Barbery, Muriel — Rapsodia gourmet.PDF


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Une gourmandise
Esta novela fue publicada en España en 2002 bajo el título Una golosina
Depósito legal: M. 7.602 -2010
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Cuando tomaba posesión de la mesa, lo hacía cual monarca. Éramos los reyes,
los soles de esas horas de festín que decidirían su porvenir, que dibujarían el
horizonte, trágicamente cercano o deliciosamente lejano y radiante, de sus
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vino y alcoholes de toda índole, tras una vida entera bañándome en la mantequilla, la
crema, la salsa, la fritura y el exceso sin tregua, sabiamente orquestado y
minuciosamente mimado, mis lugartenientes más fieles, su excelencia el Hígado y su
acólito el Estómago, gozan de excelente salud, pero quien entrega las armas es el
corazón. Muero de insuficiencia cardiaca. ¡Qué ironía y qué amargura también! Yo
que tanto he reprochado a los demás que no pusieran corazón en su cocina, en su
arte, nunca pensé que a mí pudiera faltarme, que el corazón pudiera traicionarme de
tan brutal manera, con un desdén apenas disimulado; cuán rápido se ha afilado la
Voy a morir, pero no tiene importancia. Desde ayer, desde que hablara
Chabrot, tan sólo una cosa importa. Voy a morir, y no acierto a recordar un sabor que
albergo en lo más hondo de mi ser. Sé queese sabor es la verdad primera y última de
toda mi vida, que encierra en sí la llave de un corazón al que he amordazado desde
entonces. Sé que es un sabor de infancia, o de adolescencia, un manjar originario y
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¿Es que no les basta con que todos los días que nos da Dios limpie el barro que
dejan sus zapatos de ricos, aspire el polvode su deambular de ricos, escuche sus
conversaciones y sus desvelos de ricos, dé de comer a sus perritos y a sus gatitos,
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EL POTENTADO
Hasta donde mi memoria alcanza, siempre me ha gustado comer. No sabría
decir con precisión cuáles fueron mis primeros éxtasis gastronómicos, pero la
identidad de mi primera cocinera predilecta, mi abuela, no deja subsistir mucha
duda al respecto. Elmenú de los festejos se componía de carne en salsa, bien
acompañada de patatas que se bañaban en dicha salsa, y pan abundante para
rebañar. Nunca supe después si era mi infancia o los guisos lo que no alcanzaba a
revivir, pero el caso es que, como en la mesa de mi abuela, jamás volví a saborear con
tanta avidez -oxímoron este del que soy especialista-patatas empapadas en salsa,
cuales exquisitas esponjitas. ¿Será acaso ésa la sensación olvidada que aflora en mí?
¿Bastaría acaso con pedirle a Anna que dejara marinar unos tubérculos en el jugo de
un gallo al vino tinto, plato tan típicamente burgués? Ay de mí, de sobra sé que no.
De sobra sé que lo que persigo siempre ha escapado a mi facundia, a mi memoria y a
mi reflexión. Guisos prodigiosos, extraordinarios pollos a la cazadora, maravillosos
gallos al vino,
pasmosos, sois, qué duda cabe, compañeros de mi infancia
carnívora y empapada en salsas. Os venero, amables ollas con efluvios de caza, pero
Más tarde, pese aesos amores antiguos y nunca traicionados, mis gustos se
adentraron por otros parajes culinarios, y al amor por el
vino a superponerse,
con el placer adicional que provoca la certeza del propio eclecticismo, la llamada
apremiante de los sabores austeros. La fineza de la caricia del primer sushi en el
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Oigo a Paul y a Anna hablar en voz baja en el pasillo. Entorno los párpados.
Mi mirada se topa, como de costumbre, con el arco perfecto de una escultura de
Fanjol, regalo de Anna por mi sesenta cumpleaños, ocasión que se me antoja ahora
tan lejana. Paul entra en la habitación sin hacer ruido. De todos mis sobrinos es el
único al que quiero y aprecio, el único cuya presencia acepto en las horas postreras
de mi vida y al que, como a mi esposa, confío, antes de que ya no acierte a
pronunciar palabra, la razón de mi desasosiego.
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Recuerdo unas vacaciones en Grecia, de niños, en Tinos, esa horrible isla
quemada y descarnada que odié nada más verla, en cuanto pisé tierra firme tras
Un grueso gato gris y blanco saltó a la terraza y, desde allí, hasta la pequeña
tapia que separaba nuestra casa de aquélla, invisible, del vecino. Un grueso gato:
para lo que se estilaba en el país, era impresionante. En los alrededores abundaban
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mercado se desarrollaba en un ambiente de histeria. Mi madre se plegaba a sus
deseos, como de costumbre, como siempre. Y luego él se marchaba de nuevo, rumbo
a otros restaurantes, otras mujeres, otras vacaciones en las que no estábamos
nosotros, en las que no figurábamos, no me cabe la menor duda, ni como recuerdos
siquiera; tan sólo quizá, en el momento de la partida, como moscas, moscas
indeseables a lasque se ahuyenta de un manotazo para quitarlas de en medio y no
Ocurrió una tarde, cuando ya oscurecía. Caminaba por delante de nosotros,
con las manos en los bolsillos, entre las tiendecitas turísticas de la única calle
comercial de Tinos, con paso imperioso, sin dignarse mirarnos. Habría podido
abrirse la tierra bajo nuestros pies, que no le habría importado; él avanzaba, y
correspondía a nuestras piernitas de niños aterrorizados colmar el abismo que se
abría entre nosotros. Todavía no sabíamos que eran las últimas vacaciones que habría
de pasar con nosotros. El verano siguiente acogimos, aliviados y exultantes, la noticia
de que no nos acompañaría. Tuvimos sin embargo que acostumbrarnos bien pronto a
otra calamidad: la de mamá errando como un alma en pena en los escenarios de
nuestro solaz, y ésta se nos antojó peor todavía, porque por su misma ausencia se las
agenciaba para hacernos aún más daño. Pero aquel día estaba presente y bien
presente, y subía la pendiente a velocidad descorazonadora -llevándome una mano
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poco más el derecho de no ser ya más odio, de no ser ya más terror sino tan sólo yo
misma. Laura. Su hija... No. No pienso ir a verlo. He pasado el duelo del padre que
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Desembarcábamos en medio del jaleo, el ruido, el polvo y el cansancio
general. España, que habíamos cruzado de parte a parte en dos días extenuantes, no
era ya más que un fantasma que erraba en las fronteras de nuestra memoria.
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pedía los platos en un árabe perfecto. Apenas transcurrían cinco minutos, y ya los
Quizá no encuentre lo que ando buscando, pero al menos habré tenido ocasión
de rememorar todo aquello: la carne asada, la ensalada
, el téde menta y los
cuernos de gacela. Yo me sentía Alí Babá; y todo lo demás era su cueva de los
tesoros, ese ritmo perfecto, esa rutilante armonía entre unidades, exquisitas en sí
mismas, pero cuya sucesión estricta y ritual frisaba lo sublime. Las albóndigas,
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Cena, yo era Judas, no porquetuviera ninguna voluntad de traicionar, sino por ser
un impostor, extraviado en el Olimpo, invitado por error y cuya insignificancia
mezquina estaba a punto de revelarse. Guardé, pues, silencio durante todo el
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Es una invitación pero también una amenaza velada. Sobre este requerimiento
en apariencia benévolo pesa la necesidad de obedecer y el peligro de que, después de
tan adecuada entrada en materia, lo defraude. Mi respuesta ha sido para él una
agradable sorpresa, tan distinta de las glosas brillantes de los solistas virtuosos, y eso
-La cocina de mi abuela... -digo, y busco cómo proseguir, desesperado, busco
-Creerá usted que yo también -(me sonríe casi con afecto)-tuve una abuela
cuya cocina era para mí un escenario mágico. Creo que toda mi carrera nació de los
aromas y olores que emanaban de ella y que, de niño, me hacían enloquecer de
deseo. Enloquecer de deseo, literalmente, sí. Se tiene muy poca idea de lo que es el
deseo, el deseo verdadero, cuando nos hipnotiza, cuando se apodera de nuestra alma
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-No -replico, tras un breve instante de reflexión-, lo que forjaba su arte no era
su carácter ni la fuerza de sus vidas, como tampoco lo era su simpleza, su amor por
el trabajo bien hecho ni su austeridad. Pienso que eran conscientes, aunque no se lo
dijeran a sí mismas, de que cumplían con una labor noble en la que podían ser las
mejores, una labor que, sólo en apariencia, era subalterna, material o bajamente
utilitaria. Sabían bien que, más allá de todas las humillaciones sufridas, no por sí
mismas sino por su condición de mujeres, cuando los hombres volvían a casa y se
sentaban a la mesa, entonces iniciaba su reinado, el de ellas. Y no se trataba del
control sobre «la economía interior», en la cual, soberanas como eran, podrían
vengarse del poder que los hombres tenían en «el exterior». Más alláde todo ello,
sabían que llevaban a cabo proezas que llegaban directamente al corazón y al cuerpo
de los hombres y les conferían a ojos de éstos más grandeza que la que ellas mismas
otorgaban a las intrigas del poder o del dinero o a los argumentos de la fuerza social.
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porque, por muy grande que fuera su arrogancia y su imperio, ¡no podían llevarlas al
-Es muy interesante -dice-, veo adónde quiere llegar. Pero explica usted el
talento mediante la injusticia, el don de nuestras abuelas mediante su condición de
oprimidas, mientras que ha habido muy grandes cocineros que no adolecían ni de
una inferioridad de casta ni de una existencia privada de prestigio o de poder.
-Ningún cocinero cocina, ni lo ha hecho nunca, como nuestras abuelas. Todos
los factores que aquí evocamos -y hago ligeramente hincapié en este plural para
poner de manifiesto que, a estas alturas, el maestro de ceremonias soy yo-han dado
pie a esta cocina tanespecífica, la de las mujeres en la casa, en el espacio cerrado de
sus interiores privados: una cocina que carece a veces de refinamiento y tiene
siempre un carácter como «familiar», es decir, consistente y alimenticio, con vistas a
«que llene» el estómago, pero que presenta, en el fondo y sobre todo, una
sensualidad tórrida, mediante la cual comprendemos que cuando hablamos de la
«carne» no es casualidad si el término evoca a la vez los placeres del paladar y los del
amor. La cocina era el cebo de estas mujeres, su sortilegio, su seducción, y era eso
Me sonríe de nuevo. Y entonces, ante los epígonos abatidos, aniquilados,
porque no entienden, porque no puedenentender cómo, después de haber jugado a
ser los equilibristas de la gastronomía, después de haber erigido templos en honor de
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escuelas y que aterriza en el mejor de los mundos, pero que, cada día que pasa y
antes de tiempo, se siente cada vez más viejo, cada vez más cansado, cada vez más
inútil: ungeronte charlatán lleno de hiel que rumia machaconamente aquello que fue
lo mejor de sí mismo, que se desmorona ya sin remedio y presagia una vejez de
anciano estúpido, lúcido y patético. ¿Es eso lo que siente ahora? ¿Era eso lo que
infiltraba tenuemente sus párpados cansados con una sombra de tristeza, una pizca
de nostalgia? ¿Le sigo yo los pasos, experimento yo los mismos anhelos frustrados,
los mismos extravíos? ¿O estoy acaso, en el momento de compadecerme de mi
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gracias al amor de una arpía a la que, a fin de cuentas, sólo su falta total de ambición
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las casas vecinas habían venido a ayudar a mi abuelo. Sobre unas enormes rejillas los
pececitos plateados se asaban ya al viento del mediodía. Se reía, se charlaba, se
descorchaban botellas de vino blanco seco bien frío, los hombres se sentaban por fin,
y las mujeres salían de la cocina con sus pilas de platos inmaculados. Con un gesto
hábil, mi abuela cogíaun cuerpecito grueso, olisqueaba el aroma y lo lanzaba sobre
un plato junto con unos pocos más. Con sus ojos dulces y como atontados me miraba
-¡Toma, mi niño, la primera para ti! ¡Es que hay que ver cómo le gustan, oye!
Y todos se echaban a reír y me palmeaban la espalda mientras la prodigiosa
pitanza aterrizaba ante mí. Yo ya no oía nada. Con los ojos exorbitados, miraba
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confrontación con una sensación venida de otro mundo, que me enseñaba por
contraste mi cualidad de hombre. Mar infinito, cruel, primitivo y refinado, tragamos
con nuestras bocas ávidas los frutos de tu misteriosa actividad. La sardina asada
nimbaba mi paladar con su
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Viejo pellejopurulento. Cerdo asqueroso. Revienta, revienta ya de una vez.
Revienta entre tus sábanas de seda, en tu habitación de pachá, en tu jaula de burgués,
revienta, revienta, revienta ya. Al menos, nos quedará tu dinero, ya que no hemos
gozado de tu favor. Todatu pasturria de eminencia del papeo, que ya no te sirve
para nada, que será para otros, tu pasta de ricachón, la pasta de tu corrupción, de tus
actividades de parásito, toda esa comida, todo ese lujo, ah, qué desperdicio...
Revienta... Todos se afanan a tu alrededor -mamá, mamá que debería dejarte morir
solo, abandonarte como tú la abandonaste a ella, pero no lo hace, se queda ahí,
inconsolable, como si lo estuviera perdiendo todo. Es algo que nunca entenderé, esa
ceguera, esa resignación y esa facultad que tiene de convencerse de que ha tenido la
vida que quería, esa vocación de mártir, ah, joder, qué asco me da, mamá, mamá... Y
luego está el cabronazo de Paul, con sus aires de hijo pródigo y su hipocresía de
heredero espiritual, ahora estará arrastrándosejunto a tu cama, ¿quieres que te traiga
un cojín, tío, quieres que te lea algunas páginas de Proust, de Dante, de Tolstoi? No
soporto a ese tío, el muy mierda, un burgués de tomo y lomo con sus aires de gran
señor, pero luego el tío bien que se va de putas, que lo he visto yo, sí, sí, lo vi salir un
día de un portal de la calle Saint-Denis... Ah, pero de qué sirve, de qué sirve volver a
remover todo esto, remover mi amargura de niño mal querido y darle la razón: mis
hijos son unos perfectos imbéciles, lo decía así, tranquilamente, delante de nosotros,
todo el mundo se sentía incómodo menos él, ¡no entendía siquiera qué tenía de
chocante no sólo decirlo sino incluso pensarlo! Mis hijos son unos perfectos
imbéciles, pero sobre todo mi hijo Jean. Nunca haremoscarrera de ellos. Pero sí,
padre, sí que has hecho carrera de tus mocosos, no somos sino tu obra, nos has hecho
picadillo, nos has cortado en pedacitos, nos has ahogado en una salsa rancia, y he
aquí en lo que nos hemos convertido: en fango; somos unos fracasados, unos débiles,
unos desgraciados. ¡Y sin embargo...! ¡Sin embargo podrías haber hecho dioses de tus
hijos! Recuerdo lo orgulloso que me sentía cuando salía contigo, cuando me llevabas
al mercado o a comer a un restaurante; yo era muy pequeño, y tú, tú eras tan grande,
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esta ambivalencia, esta puta -ambivalencia que me ha destrozado la vida, porque no
Lo mortificante no es separarse de quienes te quieren, sino apartarse de
quienes no te quieren. Y dedico toda mi triste vida a desear ardientemente el amor
que me rechazas, ese amor ausente, oh, por Dios santo, ¿es que no tengo nada mejor
que hacer que compadecerme de mi triste suerte de pobre niño mal querido? Sin
embargo hay cosas mucho más importantes, yo también moriré pronto, y a nadie le
importa una mierda, tampoco a mí porque, en este momento, él se está muriendo, y
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EL HUERTO
La casa de mi tía Marthe, un viejo caserón engullido por la hiedra, tenía, por
su fachada adornada por una ventana condenada, un aspecto como tuerto, que le iba
que nipintado al lugar y a su ocupante. La tía Marthe, la mayor de las hermanas de
mi madre y la única que no había heredado apodo ninguno, era por esa misma razón
una vieja solterona cascarrabias, fea y maloliente que vivía entre gallineros y
conejeras, en un hedor inimaginable. En el interior de la vivienda, como no podía ser
de otra manera, no había ni agua corriente, ni luz, ni teléfono ni televisión. Pero sobre
todo, más allá de esas carencias de confort moderno a las que mi amor por las
escapadas al campo me hacían indiferente, en su casa sufríamos una plaga tanto o
más preocupante: no había nada en ella que no estuviera mugriento, nada que no se
pegara a los dedos cuando éstos querían asir algún utensilio, o al codo que sin querer
chocaba contra un mueble;hasta el ojo desnudo veía, literalmente, la película viscosa
que lo cubría todo. Nunca almorzábamos ni cenábamos con ella y, felices de poder
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silencio, como tampoco en medio del estruendo; todo sonido que interfiere con la
degustación participa de ésta o la contraría, de tal manera que el comer es sin lugar a
dudas un fenómeno quinesiológico. A menudo hube de participar en festines con
algún que otro experto en aromas tentado por los olores que emanan de las cocinas
después dehaberlo estado por los que emigran de las flores.
Ninguno, jamás, podrá igualar la fineza del olfato de la tía Marthe. Pues la
vieja gruñona era una Nariz, una de verdad, una bien grande, una inmensa Nariz
que no sabía que lo era pero cuya inaudita sensibilidad no habría desmerecido de
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orgullosos en las cuatro esquinas del patio y, por un milagro inexplicado, no se
vencían bajo el peso de sus tallos demasiado largos, sino que los coronaban, briosos,
con esa curiosa corola cincelada, absurda en su configuración ceñida y mohína que
difundía a su alrededor una fragancia empolvada, como la que exhalan las mujeres
Sobre todo, estaba el tilo. Inmenso, devoraba el espacio y amenazabade año
en año con sepultar la casa entera bajo sus ramas tentaculares, que mi tía Marthe se
negaba obstinadamente a podar, sin que nadie lograra persuadirla. En las horas más
calientes del verano, su sombra importuna ofrecía la más fragrante de las pérgolas.
Yo me sentaba contra el tronco en el banquito de madera carcomida y aspiraba a
grandes bocanadas ávidas el olor a miel pura y aterciopelada que se escapaba de sus
flores de oro pálido. Un tilo que emana deliciosos efluvios al caer la tarde es un
embeleso que se imprime en nosotros de manera indeleble y, en lo más hondo de
nuestro gozo de existir, traza un surco de felicidad que la tibieza sola de una noche
de julio no alcanza a explicar. A fuerza de respirar a pleno pulmón, en mi recuerdo,
un perfume que hace mucho tiempo ya que no ha rozado mi olfato, he comprendido
por fin en qué consistía ese aroma; la complicidad de la miel y del olor tan particular
que tienen las hojas de los árboles, cuando hace calor largo tiempo y están
impregnadas del polvo de los días soleados, provoca esa sensación, absurda pero
sublime, de beber en el aire un concentrado de verano. ¡Ah, los días soleados! El
cuerpo, libre de la traba del invierno, siente por fin la caricia de la brisa sobre la piel
desnuda, ofrecida al mundo, al cual se abre sin mesura en el éxtasis de una libertad
recuperada... En el aire inmóvil, saturado por el zumbido de insectos invisibles, se ha
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Bajo el tilo centenario, entre perfumes y papilas, mordía los hermosos frutos
púrpura escogidos por la tía Marthe, con el sentimiento confuso de tocar con los
dedos una verdad esencial. Una verdad esencial, sí, pero tampoco es la que persigo a
las puertas de la muerte. Está dicho que beberé esta mañana, hasta la última gota, la
desesperación de extraviarme por otros caminos que los que me dicta el corazón.
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pero estoy segura de que había algo entre ellos, y de que si no quería a su mujer es
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Laperfección es el regreso. Por ello, sólo está al alcance de las civilizaciones
decadentes: es en Japón, donde el refinamiento ha alcanzado cotas sin igual, en el
corazón de una cultura milenaria que ha aportado a la humanidad sus más altas
contribuciones,donde ha sido posible el regreso a lo crudo, realización postrera. Es
en la vieja Europa, que, como yo, está sumida en una lenta agonía, donde se ha
comido, por primera vez desde la prehistoria, carne cruda apenas aliñada con
Lo crudo. ¡Cuán vano es creer que se resume en devorar sin más un producto
no preparado! Labrar el pescado crudo escomo labrar la piedra. Al novicio el bloque
de mármol se le antoja monolítico. Si trata de apoyar el buril en cualquier lugar y
golpearlo, se le escaparála herramienta de las manos, y la piedra, sin una sola
muesca, conservará su integridad. Un buen marmolista conoce la materia. Presiente
en qué lugar la muesca, ya presente pero a la espera de que alguien la revele, cederá
bajo su asalto, y, con milimétrica precisión, ya ha adivinado cómo se dibujará la
figura que tan sólo los ignorantes imputan a la voluntad del escultor. Éste, al
contrario, no hace sino desvelarla -pues su talento no radica en inventar formas sino
en hacer surgir aquellas que permanecíaninvisibles.
Los cocineros japoneses que conozco sólo se han convertido en maestros en el
arte del pescado crudo tras largos años de aprendizaje, en los que la cartografía de la
materia, poco a poco, se desvela en medio de la evidencia. Algunos, bien es cierto,
tienen ya el talento de sentir, bajo los dedos, las líneas de falla por las cuales el
animal así ofrecido puede transformarse en esos exquisitos
que los expertos
logran exhumar de las entrañas insípidas del pescado. Con todo, no devienen artistas
basta: también se requiere destreza para sajar, discernimiento para preferir lo mejor y
carácter para recusar lo mediocre. Ocurría a veces que el más grande de todos,el chef
Tsuno, no extrajera de un gigantesco salmón más que un único pedacito en
apariencia irrisorio. En esta cuestión, de hecho, la prolijidad no significa nada, la
perfección lo ordena todo. Un pequeño fragmento de materia fresca, sola, desnuda y
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Lo conocí cuando ya era un hombre mayor, había desertado de sus propias
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gastronomía había llegado hasta sus oídos de anciano hastiado? ¿Fue acaso por él?
¿O fue por mí? ¿Qué hace que un hombre maduro, de vuelta de todas sus emociones,
pese a todo reanime en él la llama vacilante que, en una última exhibición, quema su
fuerza viva? ¿Qué hay en la confrontación entre el que abdica y el que conquista:
filiación o renuncia? Abismos del misterio -ni una sola vez posó su mirada sobre mí,
Cuando se levantó de su silla destartalada, se extendió un silencio absoluto
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empezaba a aguerrirme, lo recibí sobre la lengua, impresionada por su compacidad,
y me estremecí de placer. Entre ambos, entre el salmón y el pulpo, hallé toda la
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Una vía asintótica: salario mísero, bata verde, largas guardias de internista,
carrera probable, la vía del poder, la vía de los honores. Egregio profesor de
Cardiología. Hospital público, entrega a la causa, amor por la ciencia: la ambición, la
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Vivir por poderes: encumbrar a chefs de cocina, ser su ruina, de los festines
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Se llamaba Jacques Destréres. Era muy al principio de mi carrera. Yo acababa
de terminar un artículo sobre la especialidad de la casa Gerson, ese que habría de
revolucionar el marco de mi profesión y propulsarme al firmamento de la crítica
gastronómica. En la espera agitada pero confiada de lo que iba a suceder después,
me había refugiado en casa de mi tío, el hermano mayor de mi padre, un viejo
solterón que sabía disfrutar de los placeres de la vida y al que la familia consideraba
un excéntrico. No se había casado, ni siquiera se lo había visto nunca en compañía
femenina, hasta tal punto que mi padre sospechaba que fuera «dela acera de
enfrente». Había tenido éxito en los negocios y, llegado a la edad madura, se había
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protectora, se lavó a conciencia las manos con un jabón que olía a leche. Con la
misma uniformidad serena, puso en el fuego una sartén de hierro, vertió en ella un
chorrito de aceite de oliva, esperó a que se calentara y dejó caer encima una lluvia de
gambas desnudas. Con habilidad, la espátula de madera las acosaba, sin dejar
escapatoria alguna a aquellas pequeñas medialunas, las agarraba por todos lados,
haciéndolas bailar sobre el aceite oloroso. Luego vino el curry. Ni demasiado ni
demasiado poco. Un polvillo sensual que embellecía con su oro exótico el cobre
rosado de los crustáceos: Oriente reinventado. Sal, pimienta. Con unas tijeras fue
cortando en pedacitos sobre la sartén una ramita de cilantro. Por último,
rápidamente, vertió un taponcito de coñac y prendió una cerilla; de la sartén surgió
una larga llamarada furiosa, como una llamada o un grito que se libera por fin,
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contempla una habitación que se refleja en un espejo sol y quese convierte en un
cuadro pues no está ya abierta sobre nada más, sino que sugiere todo un mundo, ahí
en el espejo y en ninguna otra parte, estrictamente circunscrito entre los bordes del
azoguey aislado de la vida en derredor, el almuerzo ajeno está encerrado en el marco
de nuestra contemplación y carece de la línea de fuga infinita de nuestros recuerdos
o de nuestros proyectos. Me hubiera gustado vivir esa vida, la que el espejo o el plato
de Jacques me sugerían, una vida sin perspectivas por donde pudiera desvanecerse
la posibilidad de convertirse en una obra de arte, una vida sin ayer ni mañana, sin
Pero no se trata de eso. Lo que las grandes mesas han aportado a mi genio
culinario, lo que las gambas de Destréres han sugerido a mi inteligencia no le
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Hay dos categorías de viandantes. La primera es la más corriente, aunque
tiene ciertos matices. No cruzo nunca la mirada de éstos, o si acaso fugazmente,
cuando me dan una moneda. A veces sonríen un poco, pero se los ve incómodos, y se
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EL PAN
Jadeantes, teníamos que abandonar la playa. Ya entonces el tiempo me parecía
deliciosamente corto y largo a la vez. Ese lugar, la costa, vasto arco arenosoque se
estiraba perezoso y que las olas devoraban, permitía los baños más intrépidos, sin
mucho peligro pero sí enorme placer. Desde por la mañana, con mis primos, nos
zambullíamos sin tregua bajo las ondas o saltábamos sobre sus crestas, sin aliento,
ebrios de aquellos revolcones sin fin, y no volvíamos al punto de encuentro general,
la sombrilla familiar, más que para devorar un pastelito o un racimo de uvas antes de
regresar a toda velocidad hacia el mar. A veces, sin embargo, me dejaba caer sobre la
arena caliente, que crujía bajo mi peso, y al instante me sumía en una beatitud
atontada, apenas consciente del entumecimiento de mi cuerpo y de los ruidos tan
particulares de la playa, entre los gritos de las gaviotas y las risas de los niños -un
paréntesisde intimidad, en ese estupor tan singular propio de la felicidad. Pero con
mayor frecuencia, me dejaba llevar al capricho del agua, aparecía y desaparecía bajo
Hacia la una levantábamos campamento. El trayecto de vuelta a Rabat, a una
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mar sólo aprecian los relieves y los tumultos; la playa siguiente, demasiado peligrosa
para permitir el baño, salpicada aquí y allá por pescadores temerarios de piernas
morenas que las olas lamían y que el océano parecía querer tragarse con su estruendo
furioso; y los alrededores de la ciudad, con el zoco abarrotado de corderos y de
tiendas de lona clara que el viento agitaba, los arrabales llenos de gente,con su
barullo alegre, pobres pero salubres, envueltos en su aire yodado. Tenía los tobillos
llenos de arena, las mejillas encendidas, me atontaba el calor del habitáculo mientras
me dejaba mecer por la tonalidad cantarina y a la vez agresiva del árabe, al capricho
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en su esencia misma, pues el pan es rico, el pan es muchos panes, el pan es un
microcosmos. En él se incorpora una ensordecedora diversidad, como un universo en
miniatura, que en la degustación desvela sus ramificaciones. El asalto, que tropieza
enseguida con las murallas de la corteza, se asombra, nada más superado ese
obstáculo, del consentimiento que le otorga la miga fresca. Hay un abismo enorme
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palabras y de luces para expresar y explicar tal elevación. Provincia, campiña,
bienestar y elasticidad orgánica: todo ello está presente en el pan, en el de aquí como
en el de otros lugares. Es lo que lo convierte, sin la menor duda, en el instrumento
privilegiado mediante el cual nos sumimos en lo más hondo de nuestro ser en busca
Tras este primer contacto aperitivo, afrontaba el resto de las hostilidades.
Ensaladas frescas -nadie duda de que las zanahorias y las patatas, cortadas en
daditos de tamaño regular y aliñadas sólo con cilantro se imponen en sabor sobre sus
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cuando él no quería tenerme, y sé que mamá a veces está un poco enfadada conmigo
por haber querido tenermecuando papá no quería. Sí, sí, sé todas esas cosas yo. Sé
que todos están tristes porque nadie quiere a quien debería y como debería y porque
La gente se piensa que los niños no saben nada. Uno se pregunta si los
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Al final fui a parar a una granja muy bonita, en la Costa de Nácar, tras dos
horas de esfuerzos infructuosos por dar con un restaurante en el campo,
recientemente inaugurado, que me habían indicado, en los alrededores de Colleville
y del cementerio americano. Siempre me ha gustado esa parte de Normandía. No por
su sidra, sus manzanas, su nata y sus aves flambeadas al calvados, sino por sus
playas desmesuradas, donde la bajamar deja al descubierto grandes extensiones de
arena y donde de verdad he comprendido el significado de la expresión «entre cielo
y tierra». Solía pasear largo rato por Omaha Beach, algo aturdido de soledad y de
espacio, observaba a las gaviotas y a los perros que vagaban sin rumbo por la arena,
me ponía la mano delante de los ojos, a modo de visera, para escudriñar un horizonte
Aquella mañana, una hermosa mañana de verano, clara y fresca, había dado
mil vueltas de aquí para allá, con un mal humor creciente, en busca del restaurante
de marras, perdiéndome por inverosímiles caminos entre valles en los que sólo
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Cuatro ostras claras, frías, saladas, sin limón ni más condimentos. Las saboreé
-Ah, ya sólo quedan éstas, había muchas, doce docenas, pero los hombres,
Cuatro ostras sin florituras. Preludio total y sin concesiones, majestuoso en su
tosca modestia. Un vaso de vino blanco seco, helado, afrutado con refinamiento -«¡un
Para abrir boca. Junto a mí, los hombres hablaban de coches con pasmosa
facundia. Los que tiran. Los que no tiran. Los que van a regañadientes, los que se
hacen de rogar, los que remolonean, los que crepitan, los que jadean, los que a duras
penas pueden con las cuestas, los que derrapan en las curvas, los que avanzan a
trompicones, los que echan humo, los que tienen hipo, los que tosen, los que se
encabritan y los que se rebelan. El recuerdo de un Simca 1000 particularmente reacio
se arroga el privilegio de un largo parlamento. Una verdadera porquería, cuando no
Dos finas lonchas de jamón ahumado, suaves y ondulantes en sus lánguidos
repliegues, mantequilla con sal y un pedazo de pan de hogaza. Una sobredosis de
blandura vigorosa: incongruente pero exquisita. Otro vaso del mismo vino, del que
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Una atmósfera exquisita, campestre, casi bucólica. Ella se sonroja y se marcha
A mi alrededor, la conversación se anima al centrarse en los animales que
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espalda y me anuncian que se van a trabajar y que les alegrará verme si me quedo
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Soy una Venus primitiva, una pequeña diosa de la fecundidad, de cuerpo de
alabastro desnudo, caderas anchas y generosas, vientre prominente y unos senos
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En los inicios de nuestra vida juntos, no cesaba de fascinarme la elegancia con
que bajaba sus cuartos traseros; bien apoyado sobre las patas, mientras su rabo
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de ser: primero se come y luego se comprueba, tanto que a veces yo me decía que
poseía el único perro del mundo que otorgaba más valor al deseo de comer que al
acto de hacerlo, pues la mayor parte de su actividaddiaria consistía en estar allí
donde pudiera esperar obtener algo de alimento. Su ingeniosidad no llegaba no
obstante hasta el punto de inventar subterfugios para procurárselo; pero tenía el arte
de ubicarse estratégicamente en el lugar exacto en que se pudiera robar alguna
salchicha olvidada en la barbacoa, o una patata frita aplastada, vestigio de un
aperitivo atropellado, allí donde pudiera escapar a la atención de los amos de la casa.
O lo que es más grave, esa incoercible pasión por comer se ilustró muy bien (aunque
no sin cierto dramatismo) con ocasión de una Navidad en París, en casa de mis
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expectativas. De hecho, vacío no es exactamente el término más adecuado aquí. Con
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irradiando la ternura sin afectación de su alma de cachorrillo, clon de mí mismo pero
sin serlo de verdad: ya no veía en él a un perro, pero tampoco hacía de él un hombre;
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¿Qué va a ser de mí, Dios mío, qué va a ser de mí? No me quedan fuerzas, no
me queda aliento, estoy vacía, exangüe... Sé muy bien que no lo entienden, excepto
Paul, quizá, sé lo que piensan... Jean, Laura, Clémence, ¿dónde estáis? ¿Por qué este
silencio, por qué esta distancia, por qué tantos malentendidos cuando podríamos
haber sido tan felices los cinco? Vosotros no veis más que a un anciano irascible y
autoritario, nunca habéis visto en él más que a un tirano, un opresor, un déspota que
nos hacía la vida imposible, a vosotros, a mí -quisisteis erigiros en defensores de mi
desamparo de esposa abandonada y, al final, no os saqué de vuestro error, os dejé
embellecer mi día a día con vuestras risas de hijos amantes que buscaban
consolarme, os callé mi pasión, os callé mis razones. Os callé quién soy. Siempre supe
qué vida tendríamos juntos. Desde el primer día, entreví que los fastos serían para él,
lejos de mí, lasotras mujeres, la carrera de un seductor de talento extraordinario,
milagroso; un príncipe, un señor que se marcharía de caza siempre fuera de sus
dominios y que, de año en año, se alejaría siempre un poco más, ya ni siquiera me
vería, atravesaría mi almaatormentada con sus ojos de halcón para abrazar, más allá,
un panorama que a mí se me escaparía. Siempre lo he sabido y no me importaba.
Sólo importaba que regresara, y siempre lo hacía, y eso a mí me bastaba, me bastaba
ser aquella a la que se regresa, de manera vaga y distraída -pero segura. Si supierais,
lo entenderíais... Si supierais qué noches he pasado, trémula de excitación, muerta de
deseo, aplastada por su majestuoso peso, por su fuerza divina, feliz, tan feliz, como la
mujer enamorada, en el harén, las noches en que le toca a ella, cuando recibe con
devoción las perlas de sus miradas -pues no vive más que para él, para sus abrazos,
para su luz. Quizá la encuentre él tibia, tímida, infantil; fuera de estos muros hay
otras amantes, hay tigresas, gatas sensuales y panteras lúbricas con las que ruge de
placer, en un desenfreno de gemidos, de gimnasia erótica, y cuando todo ello acaba,
siente que ha reinventado el mundo, está henchido de orgullo, henchido de fe en su
propia virilidad -pero ella, ella goza con un goce más profundo, un goce mudo; se
entrega, se entrega del todo, recibe religiosamente, y en el silencio de las iglesias
alcanza todo su apogeo, casi a escondidas, porque sólo necesita eso: su presencia, sus
Así es que sus hijos... los quiere, naturalmente. Ha conocido las alegrías de la
maternidad y la crianza; y también el horror de tener que educar a unos hijos a los
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que su padre no quiere, la tortura de verlos aprender poco a poco a odiarlo porque
los desprecia y a ella la abandona... Pero, sobre todo, se siente culpable porque los
quiere menos que a él, porque no ha podido, no ha querido protegerlos de aquel al
que aguardaba con toda su energía, despierta, sin que quedara espacio para lo
demás, para ellos... Si me hubiera marchado, si hubiera podido odiarlo yo también,
entonces los habría salvado, entonces habrían quedado libres de la cárcel en la que yo
misma los arrojé, la de mi resignación, la de mi deseo desenfrenado por mi propio
verdugo... He educado a mis hijos para que quisieran a su torturador... Yhoy lloro
Recuerdo nuestro esplendor, yo caminaba cogida de tu brazo, sonreía en el
aire tibio de la noche, con mivestido de seda negro, era tu esposa, y todo el mundo
se volvía para mirarnos, con ese murmullo, ese susurro admirativo a nuestro paso,
que nos acompañaba a todas partes, que nos seguía como una brisa ligera,
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LA TOSTADA
Fue en un seminario, en una época en que ya me había hecho un nombre e,
invitado por la comunidad francesa de San Francisco, había decidido alojarme en
casa de un periodista francés que residía junto al Pacífico, en el sudoeste de la
ciudad. Era la primera mañana, tenía un hambre de lobo, y mis anfitriones llevaban,
para mi gusto, demasiado tiempo decidiendo dónde acompañarme a tomar el
» de mi vida. Por la ventana abierta reparé, sobre la fachada de un pequeño
edificio con aspecto de prefabricado, en un rótulo que rezaba: John's Ocean Beach
Ya sólo la puerta me conquistó. Colgado del quicio con un cordel dorado, el
cartelito de «open» cuadraba perfectamente con el pomo de cobre reluciente y le
daba a la llegada al café un no sé qué de acogedor que me causó muy grata
impresión. Pero, cuando entré en la sala, me sentí exaltado. Así era cómo había
soñado que sería América y, contra todo pronóstico, desdeñando mi certeza de que,
una vez in situ, revisaría todos mis prejuicios, así era en realidad: una gran sala
rectangular con mesas de madera y bancos tapizados de Skai rojo; en las paredes,
fotografías de actores, una imagen sacada de
Lo que el viento se llevó
, en la que
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para afrontar la jornada, y que la patética manera en que los franceses rompen el
ayuno, en esa abulia tan esnob de evitar lo salado y el embutido, no es sino una
En el momento en que le hinqué el diente a la rebanada de pan, ahíto tras
haber hecho honor, hasta el último bocado, a mi plato rebosante, me asaltó un
inefable bienestar. ¿Por qué, a nuestro lado del Atlántico, nos obstinamos en no untar
el pan de mantequilla hasta después de haberlo tostado? Si a ambas entidades se las
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Aquí estoy, repaaaaanchingado, tan paaancho, más aaaaancho que laaaargo...
¡Qué estilo felino! Me llamo
. Mi amo tiene cierta propensión a atribuir nombres
de cine a sus animales domésticos, pero que conste que su favorito soy yo. Sí, sí, sí.
Anda que no han pasado gatos por esta casa, algunos, por desgracia poco robustos,
desaparecieron pronto, otros fueron víctima de trágicos accidentes (como elaño en
que hubo que reparar el canalón porque había cedido bajo el peso de una gatita
blanca muy simpática llamada
), y otros más disfrutaron de una longevidad
más afirmada, peroahora quedo sólo yo, yo y los diecinueve años que llevo vagando
por las alfombras persas de la casa,yo, el preferido, yo, el alter ego del amo, sólo yo,
el único, aquel al que declaró su amor pensativo, un día en que me estaba estirando
sobre su última crítica, extendida sobre el escritorio, bajo la gran lámpara caliente -
», me dijo, triturándome maravillosamente el pelo del espinazo, «
, mi
preferido, oh sí, eres un gato hermoso... a ti te lo perdono todo, hasta puedes romper
ese papel, a ti te lo perdono siempre todo... mi maravilloso gato de bigotes de bribón
desvergonzado...de pelo suave... de musculatura de Adonis... de lomos hercúleos...
¿Por qué
?, se preguntarán ustedes. Yo mismo me habré hecho esa
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dijo, apenado: «Nunca hagas caso de los médicos, querido.» Pero veo bien que es el
final. El suyo y el mío, porque siempre he sabido que habríamos de morir juntos. Y
ahora que su mano derecha reposa suavemente sobre mi cola dócil y que yo coloco
Era siempre así. Oía su paso rápido sobre las baldosas de la entrada y, poco
después, subía de dos en dos los peldaños de la escalera. Al instante, yo saltaba sobre
mis patas de terciopelo, corría al vestíbulo y, en el kilim color ocre claro, entre el
Él abría la puerta, se quitaba la gabardina, la colgaba con un gesto seco, me
veía al fin y se inclinaba hacia mí para acariciarme, sonriendo. Anna llegaba
enseguida, pero él no alzaba los ojos hacia ella sino que seguía mimándome y
-«¿No ha adelgazado un poco este gato, Anna?», preguntaba con una sombra
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Mi abuelo y él habían hecho la guerra juntos. Desde aquella época memorable
ya no tenían gran cosa que decirse, pero la contienda había sellado entre ellos una
amistad inquebrantable que no terminó siquiera con la muerte de mi abuelo, puesto
que Gaston Bienheureux -que así se llamaba-siguió visitando a su viuda mientras
ésta vivió, y hasta tuvo la delicadeza muda de morir unas semanas después que ella;
De vez en cuando venía por negocios a París y no desperdiciaba ocasión de
visitar a su amigo, con unas cuantas botellas de su último caldo. Pero dos veces al
año, en Semana Santa y el día de Todos los Santos, era mi abuelo quien iba a
Borgoña, él solo,sin su mujer, para pasar allí tres días en los que, según suponían
todos, corría el vino a chorros, y de los que volvía poco locuaz, dignándose apenas
Cuando cumplí quince años, me llevó con él. La región de Borgoña debe su
reputación sobre todo a los vinos de la «Côte», esa delgada franja verde que se
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sensible al embrujo del vino; pero, consciente de que todo hombre de bien ha de
apreciar su degustación cotidiana, no le confesé a nadie, con la esperanza de que las
cosas terminarían por arreglarse, que aquel ejercicio me procuraba bien magra
satisfacción. Desde entonces, naturalmente, he tenido ocasión de iniciarme en la
cofradía del vino, he comprendido y desvelado a los demás la poderosa fuerza que
late en la boca y la sumerge en un
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viñedos, se convirtió en un instante para mí en un príncipe entre los príncipes,
porque en toda actividad, noble o denostada, siempre cabe un destello de
-¿No deberías enseñarle la vida, Albert? -le preguntó a mi abuelo-. ¿Qué, te
parece que al chico le iría un PMG? -Mi abuelo soltó una risita-. Mira, chaval -
prosiguió Gaston, estimulado ante la perspectiva inminente de participar en mi
educación-, todo lo que has bebido hoy es vino del bueno, del de verdad. Pero, como
te puedes imaginar, el viñador no lo vende todo, también se guarda algo para él,
para calmar su sed, no para hacer negocio. -Su cara bonachona se iluminó con una
sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa de zorro astuto-. Así que en un rincón se guarda
un poco de PMG, un poco de «para mi gaznate». Y cuando tiene compañía,
compañía de la buena, me refiero, se entrega a su PMG. -Dejó entonces de beber, con
la botella más que mediada-. Anda, ven, ven te digo -repitió, impaciente, mientras yo
me ponía en movimiento con dificultad. Con la mirada algo torva y la lengua pastosa
por las maquinaciones del alcohol, lo seguí hasta el fondo de la bodega y, aunque
muy interesado por ese nuevo concepto, el del PMG, que me abría horizontes
inéditos sobre el tren de vida de los caballeros de buen gusto, imaginaba que me
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en ámbar y de alcohol en alcohol, los conciliaba a ambos en el antes y el durante,
como aperitivo y como digestivo, de comidas que él mismo calificaba de
Por el trato que prodigaba a esas pocas botellas que se reservaba y al whisky
del amigo Mark (a sus invitados de costumbre no les servía más que un whisky muy
bueno comprado en la región, que era al escocés lo que el tomate en conserva a su
hermano del huerto) creció de golpe en mi estima de adolescente que ya se
barruntaba que la grandeza y la maestría se miden con el rasero de las excepciones y
no de las leyes, por mucho que éstas las dicten los reyes. Esa bodeguita personal
acababa de convertir a Gaston Bienheureux, a mis ojos, en un artista en potencia.
Desde entonces no he dejado de sospechar que todos los restauradores en cuyos
establecimientos he comido sólo exhibían en sus mesas las obras menores de su
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tragado, tardó en calentarme el plexo solar, pero cuando lo hizo, ¡qué fuego! En ese
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Somos muy poca cosa, me lo ha dicho hoy mi amiga la rosa... Dios mío, qué
Nací en una familia francesa de rancio abolengo donde los valores hoy en día
son comohan sido siempre: de una rigidez de piedra. Nunca se me hubiera pasado
por la cabeza que se pudieran poner en tela de juicio; una juventud boba y chapada a
la antigua, un poco romántica, un poco diáfana, una juventud esperando al príncipe
azul y exhibiendo mis joyas en las ocasiones mundanas. Luego me casé y,
naturalmente, pasé de la tutela de mis padres a la de mi marido, y entoncesllegaron
las esperanzas trun1cadas y la insignificancia de mi vida de mujer mantenida en la
infancia, dedicada al bridge y alas recepciones, en una ociosidad que ni siquiera
Entonces lo conocí. Yo todavía era joven y hermosa, una cabritilla grácil, una
presa demasiado fácil. Excitación de la clandestinidad, adrenalina del adulterio,
fiebre del sexo prohibido: había encontrado a mi Príncipe, había dopado mi vida,
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del Mediodía, ostras grasas a la Gillardeau y foie asado. Caldo de caballa con reducción de
Tronco grueso de rodaballo al vapor con hierbas aromáticas; salsa de sidra
orgánica; pera
a las hojas de pepino
. 1996:
Pastis de pichón Gauthier con su
guarnición de macis, frutos secos y foie con rabanitos
. 1988:
Magdalenas con habas de cacao
Era un florilegio. Todas las delicias intemporales que años de brío culinario
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de trozos de fruta, de granos de café, de ron,
italianos de solidez de terciopelo y
espirales de vainilla, fresa o chocolate; copas de helado que se derrumban bajo el
peso de la nata montada, el melocotón, las almendras y los siropes de todas los
sabores; simples helados de palo con su cobertura crujiente, fina y tenaz a la vez, que
se saborean en la calle, en un tiempo muerto entre dos citas, o por las noches, en
verano, ante el televisor, cuando ya se tiene claro que así, y sólo así, se sentirá menos
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cogiéndola a puñados con las manos, cuando jugábamos en la calle los días fríos de
grandes cielos despejados. Así lo decidía también miabuela, en verano, cuando hacía
tanto calor que, a veces, yo introducía la cabeza dentro del congelador, y ella,
sudorosa y gruñona, se escurría en el cuello grandes trapos empapados en agua, que
servían también para arrebatar la vida de algunas moscas perezosas aglutinadas allí
donde no debían. Cuando el hielo se había formado, daba la vuelta a la cubitera y la
sacudía con fuerza sobre una copa, desmenuzaba el bloque anaranjado y nos servía
una gran cucharada en vasos voluminosos que nosotros asíamos cualsi hubieran
sido reliquias sagradas. Y entonces fui consciente de que, a fin de cuentas, todos mis
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LAMAYONESA
No hay nada más maravilloso que ver el orden del mundo plegarse a tus
deseos. Cuán extraordinaria licencia adentrarse en un templo de la gastronomía con
el sentimiento de júbilo sin límites de que todos los manjaresestán a tu alcance.
Disimulas un escalofrío de excitación cuando el maître se acerca con pasos quedos;
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su delicadeza y su prodigalidad, tu deseo, que no ansiaba otra cosa. Pero por sí solo
no habría sido decisivo. Habrá sido necesaria la poesía incomparable de esa
«pechuga de pato estilo Pekín asada en sartén», que evoca en una cascada olfativa el
aroma de las aves asadas al aire libre en las ferias de ganado, la algarabía sensorial de
los mercados chinos, el irresistible contraste entre blandura y dureza de la carne
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-Te lo voy a decir -me contestó despacio-, te voy a decir lo que va a
acompañar. -Y, ordenándole a un pinche que letrajera unas verduras y un asado frío
Lo había olvidado, y él, a quien su calidad de chef y no de crítico obligaba a no
olvidar nunca lo que con tan poco acierto se denominan «las bases» de la cocina y
que son más bien la viga maestra, se encargaba de recordármelo, en una lección algo
despectiva que me hacía de favor, pues los críticos y los chefs son como los trapos y
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superpone y, súbita iluminación que viene a otorgarle a mi memoria la profundidad
de la autenticidad, desata en mi corazón un huracán de emociones, como burbujas de
aire que se precipitaran hacia la superficie del agua y, liberadas, estallaran en un
concierto de vítores. Pues mi madre, que, como ya he dicho, era una pésima cocinera,
nos servía ella también, con suma frecuencia, mayonesa, pero una mayonesa que
compraba ya hecha en el supermercado, en un tarro de cristal y que, pese a esta
ofensa al buen gusto, inducía en mí una inefable preferencia. Y es que la mayonesa
industrial, que debe resignarse a renunciar al sello artesanal y sabroso que reivindica
la casera, presenta una característica que ésta no conoce; el mejor de los cocineros,
tarde o temprano, ha de rendirse a la triste evidencia: hasta la más homogénea y
untuosa de las mayonesas no tarda en desagregarse aunque sea muy ligeramente, se
deshace de manera paulatina, un poco, sí, muy poco, pero lo suficiente pese a todo
para que la consistencia de la crema se complique con un ligerísimo contraste y tenga
lisa, absolutamente lisa, sin un solo grumo, mientras que la mayonesa de
supermercado, por el contrario, escapa a toda viscosidad. No tiene grano en su
textura, no tiene elementos, ni partes, y eso es lo que me gustaba apasionadamente,
ese sabor a nada, esa materia sinaristas, sin mella, que resbalaba sobre mi lengua con
Sí, es eso, casi. Entre la pechuga de pato estilo Pekín y la pomada en conserva,
entre la madriguera de un genio y los estantes de un colmado, me decanto por los
segundos, opto por el pequeño supermercado cutre que albergaba, en hileras
uniformes y sin brillo, los culpables de mi deleite. El supermercado... Resulta curioso
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(PAUL)
Lo habrá arrasado todo a su paso. Todo. A sus hijos, a su mujer, a sus amantes
e incluso su obra, de la que, en el momento postrero, reniega en una súplica que ni él
mismo comprende pero que tiene como consecuencia la condenade su ciencia y la
denuncia de sus compromisos, y que nos dirige a nosotros, como un mendigo, como
un pordiosero en la calle, privado de una vida que tenga sentido, separado de su
propia comprensión -desdichado, al fin, de saber, en este instante entre todos, que ha
perseguido una quimera y predicado un mensaje equivocado. Un plato... Pero ¿qué
te crees, viejo loco, qué te crees? ¿Que en un sabor recuperado vas a borrar decenios
de malentendidos y encontrarte cara a cara con una verdad que redimirá la aridez de
tu corazón de piedra? Tenía sin embargo todas las armas que definen a los grandes
espadachines: ¡una pluma, ingenio, insolencia y empaque! Su prosa... su prosa era
exquisita, era puro néctar, era ambrosía, un himno a la lengua, cada vez que la leía
me emocionaba hasta la médula, y poco importaba que hablara de comida o de otra
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desconoce, necesita a ese agitador, esa espina clavada en la familia, ese islote de
oposición, que desmiente todas las categorías demasiado simples de la voluntad y el
carácter. Si he sido tu alma maldita ha sido sólo porque tú mismo así lo has querido,
y ¿qué muchacho habría sabido resistirse a esa tentación, la de convertirse en el
favorito mimado de un demiurgo universal, haciendo suyo el papel de oponente
escrito especialmente para él? Viejo loco, viejo loco... Desprecias a Jean, y a mí me
encumbras, cuando ambos no somos sino meros productos de tu deseo, con la única
Pero ya es demasiado tarde para todo esto, es demasiado tarde para decir la
verdad, para salvar lo que podría haberse salvado. No soy lo bastante cristianocomo
para creer en las conversiones, menos aún en las de última hora, y, como expiación,
viviré con el peso de mi cobardía, la de haber jugado a lo que no era, hasta que a mí
Noobstante, hablaré con Jean.
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Entonces, de pronto, vuelve a mi memoria. Se me llenan los ojos de lágrimas.
Mascullo enardecido unas palabras incomprensibles para los que me rodean, lloro y
río a la vez, alzo los brazos y describo círculos con las manos convulsivamente. A mi
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tengo que decir salga al aire libre, el aire de mi salvación, el aire de mi redención
final. Entonces me muevo, gesticulo, tiro la almohada al suelo y, oh misericordia
En dos pasos -pero ¿cómo hacen para ser tan raudos, tan rápidos, sin duda ya
estoy en otro mundo desde el cual seme antojan presa del mismo frenesí que en los
inicios del cinemascope, cuando los actores tenían los gestos acelerados y sincopados
de la demencia-, Paul está de nuevo al alcance de mi voz. Hipo de alivio, los veo
crisparse de angustia, los tranquilizo con un gesto patético mientras Anna se
-A ... Lenôtre... no -digo con voz ronca-, a ... Lenôtre... sobre todo... no... No ...
vayas... a ... una...pastelería... Quiero... buñuelos... de... los... que... vienen... en...
bolsa... de... plástico... Los... de... Leclerc. -Respiro convulsivamente-. Buñuelos...
blandurrios... Quiero... buñuelos... de... supermercado.
Y, al zambullirme en la profundidad desus ojos, al insuflarle a mi mirada toda
literal de laexpresión, cuestión de vida o muerte, veo que me ha entendido. Lo
siento, lo sé. Asiente con la cabeza, y en ese gesto renace dolorosamente una
reminiscencia fulgurante de nuestra antigua complicidad, de un dolor alegre y que
me alivia. No hace falta que diga más nada. Mientras Paul se marcha corriendo casi,
Me aguardaban en su plástico transparente. En el expositor de madera, junto a
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El criterio de todo buñuelo que se precie es el de la masa idónea. Hay que
evitar tanto la blandura como la dureza. El buñuelo no debe ser ni elástico ni blando,
ni friable ni agresivamente seco. Debe su gloria a ser tierno sin debilidad y firme sin
la blandura de ésta al buñuelo que la recibe en su interior. He escrito en mi vida
crónicas vengadoras y devastadoras sobre buñuelos que se deshacían, páginas
suntuosas sobre la importancia capital de la frontera en materia de buñuelo relleno
de crema -sobre el buñuelo malo, el que ya no sabe distinguirse de la mantequilla
que lo envuelve por dentro, cuya identidad se pierde en la indolencia de una
sustancia a la que, sin embargo, habría debido oponer la perennidad de su alteridad.
¿Cómo puede uno traicionarse a sí mismo hasta ese punto? ¿Qué corrupción
más profunda aún que la del poder nos conduce así a negar la evidencia de nuestro
placer, a maldecir lo que nos ha gustado, a deformar hasta ese punto nuestro gusto?
Tenía quince años, salía del instituto hambriento, con el hambre propia de esa edad,
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quedaban diecinueve por conocer. Tan sólo los últimos los masticaba una y otra vez
con la desesperación del final inminente. Me consolaba pensando en la última
ofrenda de la bolsita divina: los cristales de azúcar que quedaban al fondo, al no
tener ya buñuelo al que aferrarse, y con los que rellenaría las últimas esferitas
mágicas, con mis dedos peguntosos y sucios, para terminar el festín con una
En la unión casi mística de mi lengua con esos buñuelos de supermercado, de
masa industrial y azúcar convertido en melaza, toqué a Dios con los dedos. A partir
de ese momento, lo perdí y lo sacrifiqué en aras de deseos gloriosos que no me
pertenecían y que, en el ocaso de mi vida, a punto han estado una vez más de
Dios, es decir el placer bruto, sin concesiones, el que surge de lo más hondo de
nosotros mismos, que sólo tiene que ver con nuestro propio goce y a éste regresa;
Dios, es decir esa región misteriosa de nuestra intimidad en la que nos pertenecemos

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