a quien haba cedido el catre para que sudar una
calentura. A pocos metros, durmiendo en una hamaca e el mismo cuarto, l no se dio cuenta de
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nada. Eran intiles sus esfuerzos por sistematizar los presagios. Se presentaban d pronto, en una
rfaga de lucidez sobrenatural, como una conviccin absoluta y momentnea, pero inasible. En
ocasione eran tan naturales, que no las identificaba como presagios sin cuando se cumplan.
Otras veces eran terminantes y no se cumplan. Con frecuencia no eran ms que golpes vulgares
de supersticin. Pero cuando lo condenaron a muerte y le pidieron expresar su ltima voluntad,
no tuvo la menor dificultad par identificar el presagio que le inspir la respuesta:
-Pido que la sentencia se cumpla en Macondo -dijo. El presidente del tribunal se disgust.
-No sea vivo, Buenda -le dijo-. Es una estratagema par ganar tiempo.
-Si no la cumplen, all ustedes -dijo el coronel-, pero esa es mi ltima voluntad.
Desde entonces lo haban abandonado los presagios. El da en que rsula lo visit en la crcel,
despus de mucho pensar, lleg a la conclusin de que quiz la muerte no se anunciara aquella
vez, porque no dependa del azar sino de la voluntad de sus verdugos. Pas la noche en vela
atormentado por el dolor de los golondrinos. Poco antes del alba oy pasos en el corredor. Ya
vienen, se dijo, y pens sin motivo en Jos Arcadio Buenda, que en aquel momento estaba
pensando en l, bajo la madrugada lgubre del castao. No sinti miedo, ni nostalgia, sino una
rabia intestinal ante la idea de que aquella muerte artificiosa no le permitira conocer el final de
tantas cosas que dejaba sin terminar. La puerta se abri y entr el centinela con un tazn de
caf. Al da siguiente a la misma hora todava estaba como entonces, rabiando con el dolor de las
axilas, y ocurri exactamente lo mismo. El jueves comparti el dulce de leche con los centinelas y
se puso la ropa limpia, que le quedaba estrecha, y los botines de charol. Todava el viernes no lo
haban fusilado.
En realidad, no se atrevan a ejecutar la sentencia. La rebelda del pueblo hizo pensar a los
militares que el fusilamiento del coronel Aureliano Buenda tendra graves consecuencias polticas
no slo en Macondo sino en todo el mbito de la cinaga, as que consultaron a las autoridades de
la capital provincial. La noche del sbado, mientras esperaban la respuesta, el capitn Roque
Carnicero fue con otros oficiales a la tienda de Catarino. Slo una mujer, casi presionada con
amenazas, se atrevi a llevarlo al cuarto. No se quieren acostar con un hombre que saben que
se va a morir -le confes ella-. Nadie sabe cmo ser, pero todo el mundo anda diciendo que el
oficial que fusile al coronel Aureliano Buenda, y todos los soldados del pelotn, uno por uno,
sern asesinados sin remedio, tarde o temprano, as se escondan en el fin del mundo. El capitn
Roque Carnicero lo coment con los otros oficiales, y stos lo comentaron con sus superiores. El
domingo, aunque nadie lo haba revelado con franqueza, aunque ningn acto militar haba
turbado la calma tensa de aquellos das, todo el pueblo saba que los oficiales estaban dispuestos
a eludir con toda clase de pretextos la responsabilidad de la ejecucin. En el correo del lunes lleg
la orden oficial: la ejecucin deba cumplirse en el trmino de veinticuatro horas. Esa noche los
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del alba, con unos pantalones que haban sido suyos en la juventud. Estaba ya de espaldas al
muro y tena las manos apoyadas en la cintura porque los nudos ardientes de las axilas le
impedan bajar los brazos Tanto joderse uno -murmuraba el coronel Aureliano Buenda-. Tanto
joderse para que lo maten a uno seis maricas si poder hacer nada, Lo repeta con tanta rabia,
que casi parece fervor, y el capitn Roque Carnicero se conmovi porque crey que estaba
rezando. Cuando el pelotn lo apunt, la rabia se haba materializado en una sustancia viscosa y
amarga que le adormeci la lengua y lo oblig a cerrar los ojos. Entonces desapareci el
resplandor de aluminio del amanecer, y volvi verse a s mismo, muy nio, con pantalones cortos
y un lazo en el cuello, y vio a su padre en una tarde esplndida conducindolo al interior de la
carpa, y vio el hielo. Cuando oy el grito, crey que era orden final al pelotn. Abri los ojos con
una curiosidad de escalofro, esperando encontrarse con la trayectoria incandescente de los
proyectiles, pero slo encontr capitn Roque Carnicero con los brazos en alto, y a Jos Arcadio
atravesando la calle con su escopeta pavorosa lista para disparar.
-No haga fuego -le dijo el capitn a Jos Arcadico. Usted viene mandado por la Divina
Providencia.
All empez otra guerra. El capitn Roque Carnicero y sus seis hombres se fueron con el
coronel Aureliano Buenda a liberar al general revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte
en Riohacha. Pensaron ganar tiempo atravesando la sierra por el camino que sigui Jos Arcadio
Buenda para fundar a Macondo, pero antes de una semana se convencieron de que era una
empresa imposible. De modo que tuvieron que hacer la peligrosa ruta de las estribaciones, sin
ms municiones que las del pelotn de fusilamiento. Acampaban cerca de los pueblos, y uno de
ellos, con un pescadito de oro en la mano, entraba disfrazado a pleno da y hacia contacto con los
liberales en reposo, que a la maana siguiente salan a cazar y no regresaban nunca. Cuando
avistaron a Riohacha desde un recodo de la sierra, el general Victorio Medina haba sido fusilado.
Los hombres del coronel Aureliano Buenda lo proclamaron jefe de las fuerzas revolucionarias del
litoral del Caribe, con el grado de general. l asumi el cargo, pero rechaz el ascenso, y se puso
a s mismo la condicin de no aceptarlo mientras no derribaran el rgimen conservador. Al cabo
de tres meses haban logrado armar a ms de mil hombres, pero fueron exterminados. Los
sobrevivientes alcanzaron la frontera oriental. La prxima vez que se supo de ellos haban
desembarcado en el Cabo de la Vela, procedentes del archipilago de las Antillas, y un parte del
gobierno divulgado por telgrafo y publicado en bandos jubilosos por todo el pas, anunci la
muerte del coronel Aureliano Buenda. Pero dos das despus, un telegrama mltiple que casi le
dio alcance al anterior, anunciaba otra rebelin en los llanos del sur. As empez la leyenda de la
ubicuidad del coronel Aureliano Buenda. Informaciones simultneas y contradictorias lo
declaraban victorioso en Villanueva, derrotado en Guacamayal, demorado por los indios
Motilones, muerto en una aldea de la cinaga y otra vez sublevado en Urumita. Los dirigentes
liberales que en aquel momento estaban negociando una participacin en el parlamento, lo
sealaron como un aventurero sin representacin de partido. El gobierno nacional lo asimil a la
categora de bandolero y puso a su cabeza un precio de cinco mil pesos. Al cabo de diecisis
derrotas, el coronel Aureliano Buenda sali de la Guajira con dos mil indgenas bien armados, y
la guarnicin sorprendida durante el sueo abandon Riohacha. All estableci su cuartel general,
y proclam la guerra total contra el rgimen. La primera notificacin que recibi del gobierno fue
la amenaza de fusilar al coronel Gerineldo Mrquez en el trmino de cuarenta y ocho horas, si no
se replegaba con sus fuerzas hasta la frontera oriental. El coronel Roque Carnicero, que entonces
era jefe de su estado mayor, le entreg el telegrama con un gesto de consternacin, pero l lo
ley con imprevisible alegra.
Qu bueno! -exclam-. Ya tenemos telgrafo en Macondo.
Su respuesta fue terminante. En tres meses esperaba establecer su cuartel general en
Macondo. Si entonces no encontraba vivo al coronel Gerineldo Mrquez, fusilara sin frmula de
juicio a toda la oficialidad que tuviera prisionera en ese momento, empezando por los generales,
e impartira rdenes a sus
subordinados para que procedieran en igual forma hasta el trmino de
la guerra. Tres meses despus, cuando entr victorioso a Macondo, el primer abrazo
que recibi
en el camino de la cinaga fue el del coronel Gerineldo Mrquez.
La casa estaba llena de nios. rsula haba recogido a Santa Sofa de la Piedad, con la hija
mayor y un par de gemelos que nacieron cinco meses despus del fusilamiento de Arcadio.
Contra la ltima voluntad del fusilado, bautiz a la nia con el nombre de Remedios. Estoy
segura que eso fue lo que Arcadio quiso decir -aleg-. No la pondremos rsula, porque se sufre
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mucho con ese nombre. A los gemelos les puso Jos Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.
Amaranta se hizo cargo de todos. Coloc asientitos de madera en la sala, y estableci un
parvulario con otros nios de familias vecinas. Cuando regres el coronel Aureliano Buenda,
entre estampidos de cohetes y repiques de campanas, un coro infantil le dio la bienvenida en la
casa. Aureliano Jos, largo como su abuelo, vestido de oficial revolucionario, le rindi honores
militares.
No todas las noticias eran buenas. Un ao despus de la fuga del coronel Aureliano Buenda,
Jos Arcadio y Rebeca se fueron a vivir en la casa construida por Arcadio. Nadie se enter de su
intervencin para impedir el fusilamiento. En la casa nueva, situada en el mejor rincn de la
plaza, a la sombra de un almendro privilegiado con tres nidos de petirrojos, con una puerta
grande para las visitas V cuatro ventanas para la luz, establecieron un hogar hospitalario. Las
antiguas amigas de Rebeca, entre ellas cuatro hermanas Moscote que continuaban solteras,
reanudaron las sesiones de bordado interrumpidas aos antes en el corredor de las begonias.
Jos Arcadio sigui disfrutando de las tierras usurpadas cuyos ttulos fueron reconocidos por el
gobierno conservador. Todas las tardes se le vea regresar a caballo, con sus perros montunos y
su escopeta de dos caones, y un sartal de conejos colgados en la montura. Una tarde de
septiembre, ante la amenaza de una tormenta, regres a casa ms temprano que de costumbre.
Salud a Rebeca en el comedor, amarr los perros en el patio, colg los conejos en la cocina para
sacarlos ms tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declar despus que cuando
su marido entr al dormitorio ella se encerr en el bao y no se dio cuenta de nada. Era una
versin difcil de creer, pero no haba otra ms verosmil, y nadie pudo concebir un motivo para
que Rebeca asesinara al hombre que la haba hecho feliz. Ese fue tal vez el nico misterio que
nunca se esclareci en Macondo. Tan pronto como Jos Arcadio cerr la puerta del dormitorio, el
estampido de un pistoletazo retumb la casa. Un hilo de sangre sali por debajo de la puerta,
atraves la sala, sali a la calle, sigui en un curso directo por los andenes disparejos, descendi
escalinatas y subi pretiles, pas de largo por la calle de los Turcos, dobl una esquina a la
derecha y otra a la izquierda, volte en ngulo recto frente a la casa de los Buenda, pas por
debajo de la puerta cerrada, atraves la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los
tapices, sigui por la otra sala, eludi en una curva amplia la mesa del comedor, avanz por el
corredor de las begonias y pas sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una
leccin de aritmtica a Aureliano Jos, y se meti por el granero y apareci en la cocina donde
rsula se dispona a partir treinta y seis huevos para el pan.
-Ave Mara Pursima! -grit rsula.
Sigui el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atraves el granero, pas
por el corredor de las begonias donde Aureliano Jos cantaba que tres y tres son seis y seis y tres
son nueve, y atraves el comedor y las salas y sigui en lnea recta por la calle, y dobl luego a la
derecha y despus a la izquierda hasta la calle de los Turcos, sin recordar que todava llevaba
puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y sali a la plaza y se meti por la puerta
de una casa donde no haba estado nunca, y empuj la puerta del dormitorio y casi se ahog con
el olor a plvora quemada, y encontr a Jos Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las
polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya haba dejado
de fluir de su odo derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el
arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a plvora del cadver. Primero lo lavaron
tres veces con jabn y estropajo, despus lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limn,
y por ltimo lo metieron en un tonel de leja y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron
que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso
desesperado de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un da entero a
fuego lento ya haba empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo
encerraron hermticamente en un atad especial de dos metros y treinta centmetros de largo y
un metro y diez centmetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado
con pernos de acero, y aun as se perciba el olor en las calles por donde pas el entierro. El
padre Nicanor, con el hgado hinchado y tenso como un tambor, le ech la bendicin desde la
cama. Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos y echaron
entre ellos ceniza apelmazada, aserrn y cal viva, el cementerio sigui oliendo a plvora hasta
muchos aos despus, cuando los ingenieros de la compaa bananera recubrieron la sepultura
con una coraza de hormign. Tan pronto como sacaron el cadver, Rebeca cerr las puertas de
su casa y se enterr en vida, cubierta con una gruesa costra de desdn que ninguna tentacin
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Gabriel Garca Mrquez
terrenal consigui romper. Sali a la calle en una ocasin, ya muy vieja, con unos zapatos color
de plata antigua y un sombrero de flores minsculas, por la poca en que pas por el pueblo el
Judo Errante y provoc un calor tan intenso que los pjaros rompan las alambreras de las
ventanas para morir en los dormitorios. La ltima vez que alguien la vio con vida fue cuando
mat de un tiro certero a un ladrn que trat de forzar la puerta de su casa. Salvo Argnida, su
criada y confidente, nadie volvi a tener contacto con ella desde entonces. En un tiempo se supo
que escriba cartas al Obispo, a quien consideraba como su primo hermano, pero nunca se dijo
que hubiera recibido respuesta. El pueblo la olvid.
A pesar de su regreso triunfal, el coronel Aureliano Buenda no se entusiasmaba con las
apariencias. Las tropas del gobierno abandonaban las plazas sin resistencia, y eso suscitaba en la
poblacin liberal una ilusin de victoria que no convena defraudar, pero los revolucionarios
conocan la verdad, y ms que nadie el coronel Aureliano Buenda. Aunque en ese momento
mantena ms de cinco mil hombres bajo su mando y dominaba dos estados del litoral, tena
conciencia de estar acorralado contra el mar, y metido en una situacin poltica tan confusa que
cuando orden restaurar la torre de la iglesia desbaratada por un caonazo del ejrcito, el padre
Nicanor coment en su lecho de enfermo: Esto es un disparate: los defensores de la fe de Cristo
destruyen el templo y los masones lo mandan componer. Buscando una tronera de escape
pasaba horas y horas en la oficina telegrfica, conferenciando con los jefes de otras plazas, y
cada vez sala con la impresin ms definida de que la guerra estaba estancada. Cuando se
reciban noticias de nuevos triunfos liberales se proclamaban con bandos de jbilo, pero l meda
en los mapas su verdadero alcance, y comprenda que sus huestes estaban penetrando en la
selva, defendindose de la malaria y los mosquitos, avanzando en sentido contrario al de la
realidad. Estamos perdiendo el tiempo -se quejaba ante sus oficiales-. Estaremos perdiendo el
tiempo mientras los carbones del partido estn mendigando un asiento en el congreso. En
noches de vigilia, tendido boca arriba en la hamaca que colgaba en el mismo cuarto en que
estuvo condenado a muerte, evocaba la imagen de los abogados vestidos de negro que
abandonaban el palacio presidencial en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos
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Gabriel Garca Mrquez
-Dichoso t que lo sabes contest l-. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que
estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Mrquez.
Al coronel Aureliano Buendia le divirti su alarma. Naturalmente -dijo-. Pero en todo caso, es
mejor eso, que no saber por qu se pelea. Lo mir a los ojos, y agreg sonriendo:
-O que pelear como t por algo que no significa nada para nadie.
Su orgullo le haba impedido hacer contactos con los grupos armados del interior del pas,
mientras los dirigentes del partido no rectificaran en pblico su declaracin de que era un ban-
dolero. Saba, sin embargo, que tan pronto como pusiera de lado esos escrpulos rompera el
crculo vicioso de la guerra. La convalecencia le permiti reflexionar. Entonces consigui que
rsula le diera el resto de la herencia enterrada y sus cuantiosos ahorros; nombr al coronel
Gerineldo Mrquez jefe civil y militar de Macondo, y se fue a establecer contacto con los grupos
rebeldes del interior.
El coronel Gerineldo Mrquez no slo era el hombre de ms confianza del coronel Aureliano
Buenda, sino que rsula lo reciba como un miembro de la familia. Frgil, tmido, de una buena
educacin natural, estaba, sin embargo, mejor constituido para la guerra que para el gobierno.
Sus asesores polticos lo enredaban con facilidad en laberintos tericos. Pero consigui imponer
en Macondo el ambiente de paz rural con que soaba el coronel Aureliano Buendia para morirse
de viejo fabricando pescaditos de oro. Aunque viva en casa de sus padres, almorzaba donde
rsula dos o tres veces por semana. Inici a Aureliano Jos en el manejo de las armas de fuego,
le dio una instruccin militar prematura y durante varios meses lo llev a vivir al cuartel, con el
consentimiento de rsula, para que se fuera haciendo hombre. Muchos aos antes, siendo casi un
nio, Gerineldo Mrquez haba declarado su amor a Amaranta. Ella estaba entonces tan
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-No me casar con nadie -le dijo-, pero menos contigo. Quieres tanto a Aureliano que te vas a
casar conmigo porque no puedes casarte con l.
El coronel Gerineldo Mrquez era un hombre paciente. Volver a insistir -dijo-. Tarde o
temprano te convencer. Sigui visitando la casa. Encerrada en el dormitorio, mordiendo un
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Gabriel Garca Mrquez
Sentada en el mecedor de mimbre, con la labor interrumpida en el regazo, Amaranta
contemplaba a Aureliano Jos con el mentn embadurnado de espuma, afilando la navaja barbera
en la penca para afeitarse por primera vez. Se sangr las espinillas, se cort el labio superior
tratando de modelarse un bigote de pelusas rubias, y despus de todo qued igual que antes,
pero el laborioso proceso le dej a Amaranta la impresin de que en aquel instante haba
empezado a envejecer.
-Ests idntico a Aureliano cuando tena tu edad -dijo-. Ya eres un hombre.
Lo era desde haca mucho tiempo, desde el da ya lejano en que Amaranta crey que an era
un nio y sigui desnudndose en el bao delante de l, como lo haba hecho siempre, como se
acostumbr a hacerlo desde que Pilar Ternera se lo entreg para que acabara de criarlo. La
primera vez que l la vio, lo nico que le llam la atencin fue la profunda depresin entre los
senos. Era entonces tan inocente que pregunt qu le haba pasado, y Amaranta fingi excavarse
el pecho con la punta de los dedos y contest: Me sacaron tajadas y tajadas y tajadas. Tiempo
despus, cuando ella se restableci del suicidio de Pietro Crespi y volvi a baarse con Aureliano
Jos, ste ya no se fij en la depresin, sino que experiment un estremecimiento desconocido
ante la visin de los senos esplndidos de pezones morados. Sigui examinndola, descubriendo
palmo a palmo el milagro de su intimidad, y sinti que su piel se erizaba en la contemplacin,
como se erizaba la piel de ella al contacto del agua. Desde muy nio tena la costumbre de
abandonar la hamaca para amanecer en la cama de Amaranta, cuyo contacto tena la virtud de
disipar el miedo a la oscuridad. Pero desde el da en que tuvo conciencia de su desnudez, no era
el miedo a la oscuridad lo que lo impulsaba a meterse en su mosquitero, sino el anhelo de sentir
la respiracin tibia de Amaranta al amanecer. Una madrugada, por la poca en que ella rechaz al
coronel Gerineldo Mrquez, Aureliano Jos despert con la sensacin de que le faltaba el aire.
Sinti los dedos de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre.
Fingiendo dormir cambi de posicin para eliminar toda dificultad, y entonces sinti la mano sin la
venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. Aunque
aparentaron ignorar lo que ambos saban, y lo que cada uno saba que el otro saba, desde
aquella noche quedaron mancornados por una complicidad inviolable. Aureliano Jos no poda
conciliar el sueo mientras no escuchaba el valse de las doce en el reloj de la sala, y la madura
doncella cuya piel empezaba a entristecer no tena un instante de sosiego mientras no senta
deslizarse en el mosquitero aquel sonmbulo que ella haba criado, sin pensar que sera un
paliativo para su soledad. Entonces no slo durmieron juntos, desnudos, intercambiando caricias
agotadoras, sino que se perseguan por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios
a cualquier hora, en un permanente estado de exaltacin sin alivio. Estuvieron a punto de ser
sorprendidos por rsula, una tarde en que entr al granero cuando ellos empezaban a besarse.
Quieres mucho a tu ta?, le pregunt ella de un modo inocente a Aureliano Jos. l contest
que s. Haces bien, concluy rsula, y acab de medir la harina para el pan y regres a la
cocina. Aquel episodio sac a Amaranta del delirio. Se dio cuenta de que haba llegado demasiado
lejos, de que ya no estaba jugando a los besitos con un nio, sino chapaleando en una pasin
otoal, peligrosa y sin porvenir, y la cort de un tajo. Aureliano Jos, que entonces terminaba su
adiestramiento militar, acab por admitir la realidad y se fue a dormir al cuartel. Los sbados iba
con los soldados a la tienda de Catarino. Se consolaba de su abrupta soledad, de su adolescencia
prematura, con mujeres olorosas a flores muertas que l idealizaba en las tinieblas y las converta
en Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de imaginacin.
Poco despus empezaron a recibirse noticias contradictorias de la guerra. Mientras el propio
gobierno admita los progresos de la rebelin, los oficiales de Macondo tenan informes
confidenciales de la inminencia de una paz negociada. A principios de abril, un emisario especial
se identific ante el coronel Gerineldo Mrquez. Le confirm que, en efecto, los dirigentes del
partido haban establecido contactos con jefes rebeldes del interior, y estaban en vsperas de
concertar el armisticio a cambio de tres ministerios para los liberales, una representacin
minoritaria en el parlamento y la amnista general para los rebeldes que depusieran las armas. El
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emisario llevaba una orden altamente confidencial del coronel Aureliano Buenda, que estaba en
desacuerdo con los trminos del armisticio. El coronel Gerineldo Mrquez deba seleccionar a
cinco de sus mejores hombres y prepararse para abandonar con ellos el pas. La orden se cumpli
dentro de la ms estricta resea. Una semana antes de que se anunciara el acuerdo, y en medio
de una tormenta de rumores contradictorios, el coronel Aureliano Buenda y diez oficiales de
confianza, entre ellos el coronel Roque Carnicero, llegaron sigilosamente a Macondo despus de la
medianoche, dispersaron la guarnicin, enterraron las armas y destruyeron los archivos. Al
amanecer haban abandonado el pueblo con el coronel Gerineldo Mrquez y sus cinco oficiales.
Fue una operacin tan rpida y confidencial, que rsula no se enter de ella sino a ltima hora,
cuando alguien dio unos golpecitos en la ventana de su dormitorio y murmur: Si quiere ver al
coronel Aureliano Buenda, asmese ahora mismo a la puerta. rsula salt de la cama y sali a
la puerta en ropa de dormir, y apenas alcanz a percibir el galope de la caballada que
abandonaba el pueblo en medio de una muda polvareda. Slo al da siguiente se enter de que
Aureliano Jos se haba ido con su padre.
Diez das despus de que un comunicado conjunto del gobierno y la oposicin anunci el
trmino de la guerra, se tuvieron noticias del primer levantamiento armado del coronel Aureliano
Buenda en la frontera occidental. Sus fuerzas escasas y mal armadas fueron dispersadas en
menos de una semana. Pero en el curso de ese ano, mientras liberales y conservadores trataban
de que el pas creyera en la reconciliacin, intent otros siete alzamientos. Una noche caone a
Riohacha desde una goleta, y la guarnicin sac de sus camas y fusil en represalia a los catorce
liberales ms conocidos de la poblacin. Ocup por ms de quince das una aduana fronteriza, y
desde all dirigi a la nacin un llamado a la guerra general. Otra de sus expediciones se perdi
tres meses en la selva, en una disparatada tentativa de atravesar ms de mil quinientos ki-
lmetros de territorios vrgenes para proclamar Ja guerra en los suburbios de la capital. En cierta
ocasin estuvo a menos de veinte kilmetros de Macondo, y fue obligado por las patrullas del
gobierno a internarse en las montaas muy cerca de la regin encantada donde su padre
encontr muchos aos antes el fsil de un galen espaol.
Por esa poca muri Visitacin. Se dio el gusto de morirse de muerte natural, despus de
haber renunciado a un trono por temor al insomnio, y su ltima voluntad fue que desenterraran
de debajo de su cama el sueldo ahorrado en ms de veinte aos, y se lo mandaran al coronel
Aureliano Buenda para que siguiera la guerra. Pero rsula no se tom el trabajo de sacar ese
dinero, porque en aquellos das se rumoraba que el coronel Aureliano Buenda haba sido muerto
en un desembarco cerca de la capital provincial. El anuncio oficial -el cuarto en menos de dos
aos- fue tenido por cierto durante casi seis meses, pues nada volvi a saberse de l. De pronto,
cuando ya rsula y Amaranta haban superpuesto un nuevo luto a los anteriores, lleg una noticia
inslita. El coronel Aureliano Buenda estaba vivo, pero aparentemente haba desistido de
hostigar al gobierno de su pas, y se haba sumado al federalismo triunfante en otras repblicas
del Caribe. Apareca con nombres distintos cada vez ms lejos de su tierra. Despus haba de
saberse que la idea que entonces lo animaba era la unificacin de las fuerzas federalistas de la
Amrica Central, para barrer con los regmenes conservadores desde Alaska hasta la Patagonia.
La primera noticia directa que rsula recibi de l, varios aos despus de haberse ido, fue una
carta arrugada y borrosa que le lleg de mano en mano desde Santiago de Cuba.
-Lo hemos perdido para siempre -exclam rsula al leerla-. Por ese camino pasar la Navidad
en el fin del mundo.
La persona a quien se lo dijo, que fue la primera a quien mostr la carta, era el general
conservador Jos Raquel Moncada, alcalde de Macondo desde que termin la guerra. Este
Aureliano -coment el general Moncada-, lstima que no sea conservador. Lo admiraba de
veras. Como muchos civiles conservadores, Jos Raquel Moncada haba hecho la guerra en de-
fensa de su partido y haba alcanzado el ttulo de general en el campo de batalla, aunque careca
de vocacin militar. Al contrario, tambin como muchos de sus copartidarios, era antimilitarista.
Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos,
expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden. Inteligente, simptico, sanguneo,
hombre de buen comer y fantico de las peleas de gallos, haba sido en cierto momento el
adversario ms temible del coronel Aureliano Buenda. Logr imponer su autoridad sobre los
militares de carrera en un amplio sector del litoral. Cierta vez en que se vio forzado por
conveniencias estratgicas a abandonar una plaza a las fuerzas del coronel Aureliano Buenda, le
dej a ste dos cartas. En una de ellas, muy extensa, lo invitaba a una campaa conjunta para
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Gabriel Garca Mrquez
humanizar la guerra. La otra carta era para su esposa, que viva en territorio liberal, y la dej con
la splica de hacerla llegar a su destino. Desde entonces, aun en los perodos ms encarnizados
de la guerra, los dos comandantes concertaron treguas para intercambiar prisioneros. Eran
pausas con un cierto ambiente festivo que el general Moncada aprovechaba para ensear a jugar
a ajedrez al coronel Aureliano Buenda. Se hicieron grandes amigos. Llegaron inclusive a pensar
en la posibilidad de coordinar a los elementos populares de ambos partidos para liquidar la in-
fluencia de los militares y los polticos profesionales, e instaurar un rgimen humanitario que
aprovechara lo mejor de cada doctrina. Cuando termin la guerra, mientras el coronel Aureliano
Buenda se escabulla por los desfiladeros de la subversin permanente, el general Moncada fue
nombrado corregidor de Macondo. Visti su traje civil, sustituy a los militares por agentes de la
polica desarmados, hizo respetar las leyes de amnista y auxili a algunas familias de liberales
muertos en campaa. Consigui que Macondo fuera erigido en municipio y fue por tanto su
primer alcalde, y cre un ambiente de confianza que hizo pensar en la guerra como en una
absurda pesadilla del pasado. El padre Nicanor, consumido por las fiebres hepticas, fue
reemplazado por el padre Coronel, a quien llamaban
El Cachorro,
veterano de la primera guerra
federalista. Bruno Crespi, casado con Amparo Moscote, y cuya tienda de juguetes e instrumentos
musicales no se cansaba de prosperar, construy un teatro, que las compaas espaolas
incluyeron en sus itinerarios. Era un vasto saln al aire libre, con escaos de madera, un teln de
terciopelo con mscaras griegas, y tres taquillas en forma de cabezas de len por cuyas bocas
abiertas se vendan los boletos. Fue tambin por esa poca que se restaur el edificio de la
escuela. Se hizo cargo de ella don Melchor Escalona, un maestro viejo mandado de la cinaga,
que haca caminar de rodillas en el patio de caliche a los alumnos desaplicados y les haca comer
aj picante a los lenguaraces, con la complacencia de los padres. Aureliano Segundo y Jos
Arcadio Segundo, los voluntariosos gemelos de Santa Sofa de la Piedad, fueron los primeros que
se sentaron en el saln de clases con sus pizarras y sus gises y sus jarritos de aluminio marcados
con sus nombres. Remedios, heredera de la belleza pura de su madre, empezaba a ser conocida
como Remedios, la bella. A pesar del tiempo, de los lutos superpuestos y las aflicciones
acumuladas, rsula se resista a envejecer. Ayudada por Santa Bofia de la Piedad haba dado un
nuevo impulso a su industria de repostera, y no slo recuper en pocos aos la fortuna que su
hijo se gast en la guerra, sino que volvi a atiborrar de oro puro los calabazos enterrados en el
dormitorio. Mientras Dios me d vida -sola decir- no faltar la plata en esta casa de locos. As
estaban las cosas, cuando Aureliano Jos desert de las tropas federalistas de Nicaragua, se
enrol en la tripulacin de un buque alemn, y apareci en la cocina de la casa, macizo como un
caballo, prieto y peludo como un indio, y con la secreta determinacin de casarse con Amaranta.
Cuando Amaranta lo vio entrar, sin que l hubiera dicho nada, supo de inmediato por qu
haba vuelto. En la mesa no se atrevan a mirarse a la cara. Pero dos semanas despus del
regreso estando rsula presente, l fij sus ojos en los de ella y le dijo: Siempre pensaba
mucho en ti. Amaranta le hua. Se prevena contra los encuentros casuales. Procuraba no se-
pararse de Remedios, la bella. Le indign el rubor que dor sus mejillas el da en que el sobrino le
pregunt hasta cundo pensaba llevar la venda negra en la mano, porque interpret la pregunta
como una alusin a su virginidad. Cuando l lleg, ella pas la aldaba en su dormitorio, pero
durante tantas noches percibi sus ronquidos pacficos en el cuarto contiguo, que descuid esa
precaucin. Una madrugada, casi dos meses despus del regreso
lo sinti entrar en el dormitorio.
Entonces, en vez de huir, en vez de gritar como lo haba previsto, se dej saturar por una suave
sensacin de descanso. Lo sinti deslizarse en el mosquitero, como lo haba hecho cuando era
nio, como lo haba hecho desde siempre, y no pudo reprimir el sudor helado y el crotaloteo de
los dientes cuando se dio cuenta de que l estaba completamente desnudo. Vete -murmur,
ahogndose de curiosidad-. Vete o me pongo a gritar. Pero Aureliano Jos
ba entonces lo que
tena que hacer, porque ya no era un nill
asustado por la oscuridad sino un animal de cam-
pamento. Desde aquella noche se reiniciaron las sordas batallas sin consecuencias que se
prolongaban hasta el amanecer. Soy tu ta -murmuraba Amaranta, agotada-. Es casi como si
fuera tu madre, no slo por la edad, sino porque lo nico que me falt fue darte de mamar.
Aureliano escapaba al alba y regresaba a la madrugada siguiente, cada vez ms excitado por la
comprobacin de que ella no pasaba la aldaba. No haba dejado de desearla un solo instante. La
encontraba en los oscuros dormitorios de los pueblos vencidos, sobre todo en los ms abyectos, y
la materializaba en el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantneo
del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Haba huido de ella tratando de aniquilar su
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Gabriel Garca Mrquez
recuerdo no slo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compaeros de
armas calificaban de temeridad, pero mientras ms revolcaba su imagen en el muladar de la
guerra, ms la guerra se pareca a Amaranta. As padeci el exilio, buscando la manera de
matarla con su propia muerte, hasta que le oy contar a alguien el viejo cuento del hombre que
se cas con una ta que adems era su prima y cuyo hijo termin siendo abuelo de s mismo.
-Es que uno se puede casar con una ta? -pregunt l, asombrado.
-No slo se puede -le contest un soldado- sino que estamos haciendo esta guerra contra los
curas para que uno se pueda casar con su propia madre.
Quince das despus desert. Encontr a Amaranta ms ajada que en el recuerdo, ms
melanclica y pudibunda, y ya doblando en realidad el ltimo cabo de la madurez, pero ms febril
que nunca en las tinieblas del dormitorio y ms desafiante que nunca en la agresividad de su
resistencia. Eres un bruto -le deca Amaranta, acosada por sus perros de presa-. No es cierto
que se le pueda hacer esto a una pobre ta, como no sea con dispensa especial del Papa.
Aureliano Jos prometa ir a Roma, prometa recorrer a Europa de rodillas, y besar las sandalias
del Sumo Pontfice slo para que ella bajara sus puentes levadizos.
-No es slo eso-rebata Amaranta-. Es que nacen los hijos con cola de puerco.
Aureliano Jos era sordo a todo argumento.
-Aunque nazcan armadillos -suplicaba.
Una madrugada, vencido por el dolor insoportable de la virilidad reprimida, fue a la tienda de
Catarino. Encontr una mujer de senos flccidos, cariosa y barata, que le apacigu el vientre por
algn tiempo. Trat de aplicarle a Amaranta el tratamiento del desprecio. La vea en el corredor,
cosiendo en una mquina de manivela que haba aprendido a manejar con habilidad admirable, y
ni siquiera le diriga la palabra. Amaranta se sinti liberada de un lastre, y ella misma no com-
prendi por qu volvi a pensar entonces en el coronel Gerineldo Mrquez, por qu evocaba con
tanta nostalgia las tardes de damas chinas, y por qu lleg inclusive a desearlo como hombre de
dormitorio. Aureliano Jos no se imaginaba cunto terreno haba perdido, la noche en que no
pudo resistir ms la farsa de la indiferencia, y volvi al cuarto de Amaranta. Ella lo rechaz con
una determinacin inflexible, inequvoca, y ech para siempre la aldaba del dormitorio.
Pocos meses despus del regreso de Aureliano Jos, se present en la casa una mujer
exuberante, perfumada de jazmines, con un nio de unos cinco aos. Afirm que era hijo del
coronel Aureliano Buenda y lo llevaba para que rsula lo bautizara. Nadie puso en duda el origen
de aquel nio sin nombre: era igual al coronel, por los tiempos en que lo llevaron a conocer el
hielo. La mujer cont que haba nacido con los ojos abiertos mirando a la gente con criterio de
persona mayor, y que le asustaba su manera de fijar la mirada en las cosas sin parpadear. Es
idntico -dijo rsula-. Lo nico que falta es que haga rodar las sillas con slo mirarlas. Lo
bautizaron con el nombre de Aureliano, y con el apellido de su madre, porque la ley no le
permita llevar el apellido del padre mientras ste no lo reconociera. El general Moncada sirvi de
padrino. Aunque Amaranta insisti en que se lo dejaran para acabar de criarlo, la madre se
opuso.
rsula ignoraba entonces la costumbre de mandar doncellas a los dormitorios de los guerreros,
como se les soltaba gallinas a los gallos finos, pero en el curso de ese ao se enter: nueve hijos
ms del coronel Aureliano Buenda fueron llevados a la casa para ser bautizados. El mayor, un
extrao moreno de ojos verdes que nada tena que ver con la familia paterna, haba pasado de
los diez aos. Llevaron nios de todas las edades, de todos los colores, pero todos varones, y
todos con un aire de soledad que no permita poner en duda el parentesco. Slo dos se
distinguieron del montn. Uno, demasiado grande para su edad, que hizo aicos los floreros y
varias piezas de la vajilla, porque sus manos parecan tener la propiedad de despedazar todo lo
que tocaban. El otro era un rubio con los mismos ojos garzos de su madre, a quien haban dejado
el cabello largo y con bucles, como a una mujer. Entr a la casa con mucha familiaridad, como si
hubiera sido criado en ella, y fue directamente a un arcn del dormitorio de rsula, y exigi:
Quiero la bailarina de cuerda. rsula se asust. Abri el arcn, rebusc entre los anticuados
y polvorientos objetos de los tiempos de Melquiades y encontr envuelta en un par de medias la
bailarina de cuerda que alguna vez llev Pietro Crespi a la casa, y de la cual nadie haba vuelto a
acordarse. En menos de doce aos bautizaron con ~ nombre de Aureliano, y con el apellido de la
madre, a todos los hijos que disemin el coronel a lo largo y a le ancho de sus territorios de
guerra; diecisiete. Al principio, rsula les llenaba los bolsillos de dinero y Amaranta intentaba
quedarse con ellos. Pero terminaron por limitarse a hacerles un regalo y a servirles de madrinas.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Cumplimos con bautizarlos, deca rsula, anotando en una libreta el nombre y la direccin de
las madres y el lugar y fecha de nacimiento de los nios. Aureliano ha de llevar bien sus cuen-
tas, as que ser l quien tome las determinaciones cuando regrese. En el curso de un almuerzo,
comentando con el general Moncada aquella desconcertante proliferacin, expres el deseo de
que el coronel Aureliano Buenda volviera alguna vez para reunir a todos sus hijos en la casa.
-No se preocupe, comadre -dijo enigmticamente el general Moncada-. Vendr ms pronto de
lo que usted se imagina.
Lo que el general Moncada saba, y que no quiso revelar en el almuerzo, era que el coronel
Aureliano Buenda estaba ya en camino para ponerse al frente de la rebelin ms prolongada,
radical y sangrienta de cuantas se haban intentado hasta entonces.
La situacin volvi a ser tan tensa como en los meses que precedieron a la primera guerra. Las
rias de gallos, animadas por el propio alcalde, fueron suspendidas. El capitn Aquiles Ricardo,
comandante de la guarnicin, asumi en la prctica el poder municipal. Los liberales lo sealaron
como un provocador. Algo tremendo va a ocurrir -le deca rsula a Aureliano Jos. No salgas a
la calle despus de las seis de la tarde. Eran splicas intiles. Aureliano Jos, al igual que
Arcadio en otra poca, haba dejado de pertenecerle. Era como si el regreso a la casa, la
posibilidad de existir sin molestarse por las urgencias cotidianas, hubieran despertado en l la vo-
cacin concupiscente y desidiosa de su to Jos Arcadio. Su pasin por Amaranta se extingui sin
dejar cicatrices. Andaba un poco al garete, jugando billar, sobrellevando su soledad con mujeres
ocasionales, saqueando los resquicios donde rsula olvidaba el dinero traspuesto. Termin por no
volver a la casa sino para cambiarse de ropa. Todos son iguales -se lamentaba rsula-. Al
principio se cran muy bien, son obedientes y formales y parecen incapaces de matar una mosca,
y apenas les sale la barba se tiran a la perdicin. Al contrario de Arcadio, que nunca conoci su
verdadero origen, l se enter de que era hijo de Pilar Ternera, quien le haba colgado una ha-
maca para que hiciera la siesta en su casa. Eran, ms que madre e hijo, cmplices en la soledad.
Pilar Ternera haba perdido el rastro de toda esperanza. Su risa haba adquirido tonalidades de
rgano, sus senos haban sucumbido al tedio de las caricias eventuales, su vientre y sus muslos
haban sido vctimas de su irrevocable destino de mujer repartida, pero su corazn envejeca sin
amargura. Gorda, lenguaraz, con nfulas de matrona en desgracia, renunci a la ilusin estril de
las barajas y encontr un remanso de consolacin en los amores ajenos. En la casa donde
Aureliano Jos dorma la siesta, las muchachas del vecindario reciban a sus amantes casuales.
Me prestas el cuarto, Pilar, le decan simplemente, cuando ya estaban dentro. Por supuesto,
deca Pilar. Y si alguien estaba presente, le explicaba:
-Soy feliz sabiendo que la gente es feliz en la cama.
Nunca cobraba el servicio. Nunca negaba el favor, como no se lo neg a los incontables
hombres que la buscaron hasta en el crepsculo de su madurez, sin proporcionarle dinero ni
amor, y slo algunas veces placer. Sus cinco hijas, herederas de una semilla ardiente, se
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Carmelita Montiel, una virgen de veinte aos, acababa de baarse con agua de azahares y
estaba regando hojas de romero en la cama de Pilar Ternera, cuando son el disparo. Aureliano
Jos estaba destinado a conocer con ella la felicidad que le neg Amaranta, a tener siete hijos y a
morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil que le entr por la espalda y le despedaz el
pecho, estaba dirigida por una mala interpretacin de las barajas. El capitn Aquiles Ricardo, que
era en realidad quien estaba destinado a morir esa noche, muri en efecto cuatro horas antes
que Aureliano Jos. Apenas son el disparo fue derribado por dos balazos simultneos, cuyo
origen no se estableci nunca, y un grito multitudinario estremeci la noche.
-Viva el partido liberal! Viva el coronel Aureliano Buenda!
A las doce, cuando Aureliano Jos acab de desangrarse y Carmelita Montiel encontr en
blanco los naipes de su porvenir, ms de cuatrocientos hombres haban desfilado frente al teatro
y haban descargado sus revlveres contra el cadver abandonado del capitn Aquiles Ricardo. Se
necesit una patrulla para poner en una carretilla el cuerpo apelmazado de plomo, que se
desbarataba como un pan ensopado.
Contrariado por las impertinencias del ejrcito regular, el general Jos Raquel Moncada
moviliz sus influencias polticas, volvi a vestir el uniforme y asumi la jefatura civil y militar de
Macondo. No esperaba, sin embargo, que su actitud conciliatoria pudiera impedir lo inevitable.
Las noticias de septiembre fueron contradictorias. Mientras el gobierno anunciaba que mantena
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Su rostro cuarteado por la sal del Caribe haba adquirido una dureza metlica. Estaba preservado
contra la vejez inminente por una vitalidad que tena algo que ver con la frialdad de las entraas.
Era ms alto que cuando se fue, ms plido y seo, y manifestaba los primeros sntomas de
resistencia a la nostalgia. Dios mo -se dijo rsula, alarmada-. Ahora parece un hombre capaz
de todo. Lo era. El rebozo azteca que le llev a Amaranta, las evocaciones que hizo en el
almuerzo, las divertidas ancdotas que cont, eran simples rescoldos de su humor de otra poca.
No bien se cumpli la orden de enterrar a los muertos en la fosa comn, asign al coronel Roque
Carnicero la misin de apresurar los juicios de guerra, y l se empe en la agotadora tarea de
imponer las reformas radicales que no dejaran piedra sobre piedra en la revenida estructura del
rgimen conservador. Tenemos que anticiparnos a los polticos del partido -deca a sus
asesores-. Cuando abran los ojos a la realidad se encontrarn con los hechos consumados. Fue
entonces cuando decidi revisar los ttulos de propiedad de la tierra, hasta cien aos atrs, y
descubri las tropelas legalizadas de su hermano Jos Arcadio. Anul los registros de una
plumada. En un ltimo gesto de cortesa, desatendi sus asuntos por una hora y visit a Rebeca
para ponerla al corriente de su determinacin.
En la penumbra de la casa, la viuda solitaria que en un tiempo fue Ja confidente de sus amores
reprimidos, y cuya obstinacin le salv la vida, era un espectro del pasado. Cerrada de negro
hasta los puos, con el corazn convertido en cenizas, apenas si tena noticias de la guerra. El
coronel Aureliano Buenda tuvo la impresin de que la fosforescencia de sus huesos traspasaba la
piel, y que ella se mova a travs de una atmsfera de fuegos fatuos, en un aire estancado donde
an se perciba un recndito olor a plvora. Empez por aconsejarle que moderara el rigor de su
luto, que ventilara la casa, que le perdonara al mundo la muerte de Jos Arcadio. Pero ya Rebeca
estaba a salvo de toda vanidad. Despus de buscarla intilmente en el sabor de la tierra, en las
cartas perfumadas de Pietro Crespi, en la cama tempestuosa de su marido, haba encontrado la
paz en aquella casa donde los recuerdos se materializaron por la fuerza de la evocacin
implacable, y se paseaban como seres humanos por los cuartos clausurados. Estirada en su
mecedor de mimbre, mirando al coronel Aureliano Buendia como si fuera l quien pareciera un
espectro del pasado Rebeca ni si quiera se conmovi con la noticia de que las tierras usurpadas
por Jos Arcadio seran restituidas a sus dueos legtimos
-Se har lo que t dispongas, Aureliano suspiro Siempre cre, y lo confirmo ahora, que eres
un descastado.
La revisin de los ttulos de propiedad se consum al mismo tiempo que los juicios sumarios,
presididos por el coronel Gerineldo Mrquez, y que concluyeron con el fusilamiento de toda la
oficialidad del ejrcito regular prisionera de los revolucionarios. El ltimo consejo de guerra fue el
del general Jos Raquel Moncada. rsula intervino. Es el mejor gobernante que hemos tenido en
Macondo -le dijo al coronel Aureliano Buenda-. Ni siquiera tengo nada que decirte de su buen
corazn, del afecto que nos tiene, porque t lo conoces mejor que nadie. El coronel Aureliano
Buenda fij en ella una mirada de re-probacin:
-No puedo arrogarme la facultad de administrar justicia
-replic-. Si usted tiene algo que decir, dgalo ante el consejo de guerra.
rsula no slo lo hizo, sino que llev a declarar a todas las madres de los oficiales
revolucionarios que vivan en Macondo. Una por una, las viejas fundadoras del pu6blo, varias de
las cuales haban participado en la temeraria travesa de la sierra, exaltaron las virtudes del
general Moncada. rsula fue la ltima en el desfile. Su dignidad luctuosa, el peso de su nombre,
la convincente vehemencia de su declaracin hicieron vacilar por un momento el equilibrio de la
justicia. Ustedes han tomado muy en serio este juego espantoso, y han hecho bien, porque
estn cumpliendo con su deber -dijo a los miembros del tribunal-. Pero no olviden que mientras
Dios nos d vida, nosotras seguiremos siendo madres, y por muy revolucionarios que sean
tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto.
El jurado se retir a deliberar cuando todava resonaban estas palabras en el mbito de la escuela
convertida en cuartel. A la media noche, el general Jos Raquel Moncada fue sentenciado a
muerte. El coronel Aureliano Buenda, a pesar de las violentas recriminaciones de rsula, se neg
a conmutarle la pena. Poco antes del amanecer, visit al sentenciado en el cuarto del cepo.
-Recuerda, compadre -le dijo-, que no te fusilo yo. Te fusila la revolucin.
El general Moncada ni siquiera se levant del catre al verlo entrar.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Hasta ese momento, desde su regreso, el coronel Aureliano Buenda no se haba concedido la
oportunidad de verlo con el corazn. Se asombr de cunto haba envejecido, del temblor de sus
manos, de la conformidad un poco rutinaria con que esperaba la muerte, y entonces experiment
un hondo desprecio por s mismo que confundi con un principio de misericordia.
-Sabes mejor que yo -dijo- que todo consejo de guerra es una farsa, y que en verdad tienes
que pagar los crmenes de otros, porque esta vez vamos a ganar la guerra a cualquier precio. T,
en mi lugar, no hubieras hecho lo mismo?
El general Moncada se incorpor para limpiar los gruesos anteojos de carey con el faldn de la
camisa. Probablemente -dijo-. Pero lo que me preocupa no es que me fusiles, porque al fin y al
cabo, para la gente como nosotros esto es la muerte natural. Puso los lentes en la cama y se
quit el reloj de leontina. Lo que me preocupa -agreg- es que de tanto odiar a los militares, de
tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal
en la vida que merezca tanta abyeccin. Se quit el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen
de los Remedios y los puso juntos con los lentes y el reloj.
-A este paso -concluy- no slo sers el dictador ms desptico y sanguinario de nuestra
historia, sino que fusilars a mi comadre rsula tratando de apaciguar tu conciencia.
El coronel Aureliano Buenda permaneci impasible. El general Moncada le entreg entonces
los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, y cambi de tono.
-Pero no te hice venir para regaarte -dijo-. Quera suplicarte el favor de mandarle estas cosas
a mi mujer.
El coronel Aureliano Buenda se las guard en los bolsillos.
-Sigue en Manaure?
-Sigue en Manaure -confirm el general Moncada-, en
la misma casa detrs de la iglesia donde mandaste aquella carta.
-Lo har con mucho gusto, Jos Raquel -dijo el coronel Aureliano Buenda.
Cuando sali al aire azul de neblina, el rostro se le humedeci como en otro amanecer del
pasado, y slo entonces comprendi por qu haba dispuesto que la sentencia se cumpliera en el
patio, y no en el muro del cementerio. El pelotn, formado frente a la puerta, le rindi honores de
jefe de estado.
-Ya pueden traerlo -orden.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
El coronel Gerineldo Mrquez fue el primero que percibi el vaco de la guerra. En su condicin
de jefe civil y militar de Macondo sostena dos veces por semana conversaciones telegrficas con
el coronel Aureliano Buenda. Al principio, aquellas entrevistas determinaban el curso de una
guerra de carne y hueso cuyos contornos perfectamente definidos permitan establecer en
cualquier momento el punto exacto en que se encontraba, y prever sus rumbos futuros. Aunque
nunca se dejaba arrastrar al terreno de las confidencias, ni siquiera por sus amigos ms
prximos, el coronel Aureliano Buenda conservaba entonces el tono familiar que permita
identificarlo al otro extremo de la lnea. Muchas veces prolong las conversaciones ms all del
trmino previsto y las dej derivar hacia comentarios de carcter domstico. Poco a poco, sin
embargo, y a medida que la guerra se iba intensificando y extendiendo, su imagen se fue
borrando en un universo de irrealidad. Los puntos y rayas de su voz eran cada vez ms remotos e
inciertos, y se unan y combinaban para formar palabras que paulatinamente fueron perdiendo
todo sentido. El coronel Gerineldo Mrquez se limitaba entonces a escuchar, abrumado por la im-
presin de estar en contacto telegrfico con un desconocido de otro mundo.
-Comprendido, Aureliano -conclua en el manipulador-. Viva el partido liberal!
Termin por perder todo contacto con la guerra. Lo que en otro tiempo fue una actividad real,
una pasin irresistible de su juventud, se convirti para l en una referencia remota: un vaco. Su
nico refugio era el costurero de Amaranta. La visitaba todas las tardes. Le gustaba contemplar
sus manos mientras rizaba espumas de oln en la mquina de manivela que haca girar
Remedios, la bella. Pasaban muchas horas sin hablar, conformes con la compaa recproca, pero
mientras Amaranta se complaca ntimamente en mantener vivo el fuego de su devocin, l
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
El coronel Gerineldo Mrquez acudi aquella tarde a un llamado telegrfico del coronel
Aureliano Buenda. Fue una conversacin rutinaria que no haba de abrir ninguna brecha en la
guerra estancada. Al terminar, el coronel Gerineldo Mrquez contempl las calles desoladas, el
agua cristalizada en los almendros, y se encontr perdido en la soledad.
-Aureliano -dijo tristemente en el manipulador-, est lloviendo en Macondo.
Hubo un largo silencio en la lnea. De pronto, los aparatos saltaron con los signos despiadados
del coronel Aureliano Buenda.
-No seas pendejo, Gerineldo -dijeron los signos-. Es natural que est lloviendo en agosto.
Tenan tanto tiempo de no verse, que el coronel Gerineldo Mrquez se desconcert con la
agresividad de aquella reaccin. Sin embargo, dos meses despus, cuando el coronel Aureliano
Buenda volvi a Macondo, el desconcierto se transform en estupor. Hasta rsula se sorprendi
de cunto haba cambiado. Lleg sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor,
y con tres amantes que instal en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo
tendido en una hamaca. Apenas si lea los despachos telegrficos que informaban de operaciones
rutinarias. En cierta ocasin el coronel Gerineldo Mrquez le pidi instrucciones para la
evacuacin de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto in-
ternacional.
-No me molestes por pequeeces -le orden l-. Consltalo con la Divina Providencia.
Era tal vez el momento ms critico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio
satisfaccin rudimentaria, y luego dorma con un sueo de piedra que no era perturbado por el
ms ligero indicio de preocupacin. Slo l saba entonces que su aturdido corazn estaba
condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso,
por las victorias inverosmiles, se haba asomado al abismo de la grandeza. Se complaca en
mantener a la diestra al duque de Marlborough, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo
atuendo de pieles y uas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los nios.
Fue entonces cuando decidi que ningn ser humano, ni siquiera rsula, se le aproximara a
menas de tres metros. En el centro del crculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera
que l llegara, y en el cual slo l poda entrar, decida con rdenes breves e inapelables el desti-
no del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure despus del fusilamiento del general
Moncada se apresur a cumplir la ltima voluntad de su vctima, y la viuda recibi los lentes, la
medalla, el reloj y el anillo, pero no le permiti pasar de la puerta.
-No entre, coronel -le dijo-. Usted mandar en su guerra, pero yo mando en mi casa.
El coronel Aureliano Buenda no dio ninguna muestra de rencor, pero su espritu slo encontr
el sosiego cuando su guardia personal saque y redujo a cenizas la casa de la viuda. Cudate el
corazn, Aureliano -le deca entonces el coronel Gerineldo Mrquez-. Te ests pudriendo vivo.
Por esa poca convoc una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontr
de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes.
Haba, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un
juicio por malversacin de fondos. Muchos no saban ni siquiera por qu peleaban. En medio de
aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar
una explosin interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Tefilo Vargas. Era un
indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocacin mesinica que
suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buenda promovi la
reunin con el propsito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los polticos. El
general Tefilo Vargas se adelant a sus intenciones: en pocas horas desbarat la coalicin de los
comandantes mejor calificados y se apoder del mando central. Es una fiera de cuidado -les dijo
el coronel Aureliano Buenda a sus oficiales-. Para nosotros, ese hombre es ms peligroso que el
ministro de la Guerra. Entonces un capitn muy joven que siempre se haba distinguido por su
timidez levant un ndice cauteloso:
-Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
El coronel Aureliano Buenda no se alarm por la frialdad de la proposicin, sino por la forma
en que se anticip una fraccin de segundo a su propio pensamiento.
-No esperen que yo d esa orden -dijo.
No la dio, en efecto. Pero quince das despus el general Tefilo Vargas fue despedazado a
machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buenda asumi el mando central.
La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes,
despert sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un fro interior que le rayaba las huesos y lo
mortificaba inclusive a pleno salle impidi dormir bien varias meses, hasta que se le convirti en
una costumbre. La embriaguez del poder empez a descomponerse en rfagas de desazn.
Buscando un remedio contra el fro, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del
general Tefilo Vargas. Sus rdenes se cumplan antes de ser impartidas, aun antes de que l las
concibiera, y siempre llegaban mucho ms lejos de donde l se hubiera atrevido a hacerlas llegar.
Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empez a perder el rumbo. Le molestaba la gente
que lo aclamaba en los pueblos vencidos, y que le pareca la misma que aclamaba al enemigo.
Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con
su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que l los saludaba a ellos, y que
decan ser sus hijos. Se sinti disperso, repetido, y ms solitario que nunca. Tuvo la conviccin de
que sus propios oficiales le mentan. Se pele con el duque de Marlborough. El mejor amigo -
sola decir entonces- es el que acaba de morir. Se cans de la incertidumbre, del crculo vicioso
igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legtimos para preservar la integridad de los
hogares.
-Quiere decir -sonri el coronel Aureliano Buenda cuando termin la lectura- que slo estamos
luchando por el poder.
-Son reformas tcticas -replic uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la
base popular de la guerra. Despus veremos.
Uno de los asesores polticos del coronel Aureliano Buenda se apresur a intervenir.
-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el
rgimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen
ustedes, quiere decir que el rgimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en sntesis, que
durante casi veinte aos hemos estado luchando contra los sentimientos de la nacin.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buenda lo interrumpi con una seal. No pierda el
tiempo, doctor -dijo-. Lo importante es que desde este momento slo luchamos por el poder.
Sin dejar de sonrer, tom los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a firmar.
-Puesto que es as -concluy-, no tenemos ningn inconveniente en aceptar.
Sus hombres se miraron consternados.
-Me perdona, coronel -dijo suavemente el coronel Genireldo Mrquez-, pero esto es una
traicin.
El coronel Aureliano Buenda detuvo en el aire la pluma entintada, y descarg sobre l todo el
peso de su autoridad.
-Entrgueme sus armas -orden.
El coronel Gerineldo Mrquez se levant y puso las armas en la mesa.
-Presntese en el cuartel -le orden el coronel Aureliano Buenda-. Queda usted a disposicin
de los tribunales revolucionarios.
Luego firm la declaracin y entreg las pliegas a las emisarias, dicindoles:
-Seores, ah tienen sus papeles. Que les aprovechen.
Dos das despus, el coronel Gerineldo Mrquez, acusado de alta traicin, fue condenado a
muerte. Derrumbado en su hamaca, el coronel Aureliano Buenda fue insensible a las splicas de
clemencia. La vspera de la ejecucin, desobedeciendo la arden de no molestarlo, rsula lo visit
en el dormitorio. Cerrada de negro, investida de una rara solemnidad, permaneci de pie los tres
minutos de la entrevista. S que fusilars a Gerineldo -dijo serenamente-, y no puedo hacer
nada por impedirlo. Pero una cosa te advierto: tan pronto como vea el cadver, te lo juro por los
huesos de mi padre y mi madre, por la memoria de Jos Arcadio Buenda, te lo juro ante Dios,
que te he de sacar de donde te metas y te matar con mis propias manos. Antes de abandonar
el cuarto, sin esperar ninguna rplica, concluy:
-Es lo mismo que habra hecho si hubieras nacido con cola de puerco.
Aquella noche interminable, mientras el coronel Gerineldo Mrquez evocaba sus tardes
muertas en el costurero de Amaranta, el coronel Aureliano Buenda rasgu durante muchas
horas, tratando de romperla, la dura cscara de su soledad. Sus nicos instantes felices, desde la
tarde remota en que su padre lo llev a conocer el hielo, haban transcurrido en el taller de
platera, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro. Haba tenido que promover 32
guerras, y haba tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en
el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta aos de retraso los privilegios de la
simplicidad.
Al amanecer, estragado por la tormentosa vigilia, apareci en el cuarto del cepo una hora
antes de la ejecucin. Termin la farsa, compadre -le dijo al coronel Gerineldo Mrquez-.
Vmonos de aqu, antes de que acaben de fusilarte los mosquitos. El coronel Gerineldo Mrquez
no pudo reprimir el desprecio que le inspiraba aquella actitud.
-No, Aureliano -replic-. Vale ms estar muerto que verte convertido en un chafarote.
-No me vers -dijo el coronel Aureliano Buenda-. Ponto los zapatos y aydame a terminar con
esta guerra de mierda.
Al decirlo, no imaginaba que era ms fcil empezar una guerra que terminarla. Necesit casi
un ao de rigor sanguinario para forzar al gobierno a proponer condiciones de paz favorables a
los rebeldes, y otro ao para persuadir a sus partidarios de la conveniencia de aceptarlas. Lleg a
inconcebibles extremos de crueldad para sofocar las rebeliones de sus propios ofciales, que se
resistan a feriar la victoria y termin apoyndose en fuerzas enemigas para acabar de
someterlos.
Nunca fue mejor guerrero que entonces. La certidumbre de que por fin peleaba por su propia
liberacin, y no por ideales abstractos, por consignas que los polticos podan voltear al derecho y
al revs segn las circunstancias, le infundi un entusiasmo enardecido. El coronel Gerineldo
Mrquez, que luch por el fracaso con tanta conviccin y tanta lealtad como antes haba luchado
por el triunfo, le reprochaba su temeridad intil. No te preocupes -sonrea l-. Morirse es mucho
ms difcil de lo que uno cree. En su caso era verdad. La seguridad de que su da estaba
sealado lo invisti de una inmunidad misteriosa, una inmortalidad a trmino fijo que lo hizo
invulnerable a los riesgos de la guerra, y le permiti finalmente conquistar una derrota que era
mucho ms difcil, mucho ms sangrienta y costosa que la victoria.
En casi veinte aos de guerra, el coronel Aureliano Buenda haba estado muchas veces en la
casa, pero el estado de urgencia en que llegaba siempre, el aparato militar que lo acompaaba a
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
todas partes, el aura de leyenda que doraba su presencia y a la cual no fue insensible ni la propia
rsula, terminaron por convertirlo en un extrao. La ltima vez que estuvo en Macondo, y tom
una casa para sus tres concubinas, no se le vio en la suya sino dos o tres veces, cuando tuvo
tiempo de aceptar invitaciones a comer. Remedios, la bella, y los gemelos nacidos en plena
guerra, apenas si lo conocan. Amaranta no lograba conciliar la imagen del hermano que pas la
adolescencia fabricando pescaditos de oro, con la del guerrero mtico que haba interpuesto entre
l y el resto de la humanidad una distancia de tres metros. Pero cuando se conoci la proximidad
del armisticio y se pens que l regresaba otra vez convertido en un ser humano, rescatado por
fin para el corazn de los suyos, los afectos familiares aletargados por tanto tiempo renacieron
con ms fuerza que nunca.
-Al fin -dijo rsula- tendremos otra vez un hombre en la casa.
Amaranta fue la primera en sospechar que lo haban perdido para siempre. Una semana antes
del armisticio, cuando l entr en la casa sin escolta, precedido por dos ordenanzas descalzos que
depositaron en el corredor los aperos de la mula y el bal de los versos, nico saldo de su antiguo
equipaje imperial, ella lo vio pasar frente al costurero y lo llam. El coronel Aureliano Buenda
pareci tener dificultad para reconocerla.
-Soy Amaranta -dijo ella de buen humor, feliz de su regreso, y le mostr la mano con la venda
negra-. Mira.
El coronel Aureliano Buenda le hizo la misma sonrisa de la primera vez en que la vio con la
venda, la remota maana en que volvi a Macondo sentenciado a muerte.
-Qu horror -dijo-, cmo se pasa el tiempo!
El ejrcito regular tuvo que proteger la casa. Lleg vejado, escupido, acusado de haber
recrudecido la guerra slo para venderla ms cara. Temblaba de fiebre y de fro y tena otra vez
las axilas empedradas de golondrinos. Seis meses antes, cuando oy hablar del armisticio, rsula
haba abierto y barrido la alcoba nupcial, y haba quemado mirra en los rincones, pensando que l
regresara dispuesto a envejecer despacio entre las enmohecidas muecas de Remedios. Pero en
realidad, en los dos ltimos aos l le haba pagado sus cuotas finales a la vida, inclusive la del
envejecimiento. Al pasar frente al taller de platera, que rsula haba preparado con especial
diligencia, ni siquiera advirti que las llaves estaban puestas en el candado. No percibi los
minsculos y desgarradores destrozos que el tiempo haba hecho en la casa, y que despus de
una ausencia tan prolongada habran parecido un desastre a cualquier hombre que conservara
vivos sus recuerdos. No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de
telaraa en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comejn en las vigas,
ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tenda la nostalgia. Se
sent en el corredor, envuelto en la manta y sin quitarse las botas, como esperando apenas que
escampara, y permaneci toda la tarde viendo llover sobre las begonias. rsula comprendi
entonces que no lo tendra en la casa por mucho tiempo. Si no es la guerra -pens- slo puede
ser la muerte. Fue una suposicin tan ntida, tan convincente, que la identific como un
presagio.
Esa noche, en la cena, el supuesto Aureliano Segundo desmigaj el pan con la mano derecha y
tom la sopa con la izquierda. Su hermano gemelo, el supuesto Jos Arcadio Segundo, desmigaj
el pan con la mano izquierda y tom la sopa con la derecha. Era tan precisa la coordinacin de
sus movimientos que no parecan dos hermanos sentados el uno frente al otro, sino un artificio de
espejos. El espectculo que los gemelos haban concebido desde que tuvieron conciencia de ser
iguales fue repetido en honor del recin llegado. Pero el coronel Aureliano Buenda no lo advirti.
Pareca tan ajeno a todo que ni siquiera se fij en Remedios, la bella, que pas desnuda hacia el
dormitorio. rsula fue la nica que se atrevi a perturbar su abstraccin.
-Si has de irte otra vez -le dijo a mitad de la cena-, por lo menos trata de recordar cmo
ramos esta noche.
Entonces el coronel Aureliano Buenda se dio cuenta, sin asombro, que rsula era el nico ser
humano que haba logrado desentraar su miseria, y por primera vez en muchos anos se atrevi
a mirarla a la cara. Tena la piel cuarteada, los dientes carcomidos, el cabello marchito y sin color,
y la mirada atnita. La compar con el recuerdo ms antiguo que tena de ella, la tarde en que l
tuvo el presagio de que una olla de caldo hirviendo iba a caerse de la mesa, y la encontr
despedazada. En un instante descubri los araazos, los verdugones, las mataduras, las lceras y
cicatrices que haba dejado en ella ms de medio siglo de vida cotidiana, y comprob que esos
estragos no suscitaban en l ni siquiera un sentimiento de piedad. Hizo entonces un ltimo
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
esfuerzo para buscar en su corazn el sitio donde se le haban podrido los afectos, y no pudo
encontrarlo. En otra poca, al menos, experimentaba un confuso sentimiento de vergenza
cuando sorprenda en su propia piel el olor de rsula, y en ms de una ocasin sinti sus
pensamientos interferidos por el pensamiento de ella. Pero todo eso haba sido arrasado por la
guerra. La propia Remedios, su esposa, era en aquel momento la imagen borrosa de alguien que
pudo haber sido su hija. Las incontables mujeres que conoci en el desierto del amor, y que
dispersaron su simiente en todo el litoral, no haban dejado rastro alguno en sus sentimientos. La
mayora de ellas entraba en el cuarto en la oscuridad y se iban antes del alba, y al da siguiente
eran apenas un poco de tedio en la memoria corporal. El nico afecto que prevaleca contra el
tiempo y la guerra, fue el que sinti por su hermano Jos Arcadio, cuando ambos eran nios, y no
estaba fundado en el amor, sino en la complicidad.
-Perdone -se excus ante la peticin de rsula-. Es que esta guerra ha acabado con todo.
En los das siguientes se ocup de destruir todo rastro de su paso por el mundo. Simplific el
taller de platera hasta slo dejar los objetos impersonales, regal sus ropas a los ordenanzas y
enterr sus armas en el patio con el mismo sentido de penitencia con que su padre enterr la
lanza que dio muerte a Prudencio Aguilar. Slo conserv una pistola, y con una sola bala. rsula
no intervino. La nica vez que lo disuadi fue cuando l estaba a punto de destruir el
daguerrotipo de Remedios que se conservaba en la sala, alumbrado por una lmpara eterna. Ese
retrato dej de pertenecerte hace mucho tiempo -le dijo-. Es una reliquia de familia. La vspera
del armisticio, cuando ya no quedaba en la casa un solo objeto que permitiera recordarlo, llev a
la panadera el bal con los versos en el momento en que Santa Bofia de la Piedad se preparaba
para encender el horno.
-Prndalo con esto -le dijo l, entregndole el primer rollo de papeles amarillento-. Arde mejor,
porque son cosas muy viejas.
Santa Sofa de la Piedad, la silenciosa, la condescendiente, la que nunca contrari ni a sus
propios hijos, tuvo la impresin de que aquel era un acto prohibido.
-Son papeles importantes -dijo.
-Nada de eso -dijo el coronel-. Son cosas que se escriben para uno mismo.
-Entonces -dijo ella- qumelos usted mismo, coronel.
No slo lo hizo, sino que despedaz el bal con una hachuela y ech las astillas al fuego. Horas
antes, Pilar Ternera haba estado a visitarlo. Despus de tantos aos de no verla, el coronel
Aureliano Buenda se asombr de cunto haba envejecido y engordado, y de cunto haba
perdido el esplendor de su risa, pero se asombr tambin de la profundidad que haba logrado en
la lectura de las barajas. Cudate la boca, le dijo ella, y l se pregunt si la otra vez que se lo
dijo, en el apogeo de la gloria, no haba sido una visin sorprendentemente anticipada de su
destino. Poco despus, cuando su mdico personal acab de extirparle los golondrinos, l le
pregunt sin demostrar un inters particular cul era el sitio exacto del corazn. El mdico lo
auscult y le pint luego un circulo en el pecho con un algodn sucio de yodo.
El martes del armisticio amaneci tibio y lluvioso. El coronel Aureliano Buenda apareci en la
cocina antes de las cinco y tom su habitual caf sin azcar. Un da como este viniste al mundo
-le dijo rsula-. Todos se asustaron con tus ojos abiertos. l no le puso atencin, porque estaba
pendiente de los aprestos de tropa, los toques de corneta y las voces de mando que estropeaban
el alba. Aunque despus de tantos aos de guerra deban parecerle familiares, esta vez
experiment el mismo desaliento en las rodillas, y el mismo cabrilleo de la piel que haba
experimentado en su juventud en presencia de una mujer desnuda. Pens confusamente, al fin
capturado en una trampa de la nostalgia, que tal vez si se hubiera casado con ella hubiera sido
un hombre sin guerra y sin gloria, un artesano sin nombre, un animal feliz. Ese estremecimiento
tardo, que no figuraba en sus previsiones, le amarg el desayuno. A las siete de la maana,
cuando el coronel Gerineldo Mrquez fue a buscarlo en compaa de un grupo de oficiales
rebeldes, lo encontr ms taciturno que nunca, ms pensativo y solitario. rsula trat de echarle
sobre los hombros una manta nueva. Qu va a pensar el gobierno -le dijo-. Se imaginarn que
te has rendido porque ya no tenias ni con qu comprar una manta. Pero l no la acept. Ya en la
puerta, viendo que segua la lluvia, se dej poner un viejo sombrero de fieltro de Jos Arcadio
Buenda.
-Aureliano -le dijo entonces rsula-, promteme que si te encuentras por ah con la mala hora,
pensars en tu madre.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
l le hizo una sonrisa distante, levant la mano con todos los dedos extendidos, y sin decir una
palabra abandon la casa y se enfrent a los gritos, vituperios y blasfemias que haban de
perseguirlo hasta la salida del pueblo. rsula pas la tranca en la puerta decidida a no quitarla en
el resto de su vida. Nos pudriremos aqu dentro -pens-. Nos volveremos ceniza en esta casa sin
hombres, pero no le daremos a este pueblo miserable el gusto de vernos llorar. Estuvo toda la
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
traicin -precis rsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos. Al anochecer vio a travs
de las lgrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una
exhalacin, y pens que era una seal de la muerte.
Estaba todava bajo el castao, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al
coronel Aureliano Buenda envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos
abiertos de rabia.
Estaba fuera de peligro. El proyectil sigui una trayectoria tan limpia que el mdico le meti
por el pecho y le sac por la espalda un cordn empapado de yodo. Esta es mi obra maestra -le
dijo satisfecho-. Era el nico punto por donde poda pasar una bala sin lastimar ningn centro
vital. El coronel Aureliano Buenda se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban
salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepinti de no haberse
dado el tiro en el paladar como lo tena previsto, slo por burlar el pronstico de Pilar Ternera.
-Si todava me quedara autoridad -le dijo al doctor-, lo hara fusilar sin frmula de juicio. No
por salvarme la vida, sino por hacerme quedar en ridculo.
El fracaso de la muerte le devolvi en pocas horas el prestigio perdido. Los mismos que
inventaron la patraa de que haba vendido la guerra por un aposento cuyas paredes estaban
construidas con ladrillos de oro, definieron la tentativa de suicidio como un acto de honor, y lo
proclamaron mrtir. Luego, cuando rechaz la Orden del Mrito que le otorg el presidente de la
repblica, hasta sus ms encarnizados rivales desfilaron por su cuarto pidindole que
desconociera los trminos del armisticio y promoviera una nueva guerra. La casa se llen de
regalos de desagravio. Tardamente impresionado por el respaldo masivo de sus antiguos
compaeros de armas, el coronel Aureliano Buenda no descart la posibilidad de complacerlos. Al
contrario, en cierto momento pareci tan entusiasmado con la idea de una nueva guerra que el
coronel Gerineldo Mrquez pens que slo esperaba un pretexto para proclamarla. El pretexto se
le ofreci, efectivamente, cuando el presidente de la repblica se neg a asignar las pensiones de
guerra a los antiguos combatientes, liberales o conservadores, mientras cada expediente no fuera
revisado por una comisin especial, y la ley de asignaciones aprobada por el congreso. Esto es
un atropello -tron el coronel Aureliano Buenda-. Se morirn de viejos esperando el correo.
Abandon por primera vez el mecedor que rsula le compr para la convalecencia, y dando
vueltas en la alcoba dict un mensaje terminante para el presidente de la repblica. En ese
telegrama, que nunca fue publicado, denunciaba la primera violacin del tratado de Neerlandia y
amenazaba con proclamar la guerra a muerte si la asignacin de las pensiones no era resuelta en
el trmino de quince das. Era tan justa su actitud, que permita esperar, inclusive, la adhesin de
los antiguos combatientes conservadores. Pero la nica respuesta del gobierno fue el refuerzo de
la guardia militar que se haba puesto en la puerta de la casa, con el pretexto de protegerla, y la
prohibicin de toda clase de visitas. Medidas similares se adoptaron en todo el pas con otros
caudillos de cuidado. Fue una operacin tan oportuna, drstica y eficaz, que dos meses despus
del armisticio, cuando el coronel Aureliano Buenda fue dado de alta, sus instigadores ms
decididos estaban muertos o expatriados, o haban sido asimilados para siempre por la
administracin pblica.
El coronel Aureliano Buenda abandon el cuarto en diciembre, y le bast con echar una
mirada al corredor para no volver a pensar en la, guerra. Con una vitalidad que pareca imposible
a sus aos, rsula haba vuelto a rejuvenecer la casa. Ahora van a ver quin soy yo -dijo
cuando supo que su hijo vivira-. No habr una casa mejor, ni ms abierta a todo el mundo, que
esta casa de locos. La hizo lavar y pintar, cambi los muebles, restaur el jardn y sembr flores
nuevas, y abri puertas y ventanas para que entrara hasta los dormitorios la deslumbrante
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Aos despus, en su lecho de agona, Aureliano Segundo haba de recordar la lluviosa tarde de
junio en que entr en el dormitorio a conocer a su primer hijo. Aunque era lnguido y llorn, sin
ningn rasgo de un Buenda, no tuvo que pensar dos veces para ponerle nombre.
-Se llamar Jos Arcadio -dijo.
Fernanda del Carpio, la hermosa mujer con quien se haba casado el ao anterior, estuvo de
acuerdo. En cambio rsula no pudo ocultar un vago sentimiento de zozobra. En la larga historia
de la familia, la tenaz repeticin de los nombres le haba permitido sacar conclusiones que le
parecan terminantes. Mientras los Aurelianos eran retrados, pero de mentalidad lcida, los Jos
Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trgico. Los
nicos casos de clasificacin imposible eran los de Jos Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.
Fueron tan parecidos y traviesos durante la infancia que ni la propia Santa Sofa de la Piedad
poda distinguirlos. El da del bautismo, Amaranta les puso esclavas con sus respectivos nombres
y los visti con ropas de colores distintos marcadas con las iniciales de cada uno, pero cuando
empezaron a asistir a la escuela optaron por cambiarse la ropa y las esclavas y por llamarse ellos
mismos con los nombres cruzados. El maestro Melchor Escalona, acostumbrado a conocer a Jos
Arcadio Segundo por la camisa verde, perdi los estribos cuando descubri que ste tena la
esclava de Aureliano Segundo, y que el otro deca llamarse, sin embargo, Aureliano Segundo a
pesar de que tena la camisa blanca y la esclava marcada con el nombre de Jos Arcadio
Segundo. Desde entonces no se saba con certeza quin era quin. Aun cuando crecieron y la
vida los hizo diferentes, rsula segua preguntndose si ellos mismos no habran cometido un
error en algn momento de su intrincado juego de confusiones, y haban quedado cambiados
para siempre. Hasta el principio de la adolescencia fueron dos mecanismos sincrnicos.
Despertaban al mismo tiempo, sentan deseos de ir al bao a la misma hora, sufran los mismos
trastornos de salud y hasta sonaban las mismas cosas. En la casa, donde se crea que
coordinaban sus actos por el simple deseo de confundir, nadie se dio cuenta de la realidad hasta
un da en que Santa Sofa de la Piedad le dio a uno un vaso de limonada, y ms tard en probarlo
que el otro en decir que le faltaba azcar. Santa Sofa de la Piedad, que en efecto haba olvidado
ponerle azcar a la limonada, se lo cont a rsula. As son todos -dijo ella, sin sorpresa-. Locos
de nacimiento. El tiempo acab de desordenar las cosas. El que en los juegos de confusin se
qued con el nombre de Aureliano Segundo se volvi monumental como el abuelo, y el que se
qued con el nombre de Jos Arcadio Segundo se volvi seo como el coronel, y lo nico que
conservaron en comn fue el aire solitario de la familia. Tal vez fue ese entrecruzamiento de
estaturas, nombres y caracteres lo que le hizo sospechar a rsula que estaban barajados desde la
infancia.
La diferencia decisiva se revel en plena guerra cuando Jos Arcadio Segundo le pidi al
coronel Gerineldo Mrquez que lo llevara a ver los fusilamientos. Contra el parecer de rsula, sus
deseos fueron satisfechos. Aureliano Segundo, en cambio, se estremeci ante la sola idea de
presenciar una ejecucin. Prefera la casa. A los doce aos le pregunt a rsula qu haba en el
cuarto clausurado. Papeles -le contest ella-. Son los libros de Melquades y las cosas raras que
escriba en sus ltimos aos. La respuesta, en vez de tranquilizarlo, aument su curiosidad.
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una escoba para lavar los pisos, no tuvo nada que hacer. Aureliano Segundo estaba abstrado en
la lectura de un libro. Aunque careca de pastas y el ttulo no apareca por ninguna parte, el nio
gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y slo coma granos de arroz que
prenda con alfileres, y con la historia del pescador que le pidi prestado a su vecino un plomo
para su red y el pescado con que lo recompens ms tarde tena un diamante en el estmago, y
con la lmpara que satisfaca los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le pregunt a
rsula si todo aquello era verdad, y ella le content que s, que muchos aos antes los gitanos
llevaban a Macondo las lmparas maravillosas y las esteras voladoras.
-Lo que pasa -suspir- es que el mundo se va acabando poco a poco y ya no vienen esas
Cuando termin el libro, muchos de cuyos cuentos estaban inconclusos porque faltaban
pginas, Aureliano Segundo se dio a la tarea de descifrar los manuscritos. Fue imposible. Las
letras parecan ropa puesta a secar en un alambre, y se asemejaban ms a la escritura musical
que a la literaria. Un medioda ardiente, mientras escrutaba los manuscritos, sinti que no estaba
solo en el cuarto. Contra la reverberacin de la ventana, sentado con las manos en las rodillas,
estaba Melquades. No tena ms de cuarenta aos. Llevaba el mismo chaleco anacrnico y el
sombrero de alas de cuervo, y por sus sienes plidas chorreaba la grasa del cabello derretida por
el calor, como lo vieron Aureliano y Jos Arcadio cuando eran nios. Aureliano Segundo lo
reconoci de inmediato, porque aquel recuerdo hereditario se haba transmitido de generacin en
generacin, y haba llegado a l desde la memoria de su abuelo.
-Salud -dijo Aureliano Segundo.
-Salud, joven -dijo Melquades.
Desde entonces, durante varios aos, se vieron casi todas las tardes. Melquades le hablaba
del mundo, trataba de infundirle su vieja sabidura, pero se neg a traducir los manuscritos.
Nadie debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien aos, explic. Aureliano
Segundo guard para siempre el secreto de aquellas entrevistas. En una ocasin sinti que su
mundo privado se derrumbaba, porque rsula entr en el momento en que Melquades estaba en
el cuarto. Pero ella no lo vio.
-Con quin hablas? -le pregunt.
-Con nadie -dijo Aureliano Segundo.
-As era tu bisabuelo -dijo rsula-. Tambin l hablaba solo.
Jos Arcadio Segundo, mientras tanto, haba satisfecho la ilusin de ver un fusilamiento. Por el
resto de su vida recordara el fogonazo lvido de los seis disparos simultneos y el eco del
estampido que se despedaz por los montes, y la sonrisa triste y los ojos perplejos del fusilado,
que permaneci erguido mientras la camisa se le empapaba de sangre, y que segua sonriendo
an cuando lo desataron del poste y lo metieron en un cajn lleno de cal. Est vivo -pens l-.
Lo van a enterrar vivo. Se impresion tanto, que desde entonces detest las prcticas militares
y la guerra, no por las ejecuciones sino por la espantosa costumbre de enterrar vivos a los
fusilados. Nadie supo entonces en qu momento empez a tocar las campanas en la torre, y a
ayudarle a misa al padre Antonio Isabel, sucesor de
El Cachorro,
y a cuidar gallos de pelea en el
patio de la casa cural. Cuando el coronel Gerineldo Mrquez se enter, lo reprendi duramente
por estar aprendiendo oficios repudiados por los liberales. La cuestin -contest l- es que a m
me parece que he salido conservador. Lo crea como si fuera una determinacin de la fatalidad.
El coronel Gerineldo Mrquez, escandalizado, se lo cont a rsula.
-Mejor -aprob ella-. Ojal se meta de cura, para que Dios entre por fin a esta casa.
Muy pronto se supo que el padre Antonio Isabel lo estaba preparando para la primera
comunin. Le enseaba el catecismo mientras le afeitaba el pescuezo a los gallos. Le explicaba
con ejemplos simples, mientras ponan en sus nidos a las gallinas cluecas, cmo se le ocurri a
Dios en el segundo da de la creacin que los pollos se formaran dentro del huevo. Desde
entonces manifestaba el prroco los primeros sntomas del delirio senil que lo llev a decir, aos
ms tarde, que probablemente el diablo haba ganado la rebelin contra Dios, y que era aqul
quien estaba sentado en el trono celeste, sin revelar su verdadera identidad para atrapar a los
incautos. Fogueado por la intrepidez de su preceptor, Jos Arcadio Segundo lleg en pocos meses
a ser tan ducho en martingalas teolgicas para confundir al demonio, como diestro en las
trampas de la gallera. Amaranta le hizo un traje de lino con cuello y corbata, le compr un par de
zapatos blancos y grab su nombre con letras doradas en el lazo del sirio. Dos noches antes de la
primera comunin, el padre Antonio Isabel se encerr con l en la sacrista para confesarlo, con la
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
ayuda de un diccionario de pecados. Fue una lista tan larga, que el anciano prroco, acos-
tumbrado a acostarse a las seis, se qued dormido en el silln antes de terminar. El
interrogatorio fue para Jos Arcadio Segundo una revelacin. No le sorprendi que el padre le
preguntara si haba hecho cosas malas con mujer, y contest honradamente que no, pero se
desconcert con la pregunta de si las haba hecho con animales. El primer viernes de mayo co-
mulg torturado por la curiosidad. Ms tarde le hizo la pregunta a Petronio, el enfermo sacristn
que viva en la torre y que segn decan se alimentaba de murcilagos, y Petronio le const: Es
que hay cristianos corrompidos que hacen sus cosas con las burras. Jos Arcadio Segundo sigui
demostrando tanta curiosidad, pidi tantas explicaciones, que Petronio perdi la paciencia.
Se llamaba Petra Cotes. Haba llegado a Macondo en plena guerra, con un marido ocasional
que viva de las rifas, y cuando el hombre muri, ella sigui con el negocio. Era una mulata limpia
y joven, con unos ojos amarillos y almendrados que le daban a su rostro la ferocidad de una
pantera, pero tena un corazn generoso y una magnfica vocacin para el amor. Cuando rsula
se dio cuenta de que Jos Arcadio Segundo era gallero y Aureliano Segundo tocaba el acorden
en las fiestas ruidosas de su concubina, crey enloquecer de confusin. Era como si en ambos se
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
hubieran concentrado los defectos de la familia y ninguna de sus virtudes. Entonces decidi que
nadie volviera a llamarse Aureliano y Jos Arcadio. Sin embargo, cuando Aureliano Segundo tuvo
su primer hijo, no se atrevi a contrariarlo.
-De acuerdo -dijo rsula-, pero con una condicin: yo me encargo de criarlo.
Aunque ya era centenaria y estaba a punto de quedarse ciega por las cataratas, conservaba
intactos el dinamismo fsico, la integridad del carcter y el equilibrio mental. Nadie mejor que ella
para formar al hombre virtuoso que haba de restaurar el prestigio de la familia, un hombre que
nunca hubiera odo hablar de la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de mala vida y las
empresas delirantes, cuatro calamidades que, segn pensaba rsula, haban determinado la
decadencia de su estirpe.
ste ser cura -prometi solemnemente-. Y si Dios me da vida, ha de llegar a ser Papa.
Todos rieron al orla, no slo en el dormitorio, sino en toda la casa, donde estaban reunidos los
bulliciosos amigotes de Aureliano Segundo. La guerra, relegada al desvn de los malos recuerdos,
fue momentneamente evocada con los taponazos del champaa.
-A la salud del Papa -brind Aureliano Segundo.
Los invitados brindaron a coro. Luego el dueo de casa toc el acorden, se reventaron
cohetes y se ordenaron tambores de jbilo para el pueblo. En la madrugada, los invitados
ensopados en champaa sacrificaron seis vacas y las pusieron en la calle a disposicin de la
muchedumbre. Nadie se escandaliz. Desde que Aureliano Segundo se hizo cargo de la casa,
aquellas festividades eran cosa corriente, aunque no existiera un motivo tan justo como el
nacimiento de un Papa. En pocos aos, sin esfuerzos, a puros golpes de suerte, haba acumulado
una de las ms grandes fortunas de la cinaga, gracias a la proliferacin sobrenatural de sus
animales. Sus yeguas paran trillizos, las gallinas ponan dos veces al da, y los cerdos
engordaban con tal desenfreno, que nadie poda explicarse tan desordenada fecundidad, como no
fuera por artes de magia. Economiza ahora -le deca rsula a su atolondrado bisnieto-. Esta
suerte no te va a durar toda la vida. Pero Aureliano Segundo no le pona atencin. Mientras
ms destapaba champaa para ensopar a sus amigos, ms alocadamente paran sus animales, y
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pueblo quera or hablar de las rifas de conejos, sinti un estruendo en la pared del patio. No te
asustes -dijo Petra Cotes-. Son los conejos. No pudieron dormir ms, atormentados por el
trfago de los animales. Al amanecer, Aureliano Segundo abri la puerta y vio el patio empedrado
de conejos, azules en el resplandor del alba. Petra Cotes, muerta de risa, no resisti la tentacin
de hacerle una broma.
-Estos son los que nacieron anoche -dijo.
-Qu horror! -dijo l-. Por qu no pruebas con vacas? Pocos das despus, tratando de
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cuyo costillar carbonizado vio l mismo durante la guerra. El relato, que a tanta gente durante
tanto tiempo le pareci fantstico, fue una revelacin para Jos Arcadio Segundo. Remat sus
gallos al mejor postor, reclut hombres y compr herramientas, y se empe en la descomunal
empresa de romper piedras, excavar canales, despejar escollos y hasta emparejar cataratas. Ya
esto me lo s de memoria -gritaba rsula-. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y
hubiramos vuelto al principio. Cuando estim que el ro era navegable, Jos Arcadio Segundo
hizo a su hermano una exposicin pormenorizada de sus planes, y ste le dio el dinero que le
haca falta para su empresa. Desapareci por mucho tiempo. Se haba dicho que su proyecto de
comprar un barco no era ms que una triquiuela para alzarse con el dinero del hermano, cuando
se divulg la noticia de que una extraa nave se aproximaba al pueblo. Los habitantes de
Macondo, que ya no recordaban las empresas colosales de Jos Arcadio Buenda, se precipitaron
a la ribera y vieron con ojos pasmados de incredulidad la llegada del primer y ltimo barco que
atrac jams en el pueblo. No era ms que una balsa de troncos, arrastrada mediante gruesos
cables por veinte hombres que caminaban por la ribera. En la proa, con un brillo de satisfaccin
en la mirada, Jos Arcadio Segundo diriga la dispendiosa maniobra. Junto con l llegaba un
grupo de matronas esplndidas que se protegan del sol abrasante con vistosas sombrillas y
tenan en los hombros preciosos paolones de seda, y ungentos de colores en el rostro, flores
naturales en el cabello, y serpientes de oro en los brazos y diamantes en los dientes. La balsa de
troncos fue el nico vehculo que Jos Arcadio Segundo pudo remontar hasta Macondo, y slo por
una vez, pero nunca reconoci el fracaso de su empresa sino que proclam su hazaa como una
victoria de la voluntad. Rindi cuentas escrupulosas a su hermano, y muy pronto volvi a
hundirse en la rutina de los gallos. Lo nico que qued de aquella desventurada iniciativa fue el
soplo de renovacin que llevaron las matronas de Francia, cuyas artes magnficas cambiaron los
mtodos tradicionales del amor, y cuyo sentido del bienestar social arras con la anticuada tienda
de Catarino y transform la calle en un bazar de farolitos japoneses y organillos nostlgicos.
Fueron ellas las promotoras del carnaval sangriento que durante tres das hundi a Macondo en el
delirio, y cuya nica consecuencia perdurable fue haberle dado a Aureliano Segundo la
oportunidad de conocer a Fernanda del Carpio.
Remedios, la bella, fue proclamada reina. rsula, que se estremeca ante la belleza inquietante
de la bisnieta, no pudo impedir la eleccin. Hasta entonces haba conseguido que no saliera a la
calle, como no fuera para ir a misa con Amaranta, pero la obligaba a cubrirse la cara con una
mantilla negra. Los hombres menos piadosos, los que se disfrazaban de curas para decir misas
sacrlegas en la tienda de Catarino, asistan a la iglesia con el nico propsito de ver aunque fuera
un instante el rostro de Remedios, la bella, de cuya hermosura legendaria se hablaba con un
fervor sobrecogido en todo el mbito de la cinaga. Pas mucho tiempo antes de que lo
consiguieran, y ms les hubiera valido que la ocasin no llegara nunca, porque la mayora de
ellos no pudo recuperar jams la placidez del sueo. El hombre que lo hizo posible, un forastero,
perdi para siempre la serenidad, se enred en los tremedales de la abyeccin y la miseria, y
aos despus fue despedazado por un tren nocturno cuando se qued dormido sobre los rieles.
Desde el momento en que se le vio en la iglesia, con un vestido de pana verde y un chaleco
bordado, nadie puso en duda que iba desde muy lejos, tal vez de una remota ciudad del exterior,
atrado por la fascinacin mgica de Remedios, la bella. Era tan hermoso, tan gallardo y
reposado, de una prestancia tan bien llevada, que Pietro Crespi junto a l habra parecido un
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El caballero instalaba desde entonces la banda de msica junto a la ventana de Remedios, la
bella, y a veces hasta el amanecer. Aureliano Segundo fue el nico que sinti por l una
compasin cordial, y trat de quebrantar su perseverancia. No pierda ms el tiempo -le dijo una
noche-. Las mujeres de esta casa son peores que las mulas. Le ofreci su amistad, lo invit a
baarse en champaa, trat de hacerle entender que las hembras de su familia tenan entraas
de pedernal, pero no consigui vulnerar su obstinacin. Exasperado por las interminables noches
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cuando lleg a sus odos. Con su terrible sentido prctico, ella no poda entender el negocio del
coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego converta las monedas de oro
en pescaditos, y as sucesivamente, de modo que tena que trabajar cada vez ms a medida que
ms venda, para satisfacer un crculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a l no
era el negocio sino el trabajo. Le haca falta tanta concentracin para engarzar escamas, incrustar
minsculos rubes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vaco
para llenarlo con la desilusin de la guerra. Tan absorbente era la atencin que le exiga el
preciosismo de su artesana, que en poco tiempo envejeci ms que en todos los aos de guerra,
y la posicin le torci la espina dorsal y la milimetra le desgast la vista, pero la concentracin
implacable lo premi con la paz del espritu. La ltima vez que se le vio atender algn asunto
relacionado con la guerra, fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicit su apoyo
para la aprobacin de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de
partida. Olvdense de eso -les dijo l-. Ya ven que yo rechac mi pensin para quitarme la
tortura de estara esperando hasta la muerte. Al principio, el coronel Gerineldo Mrquez lo
visitaba al atardecer, y ambos se sentaban en la puerta de la calle a evocar el pasado. Pero
Amaranta no pudo soportar los recuerdos que le suscitaba aquel hombre cansado cuya calvicie lo
precipitaba al abismo de una ancianidad prematura, y lo atorment con desaires injustos, hasta
que no volvi sino en ocasiones especiales, y desapareci finalmente anulado por la parlisis.
Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremeca la casa, el coronel
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de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusin del pnico, Jos Arcadio Segundo logr
poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llev en brazos a la casa a la soberana
intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armio embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda
del Carpio. La haban seleccionado como la ms hermosa entre las cinco mil mujeres ms
hermosas del pas, y la haban llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de
Madagascar. rsula se ocup de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda
su inocencia, se compadeci de su candidez. Seis meses despus de la masacre, cuando se
restablecieron los heridos y se marchitaron las ltimas flores en la fosa comn, Aureliano
Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde viva con su padre, y se cas con ella en
Macondo, en una fragorosa parranda de veinte das.
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El matrimonio estuvo a punto de acabarse a los dos meses porque Aureliano Segundo,
tratando de desagraviar a Petra Cotes, le hizo tomar un retrato vestida de reina de Madagascar.
Cuando Fernanda lo supo volvi a hacer sus bales de recin casada y se march de Macondo sin
despedirse. Aureliano Segundo la alcanz en el camino de la cinaga. Al cabo de muchas splicas
y propsitos de enmienda logr llevarla de regreso a la casa, y abandon a la concubina.
Petra Cotes, consciente de su fuerza, no dio muestras de preocupacin. Ella lo haba hecho
hombre. Siendo todava un nio lo sac del cuarto de Melquades, con la cabeza llena de ideas
fantsticas y sin ningn contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo. La naturaleza lo
haba hecho reservado y esquivo, con tendencias a la meditacin solitaria, y ella le haba
moldeado el carcter opuesto, vital, expansivo, desabrochado, y le haba infundido el jbilo de
vivir y el placer de la parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por dentro y por fuera, en el
hombre con que haba soado para ella desde la adolescencia. Se haba casado, pues, como tarde
o temprano se casan los hijos. l no se atrevi a anticiparle la noticia. Asumi una actitud tan
infantil frente a la situacin que finga falsos rencores y resentimientos imaginarios, buscando el
modo de que fuera Petra Cotes quien provocara la ruptura. Un da en que Aureliano Segundo le
hizo un reproche injusto, ella eludi la trampa y puso las cosas en su puesto.
-Lo que pasa -dijo- es que te quieres casar con la reina.
Aureliano Segundo, avergonzado, fingi un colapso de clera, se declar incomprendido y
ultrajado, y no volvi a visitarla. Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnfico dominio de
fiera en reposo, oy la msica y los cohetes de la boda, el alocado bullicio de la parranda pblica,
como si todo eso no fuera ms que una nueva travesura de Aureliano Segundo. A quienes se
compadecieron de su suerte, los tranquiliz con una sonrisa. No se preocupen -les dijo-. A m las
reinas me hacen los mandados, A una vecina que le llev velas compuestas para que alumbrara
con ellas el retrato del amante perdido, le dijo con una seguridad enigmtica:
-La nica vela que lo har venir est siempre encendida.
Tal como ella lo haba previsto, Aureliano Segundo volvi a su casa tan pronto como pas la
luna de miel. Llev a sus amigotes de siempre, un fotgrafo ambulante y el traje y la capa de
armio sucia de sangre que Fernanda haba usado en el carnaval. Al calor de la parranda que se
prendi esa tarde, hizo vestir de reina a Petra Cotes, la coron soberana absoluta y vitalicia de
Madagascar, y reparti copias del retrato entre sus amigos. Ella no slo se prest al juego, sino
que se compadeci ntimamente de l, pensando que deba estar muy asustado cuando concibi
aquel extravagante recurso de reconciliacin. A las siete de la noche, todava vestida de reina, lo
recibi en la cama. Tena apenas dos meses de casado, pero ella se dio cuenta enseguida de que
las cosas no andaban bien en el lecho nupcial, y experiment el delicioso placer de la venganza
consumada. Dos das despus, sin embargo, cuando l no se atrevi a volver, sino que mand un
intermediario para que arreglara los trminos de la separacin, ella comprendi que iba a
necesitar ms paciencia de la prevista, porque l pareca dispuesto a sacrificarse por las
apariencias. Tampoco entonces se alter. Volvi a facilitar las cosas con una sumisin que
confirm la creencia generalizada de que era una pobre mujer, y el nico recuerdo que conserv
de Aureliano Segundo fue un par de botines de charol que, segn l mismo haba dicho, eran los
que quera llevar puestos en el atad. Los guard envueltos en trapos en el fondo de un bal, y
se prepar para apacentar una espera sin desesperacin.
-Tarde o temprano tiene que venir -se dijo-, aunque slo sea a ponerse estos botines.
No tuvo que esperar tanto como supona. En realidad Aureliano Segundo comprendi desde la
noche de bodas que volvera a casa de Petra Cotes mucho antes de que tuviera necesidad de
ponerse los botines de charol: Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Haba nacido y
crecido a mil kilmetros del mar, en una ciudad lgubre por cuyas callejuelas de piedra
traqueteaban todava, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos
campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa seorial embaldosada de losas
sepulcrales jams se conoci el sol. El aire haba muerto en los cipreses del patio, en las plidas
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colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardn de los nardos. Fernanda no
tuvo hasta la pubertad otra noticia del que los melanclicos ejercicios de piano ejecutados en
alguna casa vecina por alguien que durante aos y aos se permiti el albedro de no hacer la
siesta. En el cuarto de su madre enferma, verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales,
escuchaba las escalas metdicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa msica estaba en
el mundo mientras ella se consuma tejiendo coronas de palmas fnebres. Su madre, sudando la
calentura de las cinco, le hablaba del esplendor del pasado. Siendo muy nia, una noche de luna,
Fernanda vio una hermosa mujer vestida de blanco que atraves el jardn hacia el oratorio. Lo
que ms le inquiet de aquella visin fugaz fue que la sinti exactamente igual a ella, como si se
hubiera visto a s misma con veinte aos de anticipacin. Es tu bisabuela, la reina -le dijo su
madre en las treguas de la tos-. Se muri de un mal aire que le dio al cortar una vara de
nardos. Muchos aos despus, cuando empez a sentirse igual a su bisabuela, Fernanda puso en
duda la visin de la infancia, pero la madre la reproch su incredulidad.
-Somos inmensamente ricos y poderosos -le dijo-. Un da sers reina.
Ella lo crey, aunque slo ocupaban la larga mesa con manteles de lino y servicios de plata,
para tomar una taza de chocolate con agua y un pan de dulce. Hasta el da de la boda so con
un reinado de leyenda, a pesar de que su padre, don Fernando, tuvo que hipotecar la casa para
comprarle el ajuar. No era ingenuidad ni delirio de grandeza. As la educaron. Desde que tuvo uso
de razn recordaba haber hecho sus necesidades en una bacinilla de oro con el escudo de armas
de la familia. Sali de la casa por primera vez a los doce aos, en un coche de caballos que slo
tuvo que recorrer dos cuadras 11 para llevarla al convento. Sus compaeras de clases se
sorprendieron de que la tuvieran apartada, en una silla de espaldar muy alto, y de que ni siquiera
se mezclara con ellas durante el recreo. Ella es distinta -explicaban las monjas-. Va a ser reina.
Sus compaeras lo creyeron, porque ya entonces era la doncella ms hermosa, distinguida y
discreta que haban visto jams. Al cabo de ocho aos, habiendo aprendido a versificar en latn, a
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donde el eco repeta los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios. Al cabo
de semanas estriles, lleg a una ciudad desconocida donde todas las campanas tocaban a
muerto. Aunque nunca los haba visto, ni nadie se los haba descrito, reconoci de inmediato los
muros carcomidos por la sal de los huesos, los decrpitos balcones de maderas destripadas por
los hongos, y clavado en el portn y casi borrado por la lluvia el cartoncito ms triste del mundo:
Se venden palmas fnebres.
Desde entonces hasta la maana helada en que Fernanda abandon
la casa al cuidado de la Madre Superiora apenas si hubo tiempo para que las monjas cosieran el
ajuar, y metieran en seis bales los candelabros, el servicio de plata y la bacinilla de oro, y los
incontables e inservibles destrozos de una catstrofe familiar que haba tardado dos siglos en
consumarse. Don Fernando declin la invitacin de acompaarlos. Prometi ir ms tarde, cuando
acabara de liquidar sus compromisos, y desde el momento en que le ech la bendicin a su hija
volvi a encerrarse en el despacho, a escribirle las esquelas con vietas luctuosas y el escudo de
armas de la familia que haban de ser el primer contacto humano que Fernanda y su padre
tuvieran en toda la vida. Para ella, esa fue la fecha real de su nacimiento. Para Aureliano
Segundo fue casi al mismo tiempo el principio y el fin de la felicidad.
Fernanda llevaba un precioso calendario con llavecitas doradas en el que su director espiritual
haba marcado con tinta morada las fechas de abstinencia venrea. Descontando la Semana
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de usar un eufemismo para designar cada cosa, que siempre hablaba delante de ella en
jerigonza.
-Esfetafa
-deca-
esfe defe lasfa quefe lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa
mifierfedafa.
Un da, irritada con la burla, Fernanda quiso saber qu era lo que deca Amaranta, y ella no
us eufemismos para contestarle.
-Digo -dijo- que t eres de las que confunden el culo con las tmporas.
Desde aquel da no volvieron a dirigirse la palabra. Cuando las obligaban las circunstancias, se
mandaban recados, o se decan las cosas indirectamente. A pesar de la visible hostilidad la
familia, Fernanda no renunci a la voluntad de imponer los hbitos de sus mayores. Termin con
la costumbre de comer en la cocina, y cuando cada quien tena hambre, e impuso la obligacin de
hacerlo a horas exactas en la mesa grande del comedor arreglada con manteles de lino, y con los
candelabros y el servicio de plata. La solemnidad de un acto que rsula haba considerado
siempre como el ms sencillo de la vida cotidiana cre un ambiente de estiramiento contra el cual
se revel primero que nadie el callado Jos Arcadio Segundo. Pero la costumbre se impuso, as
como la de rezar el rosario antes de la cena, y llam tanto la atencin de los vecinos, que muy
pronto circul el rumor de que los Buenda no se sentaban a la mesa como los otros mortales,
sino que haban convertido el acto de comer en una misa mayor. Hasta las supersticiones de
rsula, surgidas ms bien de la inspiracin momentnea que de la tradicin, entraron en conflicto
con las que Fernanda hered de sus padres, y que estaban perfectamente definidas y catalogadas
para cada ocasin. Mientras rsula disfrut del dominio pleno de sus facultades, subsistieron
algunos de los antiguos hbitos y la vida de la familia conserv una cierta influencia de sus
corazonadas, pero cuando perdi la vista y el peso de los aos la releg a un rincn, el crculo de
rigidez iniciado por Fernanda desde el momento en que lleg termin por cerrarse
completamente, y nadie ms que ella determin el destino de la familia. El negocio de repostera
y animalitos de caramelo, que Santa Sofa de la Piedad mantena por voluntad de rsula, era
considerado por Fernanda como una actividad indigna, y no tard en liquidarlo. Las puertas de la
casa, abiertas de par en par desde el amanecer hasta la hora de acostarse, fueron cerradas
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por la puerta de la calle. Eran, en realidad, los ltimos desperdicios del patrimonio seorial. Con
ellos se construy en el dormitorio de los nios un altar con santos de tamao natural, cuyos ojos
de vidrio les impriman una inquietante apariencia de vida y cuyas ropas de pao artsticamente
bordadas eran mejores que las usadas jams por ningn habitante de Macondo. Poco a poco, el
esplendor funerario de la antigua y helada mansin se fue trasladando a la luminosa casa de los
Buenda. Ya nos han mandado todo el cementerio familiar -coment Aureliano Segundo en cierta
ocasin-. Slo faltan los sauces y las losas sepulcrales. Aunque en los cajones no lleg nunca
nada que sirviera a los nios para jugar, stos pasaban el ao esperando a diciembre, porque al
fin y al cabo los anticuados y siempre imprevisibles regalos constituan una novedad en la casa.
En la dcima Navidad, cuando ya el pequeo Jos Arcadio se preparaba para viajar al seminario,
lleg con ms anticipacin que en los aos anteriores el enorme cajn del abuelo, muy bien
clavado e impermeabilizado con brea, y dirigido con el habitual letrero de caracteres gticos a la
muy distinguida seora doa Fernanda del Carpio de Buenda. Mientras ella lea la carta en el
dormitorio, los nios se apresuraron a abrir la caja. Ayudados como de costumbre por Aureliano
Segundo, rasparon los sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron el aserrn protector, y
encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado con pernos de cobre. Aureliano Segundo
quit los ocho pernos, ante la impaciencia de los nios, y apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y
hacerlos a un lado, cuando levant la plataforma de plomo y vio a don Fernando vestido de negro
y con un crucifijo en el pecho, con la piel reventada en eructos pestilentes y cocinndose a fuego
lento en un espumoso y borboritante caldo de perlas vivas.
Poco despus del nacimiento de la nia, se anunci el inesperado jubileo del coronel Aureliano
Buenda, ordenado por el gobierno para celebrar un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia.
Fue una determinacin tan inconsecuente con la poltica oficial, que el coronel se pronunci
violentamente contra ella y rechaz el homenaje. Es la primera vez que oigo la palabra jubileo -
deca-. Pero cualquier cosa que quiera decir, no puede ser sino una burla. El estrecho taller de
orfebrera se llen de emisarios. Volvieron, mucho ms viejos y mucho ms solemnes, los
abogados de trajes oscuros que en otro tiempo revolotearon como cuervos en torno al coronel.
Cuando ste los vio aparecer, como en otro tiempo llegaban a empantanar la guerra, no pudo
soportar el cinismo de sus panegricos. Les orden que lo dejaran en paz, insisti que l no era un
prcer de la nacin como ellos decan, sino un artesano sin recuerdos, cuyo nico sueo era
morirse de cansancio en el olvido y la miseria de sus pescaditos de oro. Lo que ms le indign fue
la noticia de que el propio presidente de la repblica pensaba asistir a los actos de Macondo para
imponerle la Orden del Mrito. El coronel Aureliano Buenda le mand a decir, palabra por
palabra, que esperaba con verdadera ansiedad aquella tarda pero merecida ocasin de darle un
tiro no para cobrarle las arbitrariedades y anacronismos de su rgimen, sino por faltarle el
respeto a un viejo que no le haca mal a nadie. Fue tal la vehemencia con que pronunci la
amenaza, que el presidente de la repblica cancel el viaje a ltima hora y le mand la
condecoracin con un representante personal. El coronel Gerineldo Mrquez, asediado por pre-
siones de toda ndole, abandon su lecho de paraltico para persuadir a su antiguo compaero de
armas. Cuando ste vio aparecer el mecedor cargado por cuatro hombres y vio sentado en l,
entre grandes almohadas, al amigo que comparti sus Victorias e infortunios desde la juventud,
no dud un solo instante de que haca aquel esfuerzo para expresarle su solidaridad. Pero cuando
conoci el verdadero propsito de su visita, lo hizo sacar del taller.
-Demasiado tarde me convenzo -le dijo- que te habra hecho un gran favor si te hubiera
dejado fusilar.
De modo que el jubileo se llev a cabo sin asistencia de ninguno de los miembros de la familia.
Fue una casualidad que coincidiera con la semana de carnaval, pero nadie logr quitarle al
coronel Aureliano Buenda la empecinada idea de que tambin aquella coincidencia haba sido
prevista por el gobierno para recalcar la crueldad de la burla. Desde el taller solitario oy las
msicas marciales, la artillera de aparato, las campanas del Te Deum, y algunas frases de los
discursos pronunciados frente a la casa cuando bautizaron la calle con su nombre. Los ojos se le
humedecieron de indignacin, de rabiosa impotencia, y por primera vez desde la derrota se doli
de no tener los arrestos de la juventud para promover una guerra sangrienta que borrara hasta el
ltimo vestigio del rgimen conservador. No se haban extinguido los ecos del homenaje, cuando
rsula llam a la puerta del taller.
-No me molesten -dijo l-. Estoy ocupado.
-Abre -insisti rsula con voz cotidiana-. Esto no tiene nada que ver con la fiesta.
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Entonces el coronel Aureliano Buenda quit la tranca, y vio en la puerta diecisiete hombres de
los ms variados aspectos, de todos los tipos y colores, pero todos con un aire solitario que
habra bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra. Eran sus hijos. Sin ponerse de
acuerdo, sin conocerse entre s, haban llegado desde los ms apartados rincones del litoral
cautivados por el ruido del jubileo. Todos llevaban con orgullo el nombre de Aureliano, y el
apellido de su madre. Durante los tres das que permanecieron en la casa, para satisfaccin de
rsula y escndalo de Fernanda, ocasionaron trastornos de guerra. Amaranta busc entre
antiguos papeles la libreta de cuentas donde rsula haba apuntado los nombres y las fechas de
nacimiento y bautismo de todos, y agreg frente al espacio correspondiente a cada uno el
domicilio actual. Aquella lista habra permitido hacer una recapitulacin de veinte aos de guerra.
Habran podido reconstruirse con ella los itinerarios nocturnos del coronel, desde la madrugada
en que sali de Macondo al frente de veintin hombres hacia una rebelin quimrica, hasta que
regres por ltima vez envuelto en la manta acartonada de sangre. Aureliano Segundo no des-
perdici la ocasin de festejar a los primos con una estruendosa parranda de champaa y
acorden, que se interpret como un atrasado ajuste de cuentas con el carnaval malogrado por el
jubileo. Hicieron aicos media vajilla, destrozaron los rosales persiguiendo un toro para
mantearlo, mataron las gallinas a tiros, obligaron a bailar a Amaranta los valses tristes de Pietro
Crespi, consiguieron que Remedios, la bella, se pusiera unos pantalones de hombre para subirse
a la cucaa, y soltaron en el comedor un cerdo embadurnado de sebo que revolc a Fernanda,
pero nadie lament los percances, porque la casa se estremeci con un terremoto de buena
salud. El coronel Aureliano Buenda, que al principio los recibi con desconfianza y hasta puso en
duda la filiacin de algunos, se divirti con sus locuras, y antes de que se fueran le regal a cada
uno un pescadito de oro. Hasta el esquivo Jos Arcadio Segundo les ofreci una tarde de gallos,
que estuvo a punto de terminar en tragedia, porque varios de los Aurelianos eran tan duchos en
componendas de galleras que descubrieron al primer golpe de vista las triquiuelas del padre
Antonio Isabel Aureliano Segundo, que vio las ilimitadas perspectivas de parranda que ofreca
aquella desaforada parentela, decidi que todos se quedaran a trabajar con l. El nico que
acepto fue Aureliano Triste, un mulato grande con los mpetus y el espritu explorador del abuelo,
que ya haba probado fortuna en medio mundo, y le daba lo mismo quedarse en cualquier parte
Los otros, aunque todava estaban solteros, consideraban resuelto su destino. Todos eran
artesanos hbiles, hombres de su casa gente de paz. El mircoles de ceniza, antes de que
volvieran a dispersarse en el litoral, Amaranta consigui que se pusieran ropas dominicales y la
acompaaran a la iglesia Mas divertidos que piadosos, se dejaron conducir hasta el comulgatorio
donde el padre Antonio Isabel les puso en la frente la cruz de ceniza De regreso a casa, cuando el
menor quiso limpiarse la frente descubri que la mancha era indeleble, y que lo eran tambin las
de sus hermanos. Probaron con agua y jabn con tierra y estropajo, y por ltimo con piedra
pmez y leja y no con siguieron borrarse la cruz. En cambio, Amaranta y los dems que fueron a
misa se la quitaron sin dificultad. As van mejor -los despidi rsula-. De ahora en adelante
nadie podr confundirlos. Se fueron en tropel, precedidos por la banda de msicos y reventando
cohetes, y dejaron en el pueblo la impresin de que la estirpe de los Buenda tena semillas para
muchos siglos. Aureliano Triste, con su cruz de ceniza en la frente, instal en las afueras del
pueblo la fbrica de hielo con que so Jos Arcadio Buenda en sus delirios de inventor.
Meses despus de su llegada, cuando ya era conocido y apreciado, Aureliano Triste andaba
buscando una casa para llevar a su madre y a una hermana soltera (que no era hija del coronel)
y se interes por el casern decrpito que pareca abandonado en una esquina de la plaza.
Pregunt quin era el dueo. Alguien le dijo que era una casa de nadie, donde en otro tiempo
vivi una viuda solitaria que se alimentaba de tierra y cal de las paredes, y que en sus ltimos
aos slo se le vio dos veces en la calle con un sombrero de minsculas flores artificiales y unos
zapatos color de plata antigua, cuando atraves la plaza hasta la oficina de correos para
mandarle cartas al obispo. Le dijeron que su nica compaera fue una sirvienta desalmada que
mataba perros y gatos y cuanto animal penetraba a la casa, y echaba los cadveres en mitad de
la calle para fregar al pueblo con la hedentina de la putrefaccin. Haba pasado tanto tiempo
desde que el sol momific el pellejo vaco del ltimo animal, que todo el mundo daba por sentado
que la duea de casa y la sirvienta haban muerto mucho antes de que terminaran las guerras, y
que si todava la casa estaba en pie era porque no haban tenido en aos recientes un invierno
riguroso o un viento demoledor. Los goznes desmigajados por el xido, las puertas apenas
sostenidas por cmulos de telaraa, las ventanas soldadas por la humedad y el piso roto por la
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hierba y las flores silvestres, en cuyas grietas anidaban los lagartos y toda clase de sabandijas,
parecan confirmar la versin de que all no haba estado un ser humano por lo menos en medio
siglo. Al impulsivo Aureliano Triste no le hacan falta tantas pruebas para proceder. Empuj con el
hombro la puerta principal, y la carcomida armazn de madera se derrumb sin estrpito, en un
callado cataclismo de polvo y tierra de nidos de comejn. Aureliano Triste permaneci en el
umbral, esperando que se desvaneciera la niebla, y entonces vio en el centro de la sala a la
esculida mujer vestida todava con ropas del siglo anterior, con unas pocas hebras amarillas en
el crneo pelado, y con unos ojos grandes, an hermosos, en los cuales se haban apagado las
ltimas estrellas de la esperanza, y el pellejo del rostro agrietado por la aridez de la soledad.
Estremecido por la visin de otro mundo, Aureliano Triste apenas se dio cuenta de que la mujer lo
estaba apuntando con una anticuada pistola de militar.
-Perdone -murmuro.
Ella permaneci inmvil en el centro de la sala atiborrada de cachivaches, examinando palmo a
palmo al gigante de espaldas cuadradas con un tatuaje de ceniza en la frente, y a travs de la
neblina del polvo lo vio en la neblina de otro tiempo, con una escopeta de dos caones terciada a
la espalda y no sartal de conejos en la mano.
-Por el amor de Dios -exclam en voz baja-, no es justo que ahora me vengan con este
recuerdo!
-Quiero alquilar la casa -dijo Aureliano Triste.
La mujer levant entonces la pistola, apuntando con pulso firme la cruz de ceniza, y mont el
gatillo con una determinacin inapelable.
-Vyase -orden.
Aquella noche, durante la cena, Aureliano Triste le cont el episodio a la familia, y rsula llor
la puerta. Dej que terminaran la atolondrada restauracin, y luego hizo un clculo de los costos
y les mand con Argnida, la vieja sirvienta que segua acompandola, un puado de monedas
retiradas de la circulacin desde la ltima guerra, y que Rebeca segua creyendo tiles. Fue
entonces cuando se supo hasta qu punto inconcebible haba llegado su desvinculacin con el
mundo, y se comprendi que sera imposible rescatarla de su empecinado encierro mientras le
quedara un aliento de vida.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
En la segunda visita que hicieron a Macondo los hijos del coronel Aureliano Buenda, otro de
ellos, Aureliano Centeno, se qued trabajando con Aureliano Triste. Era uno de los primeros que
haban llegado a la casa para el bautismo, y rsula y Amaranta lo recordaban muy bien porque
haba destrozado en pocas horas cuanto objeto quebradizo pas por sus manos. El tiempo haba
moderado su primitivo impulso de crecimiento, y era un hombre de estatura mediana marcado
con cicatrices de viruela, pero su asombroso poder de destruccin manual continuaba intacto.
Tantos platos rompi, inclusive sin tocarlos, que Fernanda opt por comprarle un servicio de
peltre antes de que liquidara las ltimas piezas de su costosa vajilla, y aun los resistentes platos
metlicos estaban al poco tiempo desconchados y torcidos. Pero a cambio de aquel poder irreme-
diable, exasperante inclusive para l mismo, tena una cordialidad que suscitaba la confianza
inmediata, y una estupenda capacidad de trabajo. En poco tiempo increment de tal modo la
produccin de hielo, que rebas el mercado local, y Aureliano Triste tuvo que pensar en la
posibilidad de extender el negocio a otras poblaciones de la cinaga. Fue entonces cuando
concibi el paso decisivo no slo para la modernizacin de su industria, sino para vincular la
poblacin con el resto del mundo.
-Hay que traer el ferrocarril -dijo.
Fue la primera vez que se oy esa palabra en Macondo. Ante el dibujo que traz Aureliano
Triste en la mesa, y que era un descendiente directo de los esquemas con que Jos Arcadio
Buenda ilustr el proyecto de la guerra solar, rsula confirm su impresin de que el tiempo
estaba dando vueltas en redondo. Pero al contrario de su abuelo, Aureliano Triste no perda el
sueo ni el apetito, ni atormentaba a nadie con crisis de mal humor, sino que conceba los
proyectos ms desatinados como posibilidades inmediatas, elaboraba clculos racionales sobre
costos y plazos y los llevaba a trmino sin intermedios de exasperacin. Aureliano Segundo, que
si algo tena del bisabuelo y algo le faltaba del coronel Aureliano Buenda era una absoluta
impermeabilidad para el escarmiento, solt el dinero para llevar el ferrocarril con la misma
frivolidad con que lo solt para la absurda compaa de navegacin del hermano. Aureliano Triste
consult el calendario y se fue el mircoles siguiente para estar de vuelta cuando pasaran las
lluvias. No se tuvieron ms noticias. Aureliano Centeno, desbordado por las abundancias de la
fbrica, haba empezado ya a experimentar la elaboracin de hielo con base de jugos de frutas en
lugar de agua, y sin saberlo ni proponrselo concibi los fundamentos esenciales de la invencin
de los helados, pensando en esa forma diversificar la produccin de una empresa que supona
suya, porque el hermano no daba seales de regreso despus de que pasaron las lluvias y
transcurri todo un verano sin noticias. A principios del otro invierno, sin embargo, una mujer
que lavaba ropa en el ro a la hora de ms calor, atraves la calle central lanzando alaridos en un
alarmante estado de conmocin.
-Ah viene -alcanz a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo.
En ese momento la poblacin fue estremecida por un silbato de resonancias pavorosas y una
descomunal respiracin acezante. Las semanas precedentes se haba visto a las cuadrillas que
tendieron durmientes y rieles, y nadie les prest atencin porque pensaron que era un nuevo
artificio de los gitanos que volvan con su centenario y desprestigiado dale que dale de pitos y
sonajas pregonando las excelencias de quin iba a saber qu pendejo menjunje de jarapellinosos
genios jerosolimitanos. Pero cuando se restablecieron del desconcierto de los silbatazos y
resoplidos, todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a Aureliano Triste saludando con la
mano desde la locomotora, y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez
llegaba con ocho meses de retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y
evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias haba de
llevar a Macondo.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no saba por
dnde empezar a asombrarse, Se trasnochaban contemplando las plidas bombillas elctricas
alimentadas por la planta que llev Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo
obsesionante tumtum cost tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imgenes
vivas que el prspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de
bocas de len, porque un personaje muerto y sepultado en una pelcula, y por cuya desgracia se
derramaron lgrimas de afliccin, reapareci vivo y convertido en rabe en la pelcula siguiente.
El pblico que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no piado
soportar aquella burla inaudita y rompi la silletera. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi,
explic mediante un bando que el cine era una mquina de ilusin que no mereca los
desbordamientos pasionales del pblico. Ante la desalentadora explicacin, muchos estimaron
que haban sido vctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por
no volver al cine, considerando que ya tenan bastante con sus propias penas para llorar por
fingidas desventuras de seres imaginarios. Algo semejante ocurri con los gramfonos de
cilindros que llevaron las alegres matronas de Francia en sustitucin de los anticuados organillos,
y que tan hondamente afectaron por un tiempo los intereses de la banda de msicos. Al principio,
la curiosidad multiplic la clientela de la calle prohibida, y hasta se supo de seoras respetables
que se disfrazaron de villanos para observar de cerca la novedad del gramfono, pero tanto y de
tan cerca lo observaron, que muy pronto llegaron a la conclusin de que no era un molino de
sortilegio, como todos pensaban y como las matronas decan, sino un truco mecnico que no
poda compararse con algo tan conmovedor tan humano y tan lleno de verdad cotidiana como
una banda de msicos. Fue una desilusin tan grave, que cuando los gramfonos se
popularizaron hasta el punto de que hubo uno en cada casa, todava no se les tuvo como objetos
para entretenimiento de adultos sino como una cosa buena para que la destriparan los nios En
cambio cuando alguien del pueblo tuvo oportunidad de comprobar la cruda realidad del telfono
instalado en la estacin del ferrocarril, que a causa de la manivela se consideraba como una
versin rudimentaria del gramfono, hasta los mas incrdulos se desconcertaron. Era como si
Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes
de Macondo en un permanente vaivn entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelacin,
hasta el extremo de que ya nadie poda saber a ciencia cierta dnde estaban los lmites de la
realidad. Era un intrincado frangollo de verdades y espejismos, que convulsion de impaciencia al
espectro de Jos Arcadio Buenda bajo el castao y lo oblig a caminar por toda la casa aun a
pleno da. Desde que el ferrocarril fue inaugurado oficialmente y empez a llegar con regularidad
los mircoles a las once, y se construy la primitiva estacin de madera con un escritorio, el
telfono y una ventanilla para vender los pasajes, se vieron por las calles de Macondo hombres y
mujeres que fingan actitudes comunes y corrientes, pero que en realidad parecan gente de
circo. En un pueblo escaldado por el escarmiento de los gitanos no haba un buen porvenir para
aquellos equilibristas del comercio ambulante que con igual desparpajo ofrecan una olla pitadora
que un rgimen de vida para la salvacin del alma al sptimo da; pero entre los que se dejaban
convencer por cansancio y los incautos de siempre, obtenan estupendos beneficios. Entre esas
criaturas de farndula, con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con
armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos mircoles lleg a
Macondo y almorz en la casa el rechoncho y sonriente mster Herbert.
Nadie lo distingui en la mesa mientras no se comi el primer racimo de bananos. Aureliano
Segundo lo haba encontrado por casualidad, protestando en espaol trabajoso porque no haba
un cuarto libre en el Hotel de Jacob, y como lo haca con frecuencia con muchos forasteros se lo
llev a la casa. Tena un negocio de globos cautivos, que haba llevado por medio mundo con
excelentes ganancias, pero no haba conseguido elevar a nadie en Macondo porque consideraban
ese invento como un retroceso, despus de haber visto y probado las esteras voladoras de los
gitanos. Se iba, pues, en el prximo tren. Cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de
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Gabriel Garca Mrquez
banano que solan colgar en el comedor durante el almuerzo, arranc la primera fruta sin mucho
entusiasmo. Pero sigui comiendo mientras hablaba, saboreando, masticando, ms bien con dis-
traccin de sabio que con deleite de buen comedor, y al terminar el primer racimo suplic que le
llevaran otro. Entonces sac de la caja de herramientas que siempre llevaba consigo un pequeo
estuche de aparatos pticos. Con la incrdula atencin de un comprador de diamantes examin
meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesndolas en un
granatorio de farmacutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sac
de la caja una serie de instrumentos con los cuales midi la temperatura, el grado de humedad
de la atmsfera y la intensidad de la luz. Fue una ceremonia tan intrigante, que nadie comi
tranquilo esperando que mster Herbert emitiera por fin un juicio revelador, pero no dijo nada que
permitiera vislumbrar sus intenciones.
En los das siguientes se le vio con una malta y una canastilla cazando mariposas en los
alrededores del pueblo. El mircoles lleg un grupo de ingenieros, agrnomos, hidrlogos,
topgrafos y agrimensores que durante varias semanas exploraron los mismos lugares donde
mster Herbert cazaba mariposas. Ms tarde lleg el seor Jack Brown en un vagn suplementario
que engancharon en la cola del tren amarillo, y que era todo laminado de plata, con poltronas de
terciopelo episcopal y techo de vidrios azules. En el vagn especial llegaron tambin, revolo-
teando en torno al seor Brown, los solemnes abogados vestidos de negro que en otra poca
siguieron por todas partes al coronel Aureliano Buenda, y esto hizo pensar a la gente que los
agrnomos, hidrlogos, topgrafos y agrimensores, as como mster Herbert con sus globos
cautivos y sus mariposas de colores, y el seor Brown con su mausoleo rodante y sus feroces
perros alemanes, tenan algo que ver con la guerra. No hubo, sin embargo, mucho tiempo para
pensarlo, porque los suspicaces habitantes de Macondo apenas empezaban a preguntarse qu
cuernos era lo que estaba pasando, cuando ya el pueblo se haba transformado en un
campamento de casas de madera con techos de cinc, poblado por forasteros que llegaban de
medio mundo en el tren, no slo en los asientos y plataformas, sino hasta en el techo de los
vagones. Los gringos, que despus llevaron mujeres lnguidas con trajes de muselina y grandes
sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte al otro lado de la lnea del tren, con calles
bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metlicas, mesitas blancas en las terrazas y
ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con pavorreales y
codornices. El sector estaba cercado por una malta metlica, como un gigantesco gallinero
electrificado que en los frescos meses del verano amaneca negro de golondrinas achicharradas.
Nadie saba an qu era lo que buscaban, o si en verdad no eran ms que filntropos, y ya
haban ocasionado un trastorno colosal, mucho ms perturbador que el de los antiguos gitanos,
pero menos transitorio y comprensible. Dotados de recursos que en otra poca estuvieron
reservados a la Divina Providencia modificaron el rgimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las
cosechas, y quitaron el ro de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus
corrientes hela das en el otro extremo de la poblacin, detrs del cementerio. Fue en esa ocasin
cuando construyeron una fortaleza de hormign sobre la descolorida tumba de Jos Arcadio, para
que el olor a plvora del cadver no contaminara las aguas. Para los forasteros que llegaban sin
amor, convirtieron la calle de las cariosas matronas de Francia en un pueblo ms extenso que el
otro, y un mircoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosmiles, hembras
babilnicas adiestradas en recursos inmemoriales, y provistas de toda clase de ungentos y
dispositivos para estimular a los inermes despabilar a los tmidos, saciar a los voraces, exaltar a
los modestos escarmentar a los mltiples y corregir a los solitarios La Calle de los Turcos,
enriquecida con luminosos almacenes de ultra marinos que desplazaron los viejos bazares de
colorines bordoneaba la noche del sbado con las muchedumbres de aventureros que se
atropellaban entre las mesas de suerte y azar los mostradores de tiro al blanco, el callejn donde
se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueos, y las mesas de fritangas y bebidas, que
amanecan el domingo desparramadas por el suelo, entre cuerpos que a veces eran de borrachos
felices y casi siempre de curiosos abatidos por los disparos, trompadas, navajinas y botellazos de
la pelotera. Fue una invasin tan tumultuosa e intempestiva, que en los primeros tiempos fue im-
posible caminar por la calle con el estorbo de los muebles y los bales, y el trajn de carpintera
de quienes paraban sus casas en cualquier terreno pelado sin permiso de nadie, y el escndalo de
las parejas que colgaban sus hamacas entre los almendros y hacan el amor bajo los toldos, a
pleno da y a la vista de todo el mundo. El nico rincn de serenidad fue establecido por los
pacficos negros antillanos que construyeron una calle marginal, con casas de madera sobre
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pilotes, en cuyos prticos se sentaban al atardecer cantando himnos melanclicos en su farragoso
papiamento. Tantos cambios ocurrieron en tan poco tiempo, que ocho meses despus de la visita
de mster Herbert los antiguos habitantes de Macondo se levantaban temprano a conocer su
propio pueblo.
-Miren la vaina que nos hemos buscado sola decir entonces el coronel Aureliano Buenda-, no
mas por invitar un gringo a comer guineo.
Aureliano Segundo, en cambio, no caba de contento con la avalancha de forasteros. La casa
se llen de pronto de huspedes desconocidos, de invencibles parranderos mundiales, y fue
preciso agregar dormitorios en el patio, ensanchar el comedor y cambiar la antigua mesa por una
de diecisis puestos, con nuevas vajillas y servicios, y aun as hubo que establecer turnos para
almorzar. Fernanda tuvo que atragantarse sus escrpulos y atender como a reyes a invitados de
la ms perversa condicin, que embarraban con sus botas el corredor, se orinaban en el jardn,
extendan sus petates en cualquier parte para hacer la siesta, y hablaban sin fijarse en
susceptibilidades de damas ni remilgos de caballeros. Amaranta se escandaliz de tal modo con la
invasin de la plebe, que volvi a comer en la cocina como en los viejos tiempos. El coronel
Aureliano Buenda, persuadido de que la mayora de quienes entraban a saludarlo en el taller no
lo hacan por simpata o estimacin, sino por la curiosidad de conocer una reliquia histrica, un
fsil de museo, opt por encerrarse con tranca y no se le volvi a ver sino en muy escasas
ocasiones sentado en la puerta de la calle. rsula, en cambio, aun en los tiempos en que ya
arrastraba los pies y caminaba tanteando en las paredes, experimentaba un alborozo pueril
cuando se aproximaba la llegada del tren. Hay que hacer carne y pescado, ordenaba a las cua-
tro cocineras, que se afanaban por estar a tiempo bajo la imperturbable direccin de Santa Sofa
de la Piedad. Hay que hacer de todo -insista- porque nunca se sabe qu quieren comer los
forasteros. El tren llegaba a la hora de ms calor. Al almuerzo, la casa trepidaba con un alboroto
de mercado, y los sudorosos comensales, que ni siquiera saban quines eran sus anfitriones,
irrumpan en tropel para ocupar los mejores puestos en la mesa, mientras las cocineras
tropezaban entre s con las enormes ollas de sopa, los calderos de carnes, las bangaas de
legumbres, las bateas de arroz, y repartan con cucharones inagotables los toneles de limonada.
Era tal el desorden, que Fernanda se exasperaba con la idea de que muchos coman dos veces, y
en ms de una ocasin quiso desahogarse en improperios de verdulera porque algn comensal
confundido le peda la cuenta. Haba pasado ms de un ao desde la visita de mster Herbert, y lo
nico que se saba era que Tos gringos pensaban sembrar banano en la regin encantada que
Jos Arcadio Buenda y sus hombres haban atravesado buscando la ruta de los grandes inventos.
Otros dos hijos del coronel Aureliano Buenda, con su cruz de ceniza en la frente, llegaron
arrastrados por aquel eructo volcnico, y justificaron su determinacin con una frase que tal vez
explicaba las razones de todos.
-Nosotros venimos -dijeron- porque todo el mundo viene. Remedios, la bella, fue la nica que
permaneci inmune a la peste del banano. Se estanc en una adolescencia magnfica, cada vez
ms impermeable a los formalismos, ms indiferente a la malicia y la suspicacia, feliz en un
mundo propio de realidades simples. No entenda por qu las mujeres se complicaban la vida con
corpios y pollerines, de modo que se cosi un balandrn de caamazo que sencillamente se
meta por la cabeza y resolva sin ms trmites el problema del vestir, sin quitarle la impresin de
estar desnuda, que segn ella entenda las cosas era la nica forma decente de estar en casa. La
molestaron tanto para que se cortara el cabello de lluvia que ya le daba a las pantorrillas, y para
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precaucin. Hasta el ltimo instante en que estuvo en la tierra ignor que su irreparable destino
de hembra perturbadora era un desastre cotidiano. Cada vez que apareca en el comedor,
contrariando las rdenes de rsula, ocasionaba un pnico de exasperacin entre los forasteros.
Era demasiado evidente que estaba desnuda por completo bajo el burdo camisn, y nadie poda
entender que su crneo pelado y perfecto no era un desafo, y que no era una criminal
provocacin el descaro con que se descubra 105 muslos para quitarse el calor, y el gusto con que
se chupaba Tos dedos despus de comer con las manos. Lo que ningn miembro de la familia
supo nunca, fue que los forasteros no tardaron en darse cuenta de que Remedios, la bella,
soltaba un hlito de perturbacin, una rfaga de tormento, que segua siendo perceptible varias
horas despus de que ella haba pasado. Hombres expertos en trastornos de amor, probados en
el mundo entero, afirmaban no haber padecido jams una ansiedad semejante a la que produca
el olor natural de Remedios, la bella. En el corredor de las begonias, en la sala de visitas, en
cualquier lugar de la casa, poda sealarse el lugar exacto en que estuvo y el tiempo transcurrido
desde que dej de estar. Era un rastro definido, inconfundible, que nadie de la casa poda
distinguir porque estaba incorporado desde haca mucho tiempo a los olores cotidianos, pero que
los forasteros identificaban de inmediato. Por eso eran ellos los nicos que entendan que el joven
comandante de la guardia se hubiera muerto de amor, y que un caballero venido de otras tierras
se hubiera echado a la desesperacin. Inconsciente del mbito inquietante en que se mova, del
insoportable estado de ntima calamidad que provocaba a su paso, Remedios, la bella, trataba a
los hombres sin la menor malicia y acababa de trastornarlos con sus inocentes complacencias.
Cuando rsula logr imponer la orden de que comiera con Amaranta en la cocina para que no la
vieran los forasteros, ella se sinti ms cmoda porque al fin y al cabo quedaba a salvo de toda
disciplina. En realidad, le daba lo mismo comer en cualquier parte, y no a horas fijas sino de
acuerdo con las alternativas de su apetito. A veces se levantaba a almorzar a las tres de la
madrugada, dorma todo el da, y pasaba varios meses con los horarios trastrocados, hasta que
algn incidente casual volva a ponerla en orden. Cuando las cosas andaban mejor, se levantaba
a las once de la maana, y se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el bao,
matando alacranes mientras se despejaba del denso y prolongado sueo. Luego se echaba agua
de la alberca con una totuma. Era un acto tan prolongado, tan meticuloso, tan rico en situaciones
ceremoniales, que quien no la conociera bien habra podido pensar que estaba entregada a una
merecida adoracin de su propio cuerpo. Para ella, sin embargo, aquel rito solitario careca de
toda sensualidad, y era simplemente una manera de perder el tiempo mientras le daba hambre.
Un da, cuando empezaba a baarse, un forastero levant una teja del techo y se qued sin
aliento ante el tremendo espectculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a travs de las
tejas rotas y no tuvo una reaccin de vergenza, sino de alarma.
-Cuidado -exclam-. Se va a caer.
-Nada ms quiero verla -murmur el forastero.
-Ah, bueno -dijo ella-. Pero tenga cuidado, que esas tejas estn podridas.
El rostro del forastero tena una dolorosa expresin de estupor, y pareca batallar sordamente
contra sus impulsos primarios para no disipar el espejismo. Remedios, la bella, pens que estaba
sufriendo con el temor de que se rompieran las tejas, y se ba ms de prisa que de costumbre
para que el hombre no siguiera en peligro. Mientras se echaba agua de la alberca, le dijo que era
un problema que el techo estuviera en ese estado, pues ella crea que la cama de hojas podridas
por la lluvia era lo que llenaba el bao de alacranes. El forastero confundi aquella chchara con
una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empez a jabonarse cedi a la
tentacin de dar un paso adelante.
-Djeme jabonarla -murmur.
-Le agradezco la buena intencin -dijo ella-, pero me basto con mis dos manos.
-Aunque sea la espalda -suplic el forastero.
-Sera una ociosidad -dijo ella-. Nunca se ha visto que la gente se jabone la espalda.
Despus, mientras se secaba, el forastero le suplic con los ojos llenos de lgrimas que se
casara con l. Ella le contest sinceramente que nunca se casara con un hombre tan simple que
perda casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, slo por ver baarse a una mujer. Al final,
cuando se puso el balandrn, el hombre no pudo soportar la comprobacin de que en efecto no
se pona nada debajo, como todo el mundo sospechaba, y se sinti marcado para siempre con el
hierro ardiente de aquel secreto. Entonces quit dos tejas ms para descolgarse en el interior del
bao.
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-Est muy alto -lo previno ella, asustada-. Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron
en un estrpito de desastre, y el hombre apenas alcanz a lanzar un grito de terror, y se rompi
el crneo y muri sin agona en el piso de cemento. Los forasteros que oyeron el estropicio en el
comedor, y se apresuraron a llevarse el cadver, percibieron en su piel el sofocante olor de
Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con El cuerpo, que las grietas del crneo no
manaban sangre sino un aceite ambarino impregnado de aquel perfume secreto, y entonces
comprendieron que el olor de Remedios, la bella, segua torturando a los hombres ms all de la
muerte, hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de horror
con los otros dos hombres que haban muerto por Remedios, la bella. Faltaba todava una vctima
para que los forasteros, y muchos de los antiguos habitantes de Macondo, dieran crdito a la
leyenda de que Remedios Buenda no exhalaba un aliento de amor, sino un flujo mortal La
ocasin de comprobarlo se present meses despus una tarde en que Remedios, la bella, fue con
un grupo de amigas a conocer las nuevas plantaciones. Para la gente de Macondo era una
distraccin reciente recorrer las hmedas e interminables avenidas bordeadas de bananos, donde
el silencio pareca llevado de otra parte, todava sin usar, y era por eso tan torpe para transmitir
la voz. A veces no se entenda muy bien lo dicho a medio metro de distancia, y, sin embargo,
resultaba perfectamente comprensible al otro extremo de la plantacin. Para las muchachas de
Macondo aquel juego novedoso era motivo de risas y sobresaltos, de sustos y burlas, y por las
noches se hablaba del paseo como de una experiencia de sueo. Era tal el prestigio de aquel
silencio, que rsula no tuvo corazn para privar de la diversin a Remedios, la bella, y le permiti
ir una tarde, siempre que se pusiera un sombrero y un traje adecuado. Desde que el grupo de
amigas entr a la plantacin, el aire se impregn de una fragancia mortal. Los hombres que
trabajaban en las zanjas se sintieron posedos por una rara fascinacin, amenazados por un
peligro invisible, y muchos sucumbieron a los terribles deseos de llorar. Remedios, la bella, y, sus
espantadas amigas, lograron refugiarse en una casa prxima cuando estaban a punto de ser
asaltadas por un tropel de machos feroces. Poco despus fueron rescatadas por los cuatro
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sultara tan provocador, que muy pronto habra un hombre lo bastante intrigado como para
buscar con paciencia el punto dbil de su corazn. Pero cuando vio la forma insensata en que
despreci a un pretendiente que por muchos motivos era ms apetecible que un prncipe,
renunci a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a
Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pens que era una criatura
extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no
fuera un prodigio de simplicidad, lo nico que lament fue que los bobos de familia tuvieran una
vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buenda segua creyendo y repitiendo que
Remedios, la bella, era en realidad el ser ms lcido que haba conocido jams, y que lo
demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron
a la buena de Dios. Remedios, la bella, se qued vagando por el desierto de la soledad, sin cruces
a cuestas, madurndose en sus sueos sin pesadillas, en sus baos interminables, en sus
comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de
marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardn sus sbanas de bramante, y pidi ayuda a las
mujeres de la casa. Apenas haban empezado, cuando Amaranta advirti que Remedios, la bella,
estaba transparentada por una palidez intensa.
-Te sientes mal? -le pregunt.
Remedios, la bella, que tena agarrada la sbana por el otro extremo, hizo una sonrisa de
lstima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acab de decirlo, cuando Fernanda sinti que un delicado viento de luz le arranc las sbanas
de las manos y las despleg en toda su amplitud. Amaranta sinti un temblor misterioso en los
encajes de sus pollerinas y trat de agarrarse de la sbana para no caer, en el instante en que
Remedios, la bella, empezaba a elevarse. rsula, ya casi ciega, fue la nica que tuvo serenidad
para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dej las sbanas a merced de la luz,
viendo a Remedios, la bella, que le deca adis con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las
sbanas que suban con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y
pasaban con ella a travs del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con
ella para siempre en los altos aires donde no podan alcanzarla ni los ms altos pjaros de la
memoria.
Los forasteros, por supuesto, pensaron que Remedios, la bella, haba sucumbido por fin a su
irrevocable destino de abeja reina, y que su familia trataba de salvar la honra con la patraa de la
levitacin. Fernanda, mordida por la envidia, termin por aceptar el prodigio, y durante mucho
tiempo sigui rogando a Dios que le devolviera las sbanas. La mayora crey en el milagro, y
hasta se encendieron velas y se rezaron novenarios. Tal vez no se hubiera vuelto a hablar de otra
cosa en mucho tiempo, si el brbaro exterminio de los Aurelianos no hubiera sustituido el
asombro por el espanto. Aunque nunca lo identific como un presagio, el coronel Aureliano
Buenda haba previsto en cierto modo el trgico final de sus hijos. Cuando Aureliano Serrador y
Aureliano Arcaya, los dos que llegaron en el tumulto, manifestaron la voluntad de quedarse en
Macondo, su padre trat de disuadirlos. No entenda qu iban a hacer en un pueblo que de la
noche a la maana se haba convertido en un lugar de peligro. Pero Aureliano Centeno y
Aureliano Triste, apoyados por Aureliano Segundo, les dieron trabajo en sus empresas. El coronel
Aureliano Buenda tena motivos todava muy confusos para no patrocinar aquella determinacin.
Desde que vio al seor Brown en el primer automvil que lleg a Macondo -un convertible
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
pensaba en estos cambios, y por primera vez en sus callados aos de soledad lo atorment la
definida certidumbre de que haba sido un error no proseguir la guerra hasta sus ltimas
consecuencias. Por esos das, un hermano del olvidado coronel Magnfico Visbal llev su nieto de
siete aos a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y porque el nio tropez por accidente
con un cabo de la polica y le derram el refresco en el uniforme, el brbaro lo hizo picadillo a
machetazos y decapit de un tajo al abuelo que trat de impedirlo. Todo el pueblo vio pasar al
decapitado cuando un grupo de hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una
mujer llevaba cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde haban metido los pedazos de
nio.
Para el coronel Aureliano Buenda fue el lmite de la expiacin. Se encontr de pronto
padeciendo la misma indignacin que sinti en la juventud, frente al cadver de la mujer que fue
muerta a palos porque la mordi un perro con mal de rabia. Mir a los grupos de curiosos que
estaban frente a la casa y con su antigua voz estentrea, restaurada por un hondo desprecio
contra s mismo, les ech encima la carga de odio que ya no poda soportar en el corazn.
-Un da de estos -grit- voy a armar a mis muchachos para que acaben con estos gringos de
mierda!
En el curso de esa semana, por distintos lugares del litoral, sus diecisiete hijos fueron cazados
como conejos por criminales invisibles que apuntaron al centro de sus cruces de ceniza. Aureliano
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disparatadas interpretaciones que intentaba en el plpito, apareci una tarde en la casa con el
tazn donde preparaba las cenizas del mircoles, y trat de ungir con ellas a toda la familia para
demostrar que se quitaban con agua. Pero el espanto de la desgracia haba calado tan hondo, que
ni la misma Fernanda se prest al experimento, y nunca ms se vio un Buenda arrodillado en el
comulgatorio el mircoles de ceniza.
El coronel Aureliano Buenda no logr recobrar la serenidad en mucho tiempo. Abandon la
fabricacin de pescaditos, coma a duras penas, y andaba como un sonmbulo por toda la casa,
arrastrando la manta y masticando una clera sorda. Al cabo de tres meses tena el pelo
ceniciento, el antiguo bigote de puntas engomadas chorreando sobre los labios sin color, pero en
cambio sus ojos eran otra vez las dos brasas que asustaron a quienes lo vieron nacer y que en
otro tiempo hacan rodar las sillas con slo mirarlas. En la furia de su tormento trataba
intilmente de provocar los presagios que guiaron su juventud por senderos de peligro hasta el
desolado yermo de la gloria. Estaba perdido, extraviado en una casa ajena donde ya nada ni
nadie le suscitaba el menor vestigio de afecto. Una vez abri el cuarto de Melquades, buscando
los rastros de un pasado anterior a la guerra, y slo encontr los escombros, la basura, los
montones de porquera acumulados por tantos aos de abandono. En las pastas de los libros que
nadie haba vuelto a leer, en los viejos pergaminos macerados por la humedad haba prosperado
una flora lvida, y en el aire que haba sido el ms puro y luminoso de la casa flotaba un
insoportable olor de recuerdos podridos. Una maana encontr a rsula llorando bajo el castao,
en las rodillas de su esposo muerto. El coronel Aureliano Buenda era el nico habitante de la
casa que no segua viendo al potente anciano agobiado por medio siglo de intemperie. Saluda a
tu padre, le dijo rsula. l se detuvo un instante frente al castao, y una vez ms comprob que
tampoco aquel espacio vaco le suscitaba ningn afecto.
-Qu dice? -pregunt.
-Est muy triste -contest rsula- porque cree que te vas a morir.
-Dgale -sonri el coronel- que uno no se muere cuando debe, sino cuando puede.
El presagio del padre muerto removi el ltimo rescoldo de soberbia que le quedaba en el
corazn, pero l lo confundi con un repentino soplo de fuerza. Fue por eso que asedi a rsula
para que le revelara en qu lugar del patio estaban enterradas las monedas de oro que
encontraron dentro del San Jos de yeso. Nunca lo sabrs -le dijo ella, con una firmeza
inspirada en un viejo escarmiento-. Un da -agreg- ha de aparecer el dueo de esa fortuna, y
slo l podr desenterrara. Nadie saba por qu un hombre que siempre fue tan desprendido
haba empezado a codiciar el dinero con semejante ansiedad, y no las modestas cantidades que
le habran bastado para resolver una emergencia, sino una fortuna de magnitudes desatinadas
cuya sola mencin dej sumido en un mar de asombro a Aureliano Segundo. Los viejos
copartidarios a quienes acudi en demanda de ayuda, se escondieron para no recibirlo. Fue por
esa poca que se le oy decir: La nica diferencia actual entre liberales y conservadores, es que
los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho. Sin embargo, insisti
con tanto ahnco, suplic de tal modo, quebrant a tal punto sus principios de dignidad, que con
un poco de aqu y otro poco de all, deslizndose por todas partes con una diligencia sigilosa y
una perseverancia despiadada, consigui reunir en ocho meses ms dinero del que rsula tena
enterrado. Entonces visit al enfermo coronel Gerineldo Mrquez para que lo ayudara a promover
la guerra total.
En un cierto momento, el coronel Gerineldo Mrquez era en verdad el nico que habra podido
mover, aun desde su mecedor de paraltico, los enmohecidos hilos de la rebelin. Despus del
armisticio de Neerlandia, mientras el coronel Aureliano Buenda se refugiaba en el exilio de sus
pescaditos de oro, l se mantuvo en contacto con los oficiales rebeldes que le fueron fieles hasta
la derrota. Hizo con ellos la guerra triste de la humillacin cotidiana, de las splicas y los
memoriales, del vuelva maana, del ya casi, del estamos estudiando su caso con la debida
atencin; la guerra perdida sin remedio contra los muy atentos y seguros servidores que deban
asignar y no asignaron nunca las pensiones vitalicias. La otra guerra, la sangrienta de veinte
aos, no les caus tantos estragos como la guerra corrosiva del eterno aplazamiento. El propio
coronel Gerineldo Mrquez, que escap a tres atentados, sobrevivi a cinco heridas y sali ileso
de incontables batallas, sucumbi al asedio atroz de la espera y se hundi en la derrota miserable
de la vejez, pensando en Amaranta entre los rombos de luz de una casa prestada. Los ltimos
veteranos de quienes se tuvo noticia aparecieron retratados en un peridico, con la cara
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levantada de indignidad, junto a un annimo presidente de la repblica que les regal unos
botones con su efigie para que los usaran en la solapa, y les restituy una bandera sucia de
sangre y de plvora para que la pusieran sobre sus atades. Los otros, los ms dignos, todava
esperaban una carta en la penumbra de la caridad pblica, murindose de hambre, sobreviviendo
de rabia, pudrindose de viejos en la exquisita mierda de la gloria. De modo que cuando el
coronel Aureliano Buenda lo invit a promover una conflagracin mortal que arrasara con todo
vestigio de un rgimen de corrupcin y de escndalo sostenido por el invasor extranjero, el
coronel Gerineldo Mrquez no pudo reprimir un estremecimiento de compasin.
-Ay, Aureliano -suspir-, ya saba que estabas viejo, pero ahora me doy cuenta que ests
mucho ms viejo de lo que pareces.
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En el aturdimiento de los ltimos aos, rsula haba dispuesto de muy escasas treguas para
atender a la formacin papal de Jos Arcadio, cuando ste tuvo que ser preparado a las volandas
para irse al seminario. Meme, su hermana, repartida entre la rigidez de Fernanda y las amarguras
de Amaranta, lleg casi al mismo tiempo a la edad prevista para mandarla al colegio de las
monjas donde haran de ella una virtuosa del clavicordio. rsula se senta atormentada por
graves dudas acerca de la eficacia de los mtodos con que haba templado el espritu del lnguido
aprendiz de Sumo Pontfice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante vejez ni a los
nubarrones que apenas le permitan vislumbrar el contorno de las cosas, sino a algo que ella
misma no lograba definir pero que conceba confusamente como un progresivo desgaste del
tiempo. Los aos de ahora ya no vienen como los de antes, sola decir, sintiendo que la
realidad cotidiana se le escapaba de las manos. Antes, pensaba, los nios tardaban mucho para
crecer. No haba sino que recordar todo el tiempo que se necesit para que Jos Arcadio, el
mayor, se fuera con los gitanos, y todo lo que ocurri antes de que volviera pintado como una
culebra y hablando como un astrnomo, y las cosas que ocurrieron en la casa antes de que
Amaranta y Arcadio olvidaran la lengua de los indios y aprendieran el castellano. Haba que ver
las de sol y sereno que soport el pobre Jos Arcadio Buenda bajo el castao, y todo lo que hubo
que llorar su muerte antes de que llevaran moribundo a un coronel Aureliano Buenda que
despus de tanta guerra y despus de tanto sufrir por l, an no cumpla cincuenta aos. En otra
poca, despus de pasar todo el da haciendo animalitos de caramelo, todava le sobraba tiempo
para ocuparse de los nios, para verles en el blanco del ojo que estaban necesitando una pcima
de aceite de ricino. En cambio, ahora, cuando no tena nada que hacer y andaba con Jos Arcadio
acaballado en la cadera desde el amanecer hasta la noche, la mala clase del tiempo le haba
obligado a dejar cosas a medias. La verdad era que rsula se resista a envejecer aun cuando ya
haba perdido la cuenta de su edad, y estorbaba por todos lados, y trataba de meterse en todo, y
fastidiaba a los forasteros con la preguntadora de si no haban dejado en la casa, por los tiempos
de la guerra, un San Jos de yeso para que lo guardara mientras pasaba la lluvia. Nadie supo a
ciencia cierta cundo empez a perder la vista. Todava en sus ltimos aos, cuando ya no poda
levantarse de la cama, pareca simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie
descubri que estuviera ciega. Ella lo haba notado desde antes del nacimiento de Jos Arcadio. Al
principio crey que se trataba de una debilidad transitoria, y tomaba a escondidas jarabe de
tutano y se echaba miel de abeja en los ojos, pero muy pronto se fue convenciendo de que se
hunda sin remedio en las tinieblas, hasta el punto de que nunca tuvo una nocin muy clara del
invento de la luz elctrica, porque cuando instalaron los primeros focos slo alcanz a percibir el
resplandor. No se lo dijo a nadie, pues habra sido un reconocimiento pblico de su inutilidad. Se
empe en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para
seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. Ms
tarde haba de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con
una fuerza mucho ms convincente que los volmenes y el color, y la salvaron definitivamente de
la vergenza de una renuncia. En la oscuridad del cuarto poda ensartar la aguja y tejer un ojal, y
saba cundo estaba la leche a punto de hervir, Conoci con tanta seguridad el lugar en que se
encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasin,
Fernanda alborot la casa porque haba perdido su anillo matrimonial, y rsula lo encontr en
una repisa del dormitorio de los nios. Sencillamente, mientras los otros andaban
descuidadamente por todos lados, ella los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la
tomaran por sorpresa, y al cabo de algn tiempo descubri que cada miembro de la familia
repeta todos los das, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi
repeta las mismas palabras a la misma hora. Slo cuando se salan de esa meticulosa rutina
corran el riesgo de perder algo. De modo que cuando oy a Fernanda consternada porque haba
perdido el anillo, rsula record que lo nico distinto que haba hecho aquel da era asolear las
esteras de los nios porque Meme haba descubierto una chinche la noche anterior. Como los
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nios asistieron a la limpieza, rsula pens que Fernanda haba puesto el anillo en el nico lugar
en que ellos no podan alcanzarlo: la repisa. Fernanda, en cambio, lo busc nicamente en los
trayectos de su itinerario cotidiano, sin saber que la bsqueda de las cosas perdidas est
entorpecida por los hbitos rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas.
La crianza de Jos Arcadio ayud a rsula en la tarea agotadora de mantenerse al corriente de
los mnimos cambios de la casa. Cuando se daba cuenta de que Amaranta estaba vistiendo a los
santos del dormitorio, finga que le enseaba al nio las diferencias de los colores.
-Vamos a ver -le deca-, cuntame de qu color est vestido San Rafael Arcngel.
En esa forma, el nio le daba la informacin que le negaban sus ojo
, y mucho antes de que l
se fuera al seminario ya poda rsula distinguir por la textura los distintos colores de la ropa de
los santos. A veces ocurran accidentes imprevistos. Una tarde estaba Amaranta bordando en el
corredor de las begonias, y rsula tropez con ella.
-Por el amor de Dios -protest Amaranta-, fjese por donde camina.
-Eres t -dijo rsula-, la que ests sentada donde no debe ser.
Para ella era cierto. Pero aquel da empez a darse cuenta de algo que nadie haba
descubierto, y era que en el transcurso del ao el sol iba cambiando imperceptiblemente de
posicin, y quienes se sentaban en el corredor tenan que ir cambiando de lugar poco a poco y sin
advertirlo. A partir de entonces, rsula no tena sino que recordar la fecha para conocer el lugar
exacto en que estaba sentada Amaranta. Aunque el temblor de las manos era cada vez ms
perceptible y no poda con el peso de los pies, nunca se vio su menudita figura en tantos lugares
al mismo tiempo. Era casi tan diligente como cuando llevaba encima todo el peso de la casa. Sin
embargo, en la impenetrable soledad de la decrepitud dispuso de tal clarividencia para examinar
hasta los ms insignificantes acontecimientos de la familia, que por primera vez vio con claridad
las verdades que sus ocupaciones de otro tiempo le haban impedido ver. Por la poca en que
preparaban a Jos Arcadio para el seminario, ya haba hecho una recapitulacin infinitesimal de la
vida de la casa desde la fundacin de Macondo, y haba cambiado por completo la opinin que
siempre tuvo de sus descendientes. Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buenda no le
haba perdido el cario a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella crea
antes, sino que nunca haba querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables
mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbr que no
haba hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo crea, ni haba renunciado por
cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creta, sino que haba ganado y perdido por
el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Lleg a la conclusin de que aquel hijo por
quien ella habra dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche,
cuando lo tena en el vientre, lo oy llorar. Fue un lamento tan definido, que Jos Arcadio Buenda
despert a su lado y se alegr con la idea de que el nio iba a ser ventrlocuo. Otras personas
pronosticaron que sera adivino. Ella, en cambio, se estremeci con la certidumbre de que aquel
bramido profundo era un primer indicio de la temible cola de cerdo, y rog a Dios que le dejara
morir la criatura en el vientre. Pero la lucidez de la decrepitud le permiti ver, y as lo repiti
muchas veces, que el llanto de los nios en el vientre de la madre no es un anuncio de
ventriloquia ni de facultad adivinatoria, sino una seal inequvoca de incapacidad para el amor.
Aquella desvalorizacin de la imagen del hijo le suscit de un golpe toda la compasin que le
estaba debiendo. Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazn la espantaba, cuya concentrada
amargura la amargaba, se le esclareci en el ltimo examen como la mujer ms tierna que haba
existido jams, y comprendi con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que
haba sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el
mundo crea, ni el lento martirio con que frustr la vida del coronel Gerineldo Mrquez haba sido
determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo crea, sino que ambas
acciones haban sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobarda invencible, y
haba triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y
atormentado corazn. Fue por esa poca que rsula empez a nombrar a Rebeca, a evocara con
un viejo cario exaltado por el arrepentimiento tardo y la admiracin repentina, habiendo
comprendido que solamente ella, Rebeca, la que nunca se aument de su leche sino de la tierra
de la tierra y la cal de las paredes, la que no llev en las venas sangre de sus venas sino la
sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguan cloqueando en la tumba, Rebeca,
la del corazn impaciente, la del vientre desaforado, era la nica que tuvo la valenta sin frenos
que rsula haba deseado para su estirpe.
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-Rebeca -deca, tanteando las paredes-, qu injustos hemos sido contigo!
En la casa, sencillamente, crean que desvariaba, sobre todo desde que le dio por andar con el
brazo derecho levantado, como el arcngel Gabriel. Fernanda se dio cuenta, sin embargo, de que
haba un sol de clarividencia en las sombras de ese desvaro, pues rsula poda decir sin titubeos
cunto dinero se haba gastado en la casa durante el ltimo ao. Amaranta tuvo una idea
semejante cierto da en que su madre meneaba en la cocina una olla de sopa, y dijo de pronto,
sin saber que la estaban oyendo, que el molino de maz que le compraron a los primeros gitanos,
y que haba desaparecido desde antes de que Jos Arcadio le diera sesenta y cinco veces la
vuelta al mundo, estaba todava en casa de Pilar Ternera. Tambin casi centenaria, pero entera y
gil a pesar de la inconcebible gordura que espantaba a los nios como en otro tiempo su risa
espantaba a, las palomas, Pilar Ternera no se sorprendi del acierto de rsula, porque su propia
experiencia empezaba a indicarle que una vejez alerta puede ser ms atinada que las
averiguaciones de barajas.
Sin embargo, cuando rsula se dio cuenta de que no le haba alcanzado el tiempo para
consolidar la vocacin de Jos Arcadio, se dej aturdir por la consternacin. Empez a cometer
errores, tratando de ver con los ojos las cosas que la intuicin le permita ver con mayor claridad.
Una maana le ech al nio en la cabeza el contenido de un tintero creyendo que era agua
florida. Ocasion tantos tropiezos con la terquedad de intervenir en todo, que se sinti
trastornada por rfagas de mal humor, y trataba de quitarse las tinieblas que por fin la estaban
enredando como un camisn de telaraa. Fue entonces cuando se le ocurri que su torpeza no
era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que
antes, cuando Dios no haca con los meses y los aos las mismas trampas que hacan los turcos
al medir una yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no slo crecan los nios ms de
prisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo. No bien Remedios, la bella,
haba subido al cielo en cuerpo y alma, y ya la desconsiderada Fernanda andaba refunfuando en
los rincones porque se haba llevado las sbanas. No bien se haban enfriado los cuerpos de los
Aurelianos en sus tumbas, y ya Aureliano Segundo tena otra vez la casa prendida, llena de
borrachos que tocaban el acorden y se ensopaban en champaa, como si no hubieran muerto
cristianos sino perros, y como si aquella casa de locos que tantos dolores de cabeza y tantos
animalitos de caramelo haba costado, estuviera predestinada a convertirse en un basurero de
perdicin. Recordando estas cosas mientras alistaban el bal de Jos Arcadio, rsula se
preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra
encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad crea que la gente estaba hecha de fierro
para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su
propia ofuscacin, y senta unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero,
y de permitirse por fin un instante rebelda, el instante tantas veces anhelado y tantas veces
aplazado de meterse la resignacin por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse
del corazn los infinitos montones de malas palabras que haba tenido que atragantarse en todo
un siglo de conformidad.
-Carajo! -grit.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el bal, crey que la haba picado un alacrn.
-Dnde est! -pregunt alarmada.
-Qu?
-El animal! -aclar Amaranta.
rsula se puso un dedo en el corazn.
-Aqu -dijo.
Un jueves a las dos de la tarde, Jos Arcadio se fue al seminario. rsula haba de evocarlo
siempre como lo imagin al despedirlo, lnguido y serio y sin derramar una lgrima, como ella le
haba enseado, ahogndose de calor dentro del vestido de pana verde con botones de cobre y
un lazo almidonado en el cuello. Dej el comedor impregnado de la penetrante fragancia de agua
de florida que ella le echaba en la cabeza para poder seguir su rastro en la casa. Mientras dur el
almuerzo de despedida, la familia disimul el nerviosismo con expresiones de jbilo, y celebr con
exagerado entusiasmo las ocurrencias del padre Antonio Isabel. Pero cuando se llevaron el bal
forrado de terciopelo con esquinas de plata, fue como si hubieran sacado de la casa un atad. El
nico que se neg a participar en la despedida fue el coronel Aureliano Buenda.
-Esta era la ltima vaina que nos faltaba -refunfu-: un Papa!
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Tres meses despus, Aureliano Segundo y Fernanda llevaron a Meme al colegio, y regresaron
con un clavicordio que ocup el lugar de la pianola. Fue por esa poca que Amaranta empez a
tejer su propia mortaja. La fiebre del banano se haba apaciguado. Los antiguos habitantes de
Macondo se encontraban arrinconados por los advenedizos, trabajosamente asidos a sus
precarios recursos de antao, pero reconfortados en todo caso por la impresin de haber
sobrevivido a un naufragio. En la casa siguieron recibiendo invitados a almorzar, y en realidad no
se restableci la antigua rutina mientras no se fue, aos despus, la compaa bananera. Sin
embargo, hubo cambios radicales en el tradicional sentido de hospitalidad, porque entonces era
Fernanda quien impona sus leyes. Con rsula relegada a las tinieblas, y con Amaranta abstrada
en la labor del sudario, la antigua aprendiza de reina tuvo libertad para seleccionar a los
comensales e imponerles las rgidas normas que le inculcaran sus padres. Su severidad hizo de la
casa un reducto de costumbres revenidas, en un pueblo convulsionado por la vulgaridad con que
los forasteros despilfarraban sus fciles fortunas. Para ella, sin ms vueltas, la gente de bien era
la que no tena nada que ver con la compaa bananera. Hasta Jos Arcadio Segundo, su cuado,
fue vctima de su celo discriminatorio, porque en el embullamiento de la primera hora volvi a
rematar sus estupendos gallos de pelea y se emple de capataz en la compaa bananera.
-Que no vuelva a pisar este hogar -dijo Fernanda-, mientras tenga la sarna de los forasteros.
Fue tal la estrechez impuesta en la casa, que Aureliano Segundo se sinti definitivamente ms
cmodo donde Petra Cotes. Primero, con el pretexto de aliviarle la carga a la esposa, traslad las
parrandas. Luego, con el pretexto de que los animales estaban perdiendo fecundidad, traslad los
establos y caballerizas. Por ltimo, con el pretexto de que en casa de la concubina haca menos
calor, traslad la pequea oficina donde atenda sus negocios. Cuando Fernanda se dio cuenta de
que era una viuda a quien todava no se le haba muerto el marido, ya era demasiado tarde para
que las cosas volvieran a su estado anterior. Aureliano Segundo apenas si coma en la casa, y las
nicas apariencias que segua guardando, como las de dormir con la esposa, no bastaban para
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-Aprtense vacas -gritaba Aureliano Segundo en el paroxismo de la fiesta-. Aprtense que la
vida es corta.
Nunca tuvo mejor semblante, ni lo quisieron ms, ni fue ms desaforado el paritorio de sus
animales. Se sacrificaban tantas reses, tantos cerdos y gallinas en las interminables parrandas,
que la tierra del patio se volvi negra y lodosa de tanta sangre. Aquello era un eterno tiradero de
huesos y tripas, un muladar de sobras, y haba que estar quemando recmaras de dinamita a
todas horas para que los gallinazos no les sacaran los ojos a los invitados. Aureliano Segundo se
volvi gordo, violceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al de Jos
Arcadio cuando regres de la vuelta al mundo. El prestigio de su desmandada voracidad, de su
inmensa capacidad de despilfarro, de su hospitalidad sin precedente, rebas los lmites de la
cinaga y atrajo a los glotones mejor calificados del litoral. De todas partes llegaban tragaldabas
fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y resistencia que se
organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el comedor invicto, hasta el sbado
de infortunio en que apareci Camila Sagastume, una hembra totmica conocida en el pas entero
con el buen nombre de La Elefanta.
El duelo se prolong hasta el amanecer del martes. En las primeras veinticuatro horas,
habiendo despachado una ternera con yuca, ame y pltanos asados, y adems una caja y media
de champaa, Aureliano Segundo tena la seguridad de la victoria. Se vea ms entusiasta, ms
vital que la imperturbable adversaria, poseedora de un estilo evidentemente ms profesional,
pero por lo mismo menos emocionante para el abigarrado pblico que desbord la casa. Mientras
Aureliano Segundo coma a dentelladas, desbocado por la ansiedad del triunfo, La Elefanta
seccionaba la carne con las artes de un cirujano, y la coma sin prisa y hasta con un cierto placer.
Era gigantesca y maciza, pero contra la corpulencia colosal prevaleca la ternura de la femineidad,
y tena un rostro tan hermoso, unas manos tan finas y bien cuidadas y un encanto personal tan
irresistible, que cuando Aureliano Segundo la vio entrar a la casa coment en voz baja que
hubiera preferido no hacer el torneo en la mesa sino en la cama. Ms tarde, cuando la vio
consumir el cuadril de la ternera sin violar una sola regla de la mejor urbanidad, coment
seriamente que aquel delicado, fascinante e insaciable proboscidio era en cierto modo la mujer
ideal. No estaba equivocado. La fama de quebrantahuesos que precedi a La Elefanta careca de
fundamento. No era trituradora de bueyes, ni mujer barbada en un circo griego, como se deca,
sino directora de una academia de canto. Haba aprendido a comer siendo ya una respetable
madre de familia, buscando un mtodo para que sus hijos se alimentaran mejor y no mediante
estmulos artificiales del apetito sino mediante la absoluta tranquilidad del espritu. Su teora,
demostrada en la prctica, se fundaba en el principio de que una persona que tuviera
perfectamente arreglados todos los asuntos de su conciencia, poda comer sin tregua hasta que la
venciera el cansancio. De modo que fue por razones morales, y no por inters deportivo, que
desatendi la academia y el hogar para competir con un hombre cuya fama de gran comedor sin
principios le haba dado la vuelta al pas. Desde la primera vez que lo vio, se dio cuenta de que a
Aureliano Segundo no lo perdera el estmago sino el carcter. Al trmino de la primera noche,
mientras La Elefanta continuaba impvida, Aureliano Segundo se estaba agotando de tanto hablar
y rer. Durmieron cuatro horas. Al despertar, se bebi cada uno el jugo de cincuenta naranjas,
ocho litros de caf y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, despus de muchas horas sin
dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de pltanos y cuatro cajas de champaa, La
Elefanta sospech que Aureliano Segundo, sin saberlo, haba descubierto el mismo mtodo que
ella, pero por el camino absurdo de la irresponsabilidad total. Era, pues, ms peligroso de lo que
ella pensaba. Sin embargo, cuando Petra Cotes llev a la mesa dos pavos asados, Aureliano
Segundo estaba a un paso de la congestin.
-Si no puede, no coma ms -dijo La Elefanta-. Quedamos empatados.
Lo dijo de corazn, comprendiendo que tampoco ella poda comer un bocado ms por el
remordimiento de estar propiciando la muerte del adversario. Pero Aureliano Segundo lo
interpret como un nuevo desafo, y se atragant de pavo hasta ms all de su increble
capacidad. Perdi el conocimiento. Cay de bruces en el plato de huesos, echando espumarajos
de perro por la boca, y ahogndose en ronquidos de agona. Sinti, en medio de las tinieblas, que
lo arrojaban desde lo ms alto de una torre hacia un precipicio sin fondo, y en un ltimo fogonazo
de lucidez se dio cuenta de que al trmino de aquella inacabable cada lo estaba esperando la
muerte.
-Llvenme con Fernanda -alcanz a decir.
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Los amigos que lo dejaron en la casa creyeron que le haba cumplido a la esposa la promesa
de no morir en la cama de la concubina. Petra Cotes haba embetunado los botines de charol que
l quera tener puestos en el atad, y ya andaba buscando a alguien que los llevara, cuando
fueron a decirle que Aureliano Segundo estaba fuera de peligro. Se restableci, en efecto, en
menos de una semana, y quince das despus estaba celebrando con una parranda sin
precedentes el acontecimiento de la supervivencia. Sigui viviendo en casa de Petra Cotes, pero
visitaba a Fernanda todos los das y a veces se quedaba a comer en familia, como si el destino
hubiera invertido la situacin, y lo hubiera dejado de esposo de la concubina y de amante de la
esposa.
Fue un descanso para Fernanda. En los tedios del abandono, sus nicas distracciones eran los
ejercicios de clavicordio a la hora de la siesta, y las cartas de sus hijos. En las detalladas esquelas
que les mandaba cada quince das, no haba una sola lnea de verdad. Les ocultaba sus penas.
Les escamoteaba la tristeza de una casa que a pesar de la luz sobre las begonias, a pesar de la
sofocacin de las dos de la tarde, a pesar de las frecuentes rfagas de fiesta que llegaban de la
calle, era cada vez ms parecida a la mansin colonial de sus padres. Fernanda vagaba sola entre
tres fantasmas vivos y el fantasma muerto de Jos Arcadio Buenda, que a veces iba a sentarse
con una atencin inquisitiva en la penumbra de la sala, mientras ella tocaba el clavicordio. El
coronel Aureliano Buenda era una sombra. Desde la ltima vez que sali a la calle a proponerle
una guerra sin porvenir al coronel Gerineldo Mrquez, apenas si abandonaba el taller para orinar
bajo el castao. No reciba ms visitas que las del peluquero cada tres semanas. Se alimentaba
de cualquier cosa que le llevaba rsula una vez al da, y aunque segua fabricando pescaditos de
oro con la misma pasin de antes, dej de venderlos cuando se enter de que la gente no los
compraba como joyas sino como reliquias histricas. Haba hecho en el patio una hoguera con las
muecas de Remedios, que decoraban su dormitorio desde el da de su matrimonio. La vigilante
rsula se dio cuenta de lo que estaba haciendo su hijo, pero no pudo impedirlo.
-Tienes un corazn de piedra -le dijo.
-Esto no es asunto del corazn -dijo l-. El cuarto se est llenando de polillas.
Amaranta teja su mortaja. Fernanda no entenda por qu le escriba cartas ocasionales a
Meme, y hasta le mandaba regalos, y en cambio ni siquiera quera hablar de Jos Arcadio. Se
morirn sin saber por qu, contest Amaranta cuando ella le hizo la pregunta a travs de
rsula, y aquella respuesta sembr en su corazn un enigma que nunca pudo esclarecer. Alta,
espadada, altiva, siempre vestida con abundantes pollerines de espuma y con un aire de
distincin que resista a los aos y a los malos recuerdos, Amaranta pareca llevar en la frente la
cruz de ceniza de la virginidad. En realidad la llevaba en la mano, en la venda negra que no se
quitaba ni para dormir, y que ella misma lavaba y planchaba. La vida se le iba en bordar el
sudario. Se hubiera dicho que bordaba durante el da y desbordaba en la noche, y no con la
esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino todo lo contrario, para sustentara.
La mayor preocupacin que tena Fernanda en sus aos de abandono, era que Meme fuera a
pasar las primeras vacaciones y no encontrar a Aureliano Segundo en la casa. La congestin puso
trmino a aquel temor. Cuando Memo volvi, sus padres se haban puesto de acuerdo no slo
para que la nia creyera que Aureliano Segundo segua siendo un esposo domesticado, sino
tambin para que no notara la tristeza de la casa. Todos los aos, durante dos meses, Aureliano
Segundo representaba su papel de marido ejemplar, y promova fiestas con helados y galletitas,
que la alegre y vivaz estudiante amenizaba con el clavicordio. Era evidente desde entonces que
haba heredado muy poco del carcter de la madre. Pareca ms bien una segunda versin de
Amaranta, cuando sta no conoca a la amargura y andaba alborotando la casa con sus pasos de
baile, a los doce, a los catorce aos, antes de que la pasin secreta por Pietro Crespi torciera
definitivamente el rumbo de su corazn. Pero al contrario de Amaranta, al contrario de todos,
Memo no revelaba todava el sino solitario de la familia, y pareca enteramente conforme con el
mundo, aun cuando se encerraba en la sala a las dos de la tarde a practicar el clavicordio con una
disciplina inflexible. Era evidente que le gustaba la casa, que pasaba todo el ao soando con el
alboroto de adolescentes que provocaba su llegada, y que no andaba muy lejos de la vocacin
festiva y los desafueros hospitalarios de su padre. El primer signo de esa herencia calamitosa se
revel en las terceras vacaciones, cuando Memo apareci en la casa con cuatro monjas y sesenta
y ocho compaeras de clase, a quienes invit a pasar una semana en familia, por propia iniciativa
y sin ningn anuncio.
-Qu desgracia! -se lament Fernanda-. Esta criatura es tan brbara como su padre!
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
Fue preciso pedir camas y hamacas a los vecinos, establecer nueve turnos en la mesa, fijar
horarios para el bao y conseguir cuarenta taburetes prestados para que las nias de uniformes
azules y botines de hombre no anduvieran todo el da revoloteando de un lado a otro. La
invitacin fue un fracaso, porque las ruidosas colegialas apenas acababan de desayunar cuando
ya tenan que empezar los turnos para el almuerzo, y luego para la cena, y en toda la semana
slo pudieron hacer un paseo a las plantaciones. Al anochecer, las monjas estaban agotadas,
incapacitadas para moverse, para impartir una orden ms, y todava el tropel de adolescentes
incansables estaba en el patio cantando desabridos himnos escolares. Un da estuvieron a punto
de atropellar a rsula, que se empeaba en ser til precisamente donde ms estorbaba. Otro da,
las monjas armaron un alboroto porque el coronel Aureliano Buenda orin bajo el castao sin
preocuparse de que las colegialas estuvieran en el patio. Amaranta estuvo a punto de sembrar el
pnico, porque una de las monjas entr a la cocina cuando ella estaba salando la sopa, y lo nico
que se le ocurri fue preguntar qu eran aquellos puados de polvo blanco.
-Arsnico -dijo Amaranta.
La noche de su llegada, las estudiantes se embrollaron de tal modo tratando de ir al excusado
antes de acostarse, que a la una de la madrugada todava estaban entrando las ltimas.
Fernanda compr entonces setenta y dos bacinillas, pero slo consigui convertir en un problema
matinal el problema nocturno, porque desde el amanecer haba frente al excusado una larga fila
de muchachas, cada una con su bacinilla en la mano, esperando turno para lavarla. Aunque
algunas sufrieron calenturas y a varias se les infectaron las picaduras de los mosquitos, la
mayora demostr una resistencia inquebrantable frente a las dificultades ms penosas, y aun a
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Gabriel Garca Mrquez
gusten las pelculas tendr por lo menos una ocasin de respirar aire puro. Pero no tard en
darse cuenta de que l era tan insensible a sus splicas como hubiera podido serlo el coronel, y
que estaban acorazados por la misma impermeabilidad a los afectos. Aunque nunca supo, ni lo
supo nadie, de qu hablaban en los prolongados encierros del taller, entendi que fueran ellos los
nicos miembros de la familia que parecan vinculados por las afinidades.
La verdad es que ni Jos Arcadio Segundo hubiera podido sacar al coronel de su encierro. La
invasin escolar haba rebasado los lmites de su paciencia. Con el pretexto de que el dormitorio
nupcial estaba a merced de las polillas a pesar de la destruccin de las apetitosas muecas de
Remedios, colg una hamaca en el taller, y entonces lo abandon solamente para ir al patio a
hacer sus necesidades. rsula no consegua hilvanar con l una conversacin trivial. Saba que no
miraba los platos de comida, sino que los pona en un extremo del mesn mientras terminaba el
pescadito, y no le importaba si la sopa se llenaba de nata y se enfriaba la carne. Se endureci
cada vez ms desde que el coronel Gerineldo Mrquez se neg a secundario en una guerra senil.
Se encerr con tranca dentro de s mismo, y la familia termin por pensar en l como si hubiera
muerto. No se le volvi a ver una reaccin humana, hasta un once de octubre en que sali a la
puerta de la calle para ver el desfile de un circo. Aquella haba sido para el coronel Aureliano
Buenda una jornada igual a todas las de sus ltimos aos. A las cinco de la madrugada lo
despert el alboroto de los sapos y los grillos en el exterior del muro. La llovizna persista desde
el sbado, y l no hubiera tenido necesidad de or su minucioso cuchicheo en las hojas del jardn,
porque de todos modos lo hubiera sentido en el fro de los huesos. Estaba, como siempre,
arropado con la manta de lana, y con los largos calzoncillos de algodn crudo que segua usando
por comodidad, aunque a causa de su polvoriento anacronismo l mismo los llamaba calzoncillos
de godo. Se puso los pantalones estrechos, pero no se cerr las presillas ni se puso en el cuello
de la camisa el botn de oro que usaba siempre, porque tena el propsito de darse un bao.
Luego se puso la manta en la cabeza, como un capirote, se pein con los dedos el bigote
chorreado, y fue a orinar en el patio. Faltaba tanto para que saliera el sol que Jos Arcadio
Buenda dormitaba todava bajo el cobertizo de palmas podridas por la llovizna. l no lo vio, como
no lo haba visto nunca, ni oy la frase incomprensible que le dirigi el espectro de su padre
cuando despert sobresaltado por el chorro de orn caliente que le salpicaba los zapatos. Dej el
bao para ms tarde, no por el fro y la humedad, sino por la niebla opresiva de octubre. De
regreso al taller percibi el olor de pabilo de los fogones que estaba encendiendo Santa Sofa de
la Piedad, y esper en la cocina a que hirviera el caf para llevarse su tazn sin azcar. Santa
Sofa de la Piedad le pregunt, como todas las maanas, en qu da de la semana estaban, y l
contest que era martes, once de octubre. Viendo a la impvida mujer dorada por el resplandor
del fuego, que ni en ese ni en ningn otro instante de su vida pareca existir por completo,
record de pronto que un once de octubre, en plena guerra, lo despert la certidumbre brutal de
que la mujer con quien haba dormido estaba muerta. Lo estaba, en realidad, y no olvidaba la
fecha porque tambin ella le haba preguntado una hora antes en qu da estaban. A pesar de la
evocacin, tampoco esta vez tuvo conciencia de hasta qu punto lo haban abandonado los
presagios, y mientras herva el caf sigui pensando por pura curiosidad, pero sin el ms
insignificante riesgo de nostalgia, en la mujer cuyo nombre no conoci nunca, y cuyo rostro no
vio con vida porque haba llegado hasta su hamaca tropezando en la oscuridad. Sin embargo, en
el vaco de tantas mujeres como llegaron a su vida en igual forma, no record que fue ella la que
en el delirio del primer encuentro estaba a punto de naufragar en sus propias lgrimas, y apenas
una hora antes de morir haba jurado amarlo hasta la muerte. No volvi a pensar en ella, ni en
ninguna otra, despus de que entr al taller con la taza humeante, y encendi la luz para contar
los pescaditos de oro que guardaba en un tarro de lata. Haba diecisiete. Desde que decidi no
venderlos, segua fabricando dos pescaditos al da, y cuando completaba veinticinco volva a
fundirlos en el crisol para empezar a hacerlos de nuevo. Trabaj toda la maana absorto, sin
pensar en nada, sin darse cuenta de que a las diez arreci la lluvia y alguien pas frente al taller
gritando que cerraran las puertas para que no se inundara la casa. y sin darse cuenta ni siquiera
de s mismo hasta que rsula entr con el almuerzo y apag la luz.
-Qu lluvia! -dijo rsula.
-Octubre -dijo l.
Al decirlo, no levant la vista del primer pescadito del da, porque estaba engastando los rubes
de los ojos. Slo cuando lo termin y lo puso con los otros en el tarro, empez a tomar la sopa.
Luego se comi, muy despacio, el pedazo de carne guisada con cebolla, el arroz blanco y las
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Gabriel Garca Mrquez
tajadas de pltano fritas, todo junto en el mismo plato. Su apetito no se alteraba ni en las
mejores ni en las ms duras circunstancias. Al trmino del almuerzo experiment la zozobra de la
ociosidad. Por una especie de supersticin cientfica, nunca trabajaba, ni lea, ni se baaba, ni
haca el amor antes de que transcurrieran dos horas de digestin, y era una creencia tan
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Gabriel Garca Mrquez
Las ltimas vacaciones de Meme coincidieron con el luto por la muerte del coronel Aureliano
Buenda. En la casa cerrada no haba lugar para fiestas. Se hablaba en susurros, se coma en
silencio, se rezaba el rosario tres veces al da, y hasta los ejercicios de clavicordio en el calor de
la siesta tenan una resonancia fnebre. A pesar de su secreta hostilidad contra el coronel, fue
Fernanda quien impuso el rigor de aquel duelo, impresionada por la solemnidad con que el
gobierno exalt la memoria del enemigo muerto. Aureliano Segundo volvi como de costumbre a
dormir en la casa mientras pasaban las vacaciones de su hija, y algo debi hacer Fernanda para
recuperar sus privilegios de esposa legtima, porque el ao siguiente encontr Meme una
hermanita recin nacida, a quien bautizaron contra la voluntad de la madre con el nombre de
Amaranta rsula.
Meme haba terminado sus estudios. El diploma que la acreditaba como concertista de
clavicordio fue ratificado por el virtuosismo con que ejecut temas populares del siglo XVII en la
fiesta organizada para celebrar la culminacin de sus estudios, y con la cual se puso trmino al
duelo. Los invitados admiraron, ms que su arte, su rara dualidad. Su carcter frvolo y hasta un
poco infantil no pareca adecuado para ninguna actividad seria, pero cuando se sentaba al
clavicordio se transformaba en una muchacha diferente, cuya madurez imprevista le daba un aire
de adulto. As fue siempre. En verdad no tena una vocacin definida, pero haba logrado las ms
altas calificaciones mediante una disciplina inflexible, para no contrariar a su madre. Habran
podido imponerle el aprendizaje de cualquier otro oficio y los resultados hubieran sido los
mismos. Desde muy nia le molestaba el rigor de Fernanda, su costumbre de decidir por los
dems, y habra sido capaz de un sacrificio mucho ms duro que las lecciones de clavicordio, slo
por no tropezar con su intransigencia. En el acto de clausura la impresin de que el pergamino
con letras gticas y maysculas historiadas la liberaba de un compromiso que haba aceptado no
tanto por obediencia como por comodidad, y crey que a partir de entonces ni la porfiada
Fernanda volvera a preocuparse por un instrumento que hasta las monjas consideraban como un
fsil de museo. En los primeros aos crey que sus clculos eran errados, porque despus de
haber dormido a media ciudad no slo en la sala de visitas, sino en cuantas veladas benficas,
sesiones escolares y conmemoraciones patriticas se celebraban en Macondo, su madre sigui in-
vitando a todo recin llegado que supona capaz de apreciar las virtudes de la hija. Slo despus
de la muerte de Amaranta, cuando la familia volvi a encerrarse por un tiempo en el luto, pudo
Meme clausurar el clavicordio y olvidar la llave en cualquier ropero, sin que Fernanda se
molestara en averiguar en qu momento ni por culpa de quin se haba extraviado. Meme resisti
las exhibiciones con el mismo estoicismo con que se consagr al aprendizaje. Era el precio de su
libertad. Fernanda estaba tan complacida con su docilidad y tan orgullosa de la admiracin que
despertaba su arte, que nunca se opuso a que tuviera la casa llena de amigas, y pasara la tarde
en las plantaciones y fuera al cine con Aureliano Segundo o con seoras de confianza, siempre
que la pelcula hubiera sido autorizada en el plpito por el padre Antonio Isabel. En aquellos ratos
de esparcimiento se revelaban los verdaderos gustos de Meme. Su felicidad estaba en el otro
extremo de la disciplina, en las fiestas ruidosas, en los comadreos de enamorados, en los pro-
longados encierros con sus amigas, donde aprendan a fumar y conversaban de asuntos de
hombres, y donde una vez se les pas la mano con tres botellas de ron de caa y terminaron
desnudas midindose y comparando las partes de sus cuerpos. Meme no olvidara jams la noche
en que entr en la casa masticando rizomas de regaliz, y sin que advirtieran su trastorno se sent
a la mesa en que Fernanda y Amaranta cenaban sin dirigirse la palabra. Haba pasado dos horas
tremendas en el dormitorio de una amiga, llorando de risa y de miedo, y en el otro lado de la
crisis haba encontrado el raro sentimiento de valenta que le hizo falta para fugarse del colegio y
decirle a su madre con esas o con otras palabras que bien poda ponerse una lavativa de
clavicordio. Sentada en la cabecera de la mesa, tomando un caldo de pollo que le caa en el
estmago como un elixir de resurreccin, Meme vio entonces a Fernanda y Amaranta envueltas
en el halo acusador de la realidad. Tuvo que hacer un grande esfuerzo para no echarles en cara
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sus remilgos, su pobreza de espritu, sus delirios de grandeza. Desde las segundas vacaciones se
haba enterado de que su padre slo viva en la casa por guardar las apariencias, y conociendo a
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poda disputrselo la hija. Fue tambin un esfuerzo innecesario, porque Meme no tuvo nunca el
propsito de intervenir en los asuntos de su padre, y seguramente si lo hubiera hecho habra sido
en favor de la concubina. No le sobraba tiempo para molestar a nadie. Ella misma barra el
dormitorio y arreglaba la cama, como le ensearon las monjas. En la maana se ocupaba de su
ropa, bordando en el corredor o cosiendo en la vieja mquina de manivela de Amaranta. Mientras
los otros hacan la siesta, practicaba dos horas el clavicordio, sabiendo que el sacrificio diario
mantendra calmada a Fernanda. Por el mismo motivo segua ofreciendo conciertos en bazares
eclesisticos y veladas escolares, aunque las solicitudes eran cada vez menos frecuentes. Al
atardecer se arreglaba, se pona sus trajes sencillos y sus duros borcegues, y si no tena algo que
hacer con su padre iba a casas de amigas, donde permaneca hasta la hora de la cena. Era
excepcional que Aureliano Segundo no fuera a buscarla entonces para llevarla al cine.
Entre las amigas de Meme haba tres jvenes norteamericanas que rompieron el cerco del
gallinero electrificado y establecieron amistad con muchachas de Macondo. Una de ellas era
Patricia Brown. Agradecido con la hospitalidad de Aureliano Segundo, el seor Brown le abri a
Meme las puertas de su casa y la invit a los bailes de los sbados, que eran los nicos en que los
gringos alternaban con los nativos. Cuando Fernanda lo supo, se olvid por un momento de
Amaranta rsula y los mdicos invisibles, y arm todo un melodrama. Imagnate -le dijo a
Meme- lo que va a pensar el coronel en su tumba. Estaba buscando, por supuesto, el apoyo de
rsula. Pero la anciana ciega, al contrario de lo que todos esperaban, consider que no haba
nada reprochable en que Meme asistiera a los bailes y cultivara amistad con las norteamericanas
de su edad, siempre que conservara su firmeza de criterio y no se dejara convertir a la religin
protestante. Meme capt muy bien el pensamiento de la tatarabuela, y al da siguiente de los
bailes se levantaba ms temprano que de costumbre para ir a misa. La oposicin de Fernanda
resisti hasta el da en que Meme la desarm con la noticia de que los norteamericanos queran
orla tocar el clavicordio. El instrumento fue sacado una vez ms de la casa y llevado a la del
seor Brown, donde, en efecto, la joven concertista recibi los aplausos ms sinceros y las fe-
licitaciones ms entusiastas. Desde entonces no slo la invitaron a los bailes, sino tambin a los
baos dominicales en la piscina, y a almorzar una vez por semana. Meme aprendi a nadar como
una profesional, a jugar al tenis y a comer jamn de Virginia con rebanadas de pia. Entre bailes,
piscina y tenis, se encontr de pronto desenredndose en ingls. Aureliano Segundo se
entusiasm tanto con los progresos de la hija que le compr a un vendedor viajero una
enciclopedia inglesa en seis volmenes y con numerosas lminas de colores, que Meme lea en
sus horas libres. La lectura ocup la atencin que antes destinaba a los comadreos de
enamorados o a los encierros experimentales con sus amigas, no porque se lo hubiera impuesto
como disciplina, sino porque ya haba perdido todo inters en comentar misterios que eran del
dominio pblico. Recordaba la borrachera como una aventura infantil, y le pareca tan divertida
que se la cont a Aureliano Segundo, y a ste le pareci ms divertida que a ella. Si tu madre lo
supiera, le dijo, ahogndose de risa, como le deca siempre que ella le haca una confidencia. l
le haba hecho prometer que con la misma confianza lo pondra al corriente de su primer
noviazgo, y Meme le haba contado que simpatizaba con un pelirrojo norteamericano que fue a
pasar vacaciones con sus padres. Qu barbaridad -ri Aureliano Segundo-. Si tu madre lo
supiera. Pero Meme le cont tambin que el muchacho haba regresado a su pas y no haba
vuelto a dar seales de vida. Su madurez de criterio afianz la paz domstica. Aureliano Segundo
dedicaba entonces ms horas a Petra Cotes, y aunque ya el cuerpo y el alma no le daban para
parrandas como las de antes, no perda ocasin de promoveras y de desenfundar el acorden,
que ya tena algunas teclas amarradas con cordones de zapatos. En la casa, Amaranta bordaba
su interminable mortaja, y rsula se dejaba arrastrar por la decrepitud hacia el fondo de las
tinieblas, donde lo nico que segua siendo visible era el espectro de Jos Arcadio Buenda bajo el
castao. Fernanda consolid su autoridad. Las cartas mensuales a su hijo Jos Arcadio no
llevaban entonces una lnea de mentira, y solamente le ocultaba su correspondencia con los m-
dicos invisibles, que le haban diagnosticado un tumor benigno en el intestino grueso y estaban
preparndola para practicarle una intervencin teleptica.
Se hubiera dicho que en la cansada mansin de los Buenda haba paz y felicidad rutinaria para
mucho tiempo si la intempestiva muerte de Amaranta no hubiera promovido un nuevo escndalo.
Fue un acontecimiento inesperado. Aunque estaba vieja y apartada de todos, todava se notaba
firme y recta, v con la salud de piedra que tuvo siempre. Nadie conoci su pensamiento desde la
tarde en que rechaz definitivamente al coronel Gerineldo Mrquez y se encerr a llorar. Cuando
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sali, haba agotado todas sus lgrimas. No se le vio llorar con la subida al cielo de Remedios, la
bella, ni con el exterminio de los Aurelianos, ni con la muerte del coronel Aureliano Buenda, que
era la persona que ms quiso en este mundo, aunque slo pudo demostrrselo cuando
encontraron su cadver bajo el castao. Ella ayud a levantar el cuerpo. Lo visti con sus arreos
de guerrero, lo afeit, lo pein, y le engom el bigote mejor que l mismo no lo haca en sus aos
de gloria. Nadie pens que hubiera amor en aquel acto, porque estaban acostumbrados a la
familiaridad de Amaranta con los ritos de la muerte. Fernanda se escandalizaba de que no
entendiera las relaciones del catolicismo con la vida, sino nicamente sus relaciones con la
muerte, como si no fuera una religin, sino un prospecto de convencionalismos funerarios.
Amaranta estaba demasiado enredada en el berenjenal de sus recuerdos para entender aquellas
sutilezas apologticas. Haba llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas. Cuando escuchaba
los valses de Pietro Crespi senta los mismos deseos de llorar que tuvo en la adolescencia, como
si el tiempo y los escarmientos no sirvieran de nada. Los rollos de msica que ella misma haba
echado a la basura con el pretexto de que se estaban pudriendo con la humedad, seguan girando
y golpeando martinetes en su memoria. Haba tratado de hundirlos en la pasin pantanosa que se
permiti con su sobrino Aureliano Jos, y haba tratado de refugiarse en la proteccin serena y
viril del coronel Gerineldo Mrquez, pero no haba conseguido derrotarlos ni con el acto ms
desesperado de su vejez, cuando baaba al pequeo Jos Arcadio tres aos antes de que lo
mandaran al seminario, y lo acariciaba no como poda hacerlo una abuela con un nieto, sino como
lo hubiera hecho una mujer con un hombre, como se contaba que lo hacan las matronas
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advirti que haba de morir sin dolor, ni miedo, ni amargura, al anochecer del da en que la
terminara. Tratando de perder la mayor cantidad posible de tiempo, Amaranta encarg las hilazas
de lino bayal y ella misma fabric el lienzo. Lo hizo con tanto cuidado que solamente esa labor le
llev cuatro aos. Luego inici el bordado. A medida que se aproximaba el trmino ineludible, iba
comprendiendo que slo un milagro le permitira prolongar el trabajo ms all de la muerte de
Rebeca, pero la misma concentracin le proporcion la calma que le haca falta para aceptar la
idea de una frustracin. Fue entonces cuando entendi el crculo vicioso de los pescaditos de oro
del coronel Aureliano Buenda. El mundo se redujo a la superficie de su piel, y el interior qued a
salvo de toda amargura. Le doli no haber tenido aquella revelacin muchos aos antes, cuando
an fuera posible purificar los recuerdos y reconstruir el universo bajo una luz nueva, y evocar sin
estremecerse el olor de espliego de Pietro Crespi al atardecer, y rescatar a Rebeca de su salsa de
miseria, no por odio ni por amor, sino por la comprensin sin medidas de la soledad. El odio que
advirti una noche en las palabras de Meme no la conmovi porque la afectara, sino porque se
sinti repetida en otra adolescencia que pareca tan limpia como debi parecer la suya y que, sin
embargo, estaba ya viciada por el rencor. Pero entonces era tan honda la conformidad con su
destino que ni siquiera la inquiet la certidumbre de que estaban cerradas todas las posibilidades
de rectificacin. Su nico objetivo fue terminar la mortaja. En vez de retardara con preciosismos
intiles, como lo hizo al principio, apresur la labor. Una semana antes calcul que dara la ltima
puntada en la noche del cuatro de febrero, y sin revelarle el motivo le sugiri a Meme que
anticipara un concierto de clavicordio que tena previsto para el da siguiente, pero ella no le hizo
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despach al monaguillo. Pens, sin embargo, aprovechar la ocasin para confesar a Amaranta
despus de casi veinte aos de reticencia. Amaranta replic, sencillamente, que no necesitaba
asistencia espiritual de ninguna clase porque tena la conciencia limpia. Fernanda se escandaliz.
Sin cuidarse de que no la oyeran, se pregunt en voz alta qu espantoso pecado habra cometido
Amaranta cuando prefera una muerte sacrlega a la vergenza de una confesin. Entonces
Amaranta se acost, y oblig a rsula a dar testimonio pblico de su virginidad.
-Que nadie se haga ilusiones -grit, para que la oyera Fernanda-. Amaranta Buenda se va de
este mundo como vino.
No se volvi a levantar. Recostada en almohadones, como si de veras estuviera enferma, teji
sus largas trenzas y se las enroll sobre las orejas, como la muerte le haba dicho que deba estar
en el atad. Luego le pidi a rsula un espejo, y por primera vez en ms de cuarenta aos vio su
rostro devastado por la edad y el martirio, y se sorprendi de cunto se pareca a la imagen
mental que tena de si misma. rsula comprendi por el silencio de la alcoba que habla empezado
a oscurecer.
-Despdete de Fernanda -le suplic-. Un minuto de reconciliacin tiene ms mrito que toda
una vida de amistad.
-Ya no vale la pena -replic Amaranta.
Meme no pudo no pensar en ella cuando encendieron las luces del improvisado escenario y
empez la segunda parte del programa. A mitad de la pieza alguien le dio la noticia al odo, y el
acto se suspendi. Cuando lleg a la casa, Aureliano Segundo tuvo que abrirse paso a empujones
por entre la muchedumbre, para ver el cadver de la anciana doncella, fea y de mal color, con la
venda negra en la mano y envuelta en la mortaja primorosa. Estaba expuesto en la sala junto al
cajn del correo.
rsula no volvi a levantarse despus de las nueve noches de Amaranta. Santa Sofa de la
Piedad se hizo cargo de ella. Le llevaba al dormitorio la comida, y el agua de bija para que se
lavara, y la mantena al corriente de cuanto pasaba en Macondo. Aureliano Segundo la visitaba
con frecuencia, y le llevaba ropas que ella pona cerca de la cama, junto con las cosas ms
indispensables para el vivir diario, de modo que en poco tiempo se haba construido un mundo al
alcance de la mano. Logr despertar un gran afecto en la pequea Amaranta rsula, que era
idntica a ella, y a quien ense a leer. Su lucidez, la habilidad para bastarse de s misma, hacan
pensar que estaba naturalmente vencida por el peso de los cien aos, pero aunque era evidente
que andaba mal de la vista nadie sospech que estaba completamente ciega. Dispona entonces
de tanto tiempo y de tanto silencio interior para vigilar la vida de la casa, que fue ella la primera
en darse cuenta de la callada tribulacin de Memo.
-Ven ac -le dijo-. Ahora que estamos solas, confisale a esta pobre vieja lo que te pasa.
Memo eludi la conversacin con una risa entrecortada. rsula no insisti, pero acab de
confirmar sus sospechas cuando Memo no volvi a visitarla. Saba que se arreglaba ms tem-
prano que de costumbre, que no tena un instante de sosiego mientras esperaba la hora de salir a
la calle, que pasaba noches enteras dando vueltas en la cama en el dormitorio contiguo, y que la
atormentaba el revoloteo de una mariposa. En cierta ocasin le oy decir que iba a verse con
Aureliano Segundo, y rsula se sorprendi de que Fernanda fuera tan corta de imaginacin que
no sospech nada cuando su marido fue a la casa a preguntar por la hija. Era demasiado evidente
que Memo andaba en asuntos sigilosos, en compromisos urgentes, en ansiedades reprimidas,
desde mucho antes de la noche en que Fernanda alborot la casa porque la encontr besndose
con un hombre en el cine.
La propia Meme andaba entonces tan ensimismada que acus a rsula de haberla denunciado.
En realidad se denunci a s misma. Desde haca tiempo dejaba a su paso un reguero de pistas
que habran despertado al ms dormido, y si Fernanda tard tanto en descubrirlas fue porque
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lunetas reconoci a su hija. La aturdidora emocin del acierto le impidi ver al hombre con quien
se estaba besando, pero alcanz a percibir su voz trmula en medio de la rechifla y las risotadas
ensordecedoras del pblico. Lo siento, amor, le oy decir, y sac a Meme del saln sin decirle
una palabra, y le someti a la vergenza de llevarla por la bulliciosa calle de los Turcos, y la
encerr con llave en el dormitorio.
Al da siguiente, a las seis de la tarde, Fernanda reconoci la voz del hombre que fue a
visitarla. Era joven, cetrino, con unos ojos oscuros y melanclicos que no le habran sorprendido
tanto si hubiera conocido a los gitanos, y un aire de ensueo que a cualquier mujer de corazn
menos rgido le habra bastado para entender los motivos de su hija. Vesta de lino muy usado,
con zapatos defendidos desesperadamente con cortezas superpuestas de blanco de cinc, y
llevaba en la mano un canotier comprado el ltimo sbado. En su vida no estuvo ni estara ms
asustado que en aquel momento, pero tena una dignidad y un dominio que lo ponan a salvo de
la humillacin, y una prestancia legtima que slo fracasaba en las manos percudidas y las uas
astilladas por el trabajo rudo. A Fernanda, sin embargo, le bast el verlo una vez para intuir su
condicin de menestral. Se dio cuenta de que llevaba puesta su nica muda de los domingos, y
que debajo de la camisa tena la piel carcomida por la sarna de la compaa bananera. No le
permiti hablar. No le permiti siquiera pasar de la puerta que un momento despus tuvo que
cerrar porque la casa estaba llena de mariposas amarillas.
-Lrguese -le dijo-. Nada tiene que venir a buscar entre la gente decente.
Se llamaba Mauricio Babilonia. Haba nacido y crecido en Macondo, y era aprendiz de mecnico
en los talleres de la compaa bananera. Meme lo haba conocido por casualidad, una tarde en
que fue con Patricia Brown a buscar el automvil para dar un paseo por las plantaciones. Como el
chfer estaba enfermo, lo encargaron a l de conducirlas, y Meme pudo al fin satisfacer su deseo
de sentarse junto al volante para observar de cerca el sistema de manejo. Al contrario del chfer
titular, Mauricio Babilonia le hizo una demostracin prctica. Eso fue por la poca en que Meme
empez a frecuentar la casa del seor Brown, y todava se consideraba indigno de damas el
conducir un automvil. As que se conform con la informacin terica y no volvi a ver a
Mauricio Babilonia en varios meses. Ms tarde haba de recordar que durante el paseo le llam la
atencin su belleza varonil, salvo la brutalidad de las manos, pero que despus haba comentado
con Patricia Brown la molestia que le produjo su seguridad un poco altanera. El primer sbado en
que fue al cine con su padre, volvi a ver a Mauricio Babilonia con su muda de lino, sentado a
poca distancia de ellos, y advirti que l se desinteresaba de la pelcula por volverse a mirarla, no
tanto por verla como para que ella notara que la estaba mirando. A Meme le molest la
vulgaridad de aquel sistema. Al final, Mauricio Babilonia se acerc a saludar a Aureliano Segundo,
y slo entonces se enter Meme de que se conocan, porque l haba trabajado en la primitiva
planta elctrica de Aureliano Triste, y trataba a su padre con una actitud de subalterno. Esa
comprobacin la alivi del disgusto que le causaba su altanera. No se haban visto a solas, ni se
haban cruzado una palabra distinta del saludo, la noche en que so que l la salvaba de un
naufragio y ella no experimentaba un sentimiento de gratitud sino de rabia. Era como haberle
dado una oportunidad que l deseaba, siendo que Meme anhelaba lo contrario, no slo con
Mauricio Babilonia, sino con cualquier otro hombre que se interesara en ella. Por eso le indign
tanto que despus del sueo, en vez de detestarlo, hubiera experimentado una urgencia
irresistible de verlo. La ansiedad se hizo ms intensa en el curso de la semana, y el sbado era
tan apremiante que tuvo que hacer un grande esfuerzo para que Mauricio Babilonia no notara al
saludarla en el cine que se le estaba saliendo el corazn por la boca. Ofuscada por una confusa
sensacin de placer y rabia, le tendi la mano
por primera vez, y slo entonces Mauricio Babilonia
se permiti estrechrsela. Meme alcanz en una fraccin de segundo a arrepentirse de su
impulso, pero el arrepentimiento se transform de inmediato en una satisfaccin cruel, al com-
probar que tambin la mano de l estaba sudorosa y helada. Esa noche comprendi que no
tendra un instante de sosiego mientras no le demostrara a Mauricio Babilonia la vanidad de su
aspiracin, y pas la semana revoloteando en torno de esa ansiedad. Recurri a toda clase de
artimaas intiles para que Patricia Brown la llevara a buscar el automvil. Por ltimo, se vali
del pelirrojo norteamericano que por esa poca fue a pasar vacaciones en Macondo, y con el
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-Vine a ver los nuevos modelos -dijo Meme.
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ante la incertidumbre del porvenir. Entonces oy hablar de una mujer que haca pronsticos de
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por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y pblicamente repudiado
como ladrn de gallinas.
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Los acontecimientos que haban de darle el golpe mortal a Macondo empezaban a vislumbrarse
cuando llevaron a la casa al hijo de Meme Buenda. La situacin pblica era entonces tan incierta,
que nadie tena el espritu dispuesto para ocuparse de escndalos privados, de modo que
Fernanda cont con un ambiente propicio para mantener al nio escondido como si no hubiera
existido nunca. Tuvo que recibirlo, porque las circunstancias en que se lo llevaron no hacan
posible el rechazo. Tuvo que soportarlo contra su voluntad por el resto de su vida, porque a la
hora de la verdad le falt valor para cumplir la ntima determinacin de ahogarlo en la alberca del
bao. Lo encerr en el antiguo taller del coronel Aureliano Buenda. A Santa Sofa de la Piedad
logr convencerla de que lo haba encontrado flotando en una canastilla. rsula haba de morir
sin conocer su origen. La pequea Amaranta rsula, que entr una vez al taller cuando Fernanda
estaba alimentando al nio, tambin crey en la versin de la canastilla flotante. Aureliano
Segundo, definitivamente distanciado de la esposa por la forma irracional en que sta manej la
tragedia de Meme, no supo de la existencia del nieto sino tres aos despus de que lo llevaron a
la casa, cuando el nio escap al cautiverio por un descuido de Fernanda, y se asom al corredor
por una fraccin de segundo, desnudo y con los pelos enmaraados y con un impresionante sexo
de moco de pavo, como si no fuera una criatura humana sino la definicin enciclopdica de un
antropfago.
Fernanda no contaba con aquella trastada de su incorregible destino. El nio fue como el
regreso de una vergenza que ella crea haber desterrado para siempre de la casa. Apenas se ha-
ban llevado a Mauricio Babilonia con la espina dorsal fracturada, y ya haba concebido Fernanda
hasta el detalle ms nfimo de un plan destinado a eliminar todo vestigio del oprobio. Sin
consultarlo con su marido, hizo al da siguiente su equipaje, meti en una maletita las tres mudas
que su hija poda necesitar, y fue a buscarla al dormitorio media hora antes de la llegada del tren.
-Vamos, Renata -le dijo.
No le dio ninguna explicacin. Meme, por su parte, no la esperaba ni la quera. No slo
ignoraba para dnde iban, sino que le habra dado igual si la hubieran llevado al matadero. No
haba vuelto a hablar, ni lo hara en el resto de su vida, desde que oy el disparo en el traspatio y
el simultneo aullido de dolor de Mauricio Babilonia. Cuando su madre le orden salir del
dormitorio, no se pein ni se lav la cara, y subi al tren como un sonmbulo sin advertir siquiera
las mariposas amarillas que seguan acompandola. Fernanda no supo nunca, ni se tom el
trabajo de averiguarlo, si su silencio ptreo era una determinacin de su voluntad, o si se haba
quedado rauda por el impacto de la tragedia. Meme apenas se dio cuenta del viaje a travs de la
antigua regin encantada. No vio las umbrosas e interminables plantaciones de banano a ambos
lados de las lneas. No vio las casas blancas de los gringos, ni sus jardines aridecidos por el polvo
y el calor, ni las mujeres con pantalones cortos y camisas de rayas azules que jugaban barajas en
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adolescencia. Se embarcaron en un buque fluvial, cuya rueda de madera haca un ruido de
conflagracin, y cuyas lminas de hierro carcomidas por el xido reverberaban como la boca de
un horno. Meme se encerr en el camarote. Dos veces al da dejaba Fernanda un plato de comida
junto a la cama, y dos veces al da se lo llevaba intacto, no porque Meme hubiera resuelto
morirse de hambre, sino porque le repugnaba el solo olor de los alimentos y su estmago
expulsaba hasta el agua. Ni ella misma saba entonces que su fertilidad haba burlado a los
vapores de mostaza, as como Fernanda no lo supo hasta casi un ao despus, cuando le llevaron
al nio. En el camarote sofocante, trastornada por la vibracin de las paredes de hierro y por el
tufo insoportable del cieno removido por la rueda del buque, Meme perdi la cuenta de los das.
Haba pasado mucho tiempo cuando vio la ltima mariposa amarilla destrozndose en las aspas
del ventilador y admiti como una verdad irremediable que Mauricio Babilonia haba muerto. Sin
embargo, no se dej vencer por la resignacin. Segua pensando en l durante la penosa travesa
a lomo de mula por el pramo alucinante donde se perdi Aureliano Segundo cuando buscaba a la
mujer ms hermosa que se haba dado sobre la tierra, y cuando remontaron la cordillera por
caminos de indios, y entraron a la ciudad lgubre en cuyos vericuetos de piedra resonaban los
bronces funerarios de treinta y dos iglesias. Esa noche durmieron en la abandonada mansin co-
lonial, sobre los tablones que Fernanda puso en el suelo de un aposento invadido por la maleza, y
arropadas con piltrafas de cortinas que arrancaron de las ventanas y que se desmigaban a cada
vuelta del cuerpo. Meme supo dnde estaban, porque en el espanto del insomnio vio pasar al
caballero vestido de negro que en una distante vspera de Navidad llevaron a la casa dentro de un
cofre de plomo. Al da siguiente, despus de misa, Fernanda la condujo a un edificio sombro que
Meme reconoci de inmediato por las evocaciones que su madre sola hacer del convento donde
la educaron para reina, y entonces comprendi que haba llegado al trmino del viaje. Mientras
Fernanda hablaba con alguien en el despacho contiguo, ella se qued en un saln ajedrezado con
grandes leos de arzobispos coloniales, temblando de fro, porque llevaba todava un traje de
etamina con florecitas negras y los duros borcegues hinchados por el hielo del pramo. Estaba de
pie en el centro del saln, pensando en Mauricio Babilonia bajo el chorro amarillo de los vitrales,
cuando sali del despacho una novicia muy bella que llevaba su maletita con las tres mudas de
ropa. Al pasar junto a Meme le tendi la mano sin detenerse.
-Vamos, Renata -le dijo.
Meme le tom la mano y se dej llevar. La ltima vez que Fernanda la vio, tratando de igualar
su paso con el de la novicia, acababa de cerrarse detrs de ella el rastrillo de hierro de la
clausura. Todava pensaba en Mauricio Babilonia, en su olor de aceite y su mbito de mariposas,
y seguira pensando en l todos los das de su vida, hasta la remota madrugada de otoo en que
muriera de vejez, con sus nombres cambiados y sin haber dicho nunca una palabra, en un
tenebroso hospital de Cracovia.
Fernanda regres a Macondo en un tren protegido por policas armados. Durante el viaje
advirti la tensin de los pasajeros, los aprestos militares en los pueblos de la lnea y el aire
enrarecido por la certidumbre de que algo grave iba a suceder, pero careci de informacin
mientras no lleg a Macondo y le contaron que Jos Arcadio Segundo estaba incitando a la huelga
a los trabajadores de la compaa bananera. Esto es lo ltimo que nos faltaba -se dijo Fernanda-
. Un anarquista en la familia. La huelga estall dos semanas despus y no tuvo las
consecuencias dramticas que se teman. Los obreros aspiraban a que no se les obligara a cortar
y embarcar banano los domingos, y la peticin pareci tan justa que hasta el padre Antonio
Isabel intercedi en favor de ella porque la encontr de acuerdo con la ley de Dios. El triunfo de
la accin, as como de otras que se promovieron en los meses siguientes, sac del anonimato al
descolorido Jos Arcadio Segundo, de quien sola decirse que slo haba servido para llenar el
pueblo de putas francesas. Con la misma decisin impulsiva con que remat sus gallos de pelea
para establecer una empresa de navegacin desatinada, haba renunciado al cargo de capataz de
cuadrilla de la compaa bananera y tom el partido de los trabajadores. Muy pronto se le seal
como agente de una conspiracin internacional contra el orden pblico. Una noche, en el curso de
una semana oscurecida por rumores sombros, escap de milagro a cuatro tiros de revlver que
le hizo un desconocido cuando sala de una reunin secreta. Fue tan tensa la atmsfera de los
meses siguientes, que hasta rsula la percibi en su rincn de tinieblas, y tuvo la impresin de
estar viviendo de nuevo los tiempos azarosos en que su hijo Aureliano cargaba en el bolsillo los
glbulos homeopticos de la subversin. Trat de hablar con Jos Arcadio Segundo para enterarlo
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de ese precedente, pero Aureliano Segundo le inform que desde la noche del atentado se
ignoraba su paradero.
-Lo mismo que Aureliano -exclam rsula-. Es como si el mundo estuviera dando vueltas.
Fernanda permaneci inmune a la incertidumbre de esos das. Careca de contactos con el
mundo exterior, desde el violento altercado que tuvo con su marido por haber determinado la
suerte de Meme sin su consentimiento. Aureliano Segundo estaba dispuesto a rescatar a su hija,
con la polica si era necesario, pero Fernanda le hizo ver papeles en los que se demostraba que
haba ingresado a la clausura por propia voluntad.
En erecto, Meme los haba firmado cuando ya estaba del otro lado del rastrillo de hierro, y lo
hizo con el mismo desdn con que se dej conducir. En el fondo, Aureliano Segundo no crey en
la legitimidad de las pruebas, como no crey nunca que Mauricio Babilonia se hubiera metido al
patio para robar gallinas, pero ambos expedientes le sirvieron para tranquilizar la conciencia, y
pudo entonces volver sin remordimientos a la sombra de Petra Cotes, donde reanud las
parrandas ruidosas y las comilonas desaforadas. Ajena a la inquietud del pueblo, sorda a los
tremendos pronsticos de rsula, Fernanda le dio la ltima vuelta a las tuercas de su plan
consumado. Le escribi una extensa carta a su hijo Jos Arcadio, que ya iba a recibir las rdenes
menores, y en ella le comunic que su hermana Renata haba expirado en la paz del Seor a
consecuencia del vmito negro. Luego puso a Amaranta rsula al cuidado de Santa Sofa de la
Piedad, y se dedic a organizar su correspondencia con los mdicos invisibles, trastornada por el
percance de Meme. Lo primero que hizo fue fijar fecha definitiva para la aplazada intervencin
teleptica. Pero los mdicos invisibles le contestaron que no era prudente mientras persistiera el
estado de agitacin social en Macondo. Ella estaba tan urgida y tan mal informada, que les
explic en otra carta que no haba tal estado de agitacin, y que todo era fruto de las locuras de
un cuado suyo, que andaba por esos das con la ventolera sindical, como padeci en otro tiempo
las de la gallera y la navegacin. An no estaban de acuerdo el caluroso mircoles en que llam a
la puerta de la casa una monja anciana que llevaba una canastilla colgada del brazo. Al abrirle,
Santa Sofa de la Piedad pens que era un regalo y trat de quitarle la canastilla cubierta con un
primoroso tapete de encaje. Pero la monja lo impidi, porque tena instrucciones de entregrsela
personalmente, y bajo la reserva ms estricta, a doa Fernanda del Carpio de Buenda. Era el hijo
de Mame. El antiguo director espiritual de Fernanda le explicaba en una carta que haba nacido
dos meses antes, y que se haban permitido bautizarlo con el nombre de Aureliano, como su
abuelo, porque la madre no despeg los labios para expresar su voluntad. Fernanda se sublev
ntimamente contra aquella burla del destino, pero tuvo fuerzas para disimularlo delante de la
monja.
-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla -sonri.
-No se lo creer nadie -dijo la monja.
-Si se lo creyeron a las Sagradas Escrituras -replic Fernanda-, no veo por qu no han de
crermelo a m.
La monja almorz en casa, mientras pasaba el tren de regreso, y de acuerdo con la discrecin
que le haban exigido no volvi
a mencionar al nio, pero Fernanda la seal como un testigo
indeseable de su vergenza, y lament que se hubiera desechado la costumbre medieval de
ahorcar al mensajero de malas noticias. Fue entonces cuando decidi ahogar a la criatura en la
alberca tan pronto como se fuera la monja, pero el corazn no le dio para tanto y prefiri esperar
con paciencia a que la infinita bondad de Dios la liberara del estorbo.
El nuevo Aureliano haba cumplido un ao cuando la tensin pblica estall sin ningn anuncio.
Jos Arcadio Segundo y otros dirigentes sindicales que haban permanecido hasta entonces en la
clandestinidad, aparecieron intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones
en los pueblos de la zona bananera. La polica se conform con vigilar el orden. Pero en la noche
del lunes los dirigentes fueron sacados de sus casas y mandados, con grillos de cinco kilos en los
pies, a la crcel de la capital provincial. Entre ellos se llevaron a Jos Arcadio Segundo y a
Lorenzo Gaviln, un coronel de la revolucin mexicana, exiliado en Macondo, que deca haber sido
testigo del herosmo de su compadre Artemio Cruz. Sin embargo, antes de tres meses estaban en
libertad, porque el gobierno y la compaa bananera no pudieron ponerse de acuerdo sobre quin
deba alimentarlos en la crcel. La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la
insalubridad de las viviendas, el engao de los servicios mdicos y la iniquidad de las condiciones
de trabajo. Afirmaban, adems, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino con vales que slo
servan para comprar jamn de Virginia en los comisariatos de la compaa. Jos Arcadio
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Segundo fue encarcelado porque revel que el sistema de los vales era un recurso de la compaa
para financiar sus barcos fruteros, que de no haber sido por la mercanca de los comisariatos
hubieran tenido que regresar vacos desde Nueva Orlens hasta los puertos de embarque del
banano. Los otros cargos eran del dominio pblico. Los mdicos de la compaa no examinaban a
los enfermos, sino que los hacan pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera
les pona en la lengua una pldora del color del piedralipe, as tuvieran paludismo, blenorragia o
estreimiento. Era una teraputica tan generalizada, que los nios se ponan en la lila varias
veces, y en vez de tragarse las pldoras se las llevaban a sus casas para sealar con ellas lo
nmeros cantados en el juego de lotera. Los obreros de la compaa estaban hacinados en
tambos miserables. Los ingenieros, en vez de construir letrinas, llevaban a los campamentos, por
Navidad, un excusado porttil para cada cincuenta personas, y hacan demostraciones pblicas de
cmo utilizarlos para que duraran ms. Los decrpitos abogados vestidos de negro que en otro
tiempo asediaron al coronel Aureliano Buenda, y que entonces eran apoderados de la compaa
bananera, desvirtuaban estos cargos con arbitrios que parecan cosa de magia. Cuando los
trabajadores redactaron un pliego de peticiones unnime, pas mucho tiempo sin que pudieran
notificar oficialmente a la compaa bananera. Tan pronto como conoci el acuerdo, el seor
Brown enganch en el tren su suntuoso vagn de vidrio, y desapareci de Macondo junto con los
representantes ms conocidos de su empresa. Sin embargo, varios obreros encontraron a uno de
ellos el sbado siguiente en un burdel, y le hicieron firmar una copia del pliego de peticiones
cuando estaba desnudo con la mujer que se prest para llevarlo a la trampa. Los luctuosos
abogados demostraron en el juzgado que aquel hombre no tena nada que ver con la compaa, y
para que nadie pusiera en duda sus argumentos lo hicieron encarcelar por usurpador. Ms tarde,
el seor Brown fue sorprendido viajando de incgnito en un vagn de tercera clase, y le hicieron
firmar otra copia del pliego de peticiones. Al da siguiente compareci ante los jueces con el pelo
pintado de negro y hablando un castellano sin tropiezos. Los abogados demostraron que no era el
seor Jack Brown, superintendente de la compaa bananera y nacido en Prattville, Alabama, sino
un inofensivo vendedor de plantas medicinales, nacido en Macondo y all mismo bautizado con el
nombre de Dagoberto Fonseca. Poco despus, frente a una nueva tentativa de los trabajadores,
los abogados exhibieron en lugares pblicos el certificado de defuncin del seor Brown,
autenticado por cnsules y cancilleres, y en el cual se daba fe de que el pasado nueve de junio
haba sido atropellado en Chicago por un carro de bomberos. Cansados de aquel delirio
hermenutico, los trabajadores repudiaron a las autoridades de Macondo y subieron con sus
quejas a los tribunales supremos. Fue all donde los ilusionistas del derecho demostraron que las
reclamaciones carecan de toda validez, simplemente porque la compaa bananera no tena, ni
haba tenido nunca ni tendra jams trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba
ocasionalmente y con carcter temporal. De modo que se desbarat la patraa del jamn de
Virginia, las pldoras milagrosas y los excusados pascuales, y se estableci por fallo de tribunal y
se proclam en bandos solemnes la inexistencia de los trabajadores.
La huelga grande estall. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pas en las cepas y los
trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los
pueblos. La calle de los Turcos reverber en un sbado de muchos das, y en el saln de billares
del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro horas. All estaba Jos Arcadio
Segundo, el da en que se anunci que el ejrcito haba sido encargado de restablecer el orden
pblico. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para l como un anuncio de la
muerte, que haba esperado desde la maana distante en que el coronel Gerineldo Mrquez le
permiti ver un fusilamiento. Sin embargo, el mal augurio no alter su solemnidad. Hizo la jugada
que tena prevista y no err la carambola. Poco despus, las descargas de redoblante, los ladridos
del clarn, los gritos y el tropel de la gente, le indicaron que no slo la partida de billar sino la
callada y solitaria partida que jugaba consigo mismo desde la madrugada de la ejecucin, haban
por fin terminado. Entonces se asom a la calle, y los vio. Eran tres regimientos cuya marcha
pautada por tambor de galeotes hacia trepidar la tierra. Su resuello de dragn multicfalo
impregn de un vapor pestilente la claridad del medioda. Eran pequeos, macizos, brutos.
Sudaban con sudor de caballo, y tenan un olor de carnaza macerada por el sol
y la impavidez
taciturna e impenetrable de los hombres del pramo. Aunque tardaron ms de una hora en pasar,
hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran
idnticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los
morrales y las cantimploras, y la vergenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio
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de la obediencia ciega y el sentido del honor. Ursula los oy pasar desde su lecho de tinieblas y
levant la mano con los dedos en cruz. Santa Sofa de la Piedad existi por un instante, inclinada
sobre el mantel bordado que acababa de planchar, y pens en su hijo, Jos Arcadio Segundo, que
vio pasar sin inmutarse los ltimos soldados por la puerta del Hotel de Jacob.
La ley marcial facultaba al ejrcito para asumir funciones de rbitro de la controversia, pero no
se hizo ninguna tentativa de conciliacin. Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los
soldados pusieron a un lado los fusiles, cortaron y embarcaron el banano y movilizaron los trenes.
Los trabajadores, que hasta entonces se haban conformado con esperar, se echaron al monte sin
ms armas que sus machetes de labor, y empezaron a sabotear el sabotaje. Incendiaron fincas y
comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el trnsito de los trenes que empezaban a
abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres del telgrafo y el telfono. Las
acequias se tieron de sangre. El seor Brown, que estaba vivo en el gallinero electrificado, fue
sacado de Macondo con su familia y las de otros compatriotas suyos, y conducidos a territorio
seguro bajo la proteccin del ejrcito. La situacin amenazaba con evolucionar hacia una guerra
civil desigual y sangrienta, cuando las autoridades hicieron un llamado a los trabajadores para
que se concentraran en Macondo. El llamado anunciaba que el Jefe Civil y Militar de la provincia
llegara el viernes siguiente, dispuesto a interceder en el conflicto.
Jos Arcadio Segundo estaba entre la muchedumbre que se concentr en la estacin desde la
maana del viernes. Haba participado en una reunin de los dirigentes sindicales y haba sido
comisionado junto con el coronel Gaviln para confundirse con la multitud y orientarla segn las
circunstancias. No se senta bien, y amasaba una pasta salitrosa en el paladar, desde que advirti
que el ejrcito haba emplazado nidos de ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la
ciudad alambrada de la compaa bananera estaba protegida con piezas de artillera. Hacia las
doce, esperando un tren que no llegaba, ms de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y
nios, haban desbordado el espacio descubierto frente a la estacin y se apretujaban en las
Cien aos de soledad
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Al final de su grito ocurri algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinacin. El
capitn dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero
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Pronunci el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien,
porque la mujer haba pensado que era una aparicin al ver en la puerta la figura esculida,
sombra, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo
conoca. Llev una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogn, le calent
agua para que se lavara la herida, que era slo un desgarramiento de la piel, y le dio un paal
limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvi un pocillo de caf, sin azcar, como le
haban dicho que lo tomaban los Buenda, y abri la ropa cerca del fuego.
Jos Arcadio Segundo no habl mientras no termin de tomar el caf.
-Deban ser como tres mil -murmur.
-Qu?
-Los muertos -aclar l-. Deban ser todos los que estaban en la estacin.
La mujer lo midi con una mirada de lstima. Aqu no ha habido muertos -dijo-. Desde los
tiempos de tu to, el coronel, no ha pasado nada en Macondo. En tres cocinas donde se detuvo
Jos Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: No hubo muertos. Pas por
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pasado nada, ni est pasando ni pasar nunca. Este es un pueblo feliz. As consumaron el
exterminio de los jefes sindicales.
El nico sobreviviente fue Jos Arcadio Segundo. Una noche de febrero se oyeron en la puerta
los golpes inconfundibles de las culatas. Aureliano Segundo, que segua esperando que es-
campara para salir, les abri a seis soldados al mando de un oficial. Empapados de lluvia, sin
pronunciar una palabra, registraron la casa cuarto por cuarto, armario por armario, desde las
salas hasta el granero. rsula despert cuando encendieron la luz del aposento, y no exhal un
suspiro mientras dur la requisa, pero mantuvo los dedos en cruz, movindolos hacia donde los
soldados se movan. Santa Sofa de la Piedad alcanz a prevenir a Jos Arcadio Segundo que
dorma en el cuarto de Melquades, pero l comprendi que era demasiado tarde para intentar la
fuga. De modo que Santa Sofa de la Piedad volvi a cerrar la puerta, y l se puso la camisa y los
zapatos, y se sent en el catre a esperar que llegaran. En ese momento estaban requisando el
taller de orfebrera. El oficial haba hecho abrir el candado, y con una rpida barrida de la linterna
haba visto el mesn de trabajo y la vidriera con los frascos de cidos y los instrumentos que
seguan en el mismo lugar en que los dej su dueo, y pareci comprender que en aquel cuarto
no viva nadie. Sin embargo, le pregunt astutamente a Aureliano Segundo si era platero, y l le
explic que aquel haba sido el taller del coronel Aureliano Buenda, Aj, hizo el oficial, y
encendi la luz y orden una requisa tan minuciosa, que no se les escaparon los dieciocho
pescaditos de oro que se haban quedado sin fundir y que estaban escondidos detrs de los fras-
cos en el tarro de lata. El oficial los examin uno por uno en el mesn de trabajo y entonces se
humaniz por completo. Quisiera llevarme uno, si usted me lo permite -dijo-. En un tiempo
fueron una clave de subversin, pero ahora son una reliquia. Era joven, casi un adolescente, sin
ningn signo de timidez, y con una simpata natural que no se le haba notado hasta entonces.
Aureliano Segundo le regal el pescadito. El oficial se lo guard en el bolsillo de la camisa, con un
brillo infantil en los ojos, y ech los otros en el tarro para ponerlos donde estaban.
-Es un recuerdo invaluable -dijo-. El coronel Aureliano Buenda fue uno de nuestros ms
grandes hombres.
Sin embargo, el golpe de humanizacin no modific su conducta profesional. Frente al cuarto
de Melquades, que estaba otra vez con candado, Santa Sofa de la Piedad acudi a una ltima
esperanza. Hace como un siglo que no vive nadie en ese aposento, dijo. El oficial lo hizo abrir,
lo recorri con el haz de la linterna, y Aureliano Segundo y Santa Sofa de la Piedad vieron los
ojos rabes de Jos Arcadio Segundo en el momento en que pas por su cara la rfaga de luz, y
comprendieron que aquel era el fin de una ansiedad y el principio de otra que slo encontrara un
alivio en la resignacin. Pero el oficial sigui examinando la habitacin con la linterna, y no dio
ninguna seal de inters mientras no descubri las setenta y dos bacinillas apelotonadas en los
armarios. Entonces encendi la luz. Jos Arcadio Segundo estaba sentado en el borde del catre,
listo para salir, ms solemne y pensativo que nunca. Al fondo estaban los anaqueles con los libros
descosidos, los rollos de pergaminos, y la mesa de trabajo limpia y ordenada, y todava fresca la
tinta en los tinteros. Haba la misma pureza en el aire, la misma diafanidad, el mismo privilegio
contra el polvo y la destruccin que conoci Aureliano Segundo en la infancia, y que slo el
coronel Aureliano Buenda no pudo percibir. Pero el oficial no se interes sino en las bacinillas.
-Cuntas personas viven en esta casa? -pregunt.
-Cinco.
El oficial, evidentemente, no entendi. Detuvo la mirada en el espacio donde Aureliano
Segundo y Santa Sofa de la Piedad seguan viendo a Jos Arcadio Segundo, y tambin ste se
dio cuenta de que el militar lo estaba mirando sin verlo. Luego apag la luz y ajust la puerta.
Cuando les habl a los soldados, entendi Aureliano Segundo que el joven militar haba visto el
cuarto con los mismos ojos con que lo vio el coronel Aureliano Buenda.
-Es verdad que nadie ha estado en ese cuarto por lo menos en un siglo -dijo el oficial a los
soldados-. Ah debe haber hasta culebras.
Al cerrarse la puerta, Jos Arcadio Segundo tuvo la certidumbre de que su guerra haba
terminado. Aos antes, el coronel Aureliano Buenda le haba hablado de la fascinacin de la
guerra y haba tratado de demostrarla con ejemplos incontables sacados de su propia
experiencia. l le haba credo. Pero la noche en que los militares lo miraron sin verlo, mientras
pensaba en la tensin de los ltimos meses, en la miseria de la crcel, en el pnico de la estacin
y en el tren cargado de muertos, Jos Arcadio Segundo lleg a la conclusin de que el coronel
Aureliano Buenda no fue ms que un farsante o un imbcil. No entenda que hubiera necesitado
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tantas palabras para explicar lo que se senta en la guerra, si con una sola bastaba: miedo. En el
cuarto de Melquades, en cambio, protegido por la luz sobrenatural, por el ruido de la lluvia, por
la sensacin de ser invisible, encontr el reposo que no tuvo un solo instante de su vida anterior,
y el nico miedo que persista era el de que lo enterraran vivo. Se lo cont a Santa Sofa de la
Piedad, que le llevaba las comidas diarias, y ella le prometi luchar por estar viva hasta ms all
de sus fuerzas, para asegurarse de que lo enterraran muerto. A salvo de todo temor, Jos
Arcadio Segundo se dedic entonces a repasar muchas veces los pergaminos de Melquades, y
tanto ms a gusto cuanto menos los entenda. Acostumbrado al ruido de la lluvia, que a los dos
meses se convirti en una forma nueva del silencio, lo nico que perturbaba su soledad eran las
entradas y salidas de Santa Sofa de la Piedad. Por eso le suplic que le dejara la comida en el
alfizar de la ventana, y le echara candado a la puerta. El resto de la familia lo olvid, inclusive
Fernanda, que no tuvo inconveniente en dejarlo all, cuando supo que los militares lo haban visto
sin conocerlo. A los seis meses de encierro, en vista de que los militares se haban ido de
Macondo, Aureliano Segundo quit el candado buscando alguien con quien conversar mientras
pasaba la lluvia. Desde que abri la puerta se sinti agredido por la pestilencia de las bacinillas
que estaban puestas en el suelo, y todas muchas veces ocupadas. Jos Arcadio Segundo,
devorado por la pelambre, indiferente al aire enrarecido por los vapores nauseabundos, segua
leyendo y releyendo los pergaminos ininteligibles. Estaba iluminado por un resplandor serfico.
Apenas levant la vista cuando sinti abrirse la puerta, pero a su hermano le bast aquella
mirada para ver repetido en ella el destino irreparable del bisabuelo.
-Eran ms de tres mil -fue todo cuanto dijo Jos Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que
eran todos los que estaban en la estacin.
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Gabriel Garca Mrquez
Llovi cuatro aos, once meses y dos das. Hubo pocas de llovizna en que todo el mundo se
puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada,
pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se
desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes
que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raz las ltimas cepas de las
plantaciones. Como ocurri durante la peste del insomnio, que rsula se dio a recordar por
aquellos das, la propia calamidad iba inspirando defensas contra el tedio. Aureliano Segundo fue
uno de los que ms hicieron para no dejarse vencer por la ociosidad. Haba ido a la casa por
algn asunto casual la noche en que el seor Brown convoc la tormenta, y Fernanda trat de
auxiliarlo con un paraguas medio desvarillado que encontr en un armario. No hace falta -dijo
l-. Me quedo aqu hasta que escampe. No era, por supuesto, un compromiso ineludible, pero
estuvo a punto de cumplirlo al pie de la letra. Como su ropa estaba en casa de Petra Cotes, se
quitaba cada tres das la que llevaba puesta, y esperaba en calzoncillos mientras la lavaban. Para
no aburrirse, se entreg a la tarea de componer los numerosos desperfectos de la casa. Ajust
bisagras, aceit cerraduras, atornill aldabas y nivel fallebas. Durante varios meses se le vio
vagar con una caja de herramientas que debieron olvidar los gitanos en los tiempos de Jos
Arcadio Buenda, y nadie supo si fue por la gimnasia involuntaria, por el tedio invernal o por la
abstinencia obligada, que la panza se le fue desinflando poco a poco como un pellejo, y la cara de
tortuga beatfica se le hizo menos sangunea y menos protuberante la papada, hasta que todo l
termin por ser menos paquidrmico y pudo amarrarse otra vez los cordones de los zapatos.
Vindolo montar picaportes y desconectar relojes, Fernanda se pregunt si no estara incurriendo
tambin en el vicio de hacer para deshacer, como el coronel Aureliano Buenda con los pescaditos
de oro, Amaranta con los botones y la mortaja, Jos Arcadio Segundo con los pergaminos y
rsula con los recuerdos. Pero no era cierto. Lo malo era que la lluvia lo trastornaba todo, y las
mquinas ms ridas echaban flores por entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres das,
y se oxidaban los hilos de los brocados y le nacan algas de azafrn a la ropa mojada. La
atmsfera era tan hmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las
ventanas, navegando en el aire de los aposentos. Una maana despert rsula sintiendo que se
acababa en un soponcio de placidez, y ya haba pedido que le llevaran al padre Antonio Isabel,
aunque fuera en andas, cuando Santa Sofa de la Piedad descubri que tena la espalda
adoquinada de sanguijuelas. Se las desprendieron una por una, achicharrndolas con tizones,
antes de que terminaran de desangrara. Fue necesario excavar canales para desaguar la casa, y
desembarazarla de sapos y caracoles, de modo que pudieran secarse los pisos, quitar los ladrillos
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lo andaba rondando no era fruto de la recapacitacin ni el escarmiento. Le llegaba de mucho ms
lejos, desenterrada por el trinche de la lluvia, de los tiempos en que lea en el cuarto de
Melquades las prodigiosas fbulas de los tapices volantes y las ballenas que se alimentaban de
barcos con tripulaciones. Fue por esos das que en un descuido de Fernanda apareci en el
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ruedas y el cobertizo estaba a punto de desbaratarse. Los chorros de agua triste que caan sobre
el atad iban ensopando la bandera que le haban puesto encima, y que era en realidad la
bandera sucia de sangre y de plvora, repudiada por los veteranos ms dignos. Sobre el atad
haban puesto tambin el sable con borlas de cobre y seda, el mismo que el coronel Gerineldo
Mrquez colgaba en la percha de la sala para entrar inerme al costurero de Amaranta. Detrs de
la carreta, algunos descalzos y todos con los pantalones a media pierna, chapaleaban en el fango
los ltimos sobrevivientes de la capitulacin de Neerlandia, llevando en una mano el bastn de
carreto y en la otra una corona de flores de papel descoloridas por la lluvia. Aparecieron como
una visin irreal en la calle que todava llevaba el nombre del coronel Aureliano Buenda, y todos
miraron la casa al pasar, y doblaron por la esquina de la plaza, donde tuvieron que pedir ayuda
para sacar la carreta atascada. rsula se haba hecho llevar a la puerta por Santa Sofa de la
Piedad. Sigui con tanta atencin las peripecias del entierro que nadie dud de que lo estaba
viendo, sobre todo porque su alzada mano de arcngel anunciador se mova con los cabeceos de
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recibieron alborozados a Aureliano Segundo, quien volvi a tocar para ellos el acorden asmtico.
Pero el concierto no les llam tanto la atencin como las sesiones enciclopdicas, de modo que
otra vez volvieron a reunirse en el dormitorio de Memo, donde la imaginacin de Aureliano
Segundo convirti el dirigible en un elefante volador que buscaba un sitio para dormir entre las
nubes. En cierta ocasin encontr un hombre de a caballo que a pesar de su atuendo extico
conservaba un aire familiar, y despus de mucho examinarlo lleg a la conclusin de que era un
retrato del coronel Aureliano Buenda. Se lo mostr a Fernanda, y tambin ella admiti el
parecido del jinete no slo con el coronel, sino con todos los miembros de la familia, aunque en
verdad era un guerrero trtaro. As se le fue pasando el tiempo, entre el coloso de Rodas y los
encantadores de serpientes, hasta que su esposa le anunci que no quedaban ms de seis kilos
de carne salada y un saco de arroz en el granero.
-Y ahora qu quieres que haga? -pregunt l.
-Yo no s -contest Fernanda-. Eso es asunto de hombres.
-Bueno -dijo Aureliano Segundo-, algo se har cuando escampe.
Sigui ms interesado en la enciclopedia que en el problema domstico, aun cuando tuvo que
conformarse con una piltrafa y un poco de arroz en el almuerzo. Ahora es imposible hacer nada
-deca-. No puede llover toda la vida. Y mientras ms largas le daba a las urgencias del granero,
ms intensa se iba haciendo la indignacin de Fernanda, hasta que sus protestas eventuales, sus
desahogos poco frecuentes, se desbordaron en un torrente incontenible, desatado, que empez
una maana como el montono bordn de una guitarra, y que a medida que avanzaba el da fue
subiendo de tono, cada vez ms rico, ms esplndido. Aureliano Segundo no tuvo conciencia de
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hecho ilusiones con el resto de la familia, pero de todos modos tena derecho a esperar un poco
de ms consideracin de parto do su esposo, puesto que bien o mal era su cnyuge de
sacramento, su autor, su legtimo perjudicador, que se ech encima por voluntad libre y soberana
la grave responsabilidad de sacarla del solar paterno, donde nunca se priv ni se doli de nada,
donde teja palmas fnebres por gusto de entretenimiento, puesto que su padrino haba mandado
una carta con su firma y el sello de su anillo impreso en el lacre, slo para decir que las manos de
su ahijada no estaban hechas para menesteres de este mundo, como no fuera tocar el clavicordio
y, sin embargo, el insensato de su marido la haba sacado de su casa con todas las admoniciones
y advertencias y la haba llevado a aquella paila de infierno donde no se poda respirar de calor, y
antes de que ella acabara de guardar sus dietas de Pentecosts ya se haba ido con sus bales
trashumantes y su acorden de perdulario a holgar en adulterio con una desdichada a quien
bastaba con verle las nalgas, bueno, ya estaba dicho, a quien bastaba con verle menear las
nalgas de potranca para adivinar que era una, que era una, todo lo contrario de ella, que era una
dama en el palacio o en la pocilga, en la mesa o en la cama, una dama de nacin, temerosa de
Dios, obediente de sus leyes y sumisa a su designio, y con quien no poda hacer, por supuesto,
las maromas y vagabundinas que haca con la otra, que por supuesto se prestaba a todo, como
las matronas francesas, y peor an, pensndolo bien, porque stas al menos tenan la honradez
de poner un foco colorado en la puerta, semejantes porqueras, imagnese, ni ms faltaba, con la
hija nica y bienamada de doa Renata Argote y don Fernando del Carpio, y sobre todo de ste,
por supuesto, un santo varn, un cristiano de los grandes, Caballero de la Orden del Santo
Sepulcro, de esos que reciben directamente de Dios el privilegio de conservarse intactos en la
tumba, con la piel tersa como raso de novia y los Ojos vivos y difanos como las esmeraldas.
-Eso s no es cierto -la interrumpi Aureliano Segundo-, cuando lo trajeron ya apestaba.
Haba tenido la paciencia de escucharla un da entero, hasta sorprendera en una falta.
Fernanda no le hizo caso, pero baj la voz. Esa noche, durante la cena, el exasperante zumbido
de la cantaleta haba derrotado al rumor de la lluvia. Aureliano Segundo comi muy poco, con la
cabeza baja, y se retir temprano al dormitorio. En el desayuno del da siguiente Fernanda estaba
trmula, con aspecto de haber dormido mal, y pareca desahogada por completo de sus rencores
Sin embargo, cuando su marido pregunt si no sera posible comerse un huevo tibio, ella no
contest simplemente que desde la semana anterior se haban acabado los huevos, sino que
elabor una virulenta diatriba contra los hombres que se pasaban el tiempo adorndose el
ombligo y luego tenan la cachaza de pedir hgados de alondra en la mesa. Aureliano Segundo
llev a los nios a ver la enciclopedia, como siempre, y Fernanda fingi poner orden en el
dormitorio de Memo, slo para que l la oyera murmurar que, por supuesto, se necesitaba tener
la cara dura para decirles a los pobres inocentes que el coronel Aureliano Buenda estaba
retratado en la enciclopedia. En la tarde, mientras los nios hacan la siesta, Aureliano Segundo
se sent en el corredor, y hasta all lo persigui Fernanda, provocndolo, atormentndolo,
girando en torno de l con su implacable zumbido de moscardn, diciendo que, por supuesto,
mientras ya no quedaban ms que piedras para comer, su marido se sentaba como un sultn de
Persia a contemplar la lluvia, porque no era ms que eso, un mampoln, un mantenido, un bueno
para nada, ms flojo que el algodn de borla, acostumbrado a vivir de las mujeres, y convencido
de que se haba casado con la esposa de Jons, que se qued tan tranquila con el cuento de la
ballena. Aureliano Segundo la oy ms de dos horas, impasible, como si fuera sordo. No la
interrumpi hasta muy avanzada la tarde cuando no pudo soportar ms la resonancia de bombo
que le atormentaba la cabeza.
-Cllate ya, por favor -suplic.
Fernanda, por el contrario, levant el tono. No tengo por qu callarme -dijo-. El que no quiera
orme que se vaya. Entonces Aureliano Segundo perdi el dominio. Se incorpor sin prisa, como
si slo pensara estirar los huesos, y con una furia perfectamente regulada y metdica fue
agarrando uno tras otro los tiestos de begonias, las macetas de helechos, los potes de organo, y
uno tras otro los fue despedazando contra el suelo. Fernanda se asust, pues en realidad no
haba tenido hasta entonces una conciencia clara de la tremenda fuerza interior de la cantaleta,
pero ya era tarde para cualquier tentativa de rectificacin. Embriagado por el torrente
incontenible del desahogo, Aureliano Segundo rompi el cristal de la vidriera, y una por una, sin
apresurarse, fue sacando las piezas de la vajilla y las hizo polvo contra el piso. Sistemtico,
sereno, con la misma parsimonia con que haba empapelado la casa de billetes, fue rompiendo
luego contra las paredes la cristalera de Bohemia, los floreros pintados a mano, los cuadros de
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las doncellas en barcas cargadas de rosas, los espejos de marcos dorados, y todo cuanto era
rompible desde la sala hasta el granero, y termin con la tinaja de la cocina que se revent en el
centro del patio con una explosin profunda. Luego se lav las manos, se ech encima el lienzo
encerado, y antes de medianoche volvi con unos tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de
arroz y maz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de pltanos. Desde entonces no volvieron
a faltar las cosas de comer.
Amaranta rsula y el pequeo Aureliano haban de recordar el diluvio como una poca feliz. A
pesar del rigor de Fernanda, chapaleaban en los pantanos del patio, cazaban lagartos para
descuartizarlos y jugaban a envenenar la sopa echndole polvo de alas de mariposas en los
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semejanza con el hermano gemelo se fue otra vez acentuando, no slo por el escurrimiento de la
figura, sino por el aire distante y la actitud ensimismada. No volvi a ocuparse de los nios.
Coma a cualquier hora, embarrado de pies a cabeza, y lo haca en un rincn de la cocina,
contestando apenas a las preguntas ocasionales de Santa Bofia de la Piedad. Vindolo trabajar en
aquella forma, como nunca so que pudiera hacerlo, Fernanda crey que su temeridad era
diligencia, y que si' codicia era abnegacin y que su tozudez era perseverancia, y le remordieron
las entraas por la virulencia con que haba despotricado contra su desidia. Pero Aureliano
Segundo no estaba entonces para reconciliaciones misericordiosas. Hundido hasta el cuello en
una cinaga de ramazones muertas y flores podridas, volte al derecho y al revs el suelo del
jardn despus de haber terminado con el patio y el traspatio, y barren tan profundamente los
cimientos de la galera oriental de la casa, que una noche despertaron aterrorizados por lo que
pareca ser un cataclismo, tanto por las trepidaciones como por el pavoroso crujido subterrneo,
y era que tres aposentos se estaban desbarrancando y se haba abierto una grieta de escalofro
desde el corredor hasta el dormitorio de Fernanda. Aureliano Segundo no renunci por eso a la
exploracin. Aun cuando ya se haban extinguido las ltimas esperanzas y lo nico que pareca
tener algn sentido eran las predicciones de las barajas, reforz los cimientos mellados, resan la
grieta con argamasa, y continu excavando en el costado occidental. All estaba todava la
segunda semana del junio siguiente, cuando la lluvia empez a apaciguarse y las nubes se fueron
alzando, y se vio que de un momento a otro iba a escampar. As fue. Un viernes a las dos de la
tarde se alumbr el mundo con un sol bobo, bermejo y spero como polvo de ladrillo, y casi tan
fresco como el agua, y no volvi a llover en diez aos.
Macondo estaba en ruinas. En los pantanos de las calles quedaban muebles despedazados,
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mantener la casa en pie. En el ltimo ao, le haba mandado recados apremiantes a Aureliano
Segundo, y ste le haba contestado que ignoraba cundo volvera a su casa, pero que en todo
caso llevara un cajn de monedas de oro para empedrar el dormitorio. Entonces ella haba
escarbado en su corazn, buscando la fuerza que le permitiera sobrevivir a la desgracia, y haba
encontrado una rabia reflexiva y justa, con la cual haba jurado restaurar la fortuna despilfarrada
por el amante y acabada de exterminar por el diluvio. Fue una decisin tan inquebrantable, que
Aureliano Segundo volvi a su casa ocho meses despus del ltimo recado, y la encontr verde,
desgreada, con los prpados hundidos y la piel escarchada por la sarna, pero estaba escribiendo
nmeros en pedacitos de papel, para hacer una rifa. Aureliano Segundo se qued atnito, y
estaba tan esculido y tan solemne, que Petra Cotes no crey que quien haba vuelto a buscarla
fuera el amante de toda la vida, sino el hermano gemelo.
-Ests loca -dijo l-. A menos que pienses rifar los huesos. Entonces ella le dijo que se
asomara al dormitorio, y Aureliano Segundo vio la mula. Estaba con el pellejo pegado a los
huesos, como la duea, pero tan viva y resuelta como ella. Petra Cotes la haba alimentado con
su rabia, y cuando no tuvo ms hierbas, ni maz, ni races, la alberg en su propio dormitorio y le
dio a comer las sbanas de percal, los tapices persas, los sobrecamas de peluche, las cortinas de
terciopelo y el palio bordado con hilos de oro y borlones de seda de la cama episcopal.
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rsula tuvo que hacer un grande esfuerzo para cumplir su promesa de morirse cuando
escampara. Las rfagas de lucidez que eran tan escasas durante la lluvia, se hicieron ms fre-
cuentes a partir de agosto, cuando empez a soplar el viento rido que sofocaba los rosales y
petrificaba los pantanos, y que acab por esparcir sobre Macondo el polvo abrasante que cubri
para siempre los oxidados techos de cinc y los almendros centenarios. rsula llor de lstima al
descubrir que por ms de tres aos haba quedado para juguete de los nios. Se lav la cara
desorientar a rsula. Pero era tan inflexible su determinacin de no abandonar a los insectos ni el
ms recndito e inservible rincn de la casa, que desbarat cuanto obstculo le atravesaron, y al
cabo de tres das de insistencia consigui que le abrieran el cuarto. Tuvo que agarrarse del quicio
para que no la derribara la pestilencia, pero no le hicieron falta ms de dos segundos para
recordar que ah estaban guardadas las setenta y dos bacinillas de las colegialas, y que en una de
las primeras noches de lluvia una patrulla de soldados haba registrado la casa buscando a Jos
Arcadio Segundo y no haban podido encontrarlo.
-Bendito sea Dios! -exclam, como si lo hubiera visto todo-. Tanto tratar de inculcarte las
buenas costumbres, para que terminaras viviendo como un puerco.
Jos Arcadio Segundo segua releyendo los pergaminos. Lo nico visible en la intrincada
maraa de pelos, eran los dientes rayados de lama verde y los ojos inmviles. Al reconocer la voz
de la bisabuela, movi la cabeza hacia la puerta,, trat de sonrer, y sin saberlo repiti una
antigua frase de rsula.
-Qu quera -murmuro-, el tiempo pasa.
-As es -dijo rsula-, pero no tanto.
Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma rplica que recibi del coronel Aureliano
Buenda en su celda de sentenciado, y una vez ms se estremeci con la comprobacin de que el
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tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo. Pero
tampoco entonces le dio una oportunidad a la resignacin. Rega a Jos Arcadio Segundo como
si fuera un nio, y se empe en que se baara y se afeitara y le prestara su fuerza para acabar
de restaurar casa. La simple idea de abandonar el cuarto que le haba proporcionado la paz,
aterroriz a Jos Arcadio Segundo. Grit que no haba poder humano capaz de hacerlo salir,
porque no quera ver el tren de doscientos vagones cargados de muertos que cada atardecer
parta de Macondo hacia el mar. Son todos los que estaban en la estacin -gritaba-. Tres mil
cuatrocientos ocho. Slo entonces comprendi rsula que l estaba en un mundo de tinieblas
ms impenetrable que el suyo, tan infranqueable y solitario como el del bisabuelo. Lo dej en el
cuarto, pero consigui que no volvieran a poner el candado, que hicieran la limpieza todos los
das, que tiraran las bacinillas a la basura y slo dejaran una, y que mantuvieran a Jos Arcadio
Segundo tan limpio y presentable como estuvo el bisabuelo en su largo cautiverio bajo el castao.
Al principio, Fernanda interpretaba aquel ajetreo como un acceso de locura senil, y a duras penas
reprima la exasperacin. Pero Jos Arcadio le anunci por esa poca desde Roma que pensaba ir
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primeros gallos haciendo y deshaciendo montoncitos de monedas, quitando un poco de aqu para
ponerlo all, de modo que esto alcanzara para contentar a Fernanda, y aquello para los zapatos
de Amaranta rsula, y esto otro para Santa Sofa de la Piedad que no estrenaba un traje desde
los tiempos del ruido, y esto para mandar hacer el cajn si se mora rsula, y esto para el caf
que suba un centavo por libra cada tres meses, y esto para el azcar que cada vez endulzaba
menos, y esto para la lea que todava estaba mojada por el diluvio, y esto otro para el papel y la
tinta de colores de los billetes, y aquello que sobraba para ir amortizando el valor de la ternera de
abril, de la cual milagrosamente salvaron el cuero, porque le dio carbunco sintomtico cuando
estaban vendidos casi todos los nmeros de la rifa. Eran tan puras aquellas misas de pobreza,
que siempre destinaban la mejor parte para Fernanda, y no lo hicieron nunca por remordimiento
ni por caridad, sino porque su bienestar les importaba ms que el de ellos mismos. Lo que en
verdad les ocurra, aunque ninguno de los dos se daba cuenta, era que ambos pensaban en
Fernanda como en la hija que hubieran querido tener y no tuvieron, hasta el punto de que en
cierta ocasin se resignaron a comer mazamorra por tres das para que ella pudiera comprar un
mantel holands. Sin embargo, por ms que se mataban trabajando, por mucho dinero que
escamotearan y muchas triquiuelas que concibieran, los ngeles de la guarda se les dorman de
cansancio mientras ellos ponan y quitaban monedas tratando de que siquiera les alcanzaran para
vivir. En el insomnio que les dejaban las malas cuentas, se preguntaban qu haba pasado en el
mundo para que los animales no parieran con el mismo desconcierto de antes, por qu el dinero
se desbarataba en las manos, y por qu la gente que haca poco tiempo quemaba mazos de
billetes en la cumbiamba, consideraba que era un asalto en despoblado cobrar doce centavos por
la rifa de seis gallinas. Aureliano Segundo pensaba sin decirlo que el mal no estaba en el mundo,
sino en algn lugar recndito del misterioso corazn de Petra Cotes, donde algo haba ocurrido
durante el diluvio que volvi estriles a los animales y escurridizo el dinero. Intrigado con ese
enigma, escarb tan profundamente en los sentimientos de ella, que buscando el inters encontr
el amor porque tratando de que ella lo quisiera termin por quererla. Petra Cotes, por su parte, lo
iba queriendo ms a medida que senta aumentar su cario, y fue as como en la plenitud del
otoo volvi a creer en la supersticin juvenil de que la pobreza era una servidumbre del amor.
Ambos evocaban entonces como un estorbo las parrandas desatinadas, la riqueza aparatosa y la
fornicacin sin frenos, y se lamentaban de cunta vida les haba costado encontrar el paraso de
la soledad compartida. Locamente enamorados al cabo de tantos aos de complicidad estril,
gozaban con el milagro de quererse tanto en la mesa como en la cama, y llegaron a ser tan
felices, que todava cuando eran dos ancianos agotados seguan retozando como conejitos y
pelendose como perros.
Las rifas no dieron nunca para ms. Al principio, Aureliano Segundo ocupaba tres das de la
semana encerrado en su antigua oficina de ganadero, dibujando billete por billete, pintando con
un cierto primor una vaquita roja, un cochinito verde o un grupo de gallinitas azules, segn fuera
el animal rifado, y modelaba con una buena imitacin de las letras de imprenta el nombre que le
pareci bueno a Petra Cotes para bautizar el negocio:
Rifas de la Divina Providencia.
Pero con el
tiempo se sinti tan cansado despus de dibujar hasta dos mil billetes a la semana, que mand a
hacer los animales, el nombre y los nmeros en sellos de caucho, y entonces el trabajo se redujo
a humedecerlos en almohadillas de distintos colores. En sus ltimos aos se les ocurri sustituir
los nmeros por adivinanzas, de modo que el premio se repartiera entre todos los que acertaran,
pero el sistema result ser tan complicado y se prestaba a tantas suspicacias, que desistieron a la
segunda tentativa.
Aureliano Segundo andaba tan ocupado tratando de consolidar el prestigio de sus rifas, que
apenas le quedaba tiempo para ver a los nios, Fernanda puso a Amaranta rsula en una
escuelita privada donde no se reciban ms de seis alumnas, pero se neg a permitir que
Aureliano asistiera a la escuela pblica. Consideraba que ya haba cedido demasiado al aceptar
que abandonara el cuarto. Adems, en las escuelas de esa poca slo se reciban hijos legtimos
de matrimonios catlicos, y en el certificado de nacimiento que haban prendido con una nodriza
en la batita de Aureliano cuando lo mandaron a la casa, estaba registrado como expsito. De
modo que se qued encerrado, a merced de la vigilancia caritativa de Santa Sofa de la Piedad y
de las alternativas mentales de rsula, descubriendo el estrecho mundo de la casa segn se lo
explicaban las abuelas. Era fino, estirado, de una curiosidad que sacaba de quicio a los adultos,
pero al contrario de la mirada inquisitiva y a veces clarividente que tuvo el coronel a su edad, la
suya era parpadeante y un poco distrada. Mientras Amaranta rsula estaba en el parvulario, l
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cazaba lombrices y torturaba insectos en el jardn. Pero una vez en que Fernanda lo sorprendi
metiendo alacranes en una caja para ponerlos en la estera de rsula, lo recluy en el antiguo
dormitorio de Meme, donde se distrajo de sus horas solitarias repasando las lminas de la
enciclopedia. All lo encontr rsula una tarde en que andaba asperjando la casa con agua
serenada y un ramo de ortigas, y a pesar de que haba estado con l muchas veces, le pregunt
quin era.
-Soy Aureliano Buenda -dilo l.
-Es verdad -replic ella-. Ya es hora de que empieces a aprender la platera.
Lo volvi a confundir con su hijo, porque el viento clido que sucedi al diluvio e infundi en el
cerebro de rsula rfagas eventuales de lucidez, haba acabado de pasar. No volvi recobrar la
razn. Cuando entraba al dormitorio, encontraba all a Petronila Iguarn, con el estorboso
miriaque y el saquito de mostacilla que se pona para las visitas de compromiso, y encontraba a
Tranquilina Mara Miniata Alacoque Buenda, su abuela, abanicndose con una pluma de pavorreal
en su mecedor de tullida, y a su bisabuelo Aureliano Arcadio Buenda con su falso dormn de las
guardias virreinales, y a Aureliano Iguarn, su padre, que haba inventado una oracin para que
se achicharraran y se cayeran los gusanos de las vacas, y a la timorata de su madre, y al primo
con la cola de cerdo, y a Jos Arcadio Buenda y a sus hijos muertos, todos sentados en sillas que
haban sido recostadas contra la pared como si no estuvieran en una visita, sino en un velorio.
Ella hilvanaba una chchara colorida, comentando asuntos de lugares apartados y tiempos sin
coincidencia, de modo que cuando Amaranta rsula regresaba de la escuela y Aureliano se
cansaba de la enciclopedia, la encontraban sentada en la cama, hablando sola, y perdida en un
laberinto de muertos. Fuego!, grit una vez aterrorizada, y por un instante sembr el pnico
en la casa, pero lo que estaba anunciando era el incendio de una caballeriza que haba
presenciado a los cuatro aos. Lleg a revolver de tal modo el pasado con la actualidad, que en
las dos o tres rfagas de lucidez que tuvo antes de morir, nadie supo a ciencia cierta si hablaba
de lo que senta o de lo que recordaba. Poco a poco se fue reduciendo, fetizndose,
momificndose en vida, hasta el punto de que en sus ltimos meses era una ciruela pasa perdida
dentro del camisn, y el brazo siempre alzado termin por parecer la pata de una marimonda. Se
quedaba inmvil varios das, y Santa Sofa de la Piedad tena que sacudirla para convencerse de
que estaba viva, y se la sentaba en las piernas para alimentarla con cucharaditas de agua de
azcar. Pareca una anciana recin nacida. Amaranta rsula y Aureliano la llevaban y la traan por
el dormitorio, la acostaban en el altar para ver que era apenas ms grande que el Nio Dios, y
una tarde la escondieron en un armario del granero donde hubieran podido comrsela las ratas.
Un domingo de ramos entraron al dormitorio mientras Fernanda estaba en misa, y cargaron a
rsula por la nuca y los tobillos.
-Pobre la tatarabuelita -dijo Amaranta rsula-, se nos muri de vieja.
rsula se sobresalt.
-Estoy viva! -dijo.
-Ya ves -dijo Amaranta rsula, reprimiendo la risa-, ni siquiera respira.
-Estoy hablando! -grit rsula.
-Ni siquiera habla -dijo Aureliano-. Se muri como un grillito.
Entonces rsula se rindi a la evidencia. Dios mo -exclam en voz baja-. De modo que esto
es la muerte. Inici una oracin interminable, atropellada, profunda, que se prolong por ms
de dos das, y que el martes haba degenerado en un revoltijo de splica a Dios y de consejos
prcticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa, para que nunca dejaran apagar la
lmpara frente al daguerrotipo de Remedios, y para que cuidaran de que ningn Buenda fuera a
casarse con alguien de su misma sangre, porque nacan los hijos con cola de puerco. Aureliano
Segundo trat de aprovechar el delirio para que le confesara dnde estaba el oro enterrado, pero
otra vez fueron intiles las splicas. Cuando aparezca el dueo -dijo rsula- Dios ha de
iluminarlo para que lo encuentre. Santa Sofa de la Piedad tuvo la certeza de que la encontrara
muerta de un momento a otro, porque observaba por esos das un cierto aturdimiento de la
naturaleza: que las rosas olan a quenopodio que se le cay una totuma de garbanzos y los
granos quedaron en el suelo en un orden geomtrico perfecto y en forma de estrella de mar, y
que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados.
Amaneci muerta el jueves santo. La ltima vez que la haban ayudado a sacar la cuenta de su
edad, por los tiempos de la compaa bananera, la haba calculado entre los ciento quince y los
ciento veintids aos. La enterraron en una cajita que era apenas ms grande que la canastilla en
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que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asisti al entierro, en parte porque no eran muchos
quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese medioda hubo tanto calor que los pjaros
desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompan las mallas metlicas
de las ventanas para morirse en los dormitorios.
Al principio se crey que era una peste. Las amas de casa se agotaban de tanto barrer pjaros
muertos, sobre todo a la hora de la siesta, y los hombres los echaban al ro por carretadas. El
domingo de resurreccin, el centenario padre Antonio Isabel afirm en el plpito que la muerte de
los pjaros obedeca a la mala influencia del Judo Errante, que l mismo haba visto la noche
anterior. Lo describi como un hbrido de macho cabro cruzado con hembra hereje, una bestia
infernal cuyo aliento calcinaba el aire y cuya visita determinara la concepcin de engendros por
las recin casadas. No fueron muchos quienes prestaron atencin a su pltica apocalptica,
porque el pueblo estaba convencido de que el prroco desvariaba a causa de la edad, Pero una
mujer despert a todos al amanecer del mircoles, porque encontr unas huellas de bpedo de
pezua hendida. Eran tan ciertas e inconfundibles, que quienes fueron a verlas no pusieron en
duda la existencia de una criatura espantosa semejante a la descrita por el prroco, y se
asociaron para montar trampas en sus patios. Fue as como lograron la captura. Dos semanas
despus de la muerte de rsula, Petra Cotes y Aureliano Segundo despertaron sobresaltados por
un llanto de becerro descomunal que les llegaba del vecindario. Cuando se levantaron, ya un
grupo de hombres estaba desensartando al monstruo de las afiladas varas que haban parado en
el fondo de una fosa cubierta con hojas secas, y haba dejado de berrear. Pesaba como un buey,
a pesar de que su estatura no era mayor que la de un adolescente, y de sus heridas manaba una
sangre verde y untuosa. Tena el cuerpo cubierto de una pelambre spera, plagada de garrapatas
menudas, y el pellejo petrificado por una costra de rmora, pero al contrario de la descripcin del
prroco, sus partes humanas eran ms de ngel valetudinario que de hombre, porque las manos
eran tersas y hbiles, los ojos grandes y crepusculares, y tena en los omoplatos los muones
cicatrizados y callosos de unas alas potentes, que debieron ser desbastadas con hachas de
labrador. Lo colgaron por los tobillos en un almendro de la plaza, para que nadie se quedara sin
verlo y cuando empez a pudrirse lo incineraron en una hoguera, porque no se pudo determinar
si su naturaleza bastarda era de animal para echar en el ro o de cristiano para sepultar. Nunca se
estableci si en realidad fue por l que se murieron los pjaros, pero las recin casadas no
concibieron los engendros anunciados, ni disminuy la intensidad del calor.
Rebeca muri a fines de ese ao. Argnida, su criada de toda la vida, pidi ayuda a las
autoridades para derribar la puerta del dormitorio donde su patrona estaba encerrada desde
haca tres das, y la encontraron en la cama solitaria, enroscada como un camarn, con la cabeza
pelada por la tia y el pulgar metido en la boca. Aureliano Segundo se hizo cargo del entierro, y
trat de restaurar la casa para venderla, pero la destruccin estaba tan encarnizada en ella que
las paredes se desconchaban acabadas de pintar, y no hubo argamasa bastante gruesa para
impedir que la cizaa triturara los pisos y la hiedra pudriera los horcones.
Todo andaba as desde el diluvio. La desidia de la gente contrastaba con la voracidad del
olvido, que poco a poco iba carcomiendo sin piedad los recuerdos, hasta el extremo de que por
esos tiempos, en un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia, llegaron a Macondo unos
emisarios del presidente de la repblica para entregar por fin la condecoracin varias veces
rechazada por el coronel Aureliano Buenda, y perdieron toda una tarde buscando a alguien que
les indicara dnde podan encontrar a algunos de sus descendientes. Aureliano Segundo estuvo
tentado de recibirla, creyendo que era una medalla de oro macizo, pero Petra Cotes lo persuadi
de la indignidad cuando ya los emisarios aprestaban bandos y discursos para la ceremonia.
Tambin por esa poca volvieron los gitanos, los ltimos herederos de la ciencia de Melquades, y
encontraron el pueblo tan acabado y a sus habitantes tan apartados del resto del mundo, que
volvieron a meterse en las casas arrastrando fierros imantados como si de veras fueran el ltimo
descubrimiento de los sabios babilonios, y volvieron a concentrar los rayos solares con la lupa
gigantesca, y no falt quien se quedara con la boca abierta viendo caer peroles y rodar calderos,
y quienes pagaran cincuenta centavos para asombrarse con una gitana que se quitaba y se pona
la dentadura postiza. Un desvencijado tren amarillo que no traa ni se llevaba a nadie, y que
apenas se detena en la estacin desierta, era lo nico que quedaba del tren multitudinario en el
cual enganchaba el seor Brown su vagn con techo de vidrio y poltronas de obispo, y de los
trenes fruteros de ciento veinte vagones que demoraban pasando toda una tarde. Los delegados
curiales que haban ido a investigar el informe sobre la extraa mortandad de los pjaros y el
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sacrificio del Judo Errante, encontraron al padre Antonio Isabel jugando con los nios a la gallina
ciega, y creyendo que su informe era producto de una alucinacin senil, se lo llevaron a un asilo.
Poco despus mandaron al padre Augusto ngel, un cruzado de las nuevas hornadas,
intransigente, audaz, temerario, que tocaba personalmente las campanas varias veces al da para
que no se aletargaran los espritus, y que andaba de casa en casa despertando a los dormilones
para que fueran a misa, pero antes de un ao estaba tambin vencido por la negligencia que se
respiraba en el aire, por el polvo ardiente que todo lo envejeca y atascaba, y por el sopor que le
causaban las albndigas del almuerzo en el calor insoportable de la siesta,
A la muerte de rsula, la casa volvi a caer en un abandono del cual no la podra rescatar ni
siquiera una voluntad tan resuelta y vigorosa como la de Amaranta rsula, que muchos arios
despus, siendo una mujer sin prejuicios, alegre y moderna, con los pies bien asentados en el
mundo, abri puertas y ventanas para espantar la ruina, restaur el jardn, extermin las
hormigas coloradas que ya andaban a pleno da por el corredor, y trat intilmente de despertar
el olvidado espritu de hospitalidad. La pasin claustral de Fernanda puso un dique infranqueable
a los cien aos torrenciales de rsula. No slo se neg a abrir las puertas cuando pas el viento
rido, sino que hizo clausurar las ventanas con crucetas de madera, obedeciendo a la consigna
paterna de enterrarse en vida. La dispendiosa correspondencia con los mdicos invisibles termin
en un fracaso. Despus de numerosos aplazamientos, se encerr en su dormitorio en la fecha y la
hora acordadas, cubierta solamente por una sbana blanca y con la cabeza hacia el norte, y a la
una de la madrugada sinti que le taparon la cara con un pauelo embebido en un lquido glacial.
Cuando despert, el sol brillaba en la ventana y ella tena una costura brbara en forma de arco
que empezaba en la ingle y terminaba en el esternn. Pero antes de que cumpliera el reposo
previsto recibi una carta desconcertada de los mdicos invisibles, quienes decan haberla
registrado durante seis horas sin encontrar nada que correspondiera a los sntomas tantas veces
y tan escrupulosamente descritos por ella. En realidad, su hbito pernicioso de no llamar las
cosas por su nombre haba dado origen a una nueva confusin, pues lo nico que encontraron los
cirujanos telepticos fue un descendimiento del tero que poda corregirse con el uso de un
pesario. La desilusionada Fernanda trat de obtener una informacin ms precisa, pero los co-
rresponsales ignotos no volvieron a contestar sus cartas. Se sinti tan agobiada por el peso de
una palabra desconocida, que decidi amordazar la vergenza para preguntar qu era un pesario,
y slo entonces supo que el mdico francs se haba colgado de una viga tres meses antes, y
haba sido enterrado contra la voluntad del pueblo por un antiguo compaero de armas del
coronel Aureliano Buenda. Entonces se confi a su hijo Jos Arcadio, y ste le mand los pesarios
desde Roma, con un folletito explicativo que ella ech al excusado despus de aprendrselo de
memoria, para que nadie fuera a conocer la naturaleza de sus quebrantos. Era una precaucin
intil, porque las nicas personas que vivan en la casa apenas si la tomaban en cuenta. Santa
Sofa de la Piedad vagaba en una vejez solitaria, cocinando lo poco que se coman, y casi por
completo dedicada al cuidado de Jos Arcadio Segundo. Amaranta rsula, heredera de ciertos
encantos de Remedios, la bella, ocupaba en hacer sus tareas escolares el tiempo que antes
perda en atormentar a rsula, y empezaba a manifestar un buen juicio y una consagracin a los
estudios que hicieron renacer en Aureliano Segundo la buena esperanza que le inspiraba Meme.
Le haba prometido mandarla a terminar sus estudios en Bruselas, de acuerdo con una costumbre
establecida en los tiempos de la compaa bananera, y esa ilusin lo haba llevado a tratar de
revivir las tierras devastadas por el diluvio. Las pocas veces que entonces se le vea en la casa,
era por Amaranta rsula, pues con el tiempo se haba convertido en un extrao para Fernanda, y
el pequeo Aureliano se iba volviendo esquivo y ensimismado a medida que se acercaba a la
pubertad. Aureliano Segundo confiaba en que la vejez ablandara el corazn de Fernanda, para
que el nio pudiera incorporarse a la vida de un pueblo donde seguramente nadie se hubiera
tomado el trabajo de hacer especulaciones suspicaces sobre su origen. Pero el propio Aureliano
pareca preferir el encierro y la soledad, y no revelaba la menor malicia por conocer el mundo que
empezaba en la puerta de la calle. Cuando rsula hizo abrir el cuarto de Melquades, l se dio a
rondarlo, a curiosear por la puerta entornada, y nadie supo en qu momento termin vinculado a
Jos Arcadio Segundo por un afecto recproco. Aureliano Segundo descubri esa amistad mucho
tiempo despus de iniciada, cuando oy al nio hablando de la matanza de la estacin. Ocurri un
da en que alguien se lament en la mesa de la ruina en que se hundi el pueblo cuando lo
abandon la compaa bananera, y Aureliano lo contradijo con una madurez y una versacin de
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lugar prspero y bien encaminado hasta que lo desorden y lo corrompi y lo exprimi la com-
paa bananera, cuyos ingenieros provocaron el diluvio como un pretexto para eludir
compromisos con los trabajadores. Hablando con tan buen criterio que a Fernanda le pareci una
parodia sacrlega de Jess entre los
doctores, el nio describi con detalles precisos y
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le vea recorrer el pueblo, aun en los barrios ms apartados y miserables, tratando de vender los
billetitos con una ansiedad que slo era concebible en un moribundo. Aqu est la Divina
Providencia -pregonaba-. No la dejen ir, que slo llega una vez cada cien aos. Haca
conmovedores esfuerzos por parecer alegre, simptico, locuaz, pero bastaba verle el sudor y la
palidez para saber que no poda con su alma. A veces se desviaba por predios baldos, donde
nadie lo viera, y se sentaba un momento a descansar de las tenazas que lo despedazaban por
dentro. Todava a la medianoche estaba en el barrio de tolerancia, tratando de consolar con pr-
dicas de buena suerte a las mujeres solitarias que sollozaban junto a las victrolas. Este nmero
no sale hace cuatro meses -les deca, mostrndoles los billetitos-. No lo dejes ir, que la vida es
desgracia. Segn sus clculos, ese fondo le alcanzaba para los estudios, as que slo quedaba
pendiente el valor del pasaje de regreso. Fernanda se opuso al viaje hasta el ltimo momento,
escandalizada con la idea de que Bruselas estuviera tan cerca de la perdicin de Pars, pero se
tranquiliz con una carta que le dio el padre ngel para una pensin de jvenes catlicas atendida
por religiosas, donde Amaranta rsula prometi vivir hasta el trmino de sus estudios. Adems,
el prroco consigui que viajara al cuidado de un grupo de franciscanas que iban para Toledo,
donde esperaban encontrar gente de confianza para mandarla a Blgica. Mientras se adelantaba
la apresurada correspondencia que hizo posible esta coordinacin, Aureliano Segundo, ayudado
por Petra Cotes, se ocup del equipaje de Amaranta rsula. La noche en que prepararon uno de
los bales nupciales de Fernanda, las cosas estaban tan bien dispuestas que la estudiante saba
de memoria cules eran los trajes y las babuchas de pana con que deba hacer la travesa del
Atlntico, y el abrigo de pao azul con botones de cobre, y los zapatos de cordobn con que deba
desembarcar. Saba tambin cmo deba caminar para no caer al agua cuando subiera a bordo
por la plataforma, que en ningn momento deba separarse de las monjas ni salir del camarote
como no fuera para comer, y que por ningn motivo deba contestar a las preguntas que los des-
conocidos de cualquier sexo le hicieran en alta mar. Llevaba un frasquito con gotas para el mareo
y un cuaderno escrito de su puo y letra por el padre ngel, con seis oraciones para conjurar la
tempestad. Fernanda le fabric un cinturn de lona para que guardara el dinero, y le indic la
forma de usarlo ajustado al cuerpo, de modo que no tuviera que quitrselo ni siquiera para
dormir. Trat de regalarle la bacinilla de oro lavada con leja y desinfectada con alcohol, pero
Amaranta rsula la rechaz por miedo de que se burlaran de ella sus compaeras de colegio.
Pocos meses despus, a la hora de la muerte, Aureliano Segundo haba de recordarla como la vio
la ltima vez, tratando de bajar sin conseguirlo el cristal polvoriento del vagn de segunda clase,
para escuchar las ltimas recomendaciones de Fernanda. Llevaba un traje de seda rosada con un
ramito de pensamientos artificiales en el broche del hombro izquierdo; los zapatos de cordobn
con trabilla y tacn bajo, y las medias satinadas con ligas elsticas en las pantorrillas. Tena el
cuerpo menudo, el cabello suelto y largo y los ojos vivaces que tuvo rsula a su edad, y la forma
en que se despeda sin llorar pero sin sonrer, revelaba la misma fortaleza de carcter.
Caminando junto al vagn a medida que aceleraba, y llevando a Fernanda del brazo para que no
fuera a tropezar, Aureliano Segundo apenas pudo corresponderle con un saludo de la mano,
cuando la hija le mand un beso con la punta de los dedos. Los esposos permanecieron inmviles
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bajo el sol abrasante, mirando cmo el tren se iba confundiendo con el punto negro del horizonte,
y tomados del brazo por primera vez desde el da de la boda.
El nueve de agosto, antes de que se recibiera la primera carta de Bruselas, Jos Arcadio
Segundo conversaba con Aureliano en el cuarto de Melquades, y sin que viniera a cuento dijo:
-Acurdate siempre de que eran ms de tres mil y que los echaron al mar.
Luego se fue de bruces sobre los pergaminos, y muri con los ojos abiertos. En ese mismo
instante, en la cama de Fernanda, su hermano gemelo lleg al final del prolongado y terrible
martirio de los cangrejos de hierro que le carcomieron la garganta. Una semana antes haba
vuelto a la casa, sin voz, sin aliento y casi en los puros huesos, con sus bales trashumantes y su
acorden de perdulario, para cumplir la promesa de morir junto a la esposa. Petra Cotes lo ayud
a recoger sus ropas y lo despidi sin derramar una lgrima, pero olvid darle los zapatos de
charol que l quera llevar en el atad. De modo que cuando supo que haba muerto, se visti de
negro, envolvi los botines en un peridico, y le pidi permiso a Fernanda para ver al cadver.
Fernanda no la dej pasar de la puerta.
-Pngase en mi lugar -suplic Petra Cotes-. Imagnese cunto lo habr querido para soportar
esta humillacin.
-No hay humillacin que no la merezca una concubina
-replic Fernanda-. As que espere a que se muera otro de los tantos para ponerle esos
botines.
En cumplimiento de su promesa, Santa Sofa de la Piedad degoll con un cuchillo de cocina el
cadver de Jos Arcadio Segundo para asegurarse de que no lo enterraran vivo, Los cuerpos
fueron puestos en atades iguales, y all se vio que volvan a ser idnticos en la muerte, como lo
fueron hasta la adolescencia. Los viejos compaeros de parranda de Aureliano Segundo pusieron
sobre su caja una corona que tena una cinta morada con un letrero:
Apartense vacas que la vida
es corta.
Fernanda se indign tanto con la irreverencia que mand tirar la corona en la basura. En
el tumulto de ltima hora, los borrachitos tristes que los sacaron de la casa confundieron los
atades y los enterraron en tumbas equivocadas.
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Aureliano no abandon en mucho tiempo el cuarto de Melquades. Se aprendi de memoria las
leyendas fantsticas del libro desencuadernado, la sntesis de los estudios de Hermann, el tullido;
los apuntes sobre la ciencia demonolgica, las claves de la piedra filosofal, las centurias de
Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que lleg a la adolescencia sin saber
nada de su tiempo, pero con los conocimientos bsicos del hombre medieval. A cualquier hora
que entrara en el cuarto, Santa Sofa de la Piedad lo encontraba absorto en la lectura. Le llevaba
al amanecer un tazn de caf sin azcar, y al medioda un plato de arroz con tajadas de pltano
fritas, que era lo nico que se coma en la casa despus de la muerte de Aureliano Segundo. Se
preocupaba por cortarle el pelo, por sacarle las liendres, por adaptarle la ropa vieja que
encontraba en bales olvidados, y cuando empez a despuntarle el bigote le llev la navaja
barbera y la totumita para la espuma del coronel Aureliano Buenda. Ninguno de los hijos de ste
se le pareci tanto, ni siquiera Aureliano Jos, sobre todo por los pmulos pronunciados, y la lnea
resuelta y un poco despiadada de los labios. Como le ocurri a rsula con Aureliano segundo
cuando ste estudiaba en el cuarto, Santa Sofa de la piedad crea que Aureliano hablaba solo. En
realidad, conversaba con Melquades. Un medioda ardiente, poco despus de la muerte de los
gemelos, vio contra la reverberacin de la ventana al anciano lgubre con el sombrero de alas de
cuervo, como la materializacin de un recuerdo que estaba en su memoria desde mucho antes de
nacer. Aureliano haba terminado de clasificar el alfabeto de los pergaminos. As que cuando
Melquiades le pregunt si haba descubierto en qu lengua estaban escritos, l no vacil para
contestar.
-En snscrito -dijo.
Melquades le revel que sus oportunidades de volver al cuarto estaban contadas. Pero se iba
tranquilo a las praderas de la muerte definitiva, porque Aureliano tena tiempo de aprender el
snscrito en los aos que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo y pudieran ser
descifrados. Fue l quien le indic que en el callejn que terminaba en el ro, y donde en los
tiempos de la compaa bananera se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueos, un sabio
cataln tena una tienda de libros donde haba un
Sanskrit Primer
que sera devorado por las
polillas seis aos despus si l no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida
Santa Sofa de la Piedad dej traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando
Aureliano le pidi que le llevara el libro que haba de encontrar entre la
Jerusaln Libertada
y los
poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo rengln de los anaqueles. Como no saba
leer, se aprendi de memoria la parrafada, y consigui el dinero con la venta de uno de los
diecisiete pescaditos de oro que quedaban en el taller, y que slo ella y Aureliano saban dnde
los haban puesto la noche en que los soldados registraron la casa.
Aureliano avanzaba en los estudios del snscrito, mientras Melquades iba hacindose cada vez
menos asiduo y ms lejano, esfumndose en la claridad radiante del medioda. La ltima vez que
Aureliano lo sinti era apenas una presencia invisible que murmuraba: He muerto de fiebre en
los mdanos de Singapur. El cuarto se hizo entonces vulnerable al polvo, al calor, al comejn, a
las hormigas coloradas, a las polillas que haban de convertir en aserrn la sabidura de los libros
y los pergaminos.
En la casa no faltaba qu comer. Al da siguiente de la muerte de Aureliano Segundo, uno de
los amigos que haban llevado la corona con la inscripcin irreverente le ofreci pagarle a
Fernanda un dinero que le haba quedado debiendo a su esposo. A partir de entonces, un
mandadero llevaba todos los mircoles un canasto con cosas de comer, que alcanzaban bien para
una semana. Nadie supo nunca que aquellas vituallas las mandaba Petra Cotes, con la idea de
que la caridad continuada era una forma de humillar a quien la haba humillado. Sin embargo, el
rencor se le disip mucho ms pronto de lo que ella misma esperaba, y entonces sigui
mandando la comida por orgullo y finalmente por compasin. Varias veces, cuando le faltaron
nimos para vender billetitos y la gente perdi el inters por las rifas, se qued ella sin comer
para que comiera Fernanda, y no dej de cumplir el compromiso mientras no vio pasar su
entierro.
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Para Santa Sofa de la Piedad la reduccin de los habitantes de la casa deba haber sido el
descanso a que tena derecho despus de ms de medio siglo de trabajo. Nunca se le haba odo
un lamento a aquella mujer sigilosa, impenetrable, que sembr en la familia los grmenes
anglicos de Remedios, la bella, y la misteriosa solemnidad de Jos Arcadio Segundo; que
consagr toda una vida de soledad y silencio a la crianza de unos nios que apenas si recordaban
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haba alzado con nada. Se quem los dedos tratando de prender un fogn por primera vez en la
vida, y tuvo que pedirle a Aureliano el favor de ensearle a preparar el caf. Con el tiempo, fue l
quien hizo los oficios de cocina. Al levantarse, Fernanda encontraba el desayuno servido, y slo
volva a abandonar el dormitorio para coger la comida que Aureliano le dejaba tapada en
rescoldo, y que ella llevaba a la mesa para comrsela en manteles de lino y entre candelabros,
sentada en una cabecera solitaria al extremo de quince sillas vacas. Aun en esas circunstancias,
Aureliano y Fernanda no compartieron la soledad, sino que siguieron viviendo cada uno en la
suya, haciendo la limpieza del cuarto respectivo, mientras la telaraa iba nevando los rosales,
tapizando las vigas, acolchonando las paredes. Fue por esa poca que Fernanda tuvo la impresin
de que la casa se estaba llenando de duendes. Era como si los objetos, sobre todo los de uso
diario, hubieran desarrollado la facultad de cambiar de lugar por sus propios medios. A Fernanda
se le iba el tiempo en buscar las tijeras que estaba segura de haber puesto en la cama y, despus
de revolverlo todo, las encontraba en una repisa de la cocina, donde crea no haber estado en
cuatro das. De pronto no haba un tenedor en la gaveta de los cubiertos, y encontraba seis en el
altar y tres en el lavadero. Aquella caminadera de las cosas era ms desesperante cuando se
sentaba a escribir. El tintero que pona a la derecha apareca a la izquierda, la almohadilla del
papel secante se le perda, y la encontraba dos das despus debajo de la almohada, y las
pginas escritas a Jos Arcadio se le confundan con las de Amaranta rsula, y siempre andaba
con la mortificacin de haber metido las cartas en sobres cambiados, como en efecto le ocurri
varias veces. En cierta ocasin perdi la pluma. Quince das despus se la devolvi el cartero que
la haba encontrado en su bolsa, y andaba buscando al dueo de casa en casa. Al principio, ella
crey que eran cosas de los mdicos invisibles, como la desaparicin de los pesarios, y hasta
empez a escribirles una carta para suplicarles que la dejaran en paz, pero haba tenido que
interrumpirla para hacer algo, y cuando volvi al cuarto no slo no encontr la carta empezada,
sino que se olvid del propsito de escribirla. Por un tiempo pens que era Aureliano. Se dio a
vigilarlo, a poner objetos a su paso tratando de sorprenderlo en el momento en que los cambiara
de lugar, pero muy pronto se convenci de que Aureliano no abandonaba el cuarto de Melquades
sino para ir a la cocina o al excusado, y que no era hombre de burlas. De modo que termin por
creer que eran travesuras de duendes, y opt por asegurar cada cosa en el sitio donde tena que
usarla. Amarr las tijeras con una larga pita en la cabecera de la cama. Amarr el plumero y la
almohadilla del papel secante en la pata de la mesa, y peg con goma el tintero en la tabla, a la
derecha del lugar en que sola escribir. Los problemas no se resolvieron de un da para otro, pues
a las pocas horas de costura ya la pita de las tijeras no alcanzaba para cortar, como si los
duendes la fueran disminuyendo. Le ocurra lo mismo con la pita de la pluma, y hasta con su
propio brazo, que al poco tiempo de estar escribiendo no alcanzaba el tintero.
Ni Amaranta rsula, en Bruselas, ni Jos Arcadio, en Roma, se enteraron jams de esos
insignificantes infortunios. Fernanda les contaba que era feliz, y en realidad lo era, justamente
porque se senta liberada de todo compromiso, como si la vida la hubiera arrastrado otra vez
hasta el mundo de sus padres, donde no se sufra con los problemas diarios porque estaban
resueltos de antemano en la imaginacin. Aquella correspondencia interminable le hizo perder el
sentido del tiempo, sobre todo despus de que se fue Santa Bofia de la Piedad. Se haba acos-
tumbrado a llevar la cuenta de los das, los meses y los aos, tomando como puntos de referencia
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castellano no significaba nada: eran versos cifrados. Aureliano careca de elementos para
establecer las claves que le permitieran desentraarlos, pero como Melquades le haba dicho que
en la tienda del sabio cataln estaban los libros que le haran falta para llegar al fondo de los
pergaminos, decidi hablar con Fernanda para que le permitiera ir a buscarlos. En el cuarto
devorado por los escombros, cuya proliferacin incontenible haba terminado por derrotarlo,
pensaba en la forma ms adecuada de formular la solicitud, se anticipaba a las circunstancias,
calculaba la ocasin ms adecuada, pero cuando encontraba a Fernanda retirando la comida del
rescoldo, que era la nica oportunidad para hablarle, la solicitud laboriosamente premeditada se
le atragantaba, y se le perda la voz. Fue aquella la nica vez en que la espi. Estaba pendiente
de sus pasos en el dormitorio. La oa ir hasta la puerta para recibir las cartas de sus hijos y
entregarle las suyas al cartero, y escuchaba hasta muy altas horas de la noche el trazo duro y
apasionado de la pluma en el papel, antes de or el ruido del interruptor y el murmullo de las
oraciones en la oscuridad. Slo entonces se dorma, confiando en que el da siguiente le dara la
oportunidad esperada. Se ilusion tanto con la idea de que el permiso no le sera negado que una
maana se cort el cabello que ya le daba a los hombros, se afeit la barba enmaraada, se puso
unos pantalones estrechos y una camisa de cuello postizo que no saba de quin haba heredado,
y esper en la cocina a que Fernanda fuera a desayunar. No lleg la mujer de todos los das, la
de la cabeza alzada y la andadura ptrea, sino una anciana de una hermosura sobrenatural, con
una amarillenta capa de armio, una corona de cartn dorado, y la conducta lnguida de quien ha
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madre, donde Aureliano haba vaporizado mercurio durante cuatro meses en el atanor del abuelo
de su abuelo, para conservar el cuerpo segn la frmula de Melquades. Jos Arcadio no hizo
ninguna pregunta. Le dio un beso en la frente al cadver, le sac de debajo de la falda la
faltriquera de jareta donde haba tres pesarios todava sin usar, y la llave del ropero. Haca todo
con ademanes directos y decididos, en contraste con su languidez. Sac del ropero un cofrecito
damasquinado con el escudo familiar, y encontr en el interior perfumado de sndalo la carta
voluminosa en que Fernanda desahog el corazn de las incontables verdades que le haba
ocultado. La ley de pie, con avidez pero sin ansiedad, y en la tercera pgina se detuvo, y
examin a Aureliano con una mirada de segundo reconocimiento.
-Entonces -dijo con una voz que tena algo de navaja de afeitar-, t eres el bastardo.
-Soy Aureliano Buenda.
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a la calle cuando aflojaba el calor de la siesta, y no regresaba hasta muy entrada la noche.
Entonces continuaba su deambular angustioso, respirando como un gato, y pensando en
Amaranta. Ella, y la mirada espantosa de los santos en el fulgor de la lmpara nocturna, eran los
dos recuerdos que conservaba de la casa. Muchas veces, en el alucinante agosto romano, haba
abierto los ojos en mitad del sueo, y haba visto a Amaranta surgiendo de un estanque de
mrmol brocatel, con su pollerines de encaje y su venda en la mano, idealizada por la ansiedad
del exilio. Al contrario de Aureliano Jos, que trat de sofocar aquella imagen en el pantano
sangriento de la guerra, l trataba de mantenerla viva en un cenagal de concupiscencia, mientras
entretena a su madre con la patraa sin trmino de la vocacin pontificia. Ni a l ni a Fernanda
se les ocurri pensar nunca que su correspondencia era un intercambio de fantasas. Jos
Arcadio, que abandon el seminario tan pronto como lleg a Roma, sigui alimentando la leyenda
de la teologa y el derecho cannico, para no poner en peligro la herencia fabulosa de que le
hablaban las cartas delirantes de su madre, y que haba de rescatarlo de la miseria y la sordidez
que comparta con dos amigos en una buhardilla del Trastevere. Cuando recibi la ltima carta de
Fernanda, dictada por el presentimiento de la muerte inminente, meti en una maleta los ltimos
desperdicios de su falso esplendor, y atraves el ocano en una bodega donde los emigrantes se
apelotaban como reses de matadero, comiendo macarrones fros y queso agusanado. Antes de
leer el testamento de Fernanda, que no era ms que una minuciosa y tarda recapitulacin de
infortunios, ya los muebles desvencijados y la maleza del corredor le haban indicado que estaba
metido en una trampa de la cual no saldra jams, para siempre exiliado de la luz de diamante y
el aire inmemorial de la primavera romana. En los insomnios agotadores del asma, meda y volva
a medir la profundidad de su desventura, mientras repasaba la casa tenebrosa donde los
aspavientos seniles de rsula le infundieron el miedo del mundo. Para estar segura de no
perderlo en las tinieblas, ella le haba asignado un rincn del dormitorio, el nico donde podra
estar a salvo de los muertos que deambulaban por la casa desde el atardecer. Cualquier cosa
mala que hagas -le deca rsula- me la dirn los santos. Las noches pvidas de su infancia se
redujeron a ese rincn, donde permaneca inmvil hasta la hora de acostarse, sudando de miedo
en un taburete, bajo la mirada vigilante y glacial de los santos acusetas. Era una tortura intil,
porque ya para esa poca l tena terror de todo lo que lo rodeaba, y estaba preparado para
asustarse de todo lo que encontrara en la vida: las mujeres de la calle, que echaban a perder la
sangre; las mujeres de la casa, que paran hijos con cola de puerco; los gallos de pelea, que
provocaban muertes de hombres y remordimientos de conciencia para el resto de la vida; las
armas de fuego, que con slo tocarlas condenaban a veinte aos de guerra; las empresas
desacertadas, que slo conducan al desencanto y la locura, y todo, en fin, todo cuanto Dios haba
creado con su infinita bondad, y que el diablo haba pervertido. Al despertar, molido por el torno
de las pesadillas, la claridad de la ventana y las caricias de Amaranta en la alberca, y el deleite
con que lo empolvaba entre las piernas con una bellota de seda, lo liberaban del terror. Hasta
rsula era distinta bajo la luz radiante del jardn, porque all no le hablaba de cosas de pavor,
sino que le frotaba los dientes con polvo de carbn para que tuviera la sonrisa radiante de un
Papa, y le cortaba y le pula las uas para que los peregrinos que llegaban a Roma de todo el
mbito de la tierra se asombraran de la pulcritud de las manos del Papa cuando les echara la
bendicin, y lo peinaba como un Papa, y lo ensopaba con agua florida para que su cuerpo y sus
ropas tuvieran la fragancia de un Papa. En el patio de Castelgandolfo l haba visto al Papa en un
balcn, pronunciando el mismo discurso en siete idiomas para una muchedumbre de peregrinos,
y lo nico que en efecto le haba- llamado la atencin era la blancura de sus manos, que parecan
maceradas en leja, el resplandor deslumbrante de sus ropas de verano, y su recndito hlito de
agua de colonia.
Casi un ao despus del regreso a la casa, habiendo vendido para comer los candelabros de
plata y la bacinilla herldica que a la hora de la verdad slo tuvo de oro las incrustaciones del
escudo, la nica distraccin de Jos Arcadio era recoger nios en el pueblo para que jugaran en la
casa. Apareca con ellos a la hora de la siesta, y los haca saltar la cuerda en el jardn, cantar en
el corredor y hacer maromas en los muebles de la sala, mientras l iba por entre los grupos
impartiendo lecciones de buen comportamiento. Para esa poca haba acabado con los pantalones
estrechos y la camisa de seda, y usaba una muda ordinaria comprada en los almacenes de los
rabes, pero segua manteniendo su dignidad lnguida y sus ademanes papales. Los nios se
tomaron la casa como lo hicieron en el pasado las compaeras de Meme. Hasta muy entrada la
noche se les oa cotorrear y cantar y bailar zapateados, de modo que la casa pareca un internado
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sin disciplina. Aureliano no se preocup de la invasin mientras no fueron a molestarlo en el
cuarto de Melquades. Una maana, dos nios empujaron la puerta, y se espantaron ante la
visin del hombre cochambroso y peludo que segua descifrando los pergaminos en la mesa de
trabajo. No se atrevieron a entrar, pero siguieren rondando la habitacin. Se asomaban
cuchicheando por las hendijas, arrojaban animales vivos por las claraboyas, y en una ocasin
clavetearon por fuera la puerta y la ventana, y Aureliano necesit medio da para forzarlas.
Divertidos por la impunidad de sus travesuras, cuatro nios entraron otra maana en el cuarto,
mientras Aureliano estaba en la cocina, dispuestos a destruir los pergaminos. Pero tan pronto
como se apoderaron de los pliegos amarillentos, una fuerza anglica los levant del suelo, y los
mantuvo suspendidos en el aire, hasta que regres Aureliano y les arrebat los pergaminos.
Desde entonces no volvieron a molestarlo.
Los cuatro nios mayores, que usaban pantalones cortos a pesar de que ya se asomaban a la
adolescencia, se ocupaban de la apariencia personal de Jos Arcadio. Llegaban ms temprano que
los otros, y dedicaban la maana a afeitarle, a darle masajes con toallas calientes, a cortarle y
pulirle las uas de las manos y los pies, a perfumarle con agua florida. En varias ocasiones se
metieron en la alberca, para jabonarlo de pies a cabeza, mientras l flotaba boca arriba,
pensando en Amaranta. Luego le secaban, le empolvaban el cuerpo, y lo vestan. Une de los
nios, que tena el cabello rubio y crespo, y los ojos de vidries rosados como les conejos, sola
dormir en la casa. Eran tan firmes los vnculos que lo unan a Jos Arcadio que le acompaaba en
sus insomnios de asmtico, sin hablar, deambulando con l por la casa en tinieblas. Una noche
vieren en la alcoba donde dorma rsula un resplandor amarillo a travs del cemento cristalizado
come si un sol subterrneo hubiera convertido en vitral el piso del dormitorio. No tuvieren que
encender el foco. Les bast con levantar las placas quebradas del rincn donde siempre estuve la
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movilidad haban vuelto dbiles y torpes. Era tan cierta su indiferencia por el mundo que peces
das despus Jos Arcadio viol la promesa que haba hecho a su madre, y le dej en libertad
para salir cuando quisiera.
-No tengo nada que hacer en la calle -le contest Aureliano.
Sigui encerrado, absorto en los pergaminos que peco a poco iba desentraando, y cuyo
sentido, sin embargo, no lograba interpretar. Jos Arcadio le llevaba al cuarto rebanadas de ja-
mn, flores azucaradas que dejaban en la boca un regusto primaveral, y en des ocasiones un
vaso de buen vino. No se interes en los pergaminos, que consideraba ms bien como un
entretenimiento esotrico, pero le llam la atencin la rara sabidura y el inexplicable
conocimiento del mundo que tena aquel pariente desolado. Supo entonces que era capaz de
comprender el ingls escrito, y que entre pergamino y pergamino haba ledo de la primera
pgina a la ltima, come si fuera una novela, los seis tomos de la enciclopedia. A eso atribuy al
principio el que Aureliano pudiera hablar de Roma como si hubiera vivido all muchos aos, pero
muy pronto se dio cuenta de que tena conocimientos que no eran enciclopdicos, como los
precios de las cosas. Todo se sabe
, fue la nica respuesta que recibi de Aureliano, cuando le
pregunt cmo haba obtenido aquellas informaciones. Aureliano, por su parte, se sorprendi de
que Jos Arcadio visto de cerca fuera tan distinto de la imagen que se haba formado de l
cuando lo vea deambular por la casa. Era capaz de rer, de permitirse de vez en cuando una
nostalgia del pasado de la casa, y de preocuparse por el ambiente de miseria en que se
encontraba el cuarto de Melquades. Aquel acercamiento entre des solitarios de la misma sangre
estaba muy lejos de la amistad, pero les permiti a ambos sobrellevar mejor la insondable
soledad que al mismo tiempo los separaba y les una. Jos Arcadio pude entonces acudir a
Aureliano para desenredar ciertos problemas domsticos que lo exasperaban. Aureliano, a su vez,
poda sentarse a leer en el corredor, recibir las cartas de Amaranta rsula que seguan llegando
con la puntualidad de siempre, y usar el bao de donde lo haba desterrado Jos Arcadio desde su
llegada.
Una calurosa madrugada ambos despertaren alarmados por unes golpes apremiantes en la
puerta de la calle. Era un anciano oscuro, con unes ojos grandes y verdes que le daban a su
rostro una fosforescencia espectral, y con una cruz de ceniza en la frente. Las ropas en piltrafas,
los zapatos rotos, la vieja mochila que llevaba en el hombre como nico equipaje, le daban el
aspecto de un pordiosero, pero su conducta tena una dignidad que estaba en franca
contradiccin con su apariencia. Bastaba con verlo una vez, aun en la penumbra de la sala, para
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enorme y tumefacto, y todava pensando en Amaranta. Slo entonces comprendi cunto haba
empezado a quererlo.
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Amaranta rsula regres con los primeros ngeles de diciembre, empujada por brisas de
velero, llevando al espose amarrado por el cuello con un cordel de seda. Apareci sin ningn
anuncio, con un vestido color de marfil, un hilo de perlas que le daba casi a las rodillas, sortijas
de esmeraldas y topacios, y el cabello redondo y liso rematado en las orejas con puntas de
golondrinas. El hombre con quien se haba casado seis meses antes era un flamenco madure,
esbelto, con aires de navegante. No tuvo sino que empujar la puerta de la sala para comprender
que su ausencia haba sido ms prolongada y demoledora de le que ella supona.
-Dios mo -grit, ms alegre que alarmada-, cmo se ve que no hay una mujer en esta casa!
El equipaje no caba en el corredor. Adems del antiguo bal de Fernanda con que la
mandaron al colegio, llevaba des roperos verticales, cuatro maletas grandes, un talego para las
sombrillas, ocho cajas de sombreros, una jaula gigantesca con medie centenar de canarios, y el
velocpedo del marido, desarmado dentro de un estuche especial que permita llevarlo come un
violoncelo. Ni siquiera se permiti un da de descanso al cabo del largo viaje. Se puso un gastado
overol de lienzo que haba llevado el esposo con otras prendas de motorista, y emprendi una
nueva restauracin de la casa. Desband las hormigas coloradas que ya se haban apoderado del
corredor, resucit los rosales, arranc la maleza de raz, y volvi a sembrar helechos, organos y
begonias en los tiestos del pasamanos. Se puso al frente de una cuadrilla de carpinteros,
cerrajeros y albailes que resanaron las grietas de los pisos, enquiciaren puertas y ventanas,
renovaron les muebles y blanquearen las paredes por dentro y por fuera, de modo que tres
meses despus de su llegada se respiraba otra vez el aire de juventud y de fiesta que hubo en les
tiempos de la pianola. Nunca se vio en la casa a nadie con mejor humor a toda hora y en
cualquier circunstancia, ni a nadie ms dispuesto a cantar y bailar, y a tirar la basura las cosas y
las costumbres revenidas. De un escobazo acab con los recuerdos funerarios y los montones de
cherembecos intiles y aparatos de supersticin que se apelotonaban en los rincones, y lo nico
que conserv, por gratitud a rsula, fue el daguerrotipo de Remedios en la sala. Miren qu lujo -
gritaba muerta de risa-. Una bisabuela de catorce aos! Cuando uno de les albailes le cont
que la casa estaba poblada de aparecidos, y que el nico modo de espantarlos era buscando los
tesoros que haban dejado enterrados, ella replic entre carcajadas que no crea en supersticiones
de hombres. Era tan espontnea, tan emancipada, con un espritu tan moderno y libre, que
Aureliano no supo qu hacer con el cuerpo cuando la vio llegar. Qu brbaro! -grit ella, feliz,
con los brazos abiertos-. Miren cmo ha crecido mi adorado antropfago! Antes de que l
tuviera tiempo de reaccionar, ya ella haba puesto un disco en el gramfono porttil que llev
consigo, y estaba tratando de ensearle los bailes de moda. Lo oblig a cambiarse les esculidos
pantalones que hered del coronel Aureliano Buenda, le regal camisas juveniles y zapatos de
des colores, y lo empujaba a la calle cuando pasaba mucho tiempo en el cuarto de Melquades.
Activa, menuda, indomable, como rsula, y casi tan bella y provocativa como Remedies, la
bella, estaba dotada de un raro instinto para anticiparse a la moda. Cuando reciba por correo les
figurines ms recientes, apenas le servan para comprobar que no se haba equivocado en les
modelos que inventaba, y que cosa en la rudimentaria mquina de manivela de Amaranta.
Estaba suscrita a cuanta revista de modas, informacin artstica y msica popular se publicaba en
Europa, y apenas les echaba una ojeada para darse cuenta de que las cosas iban en el mundo
como ella las imaginaba. No era comprensible que una mujer con aquel espritu hubiera
regresado a un pueblo muerte, deprimido por el polvo y el calor, y menos con un marido que
tena dinero de sobra para vivir bien en cualquier parte del mundo, y que la amaba tanto que se
haba sometido a ser llevado y trado por ella con el dogal de seda. Sin embargo, a medida que el
tiempo pasaba era ms evidente su intencin de quedarse, pues no conceba planes que no fue-
ran a largo plazo, ni tomaba determinaciones que no estuvieran orientadas a procurarse una vida
cmoda y una vejez tranquila en Macondo. La jaula de canarios demostraba que esos propsitos
no eran improvisados. Recordando que su madre le haba contado en una carta el exterminio de
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el cielo de Macondo. Esa fue la ms lamentable de sus numerosas iniciativas frustradas. A medida
que los pjaros se reproducan, Amaranta rsula los iba soltando por parejas, y ms tardaban en
sentirse libres que en fugarse del pueblo. En vano procur encariarles con la pajarera que
construy rsula en la primera restauracin. En vano les falsific nidos de esparto en los
almendros, y reg alpiste en los techos y alborot a los cautivos para que sus cantos disuadieran
a los desertores, porque stos se remontaban a la primera tentativa y daban una vuelta en el
cielo, apenas el tiempo indispensable para encontrar el rumbo de regreso a las islas Afortunadas.
Un ao despus del retorne, aunque no hubiera conseguido entablar una amistad ni promover
una fiesta, Amaranta rsula segua creyendo que era posible rescatar aquella comunidad elegida
por el infortunio. Gastn, su marido, se cuidaba de no contrariara, aunque desde el medioda
mortal en que descendi del tren comprendi que la determinacin de su mujer haba sido
provocada por un espejismo de la nostalgia. Seguro de que sera derrotada por la realidad, no se
tom siquiera el trabajo de armar el velocpedo, sino que se dio a perseguir los huevos ms
lcidos entre las telaraas que desprendan les albailes, y los abra con las uas y se gastaba las
horas contemplando con una lupa las araitas minsculas que salan del interior. Ms tarde,
creyendo que Amaranta rsula continuaba con las reformas por no dar su brazo a torcer, resolvi
armar el aparatoso velocpedo cuya rueda anterior era mucho ms grande que la posterior, y se
dedic a capturar y disecar cuanto insecto aborigen encontraba en los contornos, que remita en
frascos de mermelada a su antiguo profesor de histeria natural de la Universidad de Lieja, donde
haba hecho estudios avanzados en entomologa aunque su vocacin dominante era la de
aeronauta. Cuando andaba en el velocpedo usaba pantalones de acrbata, medias de gaitero y
cachucha de detective, pero cuando andaba de a pie vesta de lino crudo, intachable, con zapatos
blancos, corbatn de seda, sombrero canotier y una vara de mimbre en la mano. Tena unas
pupilas plidas que acentuaban su aire de navegante, y un bigotito de pelos de ardilla. Aunque
era por lo menos quince aos mayor que su mujer, sus gustos juveniles, su vigilante
determinacin de hacerla feliz, y sus virtudes de buen amante, compensaban la diferencia. En
realidad, quienes vean aquel cuarentn de hbitos cautelosos, con su sedal al cuello y su
bicicleta de circo, no hubieran pedido pensar que tena con su joven esposa un pacte de amor
desenfrenado, y que ambos cedan al apremio recproco en los lugares menos adecuados y donde
los sorprendiera la inspiracin, como le hicieron desde que empezaron a verse, y con una pasin
que el transcurso del tiempo y las circunstancias cada vez ms inslitas iban profundizando y
enriqueciendo. Gastn no slo era un amante feroz, de una sabidura y una imaginacin
inagotables, sine que era tal vez el primer hombre en la historia de la especie que hizo un
aterrizaje de emergencia y estuvo a punto de matarse con su novia slo por hacer el amor en un
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se hacia llevar en el tren pescados y mariscos en cajas de hielo, carnes en latas y frutas
almibaradas, que era lo nico que poda comer, y segua vistindose a la moda europea y
recibiendo figurines por correo, a pesar de que no tena dnde ir ni a quin visitar, y de que a
esas alturas su marido careca de humor para apreciar sus vestidos cortos, sus fieltros ladeados y
recibi la misma respuesta que Jos Arcadio:
Todo se sabe. Adems del snscrito, Aureliano haba aprendido el ingls y el francs, y algo
del latn y del griego. Como entonces sala todas las tardes, y Amaranta rsula le haba asignado
una suma semanal para sus gastos personales, su cuarto pareca una seccin de la librera del
sabio cataln. Lea con avidez hasta muy altas horas de la noche, aunque por la forma en que se
refera a sus lecturas, Gastn pensaba que no compraba los libros para informarse sino para
verificar la exactitud de sus conocimientos, y que ninguno le interesaba ms que los pergaminos,
a los cuales dedicaba las mejores horas de la maana. Tanto a Gastn como a su esposa les
habra gustado incorporarlo a la vida familiar, pero Aureliano era hombre hermtico, con una
nube de misterio que el tiempo iba haciendo ms densa. Era una condicin tan infranqueable, que
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pjaros moribundos, y los habitantes abatidos por los recuerdos. Trat de reconstruir con la
imaginacin el arrasado esplendor de la antigua ciudad de la compaa bananera, cuya piscina
seca estaba llena hasta los bordes de podridos zapatos de hombre y zapatillas de mujer, y en
cuyas casas desbaratadas por la cizaa encontr el esqueleto de un perro alemn todava atado a
una argolla con una cadena de acere, y un telfono que repicaba, repicaba, repicaba, hasta que l
lo descolg, entendi le que una mujer angustiada y remota preguntaba en ingls, y le contest
que s, que la huelga haba terminado, que los tres mil muertos haban sido echados al mar, que
la compaa bananera se haba ido, y que Macondo estaba por fin en paz desde haca muchos
aos. Aquellas correras lo llevaron al postrado barrio de tolerancia, donde en otros tiempos se
quemaban mazos de billetes para animar la cumbiamba, y que entonces era un vericueto de
calles ms afligidas y miserables que las otras, con algunos focos rojos todava encendidos, y con
yermos salones de baile adornados con piltrafas de guirnaldas, donde las macilentas y gordas
viudas de nadie, las bisabuelas francesas y las matriarcas babilnicas, continuaban esperando
junto a las victrolas. Aureliano no encontr quien recordara a su familia, ni siquiera al coronel
Aureliano Buenda, salvo el ms antiguo de los negros antillanos, un anciano cuya cabeza
algodonada le daba el aspecto de un negativo de fotografa, que segua cantando en el prtico de
la casa los salmos lgubres del atardecer. Aureliano conversaba con l en el enrevesado
papiamento que aprendi en pocas semanas, y a veces comparta el caldo de cabezas de gallo
que preparaba la bisnieta, una negra grande, de huesos slidos, caderas de yegua y tetas de
melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por un duro capacete de pelos de
alambre, que pareca el almfar de un guerrero medieval. Se llamaba Nigromanta. Por esa poca,
Aureliano viva de vender cubiertos, palmatorias y otros chcheres de la casa. Cuando andaba sin
un cntimo, que era lo ms frecuente, consegua que en las fondas del mercado le regalaran las
cabezas de gallo que iban a tirar en la basura, y se las llevaba a Nigromanta para que le hiciera
sus sopas aumentadas con verdolaga y perfumadas con hierbabuena. Al morir el bisabuelo,
Aureliano dej de frecuentar la casa, pero se encontraba a Nigromanta baje los oscuros
almendros de la plaza, cautivando con sus silbos de animal montuno a los escasos
trasnochadores. Muchas veces la acompa, hablando en papiamento de las sopas de cabezas de
gallo y otras exquisiteces de la miseria, y hubiera seguido hacindolo si ella no lo hubiera hecho
caer en la cuenta de que su compaa le ahuyentaba la clientela. Aunque algunas veces sinti la
tentacin, y aunque a la propia Nigromanta le hubiera parecido una culminacin natural de la
nostalgia compartida, no se acostaba con ella. De modo que Aureliano segua siendo virgen
cuando Amaranta rsula regres a Macondo y le dio un abrazo fraternal que lo dej sin aliento.
Cada vez que la vea, y peor an cuando ella le enseaba los bailes de moda, l senta el mismo
desamparo de esponjas en los huesos que turb a su tatarabuelo cuando Pilar Ternera le puso
pretextes de barajas en el granero. Tratando de sofocar el tormento, se sumergi ms a fondo en
los pergaminos y eludi los halagos inocentes de aquella ta que emponzoaba sus noches con
efluvios de tribulacin, pero mientras ms la evitaba, con ms ansiedad esperaba su risa
pedregosa, sus aullidos de gata feliz y sus canciones de gratitud, agonizando de amor a cualquier
hora y en los lugares menos pensados de la casa. Una noche, a diez metros de su cama, en el
mesn de platera, los espesos del vientre desquiciado desbarataron la vidriera y terminaren
amndose en un charco de cido muritico. Aureliano no slo no pudo dormir un minuto, sino que
pas el da siguiente con calentura, sollozando de rabia. Se le hizo eterna la llegada de la primera
noche en que esper a Nigromanta a la sombra de los almendros, atravesado por las agujas de
hielo de la incertidumbre, y apretando en el puo el peso con cincuenta centavos que le haba
pedido a Amaranta rsula, no tanto porque los necesitara, como para complicarla, envilecera y
prostituira de algn modo con su aventura. Nigromanta lo llev a su cuarto alumbrado con
veladoras de superchera, a su cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y su
cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada, que se prepar para despachara como si fuera
un nio asustado, y se encontr de pronto con un hombre cuyo poder tremendo exigi a sus en-
traas un movimiento de reacomodacin ssmica.
Se hicieron amantes. Aureliano ocupaba la maana en descifrar pergaminos, y a la hora de la
siesta iba al dormitorio soporfero donde Nigromanta lo esperaba para ensearle a hacer primero
como las lombrices, luego come los caracoles y por ltimo como los cangrejos, hasta que tena
que abandonarlo para acechar amores extraviados. Pasaron varias semanas antes de que
Aureliano descubriera que ella tena alrededor de la cintura un cintillo que pareca hecho con una
cuerda de violoncelo, pero que era duro como el acero y careca de remate, porque haba nacido
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y crecido con ella. Casi siempre, entre amor y amor, coman desnudos en la cama, en el calor
alucinante y baje las estrellas diurnas que el xido iba haciendo despuntar en el techo de cinc.
Era la primera vez que Nigromanta tena un hombre fijo, un machucante de planta, como ella
misma deca muerta de risa, y hasta empezaba a hacerse ilusiones de corazn cuando Aureliano
le confi su pasin reprimida por Amaranta rsula, que no haba conseguido remediar con la
sustitucin, sino que le iba torciendo cada vez ms las entraas a medida que la experiencia
ensanchaba el horizonte del amor. Entonces Nigromanta sigui recibindolo con el mismo calor de
siempre, pero se hizo pagar los servicios con tanto rigor, que cuando Aureliano no tena dinero se
los cargaba en la cuenta que no llevaba con nmeros sine con rayitas que iba trazando con la ua
del pulgar detrs de la puerta. Al anochecer, mientras ella se quedaba barloventeando en las
sombras de la plaza, Aureliano pasaba por el corredor como un extrao, saludando apenas a
Amaranta rsula y a Gastn que de ordinario cenaban a esa hora, y volva a encerrarse en el
cuarto, sin poder leer ni escribir, ni siquiera pensar, por la ansiedad que le provocaban las risas,
los cuchichees, los retozos preliminares, y luego las explosiones de felicidad agnica que
colmaban las noches de la casa. sa era su vida dos aos antes de que Gastn empezara a
esperar el aeroplano, y segua siendo igual la tarde en que fue a la librera del sabio cataln y
encontr a cuatro muchachos despotricadores, encarnizados en una discusin sobre los mtodos
de matar cucarachas en la Edad Media. El viejo librero, conociendo la aficin de Aureliano por
libros que slo haba ledo Beda el Venerable, lo inst con una cierta malignidad paternal a que
terciara en la controversia, y l ni siquiera tom aliento para explicar que las cucarachas, el
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esa comida era verdad. Aureliano, cuyo mundo de entonces empezaba en los pergaminos de
Melquades y terminaba en la cama de Nigromanta encontr en el burdelito imaginario una cura
de burro para la timidez. Al principio no lograba llegar a ninguna parte, en unos cuartos donde la
duea entraba en los mejores momentos del amor y haca toda clase de comentarios sobre los
encantos ntimos de los protagonistas. Pero con el tiempo lleg a familiarizarse tanto con aquellos
percances del mundo, que una noche ms desquiciada que las otras se desnud en la salita de
recibo y recorri la casa llevando en equilibrio una botella de cerveza sobre su masculinidad in-
concebible. Fue l quien puso de moda las extravagancias que la propietaria celebraba con su
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Cantabria anunciada por San Milln. De pronto, sin interrumpir la pltica, movido por un impulso
que dorma en l desde sus orgenes, Aureliano puso su mano sobre la de ella, creyendo que
aquella decisin final pona trmino a la zozobra. Sin embargo, ella le agarr el ndice con la
inocencia cariosa con que lo hizo muchas veces en la infancia, y lo tuvo agarrado mientras l
segua contestando sus preguntas. Permanecieron as, vinculados por un ndice de hielo que no
transmita nada en ningn sentido, hasta que ella despert de su sueo momentneo y se dio
una palmada en la frente. Las hormigas!, exclam. Y entonces se olvid de los manuscritos,
lleg hasta la puerta con un paso de baile, y desde all le mand a Aureliano con la punta de los
dedos el mismo beso con que se despidi de su padre la tarde en que la mandaron a Bruselas.
-Despus me explicas -dijo-. Se me haba olvidado que hoy es da de echar cal en los huecos
de las hormigas.
Sigui yendo al cuarto ocasionalmente, cuando tena algo que hacer por esos lados, y
permaneca all breves minutos, mientras su marido continuaba escrutando el cielo. Ilusionado
con aquel cambio, Aureliano se quedaba entonces a comer en familia, como no lo haca desde los
primeros meses del regrese de Amaranta rsula. A Gastn le agrad. En las conversaciones de
sobremesa, que solan prolongarse por ms de una hora, se dola de que sus socios le estuvieran
engaando. Le haban anunciado el embarque del aeroplano en un buque que no llegaba, y
aunque sus agentes martimos insistan en que no llegara nunca porque no figuraba en las listas
de les barcos del Caribe, sus socios se obstinaban en que el despacho era correcto, y hasta
insinuaban la posibilidad de que Gastn les mintiera en sus cartas. La correspondencia alcanz tal
grado de suspicacia recproca, que Gastn opt por no volver a escribir, y empez a sugerir la
posibilidad de un viaje rpido a Bruselas, para aclarar las cosas, y regresar con el aeroplano. Sin
embargo, el proyecto se desvaneci tan pronto como Amaranta rsula reiter su decisin de no
moverse de Macondo aunque se quedara sin marido. En los primeros tiempos, Aureliano
comparti la idea generalizada de que Gastn era un tonto en velocpedo, y eso le suscit un
vago sentimiento de piedad. Ms tarde, cuando obtuvo en los burdeles una informacin ms
profunda sobre la naturaleza de los hombres, pens que la mansedumbre de Gastn tena origen
en la pasin desmandada. Pero cuando lo conoci mejor, y se dio cuenta de que su verdadero
carcter estaba en contradiccin con su conducta sumisa, concibi la maliciosa sospecha de que
hasta la espera del aeroplano era una farsa. Entonces pens que Gastn no era tan tonto como lo
aparentaba, sino al contrario, un hombre de una constancia, una habilidad y una paciencia
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hora con un cacareo ensordecedor. En los corrales de alambre que rodeaban la pista de baile, y
entre grandes camelias amaznicas, haba garzas de colores, caimanes cebados como cerdos,
serpientes de doce cascabeles, y una tortuga de concha dorada que se zambulla en un minsculo
ocano artificial. Haba un perrazo blanco, manso y pederasta, que sin embargo prestaba
servicios de padrote para que le dieran de comer. El aire tena una densidad ingenua, como si lo
acabaran de inventar, y las bellas mulatas que esperaban sin esperanza entre ptalos sangrientos
y discos pasados de moda, conocan oficios de amor que el hombre haba dejado olvidados en el
paraso terrenal. La primera noche en que el grupo visit aquel invernadero de ilusiones, la
esplndida y taciturna anciana que vigilaba el ingreso en un mecedor de bejuco, sinti que el
tiempo regresaba a sus manantiales primarios, cuando entre los cinco que llegaban descubri un
hombre seo, cetrino, de pmulos trtaros, marcado para siempre y desde el principio del mundo
por la viruela de la soledad.
-Ay -suspir- Aureliano!
Estaba viendo otra vez al coronel Aureliano Buenda, como lo vio a la luz de una lmpara
mucho antes de las guerras, mucho antes de la desolacin de la gloria y el exilio del desencanto,
la remota madrugada en que l fue a su dormitorio para impartir la primera orden de su vida: la
orden de que le dieran amor. Era Pilar Ternera. Aos antes, cuando cumpli los ciento cuarenta y
cinco, haba renunciado a la perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su edad, y continuaba
viviendo en el tiempo esttico y marginal de los recuerdes, en un futuro perfectamente revelado y
establecido, ms all de los futuros perturbados por las acechanzas y las suposiciones insidiosas
de las barajas.
Desde aquella noche, Aureliano se haba refugiado en la ternura y la comprensin compasiva
de la tatarabuela ignorada. Sentada en el mecedor de bejuco, ella evocaba el pasado, reconstrua
la grandeza y el infortunio de la familia y el arrasado esplendor de Macondo, mientras lvaro
asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrpito, y Alfonso inventaba la historia
truculenta de los alcaravanes que les sacaron los ojos a picotazos a cuatro clientes que se
portaron mal la semana anterior, y Gabriel estaba en el cuarto de la mulata pensativa que no
cobraba el amor con dinero, sino con cartas para un novio contrabandista que estaba preso al
otro lado del Orinoco, porque los guardias fronterizos lo haban purgado y lo haban sentado
luego en una bacinilla que qued llena de mierda con diamantes. Aquel burdel verdadero, con
aquella duea maternal, era el mundo con que Aureliano haba soado en su prolongado
cautiverio. Se senta tan bien, tan prximo al acompaamiento perfecto, que no pens en otro
refugio la tarde en que Amaranta rsula le desmigaj las ilusiones. Fue dispuesto a desahogarse
con palabras, a que alguien le zafara los nudos que le opriman el pecho, pero slo consigui
soltarse en un llanto fluido y clido y reparador, en el regazo de Pilar Ternera. Ella lo dej
terminar, rascndole la cabeza con la yema de los dedos, y sin que l le hubiera revelado que
estaba llorando de amor ella reconoci de inmediato el llanto ms antiguo de la historia del
hombre.
-Bueno, niito -lo consol-: ahora dime quin es.
Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar Ternera emiti una risa profunda, la antigua risa expansiva
que haba terminado por parecer un cucurrucuteo de palomas. No haba ningn misterio en el
corazn de un Buenda que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de
experiencia le haba enseado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones
irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no
haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje.
-No te preocupes -sonri-, En cualquier lugar en que est ahora, ella te est esperando.
Eran las cuatro y media de la tarde, cuando Amaranta rsula sali del bao. Aureliano la vio
pasar frente a su cuarto, con una bata de pliegues tenues y una toalla enrollada en la cabeza
como un turbante. La sigui casi en puntillas, tambalendose de la borrachera y entr al
dormitorio nupcial en el momento en que ella se abri la bata y se la volvi a cerrar espantada.
Hizo una seal silenciosa hacia el cuarto contiguo, cuya puerta estaba entreabierta, y donde
Aureliano sabia que Gastn empezaba a escribir una carta.
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta rsula se defenda sinceramente, con astucias de
hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras
trataba de destroncarle los riones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uas, pero sin
que l ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiracin de alguien que
contemplara el parsimonioso crepsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una
batalla a muerte, que, sin embargo, pareca desprovista de toda violencia, porque estaba hecha
de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que
entre una y otra haba tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastn olvidara sus
sueos de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran des amantes enemigos tratando de
reconciliarse en el fondo de un estanque difano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso
forcejeo, Amaranta rsula comprendi que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que
habra podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho ms que los estrpitos de
guerra que trataban de evitar. Entonces empez a rer con los labios apretados, sin renunciar a la
lucha, pero defendindose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco,
hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cmplices, y la brega
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Gabriel Garca Mrquez
Pilar Ternera muri en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su
paraso. De acuerdo con su ltima voluntad, la enterraron sin atad, sentada en el mecedor que
ocho hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la pista de
baile. Las mulatas vestidas de negro, plidas de llanto, improvisaban oficios de tinieblas mientras
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con que haba llegado, frunci sus prpados de almejas, seal con una especie de bendicin
procaz los montones de libros con los que habla sobrellevado el exilio, y dijo a sus amigos:
-Ah les dejo esa mierda!
Tres meses despus se recibieron en un sobre grande veintinueve cartas y ms de cincuenta
retratos, que se le haban acumulado en los ocios de altamar. Aunque no pona fechas, era
evidente el orden en que haba escrito las cartas. En las primeras contaba con su humor habitual
las peripecias de la travesa, las ganas que le dieron de echar por la borda al sobrecargo que no
le permiti meter los tres cajones en el camarote, la imbecilidad lcida de una seora que se
aterraba con el nmero 13, no por supersticin sino porque le pareca un nmero que se haba
quedado sin terminar, y la apuesta que se gan en la primera cena porque reconoci en el agua
de a bordo el sabor a remolachas nocturnas de los manantiales de Lrida. Con el transcurso de
los das, sin embargo, la realidad de a bordo le importaba cada vez menos, y hasta los
acontecimientos ms recientes y triviales le parecan dignos de aoranza, porque a medida que el
barco se alejaba, la memoria se le iba volviendo triste. Aquel proceso de nostalgizacin pro-
gresiva era tambin evidente en los retratos. En los primeros pareca feliz, con su camisa de
invlido y su mechn nevado, en el cabrilleante octubre del Caribe. En los ltimos se le vea con
un abrigo oscuro y una bufanda de seda, plido de s mismo y taciturnado por la ausencia, en la
cubierta de un barco de pesadumbre que empezaba a sonambular por ocanos otoales. Germn
y Aureliano le contestaban las cartas. Escribi tantas en los primeros meses, que se sentan
entonces ms cerca de l que cuando estaba en Macondo, y casi se aliviaban de la rabia de que
se hubiera ido. Al principio mandaba a decir que todo segua igual, que en la casa donde naci
estaba todava el caracol rosado, que los arenques secos tenan el mismo sabor en la yesca de
pan, que las cascadas de la aldea continuaban perfumndose al atardecer. Eran otra vez las hojas
de cuaderno rezurcidas con garrapatitas moradas, en las cuales dedicaba un prrafo especial a
cada uno. Sin embargo, y aunque l mismo no pareca advertirlo, aquellas cartas de recuperacin
y estmulo se iban transformando poco a poco en pastorales de desengao. En las noches de
invierno, mientras herva la sopa en la chimenea, aoraba el calor de su trastienda, el zumbido
del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que
aoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de caf y las
alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos,
perdi su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que termin por recomendarles a todos que
se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto l les haba enseado del mundo y del corazn
humano, que se cagarn en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran
siempre que et pasado era mentira, que la memoria no tena caminos de regreso, que toda la
primavera antigua era irrecuperable, y que el amor ms desatinado y tenaz era de todos modos
una verdad efmera.
lvaro fue el primero que atendi el consejo de abandonar a Macondo. Lo vendi todo, hasta el
tigre cautivo que se burlaba de los transentes en el patio de su casa, y compr un pasaje eterno
en un tren que nunca acababa de viajar. En las tarjetas postales que mandaba desde las
estaciones intermedias, describa a gritos las imgenes instantneas que haba visto por la
ventanilla del vagn, y era como ir haciendo trizas y tirando al olvido el largo poema de la
fugacidad: los negros quimricos en los algodonales de la Luisiana, los caballos alados en la
hierba azul de Kentucky, los amantes griegos en el crepsculo infernal de Arizona, la muchacha
de suter rojo que pintaba acuarelas en los lagos de Michigan, y que le hizo con los pinceles un
adis que no era de despedida sino de esperanza, porque ignoraba que estaba viendo pasar un
tren sin regreso. Luego se fueron Alfonso y Germn, un sbado, con la idea de regresar el lunes,
y nunca se volvi a saber de ellos. Un ao despus de la partida del sabio cataln, el nico que
quedaba en Macondo era Gabriel, todava al garete, a merced de la azarosa caridad de
Nigromanta, y contestando los cuestionarios del concurso de una revista francesa, cuyo premio
mayor era un viaje a Pars. Aureliano, que era quien reciba la suscripcin, lo ayudaba a llenar los
formularios, a veces en su casa, y casi siempre entre los pomos de loza y el aire de valeriana de
la nica botica que quedaba en Macondo, donde viva Mercedes, la sigilosa novia de Gabriel. Era
lo ltimo que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque segua
aniquilndose indefinidamente, consumindose dentro de s mismo, acabndose a cada minuto
pero sin acabar de acabarse jams. El pueblo haba llegado a tales extremos de inactividad, que
cuando Gabriel gan el concurso y se fue a Pars con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las
obras completas de Rabelais, tuvo que hacer seas al maquinista para que el tren se detuviera a
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recogerlo. La antigua calle de los Turcos era entonces un rincn de abandono, donde los ltimos
rabes se dejaban llevar hacia la muerte por la costumbre milenaria de sentarse en la puerta,
aunque hacia muchos aos que haban vendido la ltima yarda de diagonal, y en las vitrinas
sombras solamente quedaban los maniques decapitados. La ciudad de la compaa bananera,
que tal vez Patricia Brown trataba de evocar para sus nietos en las noches de intolerancia y
pepinos en vinagre de Prattville, Alabama, era una llanura de hierba silvestre. El cura anciano que
haba sustituido al padre ngel, y cuyo nombre nadie se tom el trabajo de averiguar, esperaba
la piedad de Dios tendido a la bartola en una hamaca, atormentado por la artritis y el insomnio de
la duda, mientras los lagartos y las ratas se disputaban la herencia del templo vecino. En aquel
Macondo olvidado hasta por los pjaros, donde el polvo y el calor se haban hecho tan tenaces
que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una
casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y
Amaranta rsula eran los nicos seres felices, y los ms felices sobre la tierra.
Gastn haba vuelto a Bruselas. Cansado de esperar el aeroplano, un da meti en una maletita
las cosas indispensables y su archivo de correspondencia y se fue con el propsito de regresar
por el aire, antes de que sus privilegios fueran cedidos a un grupo de aviadores alemanes que
haban presentado a las autoridades provinciales un proyecto ms ambicioso que el suyo. Desde
la tarde del primer amor, Aureliano y Amaranta rsula haban seguido aprovechando los escasos
descuidos del esposo, amndose con ardores amordazados en encuentros azarosos y casi siempre
interrumpidos por regresos imprevistos. Pero cuando se vieron solos en la casa sucumbieron en el
delirio de los amores atrasados. Era una pasin insensata, desquiciante, que haca temblar de
pavor en su tumba a los huesos de Fernanda, y los mantena en un estado de exaltacin per-
petua. Los chillidos de Amaranta rsula, sus canciones agnicas, estallaban lo mismo a las dos de
la tarde en la mesa del comedor, que a las dos de la madrugada en el granero. Lo que ms me
duele -rea- es tanto tiempo que perdimos. En el aturdimiento de la pasin, vio las hormigas
devastando el jardn, saciando su hambre prehistrica en las maderas de la casa, y vio el torrente
de lava viva apoderndose otra vez del corredor, pero solamente se preocup de combatirlo
cuando lo encontr en su dormitorio. Aureliano abandon los pergaminos, no volvi a salir de la
casa, y contestaba de cualquier modo las cartas del sabio cataln. Perdieron el sentido de la
realidad, la nocin del tiempo, el ritmo de los hbitos cotidianos. Volvieron a cerrar puertas y
ventanas para no demorarse en trmites de desnudamientos, y andaban por la casa como
siempre quiso estar Remedios, la bella, y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y
una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo
hicieron ms estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron
con sus locuras la hamaca que haba resistido a los tristes amores de campamento del coronel
Aureliano Buenda, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en
tempestades de algodn. Aunque Aureliano era un amante tan feroz como su rival, era Amaranta
rsula quien comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lrica aquel paraso de
desastres, como si hubiera concentrado en el amor la indmita energa que la tatarabuela
consagr a la fabricacin de animalitos de caramelo. Adems, mientras ella cantaba de placer y
se mora de risa de sus propias invenciones, Aureliano se iba haciendo ms absorto y callado,
porque su pasin era ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos
de virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltacin le sacaban mejor partido al cansancio.
Se entregaron a la idolatra de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenan
posibilidades inexploradas, mucho ms ricas que las del deseo. Mientras l amasaba con claras de
huevo los senos erctiles de Amaranta rsula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos
elsticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muecas con la portentosa criatura de
Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmn de labios y bigotes de turco con carboncillo de
las cejas, y le pona corbatines de organza y sombreritos de papel plateado. Una noche se
embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almbar, se lamieron como perros y se
amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas
carniceras que se disponan a devorarlos vivos.
En las pausas del delirio Amaranta rsula contestaba las cartas de Gastn. Lo senta tan
distante y ocupado, que su regreso le pareca imposible. En una de las primeras cartas l cont
que en realidad sus socios haban mandado el aeroplano, pero que una agencia martima de
Bruselas lo haba embarcado por error con destino a Tanganyika, donde se lo entregaron a la
dispersa comunidad de los Makondos. Aquella confusin ocasion tantos contratiempos que
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solamente la recuperacin del aeroplano poda tardar dos aos. As que Amaranta rsula descart
la posibilidad de un regreso inoportuno. Aureliano, por su parte, no tena ms contacto con el
mundo que las cartas del sabio cataln, y las noticias que reciba de Gabriel a travs de
Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se haba hecho
reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en Pars, vendiendo los peridicos atrasados y las
botellas vacas que las camareras sacaban de un hotel lgubre de la calle Dauphine. Aureliano
poda imaginarlo entonces con un suter de cuello alto que slo se quitaba cuando las terrazas de
Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de da y escribiendo de
noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde haba
de morir Rocamadour. Sin embargo, sus noticias se fueron haciendo poco a poco tan inciertas, y
tan espordicas y melanclicas las cartas del sabio, que Aureliano se acostumbr a pensar en
ellos como Amaranta rsula pensaba en su marido, y ambos quedaron flotando en un universo
vaco, donde la nica realidad cotidiana y eterna era el amor.
De pronto, como un estampido en aquel mundo de inconsciencia feliz, lleg la noticia del
regreso de Gastn. Aureliano y Amaranta rsula abrieron lo ojos, sondearon sus almas, se
miraron a la cara con la mano en el corazn, y comprendieron que estaban tan identificados que
preferan la muerte a la separacin. Entonces ella le escribi al marido una carta de verdades
contradictorias, en la que le reiteraba su amor y sus ansias de volver a verlo, al mismo tiempo
que admita como un designio fatal la imposibilidad de vivir sin Aureliano. Al contrario de lo que
ambos esperaban, Gastn les mand una respuesta tranquila, casi paternal, con dos hojas
enteras consagradas a prevenirlos contra las veleidades de la pasin, y un prrafo final con votos
inequvocos por que fueran tan felices como l lo fue en su breve experiencia conyugal. Era una
actitud tan imprevista, que Amaranta rsula se sinti humillada con la idea de haber
proporcionado al marido el pretexto que l deseaba para abandonarla a su suerte. El rencor se le
agrav seis meses despus, cuando Gastn volvi a escribirle desde Leopoldville, donde por fin
haba recibido el aeroplano, slo para pedir que le mandaran el velocpedo, que de todo lo que
haba dejado en Macondo era lo nico que tena para l un valor sentimental. Aureliano sobrellev
con paciencia el despecho de Amaranta rsula, se esforz por demostrarle que poda ser tan
buen marido en la bonanza como en la adversidad, y las urgencias cotidianas que los asediaban
cuando se les acabaron los ltimos dineros de Gastn crearon entre ellos un vnculo de
solidaridad que no era tan deslumbrante y capitoso como la pasin, pero que les sirvi para
amarse tanto y ser tan felices como en los tiempos alborotados de la salacidad. Cuando muri
Pilar Ternera estaban esperando un hijo.
En el sopor del embarazo, Amaranta rsula trat de establecer una industria de collares de
vrtebras de pescados. Pero a excepcin de Mercedes, que le compr una docena, no encontr a
quin vendrselos. Aureliano tuvo conciencia por primera vez de que su don de lenguas, su
sabidura enciclopdica, su rara facultad de recordar sin conocerlos los pormenores de hechos y
lugares remotos, eran tan intiles como el cofre de pedrera legtima de su mujer, que entonces
deba valer tanto como todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los ltimos
habitantes de Macondo. Sobrevivan de milagro. Aunque Amaranta rsula no perda el buen
humor, ni su ingenio para las travesuras erticas, adquiri la costumbre de sentarse en el
corredor despus del almuerzo, en una especie de siesta insomne y pensativa. Aureliano la
acompaaba. A veces permanecan en silencio hasta el anochecer, el uno frente a la otra,
mirndose a los ojos, amndose en el sosiego con tanto amor como antes se amaron en el
escndalo. La incertidumbre del futuro les hizo volver el corazn hacia el pasado. Se vieron a s
mismos en el paraso perdido del diluvio, chapaleando en los pantanos del patio, matando
lagartijas para colgrselas a rsula, jugando a enterrarla viva, y aquellas evocaciones les
revelaron la verdad de que haban sido felices juntos desde que tenan memoria. Profundizando
en el pasado, Amaranta rsula record la tarde en que entr al taller de platera y su madre le
cont que el pequeo Aureliano no era hijo de nadie porque haba sido encontrado flotando en
una canastilla. Aunque la versin les pareci inverosmil, carecan de informacin para sustituirla
por la verdadera. De lo nico que estaban seguros, despus de examinar todas las posibilidades,
era de que Fernanda no fue la madre de Aureliano. Amaranta rsula se inclin a creer que era
hijo de Petra Cotes, de quien slo recordaba fbulas de infamia, y aquella suposicin les produjo
en el alma una torcedura de horror.
Atormentado por la certidumbre de que era hermano de su mujer, Aureliano se dio una
escapada a la casa cural para buscar en los archivos rezumantes y apolillados alguna pista cierta
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de su filiacin. La partida de bautismo ms antigua que encontr fue la de Amaranta Buenda,
bautizada en la adolescencia por el padre Nicanor Reyna, por la poca en que ste andaba
tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate. Lleg a ilusionarse con
la posibilidad de ser uno de los diecisiete Aurelianos, cuyas partidas de nacimiento rastre a
travs de cuatro tomos, pero las fechas de bautismo eran demasiado remotas para su edad.
Vindolo extraviado en laberintos de sangre, trmulo de incertidumbre, el prroco artrtico que lo
observaba desde la hamaca le pregunt compasivamente cul era su nombre.
-Aureliano Buenda -dijo l.
-Entonces no te mates buscando -exclam el prroco con una conviccin terminante-. Hace
muchos aos hubo aqu una calle que se llamaba as, y por esos entonces la gente tena la
costumbre de ponerles a los hijos los nombres de las calles.
Aureliano tembl de rabia.
-Ah! -dijo-, entonces usted tampoco cree.
-En qu?
-Que el coronel Aureliano Buenda hizo treinta y dos guerras civiles y las perdi todas -
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de soledad en el aturdimiento de las parrandas, y entonces aprendieron que las obsesiones
dominantes prevalecen contra la muerte, y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos
seguiran amndose con sus naturalezas de aparecidos, mucho despus de que otras especies de
animales futuros les arrebataran a los insectos el paraso de miseria que los insectos estaban
acabando de arrebatarles a los hombres.
Un domingo, a las seis de la tarde, Amaranta rsula sinti los apremios del parto. La sonriente
comadrona de las muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del
comedor, se le acaball en el vientre, y la maltrat con galopes cerriles hasta que sus gritos
fueron acallados por los berridos de un varn formidable. A travs de las lgrimas, Amaranta
rsula vio que era un Buenda de los grandes, macizo y voluntarioso como los Jos Arcadios, con
los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos, y predispuesto para empezar la estirpe otra
vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocacin solitaria, porque era el
nico en un siglo que haba sido engendrado con amor.
-Es todo un antropfago -dijo-. Se llamar Rodrigo.
-No -la contradijo su marido-. Se llamar Aureliano y ganar treinta y dos guerras.
Despus de cortarle el ombligo, la comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungento azul
que le cubra el cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lmpara. Slo cuando lo voltearon boca
abajo se dieron cuenta de que tena algo ms que el resto de los hombres, y se inclinaron para
examinarlo. Era una cola de cerdo.
No se alarmaron. Aureliano y Amaranta rsula no conocan el precedente familiar, ni
recordaban las pavorosas admoniciones de rsula, y la comadrona acab de tranquilizarlos con la
suposicin de que aquella cola intil poda cortarse cuando el nio mudara los dientes. Luego no
tuvieron ocasin de volver a pensar en eso, porque Amaranta rsula se desangraba en un
manantial incontenible. Trataron de socorrerla con apsitos de telaraa y apelmazamientos de
ceniza, pero era como querer cegar un surtidor con las manos. En las primeras horas, ella haca
esfuerzos por conservar el buen humor. Le tomaba la mano al asustado Aureliano, y le suplicaba
que no se preocupara, que la gente como ella no estaba hecha para morirse contra la voluntad, y
se reventaba de risa con los recursos truculentos de la comadrona. Pero a medida que a
Aureliano lo abandonaban las esperanzas, ella se iba haciendo menos visible, como si la
estuvieran borrando de la luz, hasta que se hundi en el sopor. Al amanecer del lunes llevaron
una mujer que rez junto a su cama oraciones de cauterio, infalibles en hombres y animales,
pero la sangre apasionada de Amaranta rsula era insensible a todo artificio distinto del amor. En
la tarde, despus de veinticuatro horas de desesperacin, supieron que estaba muerta porque el
caudal se agot sin auxilios, y se le afil el perfil, y los verdugones de la cara se le desvanecieron
en una aurora de alabastro, y volvi a sonrer.
Aureliano no comprendi hasta entonces cunto quena a sus amigos, cunta falta le hacan, y
cunto hubiera dado por estar con ellos en aquel momento. Puso al nio en la canastilla que su
madre le haba preparado, le tap la cara al cadver con una manta, y vag sin rumbo por el
pueblo desierto, buscando un desfiladero de regreso al pasado. Llam a la puerta de la botica,
donde no haba estado en los ltimos tiempos, y lo que encontr fue un taller de carpintera. La
anciana que le abri la puerta con una lmpara en la mano se compadeci de su desvaro, e
insisti en que no, que all no haba habido nunca una botica, ni haba conocido jams una mujer
de cuello esbelto. y ojos adormecidos que se llamara Mercedes. Llor con la frente apoyada en la
puerta de la antigua librera del sabio cataln, consciente de que estaba pagando los llantos
atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para no romper los hechizos del amor. Se
rompi los puos contra los muros de argamasa de
El Nio de Oro,
clamando por Pilar Ternera,
indiferente a los luminosos discos anaranjados que cruzaban por el cielo, y que tantas veces
haba contemplado con una fascinacin pueril, en noches de fiesta, desde el patio de los
alcaravanes. En el ltimo saln abierto del desmantelado barrio de tolerancia un conjunto de
acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos
de Francisco el Hombre. El cantinero, que tena un brazo seco y como achicharrado por haberlo
levantado contra su madre, invit a Aureliano a tomarse una botella de aguardiente, y Aureliano
lo invit a otra. El cantinero le habl de la desgracia de su brazo. Aureliano le habl de la
desgracia de su corazn, seco y como achicharrado por haberlo levantado contra su hermana.
Terminaron llorando juntos y Aureliano sinti por un momento que el dolor haba terminado. Pero
cuando volvi a quedar solo en la ltima madrugada de Macondo, se abri de brazos en la mitad
de la plaza, dispuesto a despertar al mundo entero, y grit con toda su alma:
Cien aos de soledad
Gabriel Garca Mrquez
-Los amigos son unos hijos de puta!
Nigromanta lo rescat de un charco de vmito y de lgrimas. Lo llev a su cuarto, lo limpi, le
hizo tomar una taza de caldo. Creyendo que eso lo consolaba, tach con una raya de carbn los
incontables amores que l segua debindole, y evoc voluntariamente sus tristezas ms
solitarias para no dejarlo solo en el llanto. Al amanecer, despus de un sueo torpe y breve,
Aureliano recobr la conciencia de su dolor de cabeza. Abri los ojos y se acord del nio.
No lo encontr en la canastilla. Al primer impacto experiment una deflagracin de alegra,
creyendo que Amaranta rsula haba despertado de la muerte para ocuparse del nio. Pero el
cadver era un promontorio de piedras bajo la manta. Consciente de que al llegar haba
encontrado abierta la puerta del dormitorio, Aureliano atraves el corredor saturado por los
suspiros matinales del organo, y se asom al comedor, donde estaban todava los escombros del
parto: la olla grande, las sbanas ensangrentadas, los tiestos de ceniza, y el retorcido ombligo del
nio en un paal abierto sobre la mesa, junto a las tijeras y el sedal. La idea de que la
comadrona haba vuelto por el nio en el curso de la noche le proporcion una pausa de sosiego
para pensar. Se derrumb en el mecedor, el mismo en que se sent Rebeca en los tiempos
originales de la casa para dictar lecciones de bordado, y en el que Amaranta jugaba damas chinas
con el coronel Gerineldo Mrquez, y en el que Amaranta rsula cosa la ropita del nio, y en aquel
relmpago de lucidez tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso
abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas,
admir la impavidez de la telaraa en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaa, la
paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero. Y entonces vio al nio. Era un pellejo
hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus
madrigueras por el sendero de piedras del jardn. Aureliano no pudo moverse. No porque lo
hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves
definitivas de Melquades, y vio el epgrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el
tiempo y el espacio de los hombres:
El primero de lo estirpe est amarrado en un rbol y al
ltimo se lo estn comiendo las hormigas.
Aureliano no haba sido ms lcido en ningn acto de su vida que cuando olvid sus muertos y
Cien aos de soledad
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cimientos. Slo entonces descubri que Amaranta rsula no era su hermana, sino su ta, y que
Francis Drake haba asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los
laberintos ms intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitolgico que haba de poner
trmino a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado
por la clera del huracn bblico, cuando Aureliano salt once pginas para no perder el tiempo en
hechos demasiado conocidos, y empez a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrndolo
a medida que lo viva, profetizndose a s mismo en el acto de descifrar la ltima pgina de los
pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado Entonces dio otro salto para
anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin
embargo, antes de llegar al verso final ya haba comprendido que no saldra jams de ese cuarto,
pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sera arrasada por el viento
y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de
descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para
siempre porque las estirpes condenadas a cien aos de soledad no tenan una segunda
oportunidad sobre la tierra.
I..............................................................................................................................
.........3
II.............................................................................................................................
.......10
III............................................................................................................................
.......18
IV.............................................................................................................................
......27
V..............................................................................................................................
......35
VI.............................................................................................................................
......45
VII............................................................................................................................
......52
VIII...........................................................................................................................
......60
IX.............................................................................................................................
......68
X..............................................................................................................................
......76
XI.............................................................................................................................
......85
XII............................................................................................................................
......93
XIII...........................................................................................................................
....102
XIV............................................................................................................................
...111
XV.............................................................................................................................
...121
XVI............................................................................................................................
...130
XVII...........................................................................................................................
...138
XVIII..........................................................................................................................
...147
XIX............................................................................................................................
...156
XX.............................................................................................................................
...165
Gabriel Garca Mrquez

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